Reflexiones sobre los sonidos premonitorios de Jorge Barco

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El artista Jorge Barco exhibió su interés por el arte, la ciencia y la tecnología en la Galería La Balsa Arte de Medellín, antes del aislamiento que generó la Covid-19. Miramos de nuevo su muestra, que vale la pena revisar y recordar.

Navegar en el archivo, viajar a través de la historia para conocer la evolución de lo que hoy se sabe sobre el sonido, ha sido uno de los intereses del artista Jorge Barco, quien desde hace un decenio se ha preguntado por instrumentos como el arpa eólica, encontrándose a la par con antiguos personajes, como el inventor de esta, el monje jesuita Athanasio Kircher (1602-1680), a quien tiene entre sus referentes, porque con él comparte una decidida relación con la espiritualidad. 

“El sonido es una dimensión muy profunda que nos lleva a encontrar una comprensión espiritual del mundo. Me ha llevado a comprender la realidad de manera diferente, de una manera no visual, lo cual relaciono con mi interés por la ancestralidad indígena. En mi trabajo trato de desdibujar las fronteras entre la realidad y la espiritualidad, por eso es que he querido hablar de ‘arqueología de los medios’, de tecnologías ancestrales, una visión amplia de lo que consideramos tecnología”, expresa el creador, nacido en 1981 en Fresno y radicado en Medellín.

Jorge Barco realizó durante la exposición sesiones de producción sonora, invitando a artistas de la ciudad. Foto de Papel.

Licenciado en Ciencias Sociales por la Universidad Distrital de Bogotá, con posgrado en Archivos y Patrimonio de la Fundación Ortega y Gasset de Argentina; Barco estuvo inicialmente dedicado a la pintura. Al arte sonoro llegó a través de la electrónica, indagando la posibilidad de construir él mismo sus instrumentos, de crear lo no convencional con lo tradicional.

Antes de que la Covid-19 hiciera que los ciudadanos del mundo se encerraran en sus casas, el artista presentó Materiales premonitorios, exposición abierta al público en la Galería La Balsa Arte de Medellín, que estaba programada hasta el 27 de marzo, en la que exhibió cinco piezas instalativas de formatos mixtos, las cuales tenían en común la presencia de la luz, el sonido, los objetos de uso humano (entre ellos cables, tocadiscos, cajas de madera, cámaras o lupas), con otros no manipulados normalmente, heredados del cosmos, como  pedazos de meteoritos o de piedras volcánicas. Un ejemplo fue la obra Los tiempos del ruido, en la que el creador combinó una roca volcánica de pequeño formato con un circuito de amplificación, archivo de audio, motor, una caja de madera, un proyector de luz, tela bordada con hilo conductivo y perlé.

Morfogénesis. 2019. Roca volcánica, circuito de amplificación, archivo de audio, motor, madera, proyector de luz. 200 X 150 cms. Foto de Yohan lópez. Cortesía La balsa Arte.

“Comencé a soldar, a construir circuitos, hace ya casi diez años. Me sentía un poco abrumado con la pintura tradicional en la que había tenido inicialmente interés y le encontré gusto a ensamblar objetos, darles nuevas utilidades, buscando formas creativas de poner a sonar elementos del pasado”, cuenta el autor.

Es que el arte sonoro, al igual que la pintura, tiene muchas formas, “muchas opciones de composición”, que evidenciaba en la  muestra al convertir la luz en sonido a través de un disco de 7”, gracias a un tocadisco modificado y un sistema de amplificación, como la pieza Composición sonora con inductores de electromagnetismo. 

El artista, curador de proyectos especiales del Museo de Arte Moderno de Medellín, acepta que sus obras le apuntan a una “fisicalidad del sonido”, quiere que suenen “pero que también haya para ver”, sin que sus objetos persigan “una intencionalidad científica, sino más bien metafórica, artística, poética”. Si bien su alma le suena a “ruido blanco, como el del televisor en interferencia”, explica con detenimiento a qué suena un meteorito cuando cae. 

Composición sonora con inductores de electromagnetismo. 2019. Luz convertida en sonido de disco de 7″, tocadiscos modificado, sistema de amplificación. 19 X 31 X 8 cms. Foto de Yohan López. Cortesía La Balsa Arte.

“Idealmente, un meteorito cuando cae suena como una gran onda de choque, en la que hay varios momentos: cuando el meteorito entra en la atmósfera, que se da el acoplamiento fotoacústico, generando un fenómeno lumínico increíble, porque este proceso primero tiene una relación con la luz, que a su vez genera un sonido electromagnético potente; luego ese sonido se asemeja a un silbido, para después, cuando llega e impacta en la tierra, alterar las ondas de radio, con la onda de choque, que genera vibración de casas, de vidrios, de lo que esté alrededor”.

Para Andrés Burbano, doctor en Artes, Ciencias y Tecnología de la Universidad de California, profesor de la Universidad de Los Andes, las obras de Barco plantean un diálogo entre “la materia sonora y la materialidad del sonido”, en cuanto trabaja “con el sonido como si se tratara de un objeto físico, sólido maleable, pero también explorando diferentes niveles de la materialidad de los objetos físicos”. 

Así, mientras el sonido invadía los oídos del visitante que tuvo la oportunidad de recorrer la exposición, como la premonición de que se detuviera para observar qué pasaba en esa instalación que tenía al frente, el arte sucedía: una lente aumentada le mostraba con precisión los detalles de una piedra volcánica brillante que, desde más lejos, gracias a una luz directa, presentaba la belleza de las sombras, al proyectarlas sobre una pared blanca. 

Las premoniciones de Barco, entonces, resultaban, al mismo tiempo, el manejo de los materiales en busca de fines sonoros, con claros intereses estéticos, guiados por su espíritu sereno, por su creencia en que la materialidad y la inmaterialidad pueden conectarse con precisión cuando menos se espera, mediando entre el acto divino y el humano, dejando a los sentidos la posibilidad de descifrar cómo es que todo sucede.

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