Esferas públicas: Fredy Álzate y otros transeúntes

Share on facebook
Share on google
Share on twitter
Share on linkedin
Fredy Alzate Esfera Pública, 2015 resina, fibra de vidrio, poliuretano, acero inoxidable.   Fotografia: Rodrigo Diaz

En el corazón de Medellín, en la esquina de Ayacucho con Junín (Calle 49 con carrera 49) hay una escultura desde el año 2015. Se llama Esfera pública, del artista plástico antioqueño Fredy Alzate. Arrinson Palacio revisa la obra, su contexto y reflexiones.

Arrinson Palacio

Taller de Escritura con Lucas Ospina y Efrén Giraldo

Maestría en Escrituras Creativas

Universidad Eafit

* Transeúntes

En el corazón de Medellín, en la esquina de Ayacucho con Junín (Calle 49 con carrera 49) hay una escultura desde el año 2015. Se llama Esfera pública, del artista plástico antioqueño Fredy Alzate. Está compuesta por tres partes: el volumen principal es una esfera gigante y de ella se extraen dos fragmentos que están a su lado dejando un orificio que permite ver a través de ella. Esta esfera está hecha en fibra de vidrio recubierta de poliuretano negro brillante y acero inoxidable que produce en ella una brillantez fascinante, pero por estar ubicada en esta arteria congestionada de buses, carros, vendedores ambulantes, gentes y todo lo que habita en el caótico centro de la capital antioqueña, permite identificar dos tipos de transeúntes: el evasor y el avisado.

En primer lugar, está el transeúnte evasor. Evadir una escultura es una forma común de interactuar con ella. En Medellín, tal evasión es la forma más constante de relacionarse con lo estético, por ello la esfera pública cuando permite que se refleje no sólo la ciudad y lo que la habita, sino además, lo que los ciudadanos hacemos con el arte: deslumbrarnos por lo estético y, a la vez, ignorar la reflexión que surge de este tipo de obras que hacen parte del ornamento citadino.

Fredy Alzate. Esfera Pública, 2015 resina, fibra de vidrio, poliuretano, acero inoxidable.
Foto de Rodrigo Díaz.

Deslumbrarse en primer lugar, más que de asombro, implica dejarse obnubilar por la falta de comprensión que genera esta bola de tres metros de diámetro y dos toneladas de masa, casi como cuando un destello nos hace cerrar los ojos, y así de inmediato, en el habitual acto reflejo de apartar la mirada de algo que nos estorba, alejar la mirada de esa esfera que interroga la interacción con el paisaje, porque el caminante promedio no aprecia ni a la esfera, ni a sus reflejos, ni la intención de su presencia.

Otro caso es el de los transeúntes que, al encontrarse con la esfera, quizá se cuestionen por su ubicación, tamaño y formas, pero lo que realmente hacen con la obra es capturarla en una foto, si acaso, porque el arte más que la reflexión presupuesta por el escultor, permite es la tan anhelada foto para actualizar redes sociales. Casi siempre por la ignorancia que se tiene sobre los artistas de la ciudad, segundo porque la apreciación artística no es uno de los fuertes de la educación colombiana y tercero, por estar ubicada en un sector donde el estancamiento del tráfico es indeciblemente desesperante, tanto que no permite que se logre siquiera, en medio del trancón, un respiro decente para apreciar su delicada y potente presencia.

El evasor deslumbrado

La Esfera pública está localizada entre dos calles con mucho tráfico, pero el pequeño triángulo donde reposa invita al transeúnte al reposar en un oasis de apreciación y reflexión, lugar para salvaguardarse más que de los carros y motos, del afán cotidiano. La esfera propone en primer lugar el deslumbramiento, que puede darse porque los rayos del sol, tan comunes en Medellín durante la gran parte del día, son vaciados con rabia sobre esta esfera, y en vez de atraer las miradas las repele. El deslumbramiento por ver algo reluciente siempre incomoda, produce una mirada fugaz, una incomprensión, un enceguecimiento momentáneo, no de luz, sino de premura por atravesar la congestión, de avidez por hacer las infinitas diligencias, del afán de llegar a los lugares de destino, de correr en vez de caminar, de evadir porque la defensiva es la mejor forma de andar, de ir por las calles sin repensar sobre estos pequeños rayos de luz que, como la esfera, nos generan más que cuestionamientos, ignorancia.

