El robo del siglo: el buen momento de la producción audiovisual en Colombia

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Robo 2

Javier Pérez Osorio revisa críticamente la producción colombiana que Netflix proporciona por estos días, siendo una de las primeras apuestas de esta plataforma internacional por el audiovisual nacional.

El robo del siglo, la mini serie de Netflix desarrollada por la productora colombiana Dynamo, se ha convertido en un éxito desde que fue lanzada hace unas semanas. Se trata de una entretenida ficcionalización del robo memorable (para los que somos población de riesgo, dirían en las redes sociales) de $24.072 millones de pesos en la sede de Valledupar del Banco de la República, en 1994. La serie permite, por un lado, reconocer el buen momento de la producción audiovisual en Colombia y, por otro, abrir un espacio de reflexión sobre el siempre pertinente tema de las representaciones sociales en la pantalla.

Detrás de la buena acogida de la serie entre la audiencia, además del encierro pandémico y una agresiva campaña publicitaria, un factor determinante ha sido la experiencia acumulada de Dynamo. Esta productora colombiana lleva casi quince años liderando la industria audiovisual nacional y se ha convertido en una pieza clave en la región, una tendencia que indudablemente se mantendrá. Hasta ahora ha producido 30 largometrajes (Contracorriente, Monos, Loco por vos) y 10 series (Distrito Salvaje, Frontera Verde) para compañías internacionales de peso como Netflix, Amazon y Apple. Todas ellas se caracterizan por su diversidad narrativa y de géneros, y por una marcada búsqueda del mejor talento disponible delante y detrás de cámara.

Andrés Parra fue quien convenció a Christian Tappan para unirse a El Robo del Siglo. Fotos cortesía de Netflix.

Esto es evidente en El robo del siglo. La serie fue escrita por Pablo González y C.S. Prince, quienes han trabajado juntos anteriormente (Los fierros, Historia de un crimen), y dirigida por ellos mismos y Laura Mora. Los tres tienen una experiencia importante en el cine que, siguiendo una tendencia global, han transferido a la televisión durante los últimos años. Esta formación se traduce en la nueva serie en el movimiento de cámara notablemente cinematográfico, en un relato y unos temas enmarcados en el subgénero “heist” de las películas de crimen, y en la utilización orgánica de la música como elemento narrativo, entre otras. A esto se suma el conocimiento acumulado en temas que, aunque no ocupan titulares de prensa, son esenciales para que una producción sea de calidad, por ejemplo, la edición creativa y precisa, la puesta en escena meticulosa o el vestuario, estos dos últimos aspectos importantes cuando se recrea el pasado.

El trabajo de quienes están delante de la cámara también es notable. El reparto principal está conformado por Andrés Parra, Christian Tappan, Marcela Benjumea y Waldo Urrego, entre otros. Además de haber compartido escena en otros proyectos, lo cual genera una química perceptible en la serie, todos son actores con una formación principalmente teatral. Esto le permite a la serie mezclar de manera exitosa momentos dramáticos y cómicos sin recurrir a las exageraciones melodramáticas del lenguaje de las telenovelas ni al chiste fácil de las comedias más populares en Colombia.

Además de todo esto, que prueba el buen momento de la producción audiovisual en el país, también es posible reflexionar sobre las representaciones sociales que comunica la serie. Lo primero que llama la atención tiene que ver con la idea, en cierta medida planteada críticamente, de colombianidad que transmite El robo del siglo. Así se percibe, principalmente, al mostrar la corrupción como un fenómeno que atraviesa toda la sociedad: los pobres y los ricos (simbolizados en el socialmente diverso grupo de ladrones), los del centro y las periferias del país, los policías, fiscales y políticos, todos parecen tener una conciencia moral comprable dependiendo de la cantidad de dinero ofrecida. Esta idea se reitera con las continuas alusiones al proceso 8.000 que marcaron la presidencia de Ernesto Samper. Ahora bien, una parte problemática es que la construcción de esta realidad también implica exhibir esa astucia propia del colombiano para enfrentar la vida y particularmente para quebrantar la ley, tema recurrente en el cine y la televisión. Es un rasgo en el cual la frontera entre virtud e inmoralidad no sólo es difusa sino que da pie para pensar que se puede ser íntegro incluso cometiendo un crimen.

En segundo lugar, vale la pena pensar en el tema de la diversidad en la serie. Por una parte, Doña K, el papel de Marcela Benjumea es llamativo en ese sentido: una mujer aguerrida que ocupa una posición de liderazgo en un ambiente predominantemente masculino. Como su personaje lo menciona, sus pares la ven como una delincuente “sin pene”, por lo cual debe luchar continuamente contra el machismo violento que la rodea para hacerse a un lugar en su círculo social. Sin embargo, irónicamente, su manera de defenderse ante sus dos socios principales es acusarlos burlonamente de ser novios, un insulto que apela a una homofobia tan machista como la discriminación que ella sufre por ser mujer. En términos simbólicos, el desenlace trágico de Doña K representa el castigo de las mujeres que desafían la autoridad masculina, especialmente porque como personaje no está amparada por un hombre que la salve, como sí sucede con el personaje de Katerine Vélez.

Marcela Benjumea acompaña a los protagonistas de la serie, con un personaje memorable. Fotos cortesía Netflix.

Por otro lado, es interesante que exista un personaje gay en la serie y que se retraten escenas sexuales entre hombres, pues visibiliza una realidad que siempre ha sido parte de nuestra sociedad. No obstante, es un hombre enclosetado, que no sólo vive su sexualidad de manera clandestina sino que, a diferencia de todos los demás, tiene una relación de pareja marcada por el abuso. Aún más, dentro del grupo de los ladrones es el más mezquino, rebelde y tramposo, desentonando con el código moral familiar de la banda. Esa asociación entre orientación sexual e inmoralidad respecto al grupo es desafortunada en términos de representación.

Finalmente, vale la pena pensar en la manera de representar nuestra propia historia. El problema de las series y películas “basadas en hechos reales” (es decir, casi todo lo producido en estos tiempos) es que, pese a las aclaraciones del caso, establecen como factual un relato de ficción. Basta hacer una búsqueda rápida en Google para ver los elementos de El robo del siglo que no corresponden a los acontecimientos conocidos sobre el hecho, libertad completamente comprensible desde el punto creativo. No obstante, la serie crea una versión de la realidad que, de alguna forma, se convierte en el recuento “oficial” de los acontecimientos. Esto preocupa especialmente si consideramos que quien está detrás de estos discursos, casi todos sobre asuntos relacionados con el crimen y la violencia, es Netflix. La compañía cada vez más se adueña de los espacios de memoria histórica a través del audiovisual en Latinoamérica (Narcos, El Chapo, Wasp Network, Killer Ratings, World’s Most Wanted…). 

Nadie niega el efecto positivo que la inversión de Netflix ha tenido en la región: ha diversificado los géneros y las historias, ha generado una competencia con otras productoras internacionales que ha beneficiado a las locales y ha expuesto el talento latinoamericano al circuito global. Sin embargo, es necesario seguir construyendo un pensamiento crítico en los espectadores que permita recibir este tipo de producciones con más sospecha que ingenua credulidad. Y por supuesto, es importante favorecer la consolidación de propuestas audiovisuales alternativas sobre nuestro contexto social y nuestra historia, que provengan de otras fuentes y que cuenten con el mismo nivel de exposición.

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