Julio Larraz: las coordenadas a una geografía del misterio

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El artista de origen cubano Julio Larraz, quien ha vivido la mayor parte de su vida en Estados Unidos, estuvo en Medellín para la inauguración de su exposición Casabianca, en la Galería Duque Arango. Desde allí habló sobre su historia, su inspiración y su oficio.

Sino fuera por esas pequeñas manchas cafés, los ojos azules de Julio Larraz (La Habana, Cuba, 1944) serían el océano en calma, propicio para escapar, para huir, para, tal vez, cambiar de vida, serían el pasaporte con nueva identidad que permite volverse otra persona, allá donde nadie sabe, realmente, quién es quién. 

También podrían ser el cielo, un fondo propicio para viajar sin rumbo alguno, para trasegar cientos de kilómetros por una carretera, en una tarde sin nubes, hasta que, de repente, un letrero aparezca en el horizonte, indicando dónde queda Casabianca, esa geografía imaginaria que él mismo inventó, para darle tierra propia a una serie de personajes, lugares, atuendos, ornamentos, especies naturales, animales, que solo están registrados en su pintura, que son producto de su imaginación. 

Julio Larraz cree que la pintura le permite la paz. Fotos personales cortesía del artista.

Larraz no circunscribe su pincelada a pueblo o tiempo alguno, porque, al igual que su historia, su pintura está cargada de referencias a viajes reales e imaginarios, a sensaciones que le cuesta describir y a liberaciones de su subconsciente, que hace de manera sagrada, a través a los sueños.

Ese misterio que emanan algunos de sus personajes, así como la atmósfera insospechada de las escenas que pinta, se materializa al hablar con él por horas, cuando su voz ronca no revela más que una dedicación al oficio de la pintura, al que llegó dejando sepultado su nombre de pila, Julio Fernández, porque ya lo había “curtido” de caricaturas políticas. Desde entonces solo le ha interesado pasar todo el día en el estudio, con apenas pausas para comer, pintando en silencio, sin dejarse dañar la cabeza por lo que llama la “falsedad del arte”. 

Como pintor, Larraz quiso comenzar de cero, usando el apellido de su madre, cuando supo que las caricaturas que hacía para el New York Times, el Washington Post, el Chicago Tribune y la Revista Vogue, entre 1961 y 1967, solo servían para hacer reír a algunos. Entonces, desde hace más de medio siglo, 53 años para ser exactos, va por la vida siendo pintor. 

Es un majestuoso del óleo, preocupado únicamente por los contrastes de luz que logra apenas con usar bien los colores de su paleta, odia los artilugios. Entre amarillos quemados, azules profundos, negros brillantes y ocres, ilumina su uso particular de la figuración, porque es decididamente figurativo, mientras trata de crear un mundo aparentemente real, que algunos no se dan cuenta que es simplemente su manera de pintar la ficción. Sí, después de abandonar la caricatura, desde 1967, lo ocupa un figurativismo realista que hace crónicas visuales de un mundo que no existe. Fue en 1971, cuando hizo su primera exposición individual, en las Pyramid Galleries en Washington, que dejó ver por primera vez el gusto por las técnicas de la pintura que le heredó a maestros suyos como Burt Silverman.

“La caricatura me divertía muchísimo, me permitía reirme de los políticos, pero después me di cuenta que no consigues nada con la sátira, que es para que se diviertan unos cuantos. La pintura, sin embargo, es una declaración, hasta una acusación, pero hecha de una forma elegante y sin ensañamientos”, confiesa.

Una sombra gris, no tan oscura, más bien clara, como la que rodea los cuerpos de los hombres, mujeres y animales que encuadra en sus lienzos, dándoles profundidad y énfasis, lo acompaña todo el tiempo, como diciendo que resguarda su interior, con recelo, porque allí está la que los griegos llamaron “musa”. 

Es un pintor con ganas de pasar desapercibido. Cuando camina por las calles de Miami, donde vive actualmente, después de haber habitado en los sesentas la capital de USA, de mudarse a Nueva York y San Patricio (Nuevo México), ah, y de que en los 80 vivió en París y a finales de los 90 en Florencia (Italia); posa como “un señor cualquiera”, que sueña con tener la paz del campesino, olvidando que ha ganado reconocimientos de entidades como la Academia Americana de las Artes y las Letras y el Instituto Nacional de las Artes y las Letras. En 1976, le dieron el Cintas Grant del Instituto de Educación Internacional.