Descubrir lo que artistas como Fredy Alzate hacen con sus obras no es fácil. Él ha venido trabajando desde sus inicios en el cuestionamiento por el paisaje y sus componentes, en la reflexión entre el medio ambiente y las sociedades industrializadas. Por ello el mejor sitio para la exposición de su obra es el contacto directo con la sociedad y su territorio. De ahí que sea el reflejo en la esfera el tráfico, los atascamientos, la vía. La incomprensión como reflejo evoca la idea de que el arte es indagación, y deslumbrados por la belleza de esa bola ahí tirada en el suelo, reflejando todo ese tumulto de cosas que pasan a su alrededor, no nos queda más remedio que huir de ella sin apreciarla en su función principal: nuestra posición en el mundo frente un paisaje intervenido por el hombre.

Algunos transeúntes tendrán la gallardía de tocar la esfera como llamando a una puerta y esperar que se abra algún tipo de conocimiento, otros le tomarán una fotografía, no falta quien pretenda rayarla, golpearla, dañarla, el resto la ignorarán y a pesar de verla la evadirán a toda costa. Ese contacto con el arte es el que Alzate pretende con esta escultura, más allá de una simple decoración para llenar de adornos la calle por donde pasa el tranvía, pues el metro hizo la inversión, la esfera plantea el reto de asumir el arte como parte de la condición humana moderna. Ya lo bonito, lo feo y lo útil en el arte dejará de ser parte del imaginario social, y el sentido que el artista ha tratado de asumir en esta esfera pública quedará relegado a las premuras de cada individuo.

Fredy Alzate. Esfera Pública, 2015. Resina, fibra de vidrio, poliuretano, acero inoxidable.
Foto de Rodrigo Díaz.

En la esfera pública

Fredy Alzate Gómez nació en 1975 en Rionegro Antioquia, es uno de los artistas más destacados en Colombia desde el año 2000. Egresado y maestro en artes plásticas de la Universidad de Antioquia, mágister en artes plásticas y visuales de la Universidad Nacional (Bogotá); ha realizado residencias artísticas en Saint-Cirq-Lapopie, Maison des art Georges Pompidou, en Francia; ha expuesto sus obras en importantes museos y galerías de Medellín, Pereira, Manizales, Bogotá, Lisboa, Londres, Amsterdam, varias ciudades de Francia entre otros países de América. Ha sido ganador de becas, premios y residencias, además de participar en bienales y ferias internacionales que destacan su trayectoria para asegurar que este maestro es uno de los que ha renovado la tradición artística en Colombia.

Fredy Alzate, en sus propias palabras, pretende que su obra “intente infundir y confundir los sistemas de representación para cuestionar las contradicciones expuestas en la configuración de las ciudades latinoamericanas y aproximar dimensiones simbólicas del paisaje urbano. Se interesa por visibilizar relaciones imperceptibles de procesos constructivos cotidianos (…) expone objetos cotidianos que evocan fácilmente su uso y desuso, llevando a los mismos a un nuevo contexto y dándoles un nuevo significado a través del arte”.

Tales dimensiones simbólicas son las que permiten apreciar la esfera pública, es decir, en primera instancia si vas por el centro de Medellín, en un cruce de calles ves una esfera negra y brillante que descansa en el suelo al lado de dos árboles de mediano tamaño, y luego entiendes que dos pedazos desprendidos de ella se aprecian a considerable distancia, también puestos sobre la calle, sin pedestales, sin placas, puedes en su reflejo observar que está la escultura y quién la observa, y llegar a la primera conclusión, el artes está quien observa y a la vez, el arte está en lo observado, un juego de espejos y reflexiones, que como el circulo de la esfera, se interrumpe por las dinámicas comunicativas que propone la misma imagen y lo que representa.

