El horizonte poroso de Martha Ramírez

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La artista Marta Ramírez presenta tres series recientes de su obra pictórica, en el Museo de Arte Moderno de Medellín.

Es una lástima que, con todo el espacio que sobra en la nave central del Museo de Arte Moderno de Medellín, Mamm, donde hay más de media sala principal vacía, su equipo de curaduría no haya dedicado un poco más de atención a una obra tan diversa, reflexiva y refrescante como la de la maestra Marta Lucía Ramírez Uribe (Bogotá, 1957), ya que, en estos tiempos de incertidumbre, sus universos pictóricos resultan un destello de realidad (pura y dura) bien camuflada entre los detalles de sus técnicas y el esplendor de sus imágenes.

En un recorrido por su muestra, titulada Contracorriente, el visitante puede conocer un poco de lo que propone la autora, solo un poco, de lo mucho que ha creado en más de medio siglo de carrera, mientras se desperdician espacios en los que se podría dar continuidad a la inmersión que pretenden hacer, entre la producción de una académica sencilla, constante y silenciosa. El Museo dedica la parte central del edificio antiguo de Talleres Robledo a alojar una somera videoinstalación, desperdiciando la oportunidad de detenerse en otros de los procesos de Ramírez, quien durante 30 años fue docente de la Escuela de Artes Plásticas de la Universidad Nacional de Colombia (sede Medellín), dueña de piezas tan valiosas como la serie Instantes de verdad que mostró en el 40 Salón Nacional de Artistas, por mencionar solo una de las decenas de creaciones destacadas en su devenir artístico.

De la serie Deriva, de Martha Ramírez. Fotos Revista Papel.

De la creadora, el Mamm exhibe entonces, en su Sala 1A, tres de sus series recientes (Contracorriente, Transición y Deriva), hechas entre 2013 y 2021, que coinciden en señalar momentos, algunos más tranquilos, idílicos y bellos; otros cargados de angustias , de pesares. Inmortaliza atmósferas, vientos, paisajes, animales y seres humanos, pero, sobre todo, se detiene a contar historias en el que podríamos llamar su “horizonte nacional”, porque al ver su trabajo se puede deducir que da continuidad al relato que han hecho los artistas colombianos de lo que ha pasado aquí, en este territorio adolorido y aporreado. Sí, es una cronista de imágenes de aquí, casi documentos de seres humanos que no cesan, que se rodean de la naturaleza y de la inclemencia, para continuar en su tránsito, en su andar.

Ha dicho la creadora que las imágenes la han encontrado, que se la ido “dibujando la vida”, lo cual es evidente en estos tres momentos de su trabajo, porque su pintura de mediano formato registra, señala y captura, dejando en evidencia su interés en la fotografía, medio que inspira sus pinceladas, al ser una fuente de la realidad, una posibilidad de congelar brumas, de detener atardeceres o amaneceres, de perfilar horizontes y guardar andares. El vídeo también ha sido un medio que le ha interesado, precisamente por su capacidad de registrar, de cubrir.

Podría decirse que los asares de pintar le sirven para decir poéticamente que el territorio no es fácil, que el clima es inclemente, que los lugares por donde pasa su encuadre interpelan los ideales de progreso. Ramírez va a la abstracción cuando quiere y con veladuras (o poros), difuminaciones o salpicaduras, enfatiza y dramatiza la escena. Le interesa dejar claro que no es un paisajismo decorativo e idílico, no va a un romanticismo del horizonte, mucho menos a un optimismo desbocado como el de Francisco Antonio Cano, que quiere señalar el progreso. Más bien, evidencia los esfuerzos humanos para transitar, para ir, para llegar, cuando se debe soportar a cuestas el peso de objetos que para muchos son la vida, el hogar, la vivienda.

Se encuentra con los Cargueros de la pintora Beatriz González, haciendo énfasis otra vez en cómo los hombres y las mujeres de aquí han tenido que cargar su dolor y lo poco que tienen para enfrentarse a las salvajes geografías, muchas veces huyendo de la muerte. Lo que González ha dibujado silueteando, negando en negro y apenas dejando ver siluetas, Ramírez lo detiene, lo detalla, lo captura con más detenimiento, con una paleta de colores bien contrastada con su búsqueda de la luz, la oscuridad, el viente, el frío, la niebla.

Cuando parece que la escena es demasiado dura o cruda, le sobrepone relieves, mapas, texturas y derrama su pintura, como cuando el fotógrafo trata de no mirar, de barrer la imagen, de catalizar y no escandalizar a la audiencia. Basta con pararse de cerca, para analizar lo que hay en esos fondos, encontrando en las capas más internas lo que ha querido pintar para que no se olvide.

Y no todo es dolor, también hay trabajo en equipo, porque algunas de sus pinturas relatan que ese flagelo de migrar es casi siempre colectivo, que son grupos humanos, pueblos enteros, familiar y no únicamente seres. El blanco y el gris están presentes en la mayoría de las obras, como diafragmas de realidad, efecto de profundidad o veladura. Otro matiz importante es que para ella los animales y la naturaleza tienen un espacio destacado. Hay vacas y perros, maderos, vegetación y ríos, bejucos que sirven de apoyo para no caer.

Si bien se trata de una artista local, colombiana, algunas de sus pinturas estarían señalando cualquier pueblo inmigrante, cualquier conflicto, cualquier dura realidad como la de los migrantes que cruzan El Charco, los que atraviesan el mar, los que se aventuran a naufragar aquí o allá. Pensemos a quienes en este momento están nadando en el Río Bravo, en México, tras el sueño americano. Hay que detenerse en detalles concretos, como la diversidad botánica, el tipo de enceres o alguna pequeña pista en los vestuarios, para traerlos aquí, bien podrían ser de allá. Es una apertura del mundo real, el de aquí y el de allá, que quizás por la emotividad se nos puede encerrar en esa Colombia profunda.

Apunta el texto curatorial que se trata de espacios “inciertos, inestables o abandonados por las políticas estatales”, que son muchos y diversos los terruños que deja ver en sus obras la maestra Ramírez. Precisa el curador, Emiliano Valdés, que sus geografías “aparecen como territorios y cartografías en transición con fronteras porosas y fragmentadas”.

Se trata, pues, del horizonte poroso de Martha Ramírez, de su poesía visual que no dista de fotografías o vídeos en los que la atmósfera sirve de énfasis sensible para tratar de señalar las inclemencias entre la belleza, las durezas entre el mar y la montaña. Los poros son como matices de resistencia y fe, como versos de humanidad entre tanta imposibilidad.

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