La 70 con tapabocas

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Así es recorrer La 70, esa mítica carrera de Medellín, reconocida por ser epicentro de la fiesta y el comercio, en tiempos de la Covd-19.

A las 8:00 p.m., la carrera 70 de Medellín es hija del miedo, del silencio y de la oscuridad. Poco queda de lo que era ese “Bulevar de La 70”, como algunos la llamaban en sus mejores tiempos, cuando era punto de encuentro de los “rumberos”. Este 2020, con la emergencia que ha generado en el mundo la pandemia de la Covid-19, su historia parece hablar más de un lugar donde ya no se vive la noche porque, desde las 6:00 p.m., este sector comercial, turístico, gastronómico y del entretenimiento se está muriendo. 

La 70, como ha sido llamada popularmente esta carrera, ubicada en el sector occidental de la ciudad, que extiende su potencia desde la Estación Estadio del Metro (calle 47D) hasta la Universidad Pontificia Bolivariana UPB (circular 1), mostraba un ejercicio de comercio colectivo, en especial nocturno, como si se tratara de un centro comercial a cielo abierto, de un sector discotequero, hotelero y de restaurantes con hitos como que, inicialmente, el popular Arrieros, Mulas y Fondas de la Feria de las Flores era realizado en su asfalto, o que los visitantes extranjeros elegían sin duda hospedarse en el sector, al ser de mejor “estatus” que el Centro de Medellín y más económico que zonas rosas como El Poblado o su vecino Laureles.

De acuerdo con el Censo de establecimientos comerciales de Medellín y Área Metropolitana, hecho por Servinformación en 2013, en la Comuna 11 hay un total de 2.307 establecimientos que representan 76 actividades comerciales.

Betty Olaya, presidenta de la Asociación de Comerciantes de La 70, detalla que para 2019 la cifra específica de esta zona es de 230 establecimientos que generan más de 4.000 empleos.

Restaurante Mondongos de La 70. Foto de Papel.

“Hay que volver de día para poder hablar con alguien”, dice uno de los policías que presta servicio en las calles, desde su moto, cuando se le pregunta ¿qué le pasa a La 70?, ¿qué le pasa que está tan sola en la noche?, porque es evidente el cierre del comercio, la prohibición de aglomeraciones de público, la cuarentena obligatoria que inició en marzo pasado y no cesa. El confinamiento le tocó las puertas a La 70 para presentarles a sus comerciantes un capítulo que bien se asemeja al cine de terror. Sí, ya hay letreros de “se arrienda” y “se vende”, donde antes funcionaba la diversión.

La Alcaldía de Medellín no tiene el dato de cuál es la derrama económica que La 70 aporta a la ciudad. Dice el secretario de Desarrollo Económico, Alejandro Arias, que en esta crisis se han dado cuenta de la falta de “data inteligente” y que están trabajando en la construcción de cifras para poder hacer mejores análisis.

“La 70, sin duda, es un corredor importante no solo para el turismo nacional e internacional sino para el local, los medellinenses vamos a participar de la gastronomía, discotecas, bares, hotelería. La próxima semana vamos a anunciar noticias para La 70, con seguridad y optimismo”, anuncia el funcionario, quien cuenta además que “La 70 es tan importante para nosotros que hace un mes que solicitamos al Gobierno Nacional el piloto de reactivación de restaurantes, una parte del piloto la hicimos allá”.

De día

Los hombres callados del mural del artista antioqueño Félix Ángel titulado Reflexiones y reflejos (2006. Baldosa y esmalte. 5,20 X 4,75 mt), ubicado a las afueras de la Estación Estadio, salida por la carrera 70, que miran desde arriba, como agachando la cabeza, misteriosos, pensativos, parecen tomar vida. Su apariencia se hace realidad en los ciudadanos que usan el Metro para ir a sus lugares de trabajo en La 70. Se les ve cabizbajos, cuestionados, con sus tapabocas puestos y enfrentados a la desolación de ese sector de la ciudad que cambió drásticamente de la alegría a la desolación.