Este observador interesado en el llamado de atención que hace Alzate, pude descubrir también que la esfera como símbolo de perfección pierde tal sentido cuando se reconoce que hay dos partes de ella mostrando además de perfección, incompletud. Ver ambos pedazos desafiando la lógica de la realidad, como si hubieran sido cortados inverosímilmente como pirámides escalonadas dejadas en posiciones opuestas, y luego llegar a la conclusión de que la idea con estos pedazos es simbolizar en estas piezas las eras geológicas, o asemejarlas a las montañas o el interior de ellas, luego de volver a ver que una de ellas está recostada sobre su piramidal escalera reluciente, la otra, como si la parte negra fuera una cascara de una fruta que deja que la pirámide se alce al cielo, y así hasta perderse en su diseño liso, refulgente y desafiante. Tales suposiciones asumen la reconstrucción de la geografía y de un sujeto consciente de su entorno, para después entender que la escultura puede estar pensada de tal forma que el mismo concepto de esfera pública pueda hacer converger la idea de esta naturaleza simbólica con la idea del concepto filosófico de “esfera pública”.

El interior de la esfera es de acero brillante, tal como las pirámides, así lo que se proyecta en ella son los reflejos de todo lo que pasa a su alrededor.  Esto permite volver a la idea de un espejo donde pocos se miran como parte de la escultura. Es ahí donde el simbolismo funciona, cada persona que la observa hace parte de esa esfera pública, literalmente esférica y pública, comprensión que al observador avisado le permite, a la vez, adentrarse simbólicamente en el concepto de Esfera pública del filósofo Alemán Habermas, donde se reconoce una palabra polisémica que puede significar “el espacio para todos los ciudadanos, abierto para la interacción y el dominio público”, de ahí nace la reflexión para el reconocimiento del paisaje, la configuración del lugar social, la interrogación sobre el espacio y la ciudad, y la pertenencia a una esfera psicológica donde cada ciudadano hace parte del imaginario colectivo, todos ellos elementos esenciales a la hora de apreciar dicha escultura.

De otra parte, la escultura Esfera pública invita a pensar en la movilidad dado lo esférico en su composición, también propone redefinir nuestra relación lo orgánico, y a la vez a convertir en tema coyuntural lo que se trasforma como es la ciudad misma a través del arte. Con esta escultura se invita al viandante a hacer un pare en su cotidiano deambular desprevenido, para llevar su mirada y atención a la reflexión sobre su lugar en la ciudad y lo que el medio ambiente y el paisaje le propone como sistema de representación, sea por medio de mediadores como lo es esta escultura, o trasgrediendo lo cotidiano puesto ahí, donde más nos estorba, para darnos cuenta de que también somos parte fundamental del paisaje.

Así ambos transeúntes, el evasor y el avisado, después de haberse cruzado en su ruta con semejante invitación a la introspección, llegarán a su destino siendo parte de la ciudadanía que representó de forma circular Fredy Alzate, quien en ese mismo corredor vial tiene expuestas al frente del edificio del banco de la república, una esfera más pequeña hecha de ladrillos y un fuelle de concreto, que más que adornos, son parte de una apuesta por la sensibilización hacia lo público con el arte.

Compartir artículo

También podría interesarte

Arte y Crítica

Todos somos un collage

Abraxas Aguilar es una de las artistas que escribe la historia del Centro de Medellín, ganadora del Guinness Récord al Museo del Collage más grande del mundo.

Literatura

El último libro de Félix Ángel

El curador y crítico de arte Miguel González analiza la última novela del autor antioqueño Félix Ángel, titulada Tantas vidas, Miguel.

Deja una respuesta