Lastimosamente, su elegancia de “gentleman” (caballero) cubano, o de norteamericano con camisa de lino y bermudas, con lentes oscuros y tabaco en mano, acentúa esas marcas de misterio.

“Sí, el misterio lo llevo conmigo, no sé de dónde viene, pero me acompaña a todas partes, no tengo la menor idea, pero todo el mundo coincide en pensar eso de mí, que soy misterioso. Yo, por el contrario, siento que soy el nombre más normal del mundo, me casé dos veces, me divorcié dos veces, tengo cinco hijos, vivo una vida muy tranquila. Hago ejercicio todos los días, de vez en cuando me fumo un tabaco, cuando converso con mis amigos, y, lo que más hago, es pintar, a eso dedico mi vida”, detalla, mientras disfruta un habano grueso, que acentúa su aire indeterminado, relatando que en su trayectoria contó con el apoyo de distribuidores como Nohra Haime, Ron Hall, Marlrborough Gallery y Galleria DArte Contini.

Entonces, le llega la hora de hablar de Casabianca, como se titula la exposición que con delicadeza colgó en Medellín la Galería Duque Arango, que Germán Duque y Sergio Arango le presentaron a la ciudad hasta el pasado 7 de julio, que para pesar suyo estuvo encerrada algunos meses, por la pandemia de la Covid-19, en la cual delató su relación con la literatura, con un poema que cuenta cómo un hijo sigue haciéndole caso a su padre, aún en la muerte. Más adelante hablará de ello.

Y hay que aclarar que no es esa “Casablanca” del cine la que precisamente lo ha inspirado, como ha mencionado la crítica, no señores. El artista no es un enamorado del cine, no ve películas, es más bien consumidor ocasional del “séptimo arte”, podría decir que pinta sus escenas, es el director de su propia película, no un repetidor de épocas de la producción cinematográfica. 

Se levanta temprano, desayuna, para luego alimentarse por casi 16 horas mal contadas del silencio de su estudio en Miami, porque cree que solo se disfruta el oficio por fuera del tiempo, como en sus cuadros, que no tienen una sola época, ni una sola estación, ni un solo momento de la vida de los personajes. Parece que, en esa cotidianidad de pintar y pintar, le queda poco tiempo para ir al cine.

Su muestra en Duque Arango

A Meeting with the Queen. 2019. Óleo sobre lienzo. 100 x 127 cm.

En Medellín, Julio Larraz presentó una Casabianca de 36 cuadros, de mediano y gran formato, al óleo, que comenzó a crear hace más de siete años, después de una literatura poética que se volvió su nueva válvula de escape. Entre sus lecturas, se encontró con la poesía de Elizabeth Bishop. Lo sedujo Casabianca, título que representa esa mar de la autora en la que se permite recitar versos hermosos para describir la muerte, en la que un niño ama a su papá, tanto para no abandonar el barco cuando quedarse significa arder en llamas. Se queda por amor, por hacer caso a lo que le había indicado quien le dio la vida.

“El amor es el chico que resistió en la cubierta ardiente

tratando de recitar ‘El chico resistía en la cubierta ardiente’. 

El amor es el hijo que resistió tartamudeando elocuciones

mientras que el pobre barco se hundía en llamas.

El amor es el chico obstinado, 

el barco, incluso los marineros nadadores, 

que querrían la tarima de un aula, también,

o una excusa para quedarse en cubierta. 

Y el amor es el chico en llamas”. 

Elizabeth Bishop (Worcester, 1911- Boston, 1979). Casabianca. De North & South, 1946. Traducción de Silvia Camerotto.

Casabianca es entonces un encuentro de Larraz con el lugar imaginado pero crucial, porque, al igual que Bishop, a él le interesa una pintura que no tiene sitios exactos, que aún con brújula y coordenadas no se puede localizar.

