No es la primera vez que la bestia asusta al conservadurismo

Share on facebook
Share on google
Share on twitter
Share on linkedin
Registro de la performance  La peregrinación de la bestia, de la artista Analú Laferal.
Crédito: Julieta Duque. Museo de Antioquia.


Medellín es otra vez el epicentro de una polémica relacionada con el arte, evidenciando el desconocimiento de algunos y la potencia creativa de otros.¿Quién es la bestia y por qué los asusta?

Otra vez, como muchas veces, Medellín se enciende por la potencia creativa de quienes quieren gritarle sus verdades, lo que molesta hasta el cansancio a quienes apenas abren sus ojos de manera tímida a lo que las artes proponen. Sábado, noviembre 9 de 2019, 7:00 p.m., un capítulo más de arte versus paradigmas, en la Capital de la Montaña.

Comienza una censura.


La peregrinación de la bestia, de la artista Analú Laferal.
Crédito: Julieta Duque. Museo de Antioquia.

Analú Laferal es una artista cargada de reflexión, quien, como parte de la serie Acciones abiertas, liderada por el Museo de Antioquia, que hace parte del proyecto Medellín a cielo abierto; se tomó el espacio público para gritar sobre la muerte de personas LGBTIQ. Lo hizo en el campo santo que es el  Parque Mon & Velarde, a apenas metros del Parque Bolívar, con la imponente Catedral Basílica Metropolitana, en una suerte de procesión pagana que se extendió hasta la Plazuela de San Ignacio. A tal acción viva, una performance que bebió de la danza y la corporalidad su fuerza escénica, la llamo  La peregrinación de la bestia, invitando a una decena de artistas a que la acompañaran, vestidos de negro y con atuendos rituales, oscuros, a pronunciarse: “Somos la bestia, maricas rabiosas cobrando venganza”, dijo al respecto uno de los participantes. 

Pero, ¿por qué salir con oscuridad a tomarse el espacio público a través del cuerpo?

“Antioquia es uno de los departamentos donde se reportan más homicidios contra personas LGBTIQ. A través del lenguaje fúnebre y católico de las procesiones, La peregrinación de la bestia busca denunciar la violencia por prejuicio hacia personas que por su orientación sexual o identidad de género se salen de las normas tradicionales en la ciudad de Medellín y busca realizar una ceremonia como un ritual de paso y memoria por las víctimas de esta violencia heteronormativa”, detalló la artista Analú Laferal, nacida en Bogotá, quien desde 2009 vive y trabaja en Medellín. 

Con pregrado en Ciencia Política en la Universidad de Antioquia y un máster universitario en Estudios Culturales y Artes Visuales de la Universidad Miguel Hernández de Altea, España; la artista ha sido definida como “travesti herbívora, desde el performance y las herramientas audiovisuales, explora las potencias y los límites del travestismo animal como una estrategia posidentitaria de desgenerización. Sus enunciados están trazados por las exploraciones en torno al poder y su relación con la especie, el cuerpo, las identidades de género, las sexualidades y los feminismos disidentes”. 

Por eso, siendo coherente con su trayectoria y sus intereses artísticos, Laferal llevó al espacio público una verdad incómoda que fue mal entendida por algún personaje, quien llamo “acto satánico” a su intervención, e invitó a “orar por Colombia”….

Historia del arte y repetición: un hombre de posición importante, con aparente poca información a la hora de dar su discurso, rechaza lo que los artistas proponen. Después, como si nada, sale a rectificar, a disculpar un acto de censura e irrespeto.

“Pues sí, creo que sí fue un ritual satánico, ya que al parecer a eso es a lo que nos han empujado y en lo que nos han convertido durante más de 500 años: somos ‘monstruas’, somos degeneradas, somos demonias, somos oscuridad porque hemos decidido vivir nuestra vida como se nos pegue la jodida gana, y así lo seguiremos haciendo. Y si nos toca celebrar el infierno, pues lo haremos, porque preferimos irnos para allá con todas nuestras ‘compas’ a bailar y seguir gozando, que irnos a un cielo hiper higienizado, aséptico, casi como una estación del Metro de Medellín a la que van esas mismas personas que se juran salvadoras de la buena moral”, dijo la artista Julián Zapata Rincón.

