Anticuarios en Pandemia

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El Comunicador Social Samir Pedroza, quien además es arquitecto y constructor, recorre las calles del Centro de Medelín para contar cómo viven los anticuarios la emergencia de la Covid-19.

Mientras usted se sienta en un anticuario en la calle Perú del Centro de Medellín, y le ofrecen algo de tomar, presencia el desfile de compradores y vendedores de cacharros, como les dicen. Llegan adinerados pescando gangas y rematadores de bienes buscando sustento. Unos y otros piensan que las antigüedades son objetos más finos que los de ahora, que les recuerdan a sus ancestros o que conservan las tradiciones de épocas que les hubiera gustado vivir. Sin embargo, el mercado no se mueve igual que antes, va lento.

Ya van más de 100 días desde el inicio de la pandemia en el país. Los momentos de la crisis del papel higiénico parecen superados y los trabajos retoman sus ritmos. Aún así, al mirar con detalle los locales comerciales y por lo que dicen los vecinos, muchas familias pierden su sustento económico y no son pocos los negocios que ni entrando en una UCI se recuperarán.

El surgimiento de los anticuarios se remonta a los tiempos del Renacimiento y la Ilustración, cuando la comprensión, clasificación y descripción del mundo iniciaba de nuevo. En esa época compartían espacio con nacientes historiadores y arqueólogos, develando antiguas civilizaciones en los colonizados “nuevos territorios europeos”. Los patrocinadores eran nobles o aristócratas que tenían ánimo patriótico o coleccionaban “curiosidades” que exhibían en los cuartos de maravillas de sus palacios, los cuales, posteriormente, pasaron a ser la base de muchos de los actuales museos.

Heriberto y una decena de anticuarios del centro, persisten con esfuerzo en un oficio, que además de darles sustento, intenta sostener una identidad maltratada.
Fotos de Samir Pedroza.

Los anticuarios se separaron de los historiadores por su interés mercantil y menos académico. “Hablamos de hechos, no de teoría”, dijo Sir Richard Colt Hoare, reconocido anticuario inglés del siglo XVIII, haciendo referencia a tales intenciones. Desde esas épocas han sido estigmatizados como especuladores o enemigos de la verdad, con el fin de hacer rentable la comercialización de sus productos, sin tener en cuenta los significados históricos o sociales que estos puedan tener.

200 años después y en medio de la pandemia, se encuentran con ese mismo interés comercial de Sir Colt Hoare, una decena de anticuarios del Centro de Medellín, luchando por pagar un arriendo y mantener su medio de subsistencia.

En la calle Perú, entre la Av. Oriental y El Palo, se concentran seis de ellos por una grata razón: Roxana Mejía Vallejo. Esta ceramista, hermana del escritor Manuel Mejía Vallejo, tuvo su taller en la calle en cuestión, a finales de los años 70. El lugar lo llegó a compartir con su hermano en los años 80. “Un día, por su ánimo altruista, le compró una carretilla con muebles usados a un vendedor callejero que pasaba”, relata Carlos Mauro Suarez (Cirilo) uno de sus empleados. Fue así, como comenzó Roxana a comprar y comprar los muebles antiguos que le llevaban.

La tendencia Vintage, que fue propuesta desde las pasarelas de moda en las ferias del mundo, también renovó el gusto por la combinación de antigüedades en la decoración moderna. Foto de Samir Pedroza.

Comerciantes le traían de pueblos camiones llenos de los saldos de tradicionales familias en ocaso. “Ella compraba los muebles, nosotros nos quedaban con las baratijas que vendíamos en manteles en las aceras del rededor”, relata Manuel Ocampo del Almacén de Antigüedades. Así se formó El Fin del Afán, un reconocido anticuario de la ciudad que, de tanto inventario, tenía hasta bodega auxiliar. “Era una humanista. Uno iba a comprar algo y se podía quedar horas hablando con ella sobre la vida, la ciudad y el arte”, cuenta Pilar Velilla, exgerente del centro y gestora cultural, exdirectora del Museo de Antioquia y el Jardín Botánico. 

Todo iba bien hasta que llegaron los años noventa y al establecimiento lo desplazaron las mafias, las drogas y la inseguridad, como a muchos otros negocios del Centro. Se fue para El Poblado, remató mucho de su inventario a los que vendían en las aceras, a los pequeños comerciantes que la abastecían; los mismos que continuaron su legado en locales de esta calle.

Ya han pasado casi 40 años desde que Manuel y Alberto Ocampo se iban con su padre a los pueblos a conseguir antigüedades. Ellos son dos de los que continuaron la tradición de la cuadra. El primero relata que, a pesar de haber estado cerrado por dos meses, se sorprende porque luego, en solo un mes de apertura, la gente le haya comprado bastante, pues “quieren redecorar, parecería que han tenido tiempo para organizar las casas”. Su hermano, en cambio, no ha tenido la misma suerte, para él ha sido difícil completar sus gastos.

Además del Centro de Medellín, barrios como Laureles y El Poblado tienen espacios en los que los ciudadanos encuentran tesoros del pasado. Foto de Samir Pedroza.

Yenny Vidal y Heriberto Agudelo, otros dos anticuarios de la calle, coinciden en que la situación está muy difícil, la gente no quiere gastar ahora en artículos de lujo como estos, ya que los bienes de primera necesidad son los que se llevan los presupuestos de las familias. Por fortuna, Yenny ha encontrado algo de alivio manejando el negocio por las redes sociales y cree que, con mayor tiempo y dedicación, esta podría ser una buena forma de sobrellevar la crisis.

Para Román Vidal los turistas y el mercado de San Alejo, ahora ausentes, eran vitales para su negocio. De igual manera, a pesar de esta consideración, piensa que este negocio debe seguir y no ha pensado ni por un instante cerrar, al contrario, está de remate y promociones para poder traer “nuevas” mercancías.

Desmarcar el oficio de los anticuarios de las visiones románticas de conservación de las tradiciones y remembranza del pasado puede permitir que se le valore una participación en la conservación del patrimonio de una sociedad y de su cultura. Para Francoise Choay, historiadora y teórica de la arquitectura, el estudio de las antigüedades contribuye a la fundación de la identidad cultural y a descubrir su relación con el tiempo, la historia, el saber y el arte.

Han sido los anticuarios quienes han reencontrado a muchos de sus clientes con las figuras de su infancia. Foto de Samir Pedroza.

Así, el oficio del anticuario es fundamental para la configuración de la personalidad de una sociedad. Transmite, conserva y cuenta la historia que se puede perder en los torbellinos generacionales de las familias y apellidos. Además, en una ciudad marcada por desplazamientos, guerras, narcocultura y un urbanismo que ha derrumbado edificios patrimoniales para emerger nuevos rascacielos, los enseres, muebles y bienes culturales que hablan de los caminos recorridos que esta sociedad ha transitado para llegar hasta aquí, han quedado en el campo de la batalla. 

Sí se han tomado algunos elementos del pasado, construyendo una imagen con el maíz, el carriel y el hacha; pero tal vez no una con todos los elementos que merecen; el comino crespo, la experticia manual, la herencia judía y europea, por ejemplo, tuvieron un espacio en las casas y locales del Centro de la ciudad que, vertiginosamente, estado, sociedad e ilegalidad, han venido borrando desde los años 70, dejando a un paso, un olor a cemento, pólvora y basuco.

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