A las 9:00 a.m., los señores de las carretillas están parqueados junto a la Estación Estadio, vendiendo accesorios para celulares, aguacates y lo que encuentren, porque, como narra Eladio, “ahora sí que uno le hace a lo que sea, porque esto está muy duro”. Hay pocos deportistas, por no decir casi ninguno, ya que el Estadio Atanasio Girardot y todas sus unidades, las ligas deportivas y hasta las populares “barras”, su gimnasio al aire libre, están restringidos. 

Si una persona no tiene “Pico y cédula” y no está registrada en Medellín me cuida con permiso para transitar, no puede acceder al Metro. Foto de Papel.

De acuerdo con cifras del Metro de Medellín, “antes de las declaratorias de cuarentena, por la Estación Estadio se movilizaban en un día típico laboral (de lunes a sábado), un promedio de 23.000 pasajeros. Tenemos reportes que, por ejemplo, el 29 de julio, se movilizaron por esa estación 5.500 pasajeros que ha sido el promedio de las últimas dos semanas (viernes, sábado y domingo de cuarentena se ha reducido a 1.000 pasajeros promedio a esa estación)”.

Ahora usted puede entender de lo que hablamos. El tráfico de peatones, bicicletas, automóviles, de todo, se redujo en el sector a casi una quinta parte. 

“La primera cuarentena fue muy asustadora. Salir de trabajar a las 5:00 p.m. para tomar el Metro me asustaba mucho, no había gente en la calle, estaba muy solo. Ahora hay más gente, aunque nunca como antes de la pandemia, que desde los jueves uno no podía ni caminar por las aceras, que estaban llenas de gente”, cuenta Victoria, quien trabaja en La 70, vive en el Centro de Medellín y usa el Metro para movilizarse.

Como en el Estadio apenas hay unos cuantos bikers (jóvenes apasionados por las bicicletas que hacen acrobacias en ellas), skates y quienes no se niegan a trotar o montar en bicicleta, es mejor tomar el camino hacia la UPB, mirar al sur, darle la espalda al Metro e iniciar las preguntas. 

Se apagó la fiesta

Los cajeros y los lugares de cambios de remesas ya no tienen a extranjeros en chanclas como usuarios. Foto de Papel.

Sobra decir que las discotecas, bares y “charcuterías” no pueden abrir. Entonces, los dueños de estos espacios han estado buscando la manera de recibir ingresos. Sí, muchos se han “reinventado”, lo que significa que sus ganancias han bajado hasta un 90%, porque pasar de ser discoteca a legumbreria trae consigo una nueva realidad económica.

Escalinata Disco Bar (carrera 70 con 45E) es uno de los espacios tradicionales de La 70, lleva más de 20 años entregando entretenimiento, música, buena atención a los clientes, dándoles fruta picada y crispetas, los chistes de Wilson, su dueño y la amabilidad de Paula Giraldo, administradora.

Escalinata fue epicentro de la Feria de las Flores, el público bailó merengues, salsa y música tropical allí por más de dos decenios. Foto de Papel.

Hoy, la historia que cuenta Escalinata se replica a sus colegas de las discotecas como nunca: “Esto ha sido horrible. Fuera de que no se puede abrir, no hay una fecha para que podamos reactivar el negocio, para que uno sepa si arregla algo con el propietario (porque muchos de ellos no son dueños de los locales),o decide si entrega el local, si sigue o no luchando”. 

“Los que nos reinventamos, porque yo ahora no soy una discoteca, soy una licorera, hemos vivido un proceso complicado. Empecé a domicilio, cuando no se podía abrir, pero las ganancias no son iguales para un arriendo tan caro, es que pagamos $10.000.000 al mes entre primer y segundo piso. Fuera de eso, mi propietario sabe que este es un local que tiene mucha demanda, entonces no quiso rebajar el arriendo, diciéndome que si no tengo con qué pagar entregueme el local. Nos siguen llegando los impuestos, los servicios son carísimos, nos siguen cobrando el alumbrado, la recolección de las basuras que es tres veces al día”. 

Con la licorera, sigue relatando Paula, “al mes de haberla puesto comenzó la ley seca, después el toque de queda, hubo varios fines de semana que no pudimos trabajar, cuando las licoreras se mueven son los fines de semana, en lo económico, en lo social, en lo familiar, en toda la vida, esta pandemia nos ha afectado en todo. Nuestros ingresos se redujeron en un 90%”.