Esta no ha sido la primera vez que el arte se enfrenta como demonio a los cerrados personajes que no creen suficiente su pobre posición como dirigentes, para venir a hacer de críticos de arte. Valga Dios como su idea de ética, de estética, de filosofía, su máxima contextualización. 

No es la primera vez

Todavía, Medellín tiene pendiente darle a Débora Arango un reconocimiento mayor y esa disculpa que tanto mereció al ser llamada, igual que Laferal, una transgresora. Decía el curador Alberto Sierra que “para Débora nunca será suficiente”, aludiendo a que sufrió la crítica de una sociedad pacata, porque se atrevió a poner en conversación el cuerpo desnudo, la mujer como un ejercicio político, la prostitución, la corrupción, la pobreza de la clase dirigente. 

Arango, autora de pinturas potentes aún hoy, en las que sapos y ratas dan rostro a los dirigentes políticos, fue personaje no grato para la iglesia, cuando lo que hacía era apenas pintar de colores la verdad. Como era mujer, no estaba bien visto que hiciera uso del desnudo, como si lo hacía su maestro, Pedro Nel Gómez, a quien no se atrevían entonces a descolgarle las obras. Era 1939, se esperaba que  no pasara más en adelante, que el cambio de decenio trajera mejores críticas al arte nacional, sobre todo, que la Medellín bella y productiva abriera los ojos a lo que los artistas intentaban decir.

No fue así. Carlos Correa también fue señalado con dedos puntudos. Cuando el erotismo hizo parte de su composición, en un cuadro que tocaba a la Madre de Dios, no tardaron en revisar su propuesta y calificarla con todos esos adjetivos que acercan al mal. 

Su cuadro Anunciación (1941) fue retirado del II Salón Anual de Artistas Colombianos, siendo posteriormente premiado en el III Salón, cuando decidió ponerle un nuevo título, lo que despertó la censura eclesiástica. Era una mujer desnuda, erotizada y cómoda con su cuerpo a la que le llegaba la luz divina, mientras su rostro denotaba un gozo más que celestial. Bastante molestia por tal placer. 

Cuando Félix Ángel publicó Te quiero mucho, poquito, nada, en 1975, le vio la cara a la bestia. La novela, que cuenta la historia de Pipe Vallejo, “hombrecito-niña-niño-cacorro… Monstruo entero niñomediobello”, estremeció a las moralidades, les quemó las manos, como dijo el editor Alberto Aguirre. 

“Se convirtió en la primera novela en tratar la homosexualidad –y el homoerotismo– desde la perspectiva urbana en Medellín. Sin embargo, atacado por los sectores conservadores de la época, Ángel se vio obligado a retirar la obra, convirtiéndola en una leyenda de la que sobrevive un solo ejemplar, escondido en una biblioteca periférica”, explicó el escritor Juan Fernando Jaramillo cuando se cumplieron 40 años de la publicación de esta obra. 


Grabado de Félix Ángel para su libro Todos ellos.
Crédito: Cortesía

Lo cierto, volviendo a la plástica, es que no fue solo el libro. Exponer los grabados y dibujos que ilustraban el texto, poner en público su plástica homosexual y abierta, le costó otra vez a Ángel la crítica feroz y pobre: descolgarlo, no tenerlo, eliminarlo, esa fue la manera de negarlo, en plenos setentas, porque ser diferente también era pecar, también era herir a las no calificadas pupilas cuyos velos de pulcritud no han dejado ver lo que es el arte. 

Podrían ser muchas más, solo anotemos otra. 

Cuando el Museo de Antioquia decidió crear una plataforma para revisar esa idea de lo “paisa”, de lo “antioqueño”, para ver la multiculturalidad en una raza malentendida como de tez clara y sombrero, de camisa blanca y pelo en pecho, un señor que no nombraremos, de esos de familia “tradicional y prestante”, puso el grito en el cielo. 

