La Capital de la Montaña: una ciudad que respira arte y que todos viven y sienten.

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Esta vez llega la @contadoradebuenashistorias o @andreadiazduque . a compartir con ustedes sus escritos desde otra perspectiva.

La eterna primavera, una ciudad que todos viven, sienten y la que respira arte por todos los rincones que se camine, no sería interesante si antes no se conoce su pasado, si las personas que llegan allí (viajeros), no se impresionan un poco con su cultura y no se dan a la tarea de conocer y amar lo que se hace allí diariamente desde sus comunidades, pero como todo, vivir o crecer en este lugar también tiene su gracia, porque es el significado de encontrarse con inmensidades de historias en cada esquina por donde pases a partir de anécdotas que de alguna forma te atrapan.

Es por esto que durante muchos años, la ciudad se ha ido transformando y continua en una misma dinámica en medio de muchas problemáticas sin solución y algunas veces estigmatizada, pero que si se observa con detenimiento, la ciudad de Medellín con su arte ha hecho un ejercicio arqueológico donde cada pieza y detalle construye continuamente un panorama diferente, el cual ha permitido ampliar los horizontes, de ahí que los diferentes proyectos culturales que ofrecen en este lugar, siga seduciendo a los sectores artísticos y educativos de esta urbe, pues siempre será la forma de reconocer el talento de jóvenes que allí se encuentran trabajando diariamente por construir un mejor futuro, a nivel local y mundial.

Sin embargo, hablar de lo que pienso sobre la cultura y de cómo la imaginamos, nos exige proponer un acuerdo sobre cómo queremos entenderla. La cultura es un elemento constitutivo de la humanidad. Es, como dice Zygmunt Bauman en Ceguera moral, “el sedimento del intento permanente por hacer habitable la vida con la conciencia de la mortalidad. Y si por casualidad llegáramos a ser inmortales, como a veces soñamos (ingenuamente), la cultura llegaría a su fin”. Es por ello que imaginar el futuro de esta implica entonces pensar en aquellas construcciones simbólicas que nos permiten una relación afirmativa de la vida. Las expresiones artísticas y estéticas que están contenidas allí, y las que son fundamentales para esa afirmación de la existencia. Pero no convertirlas en acciones seria lo único que no nos permitiria hacer habitable nuestra vida ligadas a la supervivencia propia de un contexto que conforman un proceso cultural el cual permite la construcción de escenarios que a la vez han generado procesos de identidad característicos de la ciudad paisa. Es por esto que la economía, la religión, la política, la educación tienen mucho que ver con la cultura que construimos en la eterna primavera, pues determina siempre en buena medida las creencias, necesidades y deseos de su gente.

Ante ese panorama, mucho más complejo, ¿qué es lo que estamos llamados a imaginar para el futuro de la cultura de esta ciudad? Y me atrevería a decir que desde que somos niños los padres de familia y docentes necesitan enseñarnos a imaginar el mundo en el que queremos vivir. Ese mundo posible que soñamos, esa cultura que queremos habitar: eso es lo que necesitamos imaginar y, por supuesto, lo que tenemos que tejer. Y no solo individualmente sino también colectivamente, pues la cultura siempre ocurre cuando son muchos en el juego, cuando hay comunicación, cuando está el lenguaje de por medio para seguir expandiendo nuestras posibilidades de ser alguien en el mundo.

“El futuro nos pertenece”, “Los niños y jóvenes son el futuro”, son usualmente frases de cajón que escucho con frecuencia en diversos escenarios y proyectos para el arte de esta ciudad, limitando siempre a las poblaciones su existencia en el presente y soltando a los adultos de la responsabilidad de construcción del futuro. “Si hay futuro, es feminista”, afirman muchas mujeres que hoy luchan por transformar las estructuras sociales y culturales que impiden una sociedad igualitaria. Tema que leo desde muy joven por medio de la escritora Isabel Allende defensora del feminismo desde sus 20 años. Entonces para mi, el futuro en el arte para esta ciudad siempre será un campo de disputa. Es de ahí que los diferentes proyectos que ofrecen para el sector cultural de Medellín no sean lo suficiente
atrayentes en ocasiones y siempre tengan que ser escogidos por votación y los símbolos que determinan eso que entendemos como futuro para nuestras juventudes en el arte también están en disputa. Y es en el campo de la cultura donde se da ese combate. Entonces, ¿cuál cultura queremos? ¿Cuál cultura podemos imaginar? Si todo tiene que ser por votos o amistad.

