Juniniar con tapabocas

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Junín

Juniniar, ese verbo que se inventó en Medellín para nombrar lo que significa ir a recorrer la tradicional calle Junín, no se conjuga igual con tapabocas. Así es trasegar el Centro, en tiempos del Covid-19.

Alerta ya que los lustrabotas no estén contándoles historias a sus clientes, para hacer más amena la búsqueda del brillo de sus zapatillas, tan antiguas como muchos de ellos. 

Los autos pasan con dos o tres minutos de diferencia, el tráfico y los pitos que normalmente invaden la acústica fueron acallados. No hay más de tres personas en dos cuadras, a todos se los llevó un monstruo, un mito, el coco, una realidad, una pandemia, un inexplicable, un virus llamado Covid-19 que, sin pensarlo, soluciona todos los problemas de movilidad y contaminación de la zona, como ya lo saben el Teatro Lido, la Casa de Pastor Restrepo y la Basílica Metropolitana, edificaciones vecinas que callan, como todo calla en el sector, porque su belleza se beneficia de estos tiempos. 

Una mañana en Junín. Foto de Papel.

El edén ha retornado al Parque de Bolívar, para así poder recorrerlo mejor, mirarlo mejor, sin prisa, con calma, aunque sin tocarlo verdaderamente, sin sentirlo a fondo. La fuente está apagada, no doblan las campanas, la Iglesia tiene las puertas cerradas de par en par, no está La Danny, San Alejo no dice presente, Olga Elena Mattei vive encerrada en su apartamento en el Edificio El Parque; solo está Simón Bolívar en su caballo, aunque nadie lo mira, ni lo toca.

El silencio es la banda sonora al cruzar la calle Caracas, que separa al Parque de Bolívar del paseo Junín (la carrera 49). La soledad aglutina el plano secuencia que no dura más de 20 segundos. Son tres o cuatro pasos, unas diez palpitaciones, dos suspiros profundos, un par de parpadeos.

Dos mujeres compran los productos del Salón Versalles. Foto de Papel.

A 20 metros se ve ese espacio gastronómico de fachada azul, donde antes, en las mañanas, compartían el desayuno personalidades locales, ciudadanos de a pie y turistas, tantos que muchas veces no había mesa disponible, esto por su promedio de diez personas entrando o saliendo cada minuto y medio. 

Lo que cambia esta vez en ese paisaje urbano con local comercial es que la puerta principal está cerrada, como muy pocas veces ha sucedido. Dice Joaquín, un infaltable visitante, que en medio siglo de ir sin descanso ha contado máximo diez cierres que no sean días festivos, fechas especiales o estados de emergencia. Se asombra, porque Versalles está atendiendo detrás del mostrador, sin posibilidad de acceso, como pocos habrían esperado.

Estar al frente y cerrar los ojos resulta un viaje a geografías exactas, pero diferentes: recordar a Fernando Vallejo alguna vez, sentado al fondo, con sus mejillas rosadas y su tono de voz medio, pausado, refunfuñando; escuchar a don Leonardo Nieto en el segundo piso, contando historias sobre el tango o sobre cómo logró posicionar un espacio como este en el Centro de Medellín; ver a Ramiro Delgado en las mesas de abajo, explicando las preparaciones típicas mientras departe con colegas o amigos; presenciar la reunión de una alcaldesa de algún municipio con su equipo, tomando jugo de mandarina y pensando el plan de desarrollo; turistas en chanclas hablando en inglés unos minutos, para después imitar el español, burlándose del acento “paisa”, con carcajadas fuertes; atisbar a abuelos haciendo carrizo, con el “tinto” en una mano y sosteniendo el periódico en la otra… 

Pasaje Junín, 11:00 a.m. Foto de Papel

De repente, al abrir los ojos, se entiende que se trata de una ilusión. Hoy ni ese ni ningún espacio de Junín, la pasarela que cuenta decenios de la historia de Medellín,son epicentros del encuentro. Ir a recorrerlos, con el tapabocas puesto, es desencuentro, anhelo de pasado, es entender que la memoria está entre los grandes tesoros que no arrebata sino la muerte, porque para poder vivir ese Junín de antes es necesario viajar en el tiempo. Estar ahí es abrir de nuevo el álbum familiar, el Instagram imaginario, el rollo fotográfico personal, el repositorio de imágenes almacenado en el disco duro propio, en el que de repente se encuentran encuadres que se habían ignorado en el corto plazo. Es como si se pasaran las páginas del fotolibro Todo pasa de Isabel Garcés Ramírez, esta vez con imágenes más actuales, recientes, de apenas dos meses. Es como si se miraran las fotos de los antepasados que se amaron en Junín, como si se detallaran esas instantáneas de gente caminando, tomadas sin permiso en algunas ocasiones. Bueno, es así, pero sin gente.

Ahora, las generaciones recientes (los “millennials”, los “centennials”, los “pandemials”) entenderían la nostalgia de los relatos de sus abuelas, quienes hablaban de cómo era ir a Junín a “juniniar”, con la mejor pinta, cuando existían otras marcas y eran otros los lugares de encuentro. Quizás, después de esta pandemia, muchas de esas marcas que están hoy también desaparecerán y sus avisos serán reemplazados por “se vende” o “se arrienda”, mientras la vida seguirá pasando por allí, inclemente, sin detenerse a mirar nada.

