Óscar Jaramillo: enorme

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Autorretrato de Oscar Jaramillo

Una exposición en la pequeña sala de arte del Edificio de Mattelsa, en el barrio Perpetuo Socorro de Medellín, rinde homenaje al artista antioqueño Óscar Jaramillo… Faltaría una muestra diez veces más grande para abarcar su trayectoria y mayor interés de las instituciones locales por nuestros artistas mayores, para contar con más fuerza sus historias.

Fundamental como dibujante en la historia del arte colombiano y latinoamericano, ha capturado en su memoria y llevado a lo pictórico miles de las miradas más sórdidas de los personajes que habitan las calles de Medellín, en especial de los que habitan la noche, siendo referente en este oficio desde la década de 1970. Óscar Jaramillo es además de dibujante un aguardientero, un bohemio que sacaba lápiz y papel en las casas de citas de Lovaina, donde escuchaba con paciencia las historias de esos personajes libertinos y a la vez presos en sus dramas, quienes casi siempre resultaban siendo sus amigos. Hay que decir también que se ha consagrado en su oficio como virtuoso grabador.

Es, sobre todo, un maestro, no solamente por la maestría en el manejo de la figura humana, su tema central, sino por no cansarse de ser profesor, de ser el pedagogo que ha compartido con una buena parte de los artistas de la ciudad su saber, su talento innegable, durante más de medio siglo de trayectoria, exactamente 55 años de trabajo. No tiene consolidado cuántos estudiantes formó y sigue formando, tanto particularmente como en sus años en el Instituto de Artes, la Universidad Pontificia Bolivariana y la Universidad de Antioquia.

Trans en la obra de Óscar Jaramillo.

Nació en la Medellín rural que, en 1947, se basaba todavía en el trabajo del campesino y el poder de la iglesia; después vería su feroz desigualdad y su transformación en la capital del sicariato y el narcotráfico. En sus días azules vivía cerca del tradicional Parque de Boston, un sector católico y conservador desde donde pudo ver cómo la idea de urbe, de ciudad, iba calando. Entonces, pudo entender cómo toda esa narración naturalista y paisajista del acuarelismo antioqueño, que caracterizaba el arte local hace seis decenios, iría cambiando con artistas como él, de castaño a oscuro. Y claro, lo presenció con el revolcón intelectual y estético que fueron las Bienales de Arte de Coltejer.

Posiblemente todo comenzó en su casa, porque sus padres pintaban. Su talento, quizá, lo había heredado por obra y gracia, aunque jamás le gustó lo fácil: a diferencia de sus colegas, Jaramillo buscó en esa nueva ciudad, que para su época de juventud apenas estaba naciendo, las historias irreverentes que quería contar a través de trazos delicados, inicialmente líneas sutiles, que luego fue potenciando con detalles como miradas potentes y fijas, pómulos marcados por la delgadez, la maldad o la sensualidad descaradas, o gestos totalmente dicientes de la ironía de la vida con algunos personajes. Hoy sus decenas de series “sin título” hablan mucho del ambiente que recreó su creador. Nada más basta con ver las cortinas de burdel, los letreros luminosos de esas cantinas o las rejas de los bares que ya están cerrados. Su atmósfera vital siempre ha sido la noche larga y convulsa.

Óscar Jaramillo encontró entre prostitutas, borrachos, homosexuales y travestis un mundo profundo, tanto pictórico, particular y rico visualmente, como onírico, social y político: mientras en Medellín se seguía encomendando la vida al Dios de los cielos, el artista encontró para su obra un lugar terrenal y pecador, una ciudad de cantinas, moteles, tiendas hechas bares y prostíbulos. Uno de los subtemas en su trabajo podría ser la incertidumbre, ese sentimiento casi maldito que padecen prostitutas y clientes, que siempre están a la espera. Otros pueden ser el dolor, el rechazo y el miedo que en esta ciudad santa padecieron (y siguen padeciendo) los homosexuales y las mujeres trans. También podría decirse que sus obras cuentan nuestra relación con la moda, siendo las vestimentas de sus personajes y los detalles de los textiles una de sus obsesiones, al igual que la decoración de interiores, donde los fondos revelan los procederes socioeconómicos de esas escenas.

Un hombre fuera de un bar cerrado… tanto dice su mirada.

En la década de 1970, Jaramillo brilló como virtuoso en diferentes exposiciones colectivas, como el XXII Salón Nacional de Artistas, Bogotá (1971); el I Salón Nacional de Artes Plásticas, Universidad Jorge Tadeo Lozano, Bogotá (1972); el XXIV Salón Nacional de Artistas, Bogotá (1973); y la mítica muestra “11 antioqueños”, en el Museo de Arte Moderno de Bogotá (1975).

Ya en 1980 estaba consagrado, siendo evidente su éxtasis artístico al exhibir sus creaciones en la Segunda Bienal Iberoamericana de Artes, Ciudad de México (1980); la Primera Bienal Internacional de La Habana, Cuba (1983); y la colectiva “Arte colombiano contemporáneo”, en Bruselas y Londres (1986). Fue tal su rol protagónico que en el Museo de Arte Moderno de Medellín le hicieron una retrospectiva con sus dibujos en el 88, mostrando lo que había plasmado desde 1971.