La imaginación moral es un bello texto de John Paul Lederach, profesor estadounidense experto en construcción de paz. Allí acude a una fábula que muchos reconocemos: El flautista de Hamelin. Nos recuerda que, tras haber cumplido con el encargo de expulsar las malas personas del pueblo, no recibió su pago, así que usó su arma la flauta para llevarse tras él a los niños y niñas. La moraleja obvia es que es importante pagar las recompensas prometidas. Sin embargo, Lederach resignifica este cuento infantil y nos propone un nuevo mensaje que tiene ya no el castigo sino el arte como centro del relato: “dos décadas después, cuando volví a leer el cuento, no fue esa la moraleja que me llamó la atención. Lo que aprecié fue el poder de un flautista para movilizar a una ciudad entera, es decir un líder,
para hacer frente a un mal y exigir responsabilidades a los poderosos. Sin poder visible, incluso sin ningún prestigio y, menos aún, sin un arma violenta, un flautista transformó toda una comunidad. Ahora, la moraleja del cuento parecía ser esta: atención al flautista y a su música creativa, porque, como el viento invisible, tocan y movilizan todo lo que hallan y estorba en su camino”.

Lo interesante de esta mirada no es solo la resignificación del autor, sino también que nos muestra continuamente que es posible dar lugar a nuevos símbolos y a nuevas significaciones. Es lo que pasa cuando un artista utiliza el lenguaje popular y lo convierte en trova, rima, rap, poema; eso tan local, tan propio, ese código tan específico de pronto se es una canción cantada por las masas, construyendo su propia identidad que en la actualidad se observa con espacios armonizados por el arte que se encuentra en la gente de Medellín, en sus artistas, o en los diferentes tipos de arte, una muestra de ello es el barrio San Javier donde crecí más conocido como la comuna 13, allí los grafitis, la música, el baile, la pintura y las zonas comunes como las escaleras eléctricas benefician a los habitantes de este lugar y a nivel mundial es reconocido por su arte callejero en pleno barrio popular

Es por ello que siempre es necesario que se generen muchos ambientes simbólicos en los que la palabra fluya un ejemplo de ello es el salón Málaga, el Museo de Antioquia, La fiesta del libro en el Jardín Botanico, algunos de estos lugares se encuentran en permanentes conversaciones, proponiendo a sus públicos argumentos diversos y disímiles sobre múltiples formas de hacer la vida con arte. El diálogo, la palabra, el encuentro son dispositivos esenciales para el movimiento cultural. El arte, la estética, la gastronomía deben invadir cada escenario en el que se desenvuelva, una gran fiesta creativa en la que todos y todas sean a la vez creadores, constructores gozando siempre de las elaboraciones que estas manifestaciones humanas nos proporcionan. Pudiendo hablar de ellas, poniéndolas en circulación y debate con nuestras ideas y percepciones.

Graffiti Café escaleras eléctricas comuna 13 Medellín

Pero todo no acaba ahí, a principios del año 2020, para ser más exactos en el mes de marzo, la forma de hacer arte y de cómo utilizar sus lugares tuvo que dar un giro de 365 grados, pues apareció algo nuevo en nuestra cotidianidad: llamado el tapabocas. Obras de arte, memes, estampados, estilos, colores. Ese objeto comenzó a tomar nuevas formas, lo hicimos rápidamente prenda de vestir; pero, al tiempo, se convirtió en un símbolo del cuidado, y no usarlo o usarlo inadecuadamente es reprochable. Y se volvió también un símbolo de censura; por ello, muchos se han negado a cubrir su rostro. En todo caso, moda, cuidado o censura, este es ya un símbolo de arte por la pandemia del coronavirus. Y esa pandemia evidenció asuntos que hemos leído y escuchado en muchas partes: desigualdades estructurales, un sistema de salud inestable, precarización laboral, una naturaleza que necesita un respiro. Y unos vínculos humanos que requieren, como cualquier obra de arte, restauración y conservación. Reconocernos y coexistir en la diferencia ha de ser un triunfo de la cultura, pues es la diferencia la que enriquece las construcciones simbólicas del mundo que habitamos. Entendida como un elemento que nos hace humanos, será ella la que propicie nuestro encuentro como humanidad. Será la cultura la que nos permita representaciones colectivas de lo que somos y lo que queremos ser, y esas representaciones solo son posibles con imaginación, comunicación y diálogo. “La cultura no nos salva, pero nos alivia”, dice Omar Rincón en el pódcast Curarnos, uno de esos inventos de pandemia y un buen ejemplo de cómo la cultura, para posibilitar su propia circulación, tendrá que buscar formas de adaptación: hacerse notar, jugar con nuevos medios y formatos, enriquecerse con otras narrativas, transitar sin temor y ocupar espacios
vacíos que podrían ser tomados por la anomia y el individualismo.