“Para mí es importante crear mundos para tener la mente libre, para poder tirar brocha. El lugar que pinto en esta serie no es Cuba, no es el Mediterráneo, aunque tiene algo del Mediterráneo, yo lo llamo el Tirrenio, podría decir que está al oeste de Italia, por referirme a lo que se me viene a la cabeza cuando pienso en los enclaves griegos, en la magna Grecia dueña de Sicilia. Pero no es ahí, la geografía cambia completamente en mi obra, no hay referencias directas en lo que yo pinto, está en una dimensión parecida a esa, pero no es esa, es más bien la atmósfera”. 

En casi una “cuarentena” de obras que presentó en Duque Arango, además de su adicción al no lugar, se pudo deducir que su trazo es atemporal, se aleja también del tiempo, porque el autor cree que sus personajes, como él, deben ser libres, no estar tan determinados y predecibles. Más bien deja que sus espectadores, con algunas pistas que pone en su pincel, imaginen, dejen salir su fetichismo, hagan como si jugaran con “muñecos” y paisajes, ubiquen los personajes donde crean que puedan estar mejor, pensando lo que quieran pensar, actuando como quieren actuar.

A Peaceful Meeting at La Tremebunda. 2011. Óleo sobre lienzo. 152 x 183 cm.

“No quiero ser esclavo del tiempo, siempre he hecho algo en lo que el tiempo no importa, no estoy viendo el reloj para ver si ya acabé un turno de ocho horas, ahí estoy, entregado. 

Después de todo, el que mira la pintura debe ser el que la termina, no yo. Si yo me pongo a hablar mucho sobre la pintura, la jodo, porque cada uno tiene una idea de lo que está viendo. Usualmente todos, sin que nos pregunten, tenemos nuestra respuesta a la pregunta ¿de qué se tratan estas obras? Cuando el artista responde, pierde el mayor interés”. 

Por eso, cuando pinta sus personajes, tampoco es determinante fijarlos a un rol social, “no pienso en sus posiciones -dice-, por ejemplo Patria, quien había sido una vidente, puede ser una cacique política que viaja con sus dos leones y un guardaespaldas vestido de esmoquin de verano, con un lanzagranadas. La veo como un personaje político de algún lugar que no puedo descifrar, una mujer negra que no sé de dónde es ni qué quiere lograr o qué piensa, pero puede ser lo que el espectador quiera”. 

La iconografía de Larraz viaja de África al Mediterráneo, pasa por Cuba y por Italia, se detiene en el pedazo de limón que le ponen en el trópico a un ron servido solo con hielo, hace pausa en los estampados de las pañoletas que usan las mujeres, en los blazers que usan los hombres, en los portarretratos colgados en las paredes, en el humo del cigarrillo, en los paraguas usados como parasoles. 

Los objetos tienen sentido, mientras parece que no dicen nada, sin que se sobresalte su voz para denotar importancia, lo que narra cada ornamento es importante: “soy un observador, no soy parte de eso, no vivo allá, no sé qué está pasando allá, lo importante es la creación de la pintura, la belleza o la fealdad de ella, lo demás es cuento. Las pinturas mías son mucho más elegantes que yo, lo que me satisface, porque viajan mucho más que yo. Me traducen, yo podría ser un hombre de campo, no me interesan las ciudades, la sociedad, me interesa enormemente la naturaleza. Podría haber sido un campesino, creo que los indígenas verdaderamente conocían lo que era la religión por su cercanía a la naturaleza, su vida dictaba su permanencia, su bondad, los regía. Por eso creo en los detalles, en cada elemento que ocupa el espacio”.

The Poet and his Muse. 2012. Óleo sobre lienzo. 152 x 183 cm.

Entonces, en Casabianca y en todas sus series, evita los excesos. Larraz cree en el equilibrio: “cada obra está en equilibrio, eso sí, la elegancia también me interesa. Para mí la elegancia tiene que ver con algo más sencillo todavía, que es el equilibrio, la coherencia, lo que tiene sentido, no es precisamente lo que se finge para mostrar en los grandes salones”.

