Danny Castaño Quintero, las cosas estéticas, lumpen y extremas

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Un vestido para danny

Un homenaje a la Diva del Parque Bolívar. Más allá de la famosa travesti de ese céntrico parque de la ciudad, La Danny es todo un universo estético, y único por demás.

En 1982 se estrena en Colombia The Wall, film dirigido por Alan Parker con animaciones de Gerald Scarfe. Pinky es allí una estrella de rock encerrada en su habitación, empujado por una suerte de comorbilidad al límite de sus excesos, sumando a ellos los recuerdos traumáticos que consumieron su vida.

En este borde, la realidad de Pinky se transforma y proyecta en destrucción de los objetos en su espacio circundante; con todas sus posesiones arruinadas, construye un laberinto geométrico, fríamente calculado, con un orden que intenta vincular todas sus pertenencias.

Fotograma del film (Pinky instalando en su cuarto sus posesiones), 1982.

Los objetos que conforman esta simetría y lo anclan a su existencia, están hechos de lo más íntimo, banal, utilitario y de consumo… el mundo material concretado en su espacio mental y físico. Una hoja de afeitar, las colillas de cigarro, ceniceros, pastillas, electrodomésticos, acetatos, dinero, guitarras, retratos, libros: todo su mundo está en filas impecablemente instaladas. Ese orden es aterrador y desconcertante, porque responde a un impulso maniático, lejos de la normalidad cotidiana; más bien aparece como reflejo de una esquizofrenia por venir, un rigor distinto de lo apacible o doméstico que se despliega en el espacio-tiempo de nuestra más próxima realidad tangible.

Ocho años después, la artista María Teresa Hincapié (Armenia 1956 -Bogotá 2008), una de las más destacadas del performance y el arte de acción en Colombia, presenta su obra Una cosa es una cosa, en el XXXIII Salón Nacional de artistas en Bogotá, obra con la que obtuvo el primer premio.

María Teresa Hincapié, Una cosa es una cosa, acción, 1990.

Su apuesta usa, al igual que Pinky, elementos de su mundo personal cotidiano y de sus posesiones como objetos de su armario, cocina y todo aquello que implique intimidad doméstica. No obstante, a diferencia de Pinky, Hincapié hace público su gesto e inicia una suerte de meditación: una acción en la que algunas veces les habla y susurra a sus pertenencias. El tiempo en Pinky está detenido, el orden de lo ya arruinado, da lugar a otra especie de tiempo eterno y aterrador; en Hincapié, el tiempo es lento, no hay prisas, va y viene. La acción está concebida para durar, para relajarse, es solo esperar y esperar que una espiral cuadrada (greca) tome forma, durante largas jornadas de un lento devenir.

En ambos casos, hay una psiquis en juego, unas coincidencias irreconciliables; pero en las dos apuestas, “las cosas” que se poseen son un polo a tierra que les permite a ambos reconfigurar sus existencias y sus formas de comunicar. Intentan bien o construir un orden que en la vida y mente no existe (Pinky) o lo despliegan trasladándose desde la mente a otro lugar, como si ese orden autónomo se mudara con una y conquista todo (Hincapié).

A finales de la década de los años ochenta, algunos años antes de la acción comentada de Hincapié, vi por primera vez en Medellín a una artista no convencional, no oficial, no institucional, salida de todo esquema por mí conocido. Danny Castaño Quintero se presenta como una creadora callejera que lleva a cuestas un sinnúmero de objetos: todas sus posesiones personales que, a su vez, la poseen. La vi vestida de novia montada en una vieja monareta, por la Avenida Oriental. Empecé a seguirla hasta que se me perdió, pero la encontré otra vez al final de un mercado de San Alejo, donde se hacía todos los domingos de fin de mes en el Parque Bolívar.

Era como una princesa en harapos: su contundente figura me anunciaba que en ese ser se constituía algo muy potente. Pero sin duda, lo que más llamó mi atención fue la cantidad de trebejos que traía al atrio de la Iglesia Metropolitana, asistida por adolescentes de la calle.

