Fabián Rendón, el estilo como ética

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Una revisión del trabajo de Fabián Rendón, que explora su estilo, su trabajo y el resultado; la impresión de la tinta y demás asuntos que hacen de su grabado al linóleo algo esencialmente escultórico.

Nota al margen

Fabián Rendón no estudió conmigo, pero su amigo-profesor fue Dick Harold, quien fue alumno mío tanto en el Taller de Artes de Medellín como en la Universidad de Antioquia, a donde ingresó para asistir a mi Taller Libre e “ir a la piscina llena de muchachas”.

En la universidad, Dick sólo me mostraba sus trabajos a mí, y era del único que recibía crítica y orientación. Los otros profesores le temían, no se metían con él, y Dick disfrutaba al ver su comportamiento azarado y distante.

En algunos de los tempranos dibujos de Fabián se manifiesta con evidencia el ascendiente de Dick sobre su trabajo en aquella época, influjo del que se liberó con su encuentro afortunado en el grabado al linóleo. Por una extraña desconexión sus pinturas permanecieron muy realistas y nunca recibieron la evolución de simplificación formal, colorística y estilística que aplicaba a sus grabados.

Fabián le preguntaba con frecuencia a Dick Harold por las cosas que yo decía en clase, y alguna vez quiso ingresar al grupo de teatro del Taller.

Cuando publiqué, sin advertirle, un texto sobre su obra en el magazín dominical de El Espectador, me llamó conmovido por teléfono desde Bogotá, y cariñosa y tímidamente me dijo, “Gracias maestro, me siento como si acabara de hacer la primera comunión”.

Estilo refiere a modo, a manera. Modo de hacer una cosa, manera de manifestar algo. Y manera viene de mano. Es la mano quien genera la manera.

Pero estilo es algo más que eso. Estilo refiere, además, a constantes, a costumbres. En la repetición se origina la costumbre. Sin embargo, es la calidad de la repetición la que hace factible la gestación del estilo. No es una forma que se repite como un tic, sino la repetición como constante de relaciones estructurales y expresivas, repetición sistemática de rasgos involuntarios y/o conscientes que revelan un carácter. Es preciso recordar aquí que carácter viene del griego kharassein, que significa grabar.

2.

En el grabado al linóleo el gesto no existe. Cada talla del buril en la plancha, más que la huella de un gesto, es el registro de un acto. Aquí hay implícito un esfuerzo físico que conlleva, ineludiblemente, una voluntad de forma.

La relación del buril con la plancha es seca y dura: es el momento en que la herramienta despierta la forma en la materia.

La impresión de la tinta sobre el papel es un éxtasis blando y húmedo: más allá de la “histeria técnica” la poética del color alcanza su posibilidad.

Realizando un trabajo esencialmente escultórico (de sculpiere, quitar) se logra una obra eminentemente plástica (de plasticus, dar forma agregando). De un proceso háptico se obtiene una obra óptica. Aquí la técnica rechaza su atavismo utilitario y se vuelve existencial. Un grabador sabe realmente lo que quiso hacer, sólo después de haberlo hecho.

3.

Fabián Rendón encuentra en el grabado al linóleo su técnica, su estilo, a sí mismo. Es que el verdadero estilo es encontrarse a sí mismo. Aquí, por una feliz cita, una técnica específica posibilita la aparición de un estilo personal, da aliento vital a una expresión.

Son legión entre nosotros los barítonos que cantan como tenores. En cambio, Rendón encuentra en el grabado su registro natural, su tesitura, su extensión, su forma.

El estilo no es una habilidad, es una voluntad de ser. Porque el auténtico estilo es la ética del pintor.

De la relación forma-composición, materia-tratamiento, tema-sintaxis, Rendón cosecha el sentido y la expresión de su estilo. Hay aquí una refinada y rica y sintética tipología. Y es esta capacidad sintética de la imagen uno de sus mayores aciertos: hacer que cinco rayas sean un tigre no es una actividad economicista, es un logro de concreción maravilloso porque el tigre está aquí en su totalidad y en su unidad.

4.

El estilo informa la materia de contenidos que distinguen un carácter; carga la forma de rasgos peculiares que develan una identidad. El verdadero estilo encierra una unidad profunda. Cada parte contiene una relación cerrada con la totalidad, revelando un principio indisoluble de unidad composicional. Aún en el trozo está claro el espíritu de la totalidad: un pedazo es completo en sí mismo. (Esto nos ha permitido admirar en los fragmentos de un arte antiguo la totalidad de su estética). Los expertos tratan de determinar si una obra procede efectivamente de la mano de un artista. El estilo permite descubrir del artista, su mano.