Le gusta eso que llama “el detalle confinado”, no le gusta “todo lleno de detalles, me gustan los planos amplios. El detalle actúa como una especie de ancla para traerte a la realidad, no como un dulce que atrae a las moscas”.

Todos los políticos los pinta de negro, pero el poeta siempre va de blanco: “el poeta al que me refiero siempre, que es Homero, está siempre vestido de blanco, impecable, con su perro, viviendo en un lugar bastante aislado, que fue en algún momento un fortín, que se convirtió en la casa del poeta, en un lugar que se llama Punta Grabox, en Cuma, que pertenece al reino de Casabianca, que no sé de dónde viene, pero me viene de gratis. 

Sobre esas bases pinto, sobre esos reinos que no sé dónde están”.

The Assignment. 2018. Óleo sobre lienzo. 152 x 183 cm.

Cree que la pintura está hecha para las masas, para las sensibilidades naturales, que no hay que saber para apreciar un cuadro, por eso sus referentes visuales más claros están en la pintura estadounidense hecha con notoriedad hasta la década de 1940, con esa línea ininterrumpida de obras realistas, quizás tradicionales, hasta que se dio la que llama “la llegada de los genios europeos con su pintura vanguardista, para imponerse sobre todo lo demás en los años 50, 60 y 70, cuando dijeron que un pintor realista podía retirarse”. Seguidor incansable del “pintor del pueblo”,  como llaman en Estados Unidos a Adru Wieth (Pensilvania, 1917-2009), así como del retratismo de John Singer Sargent; Julio Larraz se considera “un outsider”, un forastero en tiempo y lugar, que solo quiere hacer una cosa “esa pintura que tu ves y dices: ‘carajo, es extraordinario’”.

A solas con el pintor

Es una noche de hace 16 años. Julio Larraz está dormido como cualquier noche. De un momento a otro se despierta sudoroso, alterado y recuerda que estaba soñando con un hombre vestido de blanco, más divino que humano, que estaba de espaldas a él, en algún lugar del mundo donde había mar, cuya energía lo motivó a avanzar hacia su cuerpo, a caminar en ese sueño para alcanzarlo, así no le estuviera mostrando el rostro. Al llegar a él, se dio cuenta de que era Vicent Van Gogh, uno de sus referentes, a quien ha dedicado series de pinturas, ya que, más allá de su pincelada sinigual, admira que encontró una manera de comunicar su arte al mundo, una manera única. 

“Fue una cosa tan vívida que me asustó. No quería pintar a Van Gogh pintando un cuadro, porque era una falta de respeto ya, con la belleza de su color, de su trazo, por eso lo pinté en las Bahamas, que era donde yo pensaba que había sido ese encuentro, con tiburones, con todo lo agreste de la naturaleza”.

Esa autenticidad de Van Gogh, esa magia puesta sobre un lienzo, es la descripción más sencilla de lo que es capaz de hacer lo que Larraz llama “un pintorazo”, como también lo fueron los creadores norteamericanos que tiene presentes entre sus referentes, a quienes conoció en Nueva York, en su juventud, desde la década de los 50, ellos, como Edward Hopper (Nyack, 1882 – Nueva York, 1967), quien conquistó su ojo porque coinciden en que su musa siempre busca el equilibrio, la escena perfecta. 

Por eso es un pintor, por la paz que le entrega el oficio.

“Para mí la pintura ha sido siempre algo que gozo antes de venderlo, una píldora que me da paz. Cuando termino una obra me siento a contemplarla, porque me da calma. Me pongo a verla y a preguntarme, ¿cómo fue que me salió esto?,  a veces parece que no lo hubiese hecho yo. No es uno, es el subconsciente de uno el que produce arte, es un Dios que llevamos dentro, que nosotros mismos no conocemos”.

Es un pintor que disfruta estar a solas, que no quiere el ruido ensordecedor en el cóctel, en el que tantos murmullos producen dolor de cabeza. “El mundo del arte es lo contrario de las aspiraciones mías: lo estridente, lo más atiborrado, lo que siempre he pensado que no tiene sentido, eso es a lo que aspira el arte contemporáneo, por eso estoy fuera de base, fuera de ese lugar”. 

L’heure de L’aperitif. 2015. Óleo sobre lienzo. 76 x 102 cm.

