Detenida en el tiempo: la televisión nacional en la pandemia

Share on facebook
Share on google
Share on twitter
Share on linkedin
Dark

¿La televisión colombiana está perdiendo la batalla con las plataformas digitales?, un análisis de nuestro experto Javier Pérez Osorio sobre la realidad de los contenidos de aquí.

Durante los meses del “aislamiento preventivo obligatorio”, ver televisión en Colombia ha sido una experiencia penosa. En términos generales, la programación nacional ha estado compuesta o bien por larguísimos noticieros que a la infaltable dosis de violencia y polarización política le han sumado una mezcla de tragedia y optimismo pandémico, o bien por una serie de programas repetidos. La situación se agrava si pensamos que la mayor innovación ha sido el soso espacio diario del Presidente. Aunque en este momento la producción televisiva es menos urgente que la salud pública, esta coyuntura, que se convirtió en la vida cotidiana, ha demostrado que la televisión nacional ha quedado rezagada en la creación de contenidos, mucho más ante el crecimiento de la oferta de entretenimiento en línea.

Ahora bien, pese al incremento de las plataformas de streaming, la televisión aún es el medio más usado para consumir material audiovisual en Colombia. De acuerdo a la Comisión de Regulación de Comunicaciones (CRC), en 2019 el 97% de los hogares colombianos tenía al menos un televisor, el 72% consumía televisión usando servicios por suscripción y el resto a través de señal TDT o aérea/analógica. No obstante, un tercio de la población contaba con SmartTV y con conexión suficiente para acceder a plataformas de streaming. De éstas, las más populares son YouTube y Netflix, que han alcanzado al 38% y al 15% de la población respectivamente. La CRC afirma también que dichas plataformas satisfacen cada vez más las necesidades de entretenimiento, especialmente películas y series, y que los canales de televisión abierta (cinco nacionales) o por suscripción se utilizan para consumir, sobre todo, deportes, noticias y telenovelas. Esta tendencia seguramente se ha acentuado en 2020 dado que la pandemia ha limitado los espacios de entretenimiento al ámbito doméstico.

La colombiana María Fernanda Yepes y la mexicana Maite Perroni protagonizan la
serie Oscuro Deseo, de Netflix. Fotos cortesía Netflix.

Según esto, casi tres cuartos de quienes acceden a producciones colombianas lo hacen a través de los canales nacionales o regionales. Pensemos, como ejemplo, en la oferta de entretenimiento del ámbito nacional que esta población ha tenido recientemente durante el prime time. De entrada nos quedan los tres canales privados, en los que, además de noticieros, encontramos la repetición de Pasión de Gavilanes, tres telenovelas biográficas de hace varios años y una serie inédita que retoma el lugar común del conflicto armado y el narcotráfico. Sorprendemente (o quizá no tanto), la primera de esa lista ha tenido el mayor índice de audiencia durante las últimas semanas. Excusados por las limitaciones actuales y con el aparente beneplácito del público, los canales nacionales se han esforzado poco por generar nuevos contenidos y han confiado en sus envejecidos éxitos. Valga decir que RCN hizo un intento con Confinados, una serie que pasó sin pena ni gloria por su falta de creatividad y por apelar a desgastados estereotipos regionalistas y clasistas. 

Por el contrario, quienes acceden a Netflix cuentan, por un lado, con un catálogo global de apariencia interminable,que se renueva constantemente (hay suficientes contenidos para mantener su cronograma de estrenos por el resto de 2020) y que no tiene interrupciones publicitarias. Y por otro lado, los usuarios tienen a mano programas nacionales de años anteriores que actualmente sólo se encuentran en la plataforma y producciones de Netflix hechas en Colombia, como El robo del siglo, recientemente estrenada.

Aunque es debatible el monopolio ideológico que puede terminar obteniendo Netflix sobre la realidad del país (y de Latinoamérica), su inversión ha permitido el uso de narrativas y estilos televisivos más globales y ha inyectado un nuevo ímpetu al talento local.

Pasión de Gavilanes es una telenovela basada en la producción “Las aguas
mansas” que fue emitida en Colombia en 1994. Foto cortesía Caracol Tv.

Esta contraposición no sólo evidencia el carácter visionario (y algo colonizador) de Netflix, sino la miopía, desdén y poca proyección de la televisión nacional en cuanto a contenidos de entretenimiento. Y no se trata sólo de una situación causada por la pandemia, pues el año pasado la repetición de Yo soy Betty, la fea fue tan exitosa como Pasión de Gavilanes actualmente. Es como si nuestras pantallas estuvieran detenidas en el tiempo y aferradas a un nacionalismo ramplón que alimenta ideas añejas sobre la colombianidad. Son historias y personajes de hace décadas, que transmiten representaciones de la realidad que no corresponden con la consciencia que hemos ganado a pulso en materia de igualdad social, racial y sexual. Pese a los debates en Twitter sobre esto, no creo equivocarme al decir que buena parte de los hogares con televisor no han sido formados como espectadores activos y reciben acríticamente un contenido de entretenimiento con trasfondos ideológicos cada vez más caducos. Y, por supuesto, la formación de públicos es un pendiente que los mismos medios televisivos han desdeñado constantemente.

Entonces, ¿qué pasará con la televisión nacional? Es probable que más personas la dejen y migren hacia las plataformas en línea, en donde además de entretenimiento ahora encuentran noticias y deportes. Y si algo de verdad queda en eso de que la crisis permite reinventarse, la televisión colombiana necesita replantear su oferta con criterios más desafiantes y de responsabilidad social. Nadie niega que estamos ante un negocio que requiere ser rentable, pero la televisión está llamada a mucho más que programar glorias de antaño en televisores de última tecnología comprados sin IVA.

Compartir artículo

También podría interesarte

Calle

¿Qué pasa con San Lorenzo?

El Cementerio San Lorenzo, que prestó servicios funerarios por 175 años, iba a ser un parque público, pero hoy no es ni una cosa ni la otra, o sí, es un parque en el papel.

Deja una respuesta