Resistiré es una canción de 1988 que se convirtió en un himno de la pandemia, y ese éxito es solo atribuible a la enorme capacidad de ese grupo de artistas para conectarse con lo que buena parte de las personas consumidoras de internet estábamos viviendo. Esos cuadros adyacentes en forma de mosaico se convirtieron en nuestro retrato; ahí estaba nuestra familia, nuestros amigos, nuestras reuniones de trabajo, nuestros encuentros más íntimos. Esa estética de lo colectivo se impuso y han sido muchas las canciones,los videoclips y el arte no solo de esta ciudad sino del mundo que nos han permitido esa representación. Ese es el poder de la cultura: que nos escucha, que nos conecta, que nos muestra que no estamos solos. Esas canciones, así como los aplausos en los balcones, fueron atisbos de esperanza en los momentos más duros.

No dejemos pasar la oportunidad que tenemos hoy de reflexionar sobre el futuro de la cultura para pensar en el arte y lo que ella significa. Porque una cultura en el arte soñada es aquella que tumba muros y ponga en jaque la idea de las fronteras, una cultura que realmente nos vincule y que nos permita proponer juntos el presente y el futuro. Ya la humanidad ha puesto muchos muros de por medio y ese es solo un síntoma de que las cosas no están bien: el Muro de Berlín, la barrera entre Israel y Cisjordania, las fronteras invisibles en los barrios de Medellín, el muro que Trump no pudo construir, aunque continúan los más de tres mil kilómetros que separan a México de Estados Unidos.

Nuestras culturas han sido separadas por las fronteras, y el cine, la televisión, el teatro o la literatura han construido relatos a partir de las segregaciones, luchas y resistencias que esos muros generan: la reciente serie española La Valla, tan parecida a nuestra actualidad, o la película mexicana La Zona, Eros y Thanatos de Michel Azama o La Muralla China de Kafka.

Si el muro y la frontera son símbolos con los que se construyen relatos artisticos, hoy nos atrevemos a imaginar una cultura que nos siga confrontando como ha hecho desde épocas pasadas, que tire abajo todas las ganas de poder y se pueda comenzar a trabajar unidos, que enriquezca nuestras vidas y nos abra la mirada para encontrar soluciones colectivas y creativas a esos profundos problemas que compartimos como humanidad. Necesitamos una cultura que derrote el miedo al otro, a la diferencia, a lo desconocido. Y para que eso ocurra, nuestro presente y nuestro futuro deben estar marcados por una transformación de las condiciones reales de existencia de las personas, para que sean efectivas las posibilidades de ser creadores y creadoras de formas simbólicas que resignifiquen aquello que somos en lo individual y en lo colectivo. Una cultura de la cooperación, del trabajo con ganancias compartidas, de la redistribución, de la libertad, de la confianza. Y siempre con la certeza de que esa cultura del futuro la estamos construyendo todos los días.

Es por ello que para mí es muy placentero encontrar caminando la ciudad personajes que compartan experiencias, como actores de formación y a partir de su mundo artístico, construyan una nueva visión de Medellín -Colombia y es eso precisamente la cultura de esta ciudad, aquella que continúa transformando caminos, paisajes y nuevas visiones donde siempre existe la posibilidad de tejer puentes, de vernos y reconocernos en nuestras diferencias. Y el arte, sin duda, es una puerta que se abre de par en par para lograrlo. Pero teniendo presente que no será la única por ende siempre será de continuo trabajo.

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