No se arrepiente de haber elegido la pintura, pudo ser cineasta o literato, pero no lo fue porque, quizás, no le llegaban al alma.

“No voy al cine, no veo películas, vi hace años algunas que me impactaron, porque todo lo que ves te impacta normalmente o subliminalmente, por eso algunos copian la obra de otra gente sin darse cuenta, porque ha sido tan impactante lo que han visto que han caído en ese hueco negro del que no escapas. Recuerdo, por ejemplo, Citizen Kane (Ciudadano Kane) de Orson Welles, algunas escenas, como aquella en la que el personaje está hablando delante de un retrato suyo, me impactaron, eso que se usó en los años 30”. Y no más, no es el cine su musa, es una conexión espiritual la de sus imágenes.

“Las imágenes de mis pinturas vienen por sí solas, depronto las veo como si las tuviera delante mío. Cuando las voy a hacer es como tratar de pintar un sueño, en el sueño todo funciona, pero cuando vas a pintarlo no funciona, entonces tienes que hacer maromas para crear la pintura y que tenga sustancia. Muchas veces me despierto porque el sueño es incesante, como tener un pájaro carpintero en la cabeza que no te deja hasta que no te despiertas. Muchas veces me despierto hasta con el nombre de la obra. No sé de dónde viene”.

Pintar es un gusto de la infancia, que estuvo atormentada por los Jesuítas.

“Desde que era niño me gustó la pintura. Pero la infancia no fue fácil, tuve muchos problemas porque hacía lo que me daba la gana, estuve en un colegio jesuíta durante mucho tiempo y me atormentaron tremendamente porque lo que me gustaba era dibujar, porque es la libertad, con el dibujo puedes lograr lo que tu quieras. Llegué a pensar que había descubierto algo que nadie sabía, porque dibujaba lo que yo quería, quería capturar lo que era indispensable. Logras lo mejor cuando tienes a todo el mundo en contra”. 

Sunset at Villa Anatolia. 2015. Óleo sobre lienzo. 152 x 183 cm.

La soledad lo define, no le tiene miedo, lo acompaña: “todo lo que he aprendido lo he hecho solo, leyendo yo solo, aunque me atormentaron con que la academia tenía que ser, tuve 36 tutores privados que no me aguantaban, que se iban, porque yo lo que quería era dibujar y pintar. Estuve tres años en una academia militar hasta que nos fuimos de Cuba. sino me fueran a llamar a apostata diría ‘gracias, Fidel Castro’, porque su régimen me liberó a mí también”. 

El arte cambió su vida, irse a Estados Unidos en 1961, con 17 años, fue abrirse paso en un mundo de ensueño, donde casi naturalmente marcaron su historia importantes autores.

“Las artes me liberaron,  conocí a Tennessee Williams antes de que muriera, se dedicó los últimos tres años de su vida a pintar, no volvió a escribir, porque la pintura te absorbe de tal forma de tu potencial gravitacional que no escapas de ahí, es algo fascinante, si realmente es lo que quieres. Entonces, pude aprender de él, entre su literatura y su pintura”.

Junto a su familia, partió de Cuba porque hacían parte de las amenazas intelectuales al nuevo mandato cubano. Su papá, Julio César Fernández, doctor en Filosofía y Letras, periodista, con doctorado en Economía, le decía que era un rebelde.

“De las reuniones de mi padre con intelectuales, de su escritura, de sus luchas, comprendí que había que ser rebelde. Me dijo que el pintor tiene que ser un rebelde, ir contra la corriente. El pintor crece con el impacto y la variedad de lo que ve diariamente, de lo que lee, de con quién se junta a hablar de cosas interesantes. Y eso, en mi historia, viene de familia, porque mis padres hablaban con amigos que eran artistas, periodistas, presidentes, gente pensante, esa es una influencia muy grande, que no tiene todo el mundo”. 

Su madre, Emma Larraz, abogada, quien asumió la dirección del Periódico La Discusión, le decía que debía formar “el club de los salmones, porque siempre iba contra la corriente”. 