Leopoldina Muñoz y su prima Amalia Hernández. Foto instantánea en Junín. 1950. Foto de Papel.

Martha le cuenta a su amiga que era increíblemente bella y bien vestida cuando caminaba por esta calle en los 70, antes de casarse con Alberto. “Esto era muy diferente”, le insiste, señalando el lugar donde antes “un señor vendía lotería”. “Allá”, le dice, señalando un vacío, un no-lugar, porque no hay nadie. Después sigue el silencio, que solo acaba cada dos o tres minutos, cuando, esporádicamente, otro vehículo circula, tan lento que genera extrañeza, porque los afanes y las cornetas se han ido, como se ha ido el ruido ensordecedor de las melodías de Candilejas, el gentío en los pasajes comerciales vecinos, donde domina hoy el símbolo de las rejas.

Dos señoras están comprando empanadas argentinas, las tradicionales, esas que han sido la excusa perfecta para visitar el Centro “desde que estábamos chiquitas”. No se quitan el tapabocas, deben repetir una y otra vez qué más quieren llevar, porque no se les entiende fácil. Entregan el dinero sin tocar las manos del empleado, dicen en tono muy amable “muchas gracias”, pero aunque se sabe que se despiden sonriendo, hay que imaginarseles la sonrisa. 

Cruzando Maracaibo y mirando atrás, con los pies en Junín, se ve cerrada la puerta de la Casa Centro Cultural, eso de “24 horas acercándote” que fue el slogan en tiempos pasados, sí que es hoy una verdadera contradicción, porque dicho espacio, que ha venido ofertando cultura gracias a Carlos Mario Sánchez y Juan David Belalcazar, quienes han programado encuentros ciudadanos por medio de la palabra, además de sus tradicionales servicios de internet y de sus cabinas privadas, tampoco permite acceso.

Olvidar y seguir. Solo queda continuar. 

Repostería Astor. Espacio tradicional de Junín. Foto de Papel.

Siguiendo por Junín, el imponente Edificio Coltejer, bañado por el sol, no le dice a todo el mundo que así como hoy le arrebataron la vida, él nació después de que muriera la joya que era el Teatro Junín. Metros antes, a ese paisaje urbano que se extiende estrecho hasta la avenida La Playa, se le nota que ya le quitaron el colorido de las ventas ambulantes, aunque hay un vendedor de gafas que se está durmiendo, porque son las 11:00 de la  mañana y es escaso el que pasa, aunque no tanto como el que compra.

Para que no parezca esto una película de suspenso, grita el de las “mandarinas dulcesitas”, que insiste en levantarse a buscar la vida, porque lo de quedarse en casa no le permite alimentar a la familia. Tiene tres hijas de 5, 7 y 9 y el mayor tiene 11, cree que las ventas se han reducido a más de la mitad, aunque no da cifras exactas, pone ejemplos: “si uno se hacía 20 pesitos antes en un día malo, hoy se hará si mucho 10, en un día bueno”.

El Boulevard de Junín, el Unión y los demás centros comerciales, restaurantes como De La Hacienda tampoco reportan vida. Un hombre adulto y un jovencito ocupan la banca que como fondo tiene las rejas abajo del Salón Astor. 

No, doña Lucila González de Chaves no va a dar abrazos hoy, mucho menos consejos de escritura y debates sobre Literatura. Los “moritos” en forma de sapo no tientan al pasar, están encerrados con los “besos de negra” y el café. Ellos ahora pasaron a la virtualidad, como un telón de boca, la puerta oculta el tras escena, habría que tumbar  la puerta para poder volver a ver esos colores pasteles y sentir el olor a chocolate. Se fueron a casa los delantales rojos y los labios bien pintados de las meseras, las lámparas y los ventiladores setenteros, con sus aspas largas, hay que imaginarlos. 

Edificio Coltejer entrada por Junín. 11:30 a.m. Foto de Papel

Entonces, el “banco de Colombia” quisiera dar vida a una “juniniada” tan triste. Lo intenta, sin lograrlo, porque, aunque 25 personas hacen fila para usar el cajero, siguiendo indicaciones del personal de seguridad, se notan cabizbajos, conversan susurrando, sin chistes, los temas de conversación no hay que adivinarlos: “$160.000 no alcanzan para nada…”, “subió el número de contagiados…”, “que miedo…”, “cuando todo esto acabe…”, “ojalá no alarguen esta cuarentena…”, “la gente se demora mucho usando un cajero…”.

Visitantes de Junín. Foto de Papel.

Aunque el aire es mucho, juniniar con tapabocas es como trasegar conectado al respirador artificial del recuerdo. En cada paso la respiración se corta, en cada estación el corazón late lento, opacado siempre por un lamento profundo. Quizás sea mejor estar en casa, para así no sufrir del virus de la ausencia. 

A los melancólicos, a los depresivos, a los trastornados por la ansiedad, a los que sufren, a los que están tristes, a los felices, a los incrédulos, a los que tienen siempre esperanza, a los que ríen: si no salen, no sabrán nunca cómo es Juniniar con tapabocas.

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Esta entrada tiene un comentario

  1. Avatar
    Nury Tabares

    Excelente tu trabajo

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