Podríamos seguir llenando párrafos con su producción o describiendo sus personajes, hablando, por ejemplo, de aquel músico que parece estar ebrio, que casi que no ve con esas enormes gafas redondas, quien ameniza alguna fiesta nocturna, sentado en un banquito diminuto, cargando un acordeón que casi alcanza las proporciones de su cuerpo (Sin título, serigrafía sobre tela, 1981). 

(Sin título, serigrafía sobre tela, 1981). 

Ello se quedaría corto, sería siempre poco, ya que lo hecho desde el taller del artista es enorme, como él: Óscar Jaramillo, el enorme. Físicamente medio melenudo, no tan bajo de estatura y con el doble de carisma que otros de sus contemporáneos, atesora una producción artística merecedora de una revisión generosa, robusta, potente.

Así, con su monumentalidad, la producción artística de Óscar Jaramillo le pasa factura a la exposición que, con las mejores intenciones y seguramente un gran esfuerzo, inauguró la Galería José Amar el fin de semana pasado en Medellín.

Vale la pena el gesto, como una acción necesaria. Sin embargo, es apenas un abrebocas de lo que debería ser un homenaje a medio siglo de arte. Como detalle, como aporte, debe reconocerse el trabajo de José David López, director de la Galería, y del curador Carlos Uribe, comisario de la muestra, para exaltar a Jaramillo, aunque ello también nos habla de cómo hoy la institucionalidad cultural deja escapar oportunidades muy importantes para contar nuestra historia pictórica.

Es un poco ambicioso decir que en tres paredes se puede traducir una trayectoria tan prolífica, por más gran curador o galerista que se sea. Si bien los detalles del montaje parece que fueron delicadamente cuidados, al mirar con detenimiento la muestra puede indicar que, ante la monumentalidad del edificio en el que se aloja, el ejercicio expositivo propuesto resulta apenas una viñeta, un comienzo perfecto para entrar a desarrollar con más calma, como lo hemos sugerido algunos, las decenas de enseñanzas que le deja a su ciudad, a su departamento y su país, y al mundo entero, un creador que poco tiene que envidarle a la fama de artistas con museo propio. 

En una docena de obras no se puede sintetizar tanto, mucho menos cuando del espacio se ausentan importantes colecciones privadas que atesoran cada etapa de la producción del maestro, así como trabajos que hay en los museos nuestros y deberían haber salido de esos anaqueles oscuros, para dar más luz al relato que, con un preciso texto y un gran intento por sintetizar con escasas creaciones colgadas, Uribe nos demuestra que tiene muy claro, porque el curador mejor que nadie sabe lo que significa el maestro que presenta.

Una frase maravillosa de Alberto Sierra era que “para algunos artistas nunca será suficiente” y he estado recordándola después de vivir una experiencia un poco agridulce con este homenaje al artista, porque creo que no fue suficiente. 

Como lo plantean algunos filósofos alemanes contemporáneos, en la curaduría hoy todo podría ser, porque la riqueza de temas y momentos, más la libertad en la producción, así lo permiten y en Óscar Jaramillo si que habría mucho por permitirse. Por ejemplo, como espectador, yo quisiera encontrarme con sus inicios de manera más clara, que al llegar a la sala se pudiera entender, o siquiera se sugiriera, que inicialmente esta obra que hoy en la privilegia el blanco y negro, o el gris degradado de los pigmentos que usa, tuvo como antecedente el color. Que valioso sería poder mostrar esas primeras obras, su poco pero trascendental intento en la pintura, para luego abrazar el carboncillo, la trementina y el grafito, sin soltarlos.

Otra faceta infaltable en una muestra así planteada, cuando hablamos del maestro de medio siglo de trayectoria, debería ser la de profesor de dibujo. Se enriquecería potentemente esta y cualquier muestra suya si conversara con los bocetos, el proceso y los estudiantes que hoy, en muchos casos, son grandes exponentes en el mundo de la plástica colombiana. 

Y, más que una crítica descarnada de eterno inconforme, quisiera precisar una necesidad de los públicos en Medellín: conocer a sus artistas. No sería justo esperar a que Jaramillo no esté en cuerpo y alma para conectar su historia con los niños y jóvenes de estas tierras, porque quizás encontrarse con él les daría para siempre una oportunidad de soñar entre lápices y papeles, como solo él sabe hacerlo.

Magistral manejo de la luz, evidente en el rostro de la mujer.

Ahora, al tratarse de la exposición de un bohemio y uno de los mejores conversadores del “mundo del arte paisa”, maravilloso narrador del pasado con unos cuantos tragos encima, no se puede negar que quizás lo que más le hizo falta al ambiente de la apertura de esta muestra, con tan destacada socialité local invitada, fueron unos cuantos aguardientes, un vino o aunque fuera un vaso de agua en su honor. Las peripecias que tuvimos que pasar algunos para llegar en medio del vendaval de este sábado debieron ser reconocidas con un buen brindis por más salud y felicidad para el artista.

Pero vayan a visitar la exposición, recorrerla no les tomará tanto tiempo. Seguro cuando muera el dibujante no pondrán su estatua de cera en nuestros museos, escasamente a veces recuerdan incluir sus obras en curadurías comisionadas a terceros, entonces verlo siempre será un motivo.

En fin… Enorme Óscar Jaramillo, salud, y ojalá llegue pronto un homenaje de las dimensiones que usted se merece, maestro. 

OTRA CRÍTICA PARA LEER: LA OBRA DE MARTHA RAMÍREZ

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