La libertad es para este creador cubano el sinónimo de arte, así ser libre le haya costado, lo acepta sin arrepentimientos: “me ha costado mucho. Si no sigues la pauta de curadores, directores de museos y galerías debes considerarte fuera de todo, es como vivir en un vacío, pero yo prefiero vivir en un vació propio que vivir en su mundo vacío”.

La incertidumbre

A Man and His Drink. 2015. Óleo sobre lienzo. 183 x 152 cm.

Una constante en el trabajo de Julio Larraz ha sido también la persistencia. Ha caminado los caminos del arte pensando en el otro, en entregar a los demás su trabajo para abrir nuevas preguntas, eso de inspirar.

“Quería hacer algo para los demás, algo que durara. Siempre he pensado en hacer algo que quede, que tenga sustancia, que les sirva a los artistas que están comenzando, que pueden nutrirse de eso. Estoy en contra de los museos dedicados a artistas vivos, creo que toma mucho tiempo que lo que hace un artista sea bueno, porque hay mucho arte bueno, muchos grandes creadores y, como uno no es el único, no quiere decir que lo que hace sea gran cosa”.

¿Lo material?, no. Cree en lo inmaterial y lo espiritual. 

“No es lo que uno termina ‘teniendo’ en esta vida, es lo que uno deja, es el legado de lo que pueda dejar a los demás, pienso en la satisfacción de un músico, cientos años después, con una obra de Puccini que, con su antigüedad, le da en el presente el punto de partida para lo que quiere. No hay creación de la nada, somos parte de una escalera, que nos va permitiendo subir una escala, todos contamos con el anterior para subir un escalón más”. 

Otro aspecto a conocer es su amor a la cotidianidad, al reposo y al mar en calma: “es en el tedio cotidiano en el que uno puede trabajar muy bien. Cuando tienes muchas excitaciones no puedes trabajar, los lugares aburridos son excelentes para trabajar, no te molesta nadie, no te llama nadie, no les importa quién eres, te dejan en paz y tú puedes trabajar a plenitud. Paso el día en el estudio, me llaman para ir a almorzar y es la peor llamada del día, porque no quieres parar, es una droga heroica, no quieres detenerte ni un segundo, pero por disciplina lo haces. Voy, como, y vuelvo hasta la noche. A veces me parece que me queda muy poco, entonces me esmero para trabajar mucho, para no quedar con ganas de regresar, no quiero regresar aquí”. 

Aspira a la espiritualidad, dice no tenerla, pero “la sigo buscando, sin haber tenido la posibilidad de encontrarla. No soy un mojigato. Creo que el mundo interior es lo que deseas para los demás, la apreciación que tienes por la naturaleza, porque cuando ves la naturaleza ves a Dios”. 

Conference at Dos Passos. 2019. Óleo sobre lienzo. 152 x 183 cm.

Siempre le impresionó algo que le decía el pintor colomboespañol Alejandro Obregón (1920-1992), lo recuerda y lo relata con fuerza: “Obregón se refería al oficio constantemente y recuerdo que, cuando decían que los toreros eran una gente muy valiente, él ironizaba: ‘muy valientes, pero no se dan cuenta lo que uno siente cuando se encuentra, depronto, por la mañana, con un lienzo de un metro con ochenta y cinco centímetros’”. 

Antes de que se acabe su tabaco, cuando la luz del sol ya casi se oculta y el atardecer de esta terraza de un hotel de Medellín parece estar ambientada en una de sus pinturas, una en la que el azul se pinta de anaranjado, Julio Larraz va a retirarse, misterioso, siempre sin decir si volverá, hablando del éxito y la incertidumbre. 

“El éxito siempre nos confunde, de tal forma que nos hace perder el norte. Nos hace pensar que hemos llegado, cuando no hemos llegado. Uno tiene que esperar el fin, para saber si lo logró. Yo hoy no lo sé, no tengo ni idea. La sorpresa es lo interesante, poder sorprender de una forma agradable en la pintura, hacer algo que digan ‘wow, qué bien está eso’, por los colores, por la intensidad del diseño. Algo que te produzca incertidumbre, eso es lo que me gusta, la incertidumbre”. 

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  1. Avatar
    Tania

    Me encanta esta revista

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