La representación sutil de la recia violencia

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Condores 1

Una mirada crítica a Cóndores no entierran todos los días (1984), por el crítico e investigador de cine, Javier Pérez Osorio.

El cine colombiano ha estado vinculado a la realidad política del país desde sus inicios: El drama del 15 de octubre (1915), considerado el primer largometraje del cine nacional, intentaba reconstruir el asesinato del General Rafael Uribe Uribe y los acontecimientos que se desencadenaron a partir de éste. La película, realizada por los hermanos Di Domenico, pioneros del cine en Colombia, también fue pionera en la censura: una orden judicial que hacía eco al rechazo generalizado ante el largometraje ordenó la destrucción de todas las copias existentes. En este momento sólo nos quedan los textos periodísticos de quienes alcanzaron a ver y comentar la película, y algunos fragmentos que nos dan una idea parcial de la primera película de la historia de Colombia.

El drama del quince de octubre (reconstrucción fragmentaria)

Desde que los hermanos Di Domenico inauguraron el cine en el país, ha habido una buena cantidad de películas relacionadas con la política y al mismo tiempo con la violencia, como un hado que mantiene estas dos realidades como si fuesen una sola. Por el impacto en la historia del país y sobre todo en la vida de los colombianos, el periodo de cruento enfrentamiento bipartidista conocido como La Violencia (1948-1958) fue un tema recurrente del cine nacional durante los 60 y 80: El río de las tumbas (1962) de Julio Luzardo, Canaguaro (1981) de Dunav Kuzmanich, En la tormenta (1982) de Fernando Vallejo y Cóndores no entierran todos los días (1984) de Fernando Norden son algunos de los ejemplos más notables de cine de ficción centrados en este periodo.

Dentro de este grupo quisiera comentar la película de Fernando Norden, un director con una carrera centrada principalmente en la producción de documentales, entre ellos el más conocido es Camilo el cura guerrillero (1974), y cuyo primer largometraje de ficción fue Cóndores no entierran todos los días. A comienzos de los años 80s Norden comenzó a explorar la profusa literatura existente sobre La Violencia y dio con la novela homónima de Gustavo Álvarez Gardeazábal, publicado en 1972, el cual captó inmediatamente su atención. A pesar de que el director se basó en el libro, el guión que escribió con la ayuda Dunav Kuzmanich, Antonio Montaña y Carlos José Reyes se toma algunas libertades que, lejos de ser decisiones injustificadas, corresponden a su intención de representar La Violencia de manera moderada y sin caer en la parcialidad ideológica tan común en el cine nacional de la época.

Con este objetivo en mente el director optimiza los recursos que tiene al alcance y utiliza el lenguaje cinematográfico desde su formación académica (uno de los primeros cineastas colombianos en tenerla) para representar la violencia de una forma brillante: nunca la presenta explícitamente sino que más bien lo hace a través de una especie de metonimia visual que permite reconocer a través de los efectos en los comportamientos de los  personajes o en ciertos objetos la brutalidad de La Violencia. Esto se puede ver desde la secuencia inicial, cuando un hombre enruanado con revólver en mano entra presuroso a una finca para llevar a cabo la instrucción que hemos escuchado del conductor anónimo: “no me dejen a nadie”. Mientras el hombre armado se dirige a la casa, vemos a dos niños jugando con sendas cometas, una azul y una roja; luego, con la cámara situada en un campo donde trabajan unos campesinos, escuchamos los balazos a lo lejos. La cámara no muestra en ningún momento quienes han caído muertos a causa de los disparos, simplemente se centra en las dos cometas de papel, la azul destrozada y la roja intacta, lo cual deja claro, sin decir palabra, que se trató de un asesinato (incluidos los niños) y que sus motivaciones fueron políticas.

Este mismo tipo lenguaje sirve para presentarnos al personaje principal, León María Lozano, alias “El Cóndor”. Justo después de la secuencia inicial mencionada anteriormente, vemos al protagonista durmiendo una siesta sobre un escritorio, cuando de repente se despierta desconcertado al oír un galope apresurado y una voz que grita: “¡párenlo! ¡Se está quemando vivo! ¡Apáguenlo!”. Nunca vemos el caballo ni el cuerpo en llamas al que se refiere la voz, pero sí vemos la expresión aterrorizada de León María mientras el resplandor del cadáver abrasado ilumina su rostro. Este es el punto inicial de su transformación: de manera paulatina pasa de ser un hombre tímido, católico y perteneciente al partido conservador, a ser el cruento líder de los pájaros, el grupo armado ilegal que auspiciado por el partido político se encarga de amedrentar y asesinar a los opositores liberales. El proceso psicológico del protagonista es un caso excepcional en el cine de la época, puesto que Norden logra representar a este personaje de forma tal que es posible entender los claroscuros de los involucrados en el periodo de La Violencia, casi todos ellos ciudadanos comunes de la Colombia rural.

La película “Cóndores no entierran todos los días” tuvo derechos de exhibición desde el 10 de marzo de 2020 hasta el 10 de abril de 2020, en el portal Retina Latina. Foto Cortesía Patrimonio Fílmico.

El retrato de León María, por una parte, permite reconocer que la filiación política y las acciones violentas son análogas a las experimentadas en la religiosidad, donde un creyente se adhiere a un credo que le proporciona una moralidad desde la cual todos los actos encuentran motivación y justificación. Esta conexión con lo religioso es acentuada en el hecho de que el sermón dominical del cura, en el cual se refiere a los jinetes del Apocalipsis, es el empujón final que motiva al protagonista a tomar mayor partido en la actividad política del pueblo. Aún más, el leitmotiv de tinte moral y religioso de León María, “es una cuestión de principios”, le sirve para justificar tanto el pudor en la intimidad marital como las órdenes que da de asesinar liberales. Por otra parte, la representación de El Cóndor no deja de poner en evidencia sus matices y contradicciones internas. Una de las secuencias más interesantes en este sentido es cuando, estando una noche en el bar que funge como su centro de operaciones, el protagonista ordena callar (o sea, matar) a un perro que ladra insistentemente. Ante el enojo del dueño del animal que entra en el bar, León María responde con una mirada amenazante que hace pensar que el hombre sufrirá la misma suerte que el perro. No obstante, sin que la película diga mucho más, en la mañana del otro día vemos a León María entregando al mismo hombre un tierno cachorro.

Así pues, la construcción de este personaje, quien al mismo tiempo es víctima y victimario, y los diversos recursos utilizados por Norden para contar la historia de este asesino hacen que la película tome distancia de cualquier parcialidad ideológica que le dé la razón a alguno de los dos partidos involucrados durante La Violencia. Este gesto le da la oportunidad al espectador de sacar sus propias conclusiones.

Cóndores no entierran todos los días tuvo un relativo éxito entre el público colombiano (250 mil espectadores) y se convirtió en la primera película colombiana en participar en el Festival de Cannes en 1984, en la sección Un certain regard. Casi 30 años después de haber sido estrenada considero que es una película que ha envejecido muy bien: no sólo tiene una calidad cinematográfica que está por encima de sus contemporáneos y que sitúa a Norden entre los pioneros de nuestro cine, sino que sigue siendo una mirada crítica y pertinente sobre los actores de la violencia en nuestro país y los efectos de los discursos políticos en los ciudadanos del común. Sin duda alguna, Cóndores no entierran todos los días es un clásico del cine en Colombia.

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