La nueva cara de El 70’zo. Foto de Papel.

Algo similar cuentan en El 70’zo. Sergio Ramírez trabajaba en la discoteca como cajero, pero ahora vende verduras. “Algo se hace con la venta, no es mucho, pero en algo nos ayuda a amortiguar gastos”, cuenta, mientras le empaca unos limones a una señora. Eran diez los empleados de esta discoteca, ahora son solo dos. Trabajaban en las noches, ahora cierran a las 8:00 p.m.

La vida les cambió y muchos todavía no entienden si es para siempre o si, como en una película de acción, llegará un final feliz y todos estarán riéndose de lo que pasó en una gran fiesta en sus discotecas. Por ahora, la fiesta se apagó. 

Ya no se puede ir a La Charcu, en La 70 con circular 2, para sentarse y probar cervezas de otros países, un coctelito o tomarse media de guaro. Sus discotecas vecinas tampoco tienen a todo taco los equipos de sonido y no hay voceadores que le ofrezcan “entre sin compromiso, esta es la mejor fiesta de la 70”. En Melodía para Dos ya no suena Tormenta a grito herido, Juan Gabriel ya nisiquiera se atreve a gritar “yo no nací para amar” en Años 60 Bar, ah y en Jennylao no se baila la salsa choque, porque los afrocolombianos fiesteros, con su sabor pacífico, no pueden ir a este espacio tropical, uno de los más grandes de La 70.

El Cacique, que se había convertido en punto de encuentro de los amantes del Vallenato, tampoco abre sus puertas. Fotos de Papel.

Los comerciantes

Desde el frente, en la carrera 70 con calle 45E, se ve que en uno de los balcones del Hotel Plaza 70 se ondea un letrero hecho sobre tela, que dice “#S.O.S Entretenimiento y Turismo”, lo que llama la atención de saber qué quieren decir con ese mensaje sobre la fachada.  

Entonces, su gerente Pablo Marulanda alza la voz para reclamar que están necesitando ayuda: “Se mofan diciendo que dan apoyo, pero hicieron una convocatoria en la que solo pensaron en hoteles de categoría muy superior, pidiendo que tuvieran cocina, parqueadero, lavandería y ciertas especificaciones en las habitaciones como un metraje y protocolos muy detallados, en la que hoteles como los nuestros se quedaron por fuera”.

ASí, invita a entrar, alertando que “si gritas vas a escuchar el eco, no hemos cerrado porque no querremos dejar de generar empleos a nuestros colaboradores, aunque la realidad es que nuestro porcentaje de ocupación por esta época siempre ha sido del 65% y este 2020 estamos entre el 1% y el 2%”.

Se le nota molesto, dice que después de que el Gobierno Nacional les dijo que estaban entre las exenciones de cuarentena y podían abrir, hizo una donación del “50% de las habitaciones a la Alcaldía de Medellín para que hospedara gente que estuviera diagnosticada con Covid-19, para que no contagiara a su familia y no tuvieran que estar en sus casas aislados, pero esa posibilidad se la dieron a las cadenas de hoteles, a hoteles de otras categorías. Mientras nosotros vendemos una noche entre $40.000 y $60.000, las cadenas a las que les están pagando por tener a los pacientes Covid cuestan entre $120.000 y $150.000”, precisa para señalar que los recursos públicos pudieron estar mejor invertidos y darles posibilidades a los hoteles de La 70. Su donación, relata, no fue aceptada por la Alcaldía.

Plaza 70 es uno de los hoteles abiertos, otros, como el Hotel Florida Nueva no abren desde marzo, por razones como no contar con los protocolos exigidos, que dicen pueden costarles hasta $7.000.000, o porque, sin huéspedes, no tienen cómo sostener sus nóminas.

Los hoteles que están atendiendo, cuenta Andrea de la recepción del Hotel Dorado 70, deben hacer llenar a los usuarios de su servicio una detallada encuesta, tomarles la temperatura cuando entran y salen, promover el lavado de manos, tener sus datos de contacto, además de velar porque no haya aglomeraciones ni grupos grandes en las habitaciones.