“Pablo Escobar señala, en la misma posición del cuadro de Cano, hacia adelante como mostrando también el camino que se debe seguir. ¿Será que le indica a la juventud el camino de la droga? ¿De la perdición a la que llevó a los jóvenes del mundo entero?

El mayor criminal del siglo XX empuña en su mano derecha una botella. Esa botella debe simbolizar el vicio, el licor, la droga. ¿Es eso arte como para que acompañe una obra orgullo de los artistas colombianos? 

Qué pena me da señores curadores, el arte no se puede prestar para ofender a toda una comunidad y menos para presentarnos ante el mundo entero”, precisaba en editorial el diario El Colombiano, en texto a puño y letra de quien no podía entender la potencia del artista Carlos Uribe, quien desacralizó esa joya de la corona que es Horizontes, de Francisco Antonio Cano.

Esto en pleno 2013, durante la plataforma Antioquias, presentada así por el Museo: “Desde la perspectiva curatorial, Antioquias propone exponer y hacer una revisión crítica de los imaginarios de identidad sobre Antioquia y sus pobladores. Dicha revisión se apoya en las tesis del investigador y cocurador Juan Camilo Escobar, de que dichos imaginarios tienden a construir, por definición, generalizaciones, naturalezas nudo totalizante que presupone un carácter único y recae en la supresión de la diferencia, la minoría, el disenso ante la uniformidad”.

En los ojos de la bestia

Sin denigrar de los conservadores, resulta casual que los ojos de la bestia hayan sido, tantas veces, de quienes han defendido las ideas de derecha y el cierre de puertas a las libertades. 

Pareciera que en sus formaciones la apreciación artística se hubiese quedado en las ideas de la belleza, en el ideal de un arte para adornar salas, de esculturas de pedestal brillantes y trazos de paisajes simples, que más allá de lo natural no quisieran siquiera molestar al espectador, ni interrumpirle el silencio. 

En el Siglo XXI, el arte tiene unas preguntas que van más allá de la factura o la técnica. El arte contemporáneo invita a que se piense en situaciones que afectan a la sociedad, buscando, cada vez más, tocar a los ciudadanos, llamar su atención y generar un debate alrededor de lo que se plantea. 

La bestia de la que hablamos parece querer el silencio, el de su mente y el de las mentes de los demás, porque no tiene interés en que se piense. Revelarse, entonces, sigue siendo para los artistas la única opción. 

Cronistas de su tiempo, cada vez con tonos más altos, porque a veces los ciudadanos parecen no escuchar, lo mínimo que requieren los artistas hoy es respeto. Merecen que quien se atreva a analizar sus obras las estudie, lea siquiera de qué se tratan, se interese por generar una conversación centrada en paradigmas que no rocen en una idea de ética en la que lo único preponderante es lo “divino” y no lo humano. 

La bestia, entonces, parece ser el arte. Si molesta tanto que se apodere del espacio público, que entregue a los ciudadanos un discurso, que presente tensiones, el arte es la bestia que molesta al conservadurismo, a los sesgos y las negaciones, a quienes tienen intereses en acallar y no en dar la palabra. Acudiendo a lo simple, quien no quiera ver, que no vea, está en su derecho. Ello no significa que tenga la potestad de impedir que los demás aprecien. 

Compartir artículo

También podría interesarte

Arte y Crítica

Julio Larraz: las coordenadas a una geografía del misterio

El artista de origen cubano Julio Larraz, quien ha vivido la mayor parte de su vida en Estados Unidos, estuvo en Medellín para la inauguración de su exposición Casabianca, en la Galería Duque Arango. Desde allí habló sobre su historia, su inspiración y su oficio.

Emprendimiento

De la gastronomía africana al mercado saludable

Esta es la historia de Enerfruit, un emprendimiento de alimentación saludable a partir de un producto de la gastronomía heredada de África. Gracias al apoyo de Comfama, contamos las historias de los emprendedores de Antioquia.

Deja una respuesta