En la misma línea de Pinky e Hincapié, Castaño está gestionando todo un universo de cosas seleccionadas. A la manera de Hincapié, ella hace también pública la intimidad de sus posesiones, pero no en un espacio de exhibición sino a la intemperie: en la calle. Así, objetos desvencijados son llevados a la Plaza en un acto político, una carreta tirada por niños adolescentes hacia el atrio que la arrastran mientras van oliendo frascos de sacol. La travesía conecta su casa con ese lugar, portando talegas gigantes repletas de cosas que va seleccionando indiscriminadamente, dotando a cada una de ellas de existencias y dramas absurdos.

Sus relatos y “puestas en escena” parten de entablar relaciones con discursos sustanciales y circunstanciales, controlando sus propiedades significantes, que la artista dispara a diestra y siniestra. Es una fuente inagotable, incansable, que dota de vida a todo lo que toca, que cambia su naturaleza descompuesta: desechada, inútil, ya sin ciclos, estas cosas que posee y que la poseen, parecen haberla elegido para que les dote de existencia. Desperdicios de una sociedad elitista lejana e indiferente… Lo lumpen es la fuente donde ella bebe, de allí selecciona todos los significantes esenciales que reconecta con el caos sin orden posible.

Como nos recuerda Reyes Mato en su libro Del Proletariado al Lumpen, citando a Benjamin: “…el trapero es la figura más provocadora de la miseria humana, es un lumpen que se viste de harapos y vive de ellos, el trapero representa la miseria extrema”.

Castaño deviene lumpen: en la mañana su alter-ego se configura en macho reciclador que selecciona cartón e insumos para vender y cosas para crear y recrear; en la tarde deviene princesa de harapos, vendedora ambulante, artista callejera, pero invisible para la oficialidad y los estándares vigentes. Sin soporte alguno, logra captar de una manera brutal la atención de un mundo marginal, venido de las periferias de la ciudad. Como un grito poderoso y rebelde ha logrado reunir por muchos años al público que conecta con sus apuestas descarnadas de dolor y risas.

Trazando un parámetro entre los y las artistas mencionados, debo señalar que, en las apuestas formales y conceptuales de Pinky e Hincapié, el orden dado a sus posesiones responde a esquemas consecuentes: hay un patrón de comportamiento donde claramente la educación, la formación, la conciencia de sí mismos los lleva a plantear sus apuestas de similares lógicas.

De hecho, hay espacio entre los objetos y por las líneas que crean sobre el suelo, una secuencia donde cada objeto sucede a otro, insinuando algún tipo de continuidad.

La de Castaño es una apuesta por la discontinuidad, la negación de la cuadrícula social: en ella no prevalecen parámetros de normalidad o estándares oficiales. Esta artista rompe todos los paradigmas y el orden formal, conceptual dado por Pink e Hincapié: no hay espacio vacío entre los objetos más que el arbitrario que quedó al botarlos al suelo y tampoco secuencia. No llegan en las cajas bien ordenadas o tiernamente dispuestas con las que migra sus pertenencias Hincapié desde su casa. Solo se marca un abusivo contorno que siluetea ella misma al arrumarlas o apiñarlas para diferenciarlas del suelo o pavimento que provisionalmente las acoge y donde empezarán a interactuar con la artista y dotarse de vida.

Lo de Castaño traduce anarquismo, es caos controlado: las líneas no son rectas ni completamente curvas, sino una maraña, un entramado, un universo desconcertante, inclasificable, como un diamante en bruto que, a pesar de su condición de no ser pulido, emana una inquietante o perturbadora luz.

Masculino-Femenino, 2010: Danny como un ready-made vivo, puesto en el museo por Germán Arrubla. Museo de la Universidad Nacional de Colombia. Fotografía: Óscar Monsalve, curaduría: Ricardo Arcos-Palma y Carlos Alberto González.
  • Fotografías cortesía de Germán Arrubla a Revista Papel.
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