Otra historia es la de los comerciantes informales. Miguel Ángel Mena es un chocoano que hace 37 años vino a Medellín a buscar una mejor suerte. Son las 10:20 de la mañana y está ubicado con su tienda callejera de gafas junto a la discoteca A Pico de Botella (obviamente cerrada), pero no ha vendido nada. No es pesimista, aunque su realidad no le permite más que contar que las ventas han disminuido en un 70%, que los $150.000 pesos que podía hacerse en un día normal ya no son más que un pasado que fue mejor, porque acepta que “ha habido días sin vender una sola gafa”.

Los artesanos que venden manillas, collares, pinturas, esculturas y demás creaciones hechas a mano tampoco cuentan buenas historias. Algunos dicen que están buscando la manera de volverse domiciliarios de Rappi en sus bicicletas, porque definitivamente la artesanía no tiene ya muchas posibilidades en el espacio publico.

Ya no hay mesas por fuera en los restaurantes de La 70, adentro tampoco se pueden sentar los clientes. Foto de Papel.

Doña Martha no cuenta una mejor historia. Desde hace 10 años está ubicada frente a la tienda para adultos Alíbaba, en uno de los locales instalados en el espacio público, las llamadas “chazas”, donde trabaja para sostener a su familia. “Con esta crisis se mermaron las ventas por ahí un 70%. Yo antes vendía unos 100 tintos al día y ahora, si mucho, vendo 20”. 

Otros comercios afectados son los de la moda. Alrededor de la 70, sobre todo en las circulares 3 y 4, camino a Laureles, varias tiendas estaban estableciendo un circuito alternativo, como es el caso de Fou Fuera de lo Común, donde reportan que “económicamente la pandemia nos ha afectado mucho, las ventas bajaron hasta un 40%, antes se podía atender un promedio de cinco personas al día y ahora son máximo dos”.

Igual pasa con los parquímetros ubicados en La 70, tampoco están dejando los montos esperados. Cuenta Cristian, uno de los servidores que se encarga de cobrarles a quienes se parquean en la vía pública, que ya no llega ni la mitad de carros que le tocaba atender. 

De los restaurantes, el punto de referencia siempre ha sido el tradicional Mondongos, que todavía no abre y ve lejano poder atender público en su sede de La 70 y en todas las que tiene en la ciudad. 

“Nosotros hemos cerrado las puertas para el público, nadie puede entrar, solo estamos atendiendo el servicio para llevar, con pico y cédula. Esta pandemia nos obligó a entrar a la parte de domicilios, con nuestro propio personal, los que eran los meseros. Nos adecuamos a la situación. Los ingresos bajaron un 70%. Se ha mantenido el mismo personal, pero hay personas que sí están en la casa. Yo creo que la reactivación va en un proceso muy lento, con la cantidad de contagios de los últimos días. No creo que vayamos a abrir rápidamente, si se hace reapertura creo que será entre octubre y noviembre. El plan piloto que ofrece la Alcaldía, realmente cuesta mucho, está lejos, abrir un negocio un día cuesta el doble de tener comensales: tienen que reservar, venir en pico y cédula, si es una familia deben ser máximo cuatro. Saldría muy costoso porque no se puede llenar el restaurante y la operación requiere equipo humano, hacer una cantidad de comida que no sabemos si va a venderse”, aporta Cristian Urresta, vocero del restaurante.

Plaza de la Universidad Pontificia Bolivariana. Foto de Papel.

Ah, la UPB también está cerrada. No se puede acceder a su nueva plaza, a su espacio público-privado renovado hace dos años, con fuente y esculturas, con vegetación, tampoco a su capilla ni a su Biblioteca.

Ese podría ser el panorama de este sector de Medellín… Es que La 70 viva, productiva, alegre, fiestera, bullosa y llena de gente parece que quedará en la memoria de los ciudadanos como el lugar donde siempre había fiesta, desde el lunes hasta el lunes. Ahora, sobre su futuro no hay respuestas, más bien surgen preguntas.

Así es recorrer La 70, con tapabocas.

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