5.

Con el libro nace la era industrial-mecánica: él es, sin duda, el primer artículo repetido, uniforme y producido en masa. La máquina inventada por Gutenberg buscaba una producción más numerosa y más barata que la que permitía el libro manuscrito, para alcanzar una más amplia difusión. Se hacía preciso, claro está, el cambio de la vitela por el papel, la pluma por la plancha.

La imprenta, que tomó su nombre y su tecnología de las prensas de lagar que estrujan las uvas para sacar el mosto, obtiene su vino más espirituoso en el libro: El libro que es silencio que canta, milagro de la memoria. El mundo se asila en la palabra, y la palabra se asila en el libro. Los griegos dicen asulon (asilo), “sitio inviolable”.

La deuda que tiene la pintura con el libro no es sólo histórica. El grabado nace en el libro, allí crece, y cuando alcanza vida independiente sigue alimentándose allí, en ese espacio sagrado. Más que la palabra en la intimidad el libro es recogimiento callado de la palabra, transparente herida de la memoria que se niega a cicatrizar.

Ese insistente interés de Fabián Rendón por devolver el grabado al libro, es pues, más que el regreso de un hijo prodigo, una querencia natural del retorno río arriba, hacia las fuentes más puras, a los orígenes.

En un momento en que las artes plásticas padecen, como nunca, del equívoco del soporte, del despiste de la puesta en escena, de la conceptualización sobreactuada, de la sobrevaloración del espacio público como el auténtico marco democrático de la obra, sus exegetas hacen aparecer como si lo más importante de la obra plástica sucediera fuera de la obra misma, en el soporte, en los medios, en la tecnología, en la difusión.

En cambio, elegir como hogar de la obra plástica al libro es decidirse a otorgarle un espacio sagrado. De esta manera se le somete al misterio interior del sagrario, y se evita la errancia de la obra plástica, siempre exhibida en un afuera cotidiano o museístico. Es en el libro donde el poeta sacrifica su voz y donde el grabador inmola su color.

6.

Entre nosotros el grabado carece de prestigio: su pianísima voz sólo es escuchada por oídos finos. Para una comunidad como la nuestra, arriada por vendedores de cuadros, censores morales y arribistas sociales, el grabado es excesivamente modesto y poco visible (léase rentable). No sospechan que el buril del grabador ara una trinchera contra el facilismo y el relumbrón. La fuerza cognitiva y el valor sensible del arte han sido siempre una resistencia contra toda ilusión (de illusio, engañar), contra todo hecho visual incapaz de generar una presencia, o construir una ausencia.

Aquí lo que vende es ese tratamiento homeopático que tantos dan a su obra: si el mundo está lleno de mal gusto, pues démosle más de lo mismo, lo más naive posible; si el mundo está lleno de prostitución, démosle más rameras, y además hiperrealistas para que la ilusión (masturbación) sea más fuerte. El ansia ignorante de perseguir el parecido siempre está acompañada de la “horrible vacuidad de reproducir”: con su ojo parásito de lo real y su mano vegetativa, reemplazan imagen por remedo, imaginación por reproducción.

Para Fabián Rendón, en cambio, “simplificar la belleza no le resulta una economía atroz”. Porque no se trata de una operación precisamente economicista, sino de un acto de concreción sintética de las formas en favor de la imagen, de la esencia de la imagen. Pero para ello había que poner de acuerdo la mano con el ojo. (Los ojos son poetas). Y así alcanzó el mejor de sus encuentros. Pero encontrar no bastaba, había que hacer propio el encuentro. Y lo hizo suyo.

7.

Las manualidades han sido sobrevaloradas por el mercado, pero menospreciadas por la inteligencia. “¡Qué siglo de manos!” protestaba Rimbaud.1 Al arrancarse los ojos, Edipo descubre sus manos. Manos que quieren “ver” a sus hijas, palpándolas:

“Déjame que las toque con mis manos
y que con ellas mis desgracias llore…
Que al poderlas tocar las imagine
mías aún, como si mis ojos vieran”.

La mano es una prolongación del ojo, así como el ojo es una prolongación de la mano. Porque la forma es la única cosa accesible a dos sentidos diferentes: al tacto y a la vista. Y la forma es la carne de la imagen. El ojo crea el deseo, pero la mano está más dispuesta a realizarlo. Por eso hablamos del abrazo de la mirada.

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