Víctor Gaviria: la realidad y su significado

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La obra del director de cine más importante de Antioquia, Víctor Gaviria, recibe homenajes. Uno de ellos es este, con el que Pedro Adrián Zuluaga comienza sus apuntes sobre cine para Papel, recapitulando reflexiones que aportó a la nueva Colección de Cine Colombiano producida por Proimágenes Colombia y la Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano, que será presentada muy pronto.

El trabajo cinematográfico de Víctor Gaviria cubre cuatro décadas: desde Buscando tréboles (1979), comienzo de una fecunda y poco conocida filmografía en el cortometraje, hasta su cuarto largo, La mujer del animal (2016). La obra del director antioqueño, ininterrumpida y plural, ha permanecida atada a una cuestión central que le da unidad: la indagación de la realidad y su más profundo significado.

Este conjunto de películas se abre como una lectura crítica y heterodoxa de la cultura antioqueña y del desarrollo y transformación de sus costumbres y creencias. Pasa de la evocación nostálgica y poética de la infancia o del pasado tradicional y campesino que se ve en películas como Buscando tréboles (1979), La vieja guardia (1984), Que pase el aserrador (1985) o Los músicos (1986); a para volverse una herramienta de investigación sobre la nueva sociedad que emergió en los tormentosos tiempos del inicio del narcotráfico en Medellín.

Foto cortesía de:

Al comienzo de su obra fílmica, Gaviria estuvo muy influenciado por la poesía de Helí Ramírez con su evocación de los barrios altos –e innombrados– de la ciudad, así como por el cine neorrealista y el nuevo cine alemán, este último conocido gracias al trabajo de divulgación cultural del crítico Luis Alberto Álvarez, quien había tenido contacto con ese movimiento mientras vivía en Europa. “Ese cine nos sacó del prejuicio que teníamos, de que las películas las hacían apenas los viejos… nos puso a pensar que estaba también a nuestro alcance”, dice Gaviria.

Al mismo tiempo Gaviria mantenía en esa época una prolífica actividad como poeta y cronista. En sus primeras obras se empieza a perfilar ya un método de trabajo guiado por la amistad y la escucha, como nortes de la búsqueda de una poética propia. Aún hoy, varias décadas después, sus películas siguen siendo el resultado de incesantes diálogos con conocidos o desconocidos, que gracias al fino oído del director se convierten en acciones y diálogos transformados por la dramaturgia del cine, pero que ya existían –tímida o altivamente– en la realidad.

Desde mediados de la década de 1980, Gaviria se fue percatando de la mutación de la sociedad en la que vivía como atento y siempre sensible testigo, pero aún así realizó dos obras que son una mirada hacia atrás, hacia los orígenes de la cultura antioqueña: Que pase el aserrador (1985) y Los músicos (1986), antes de emprender en Rodrigo D. No Futuro (1990) y en el documental Yo te tumbo, tú me tumbas (1990), un programa ético-estético en el que, por primera vez de manera tan radical, se escucha la voz de unos sujetos que actuaban en el margen de la sociedad y se expresaban desde la conciencia de su subalternidad.

El narcotráfico vendría a ser no una interrupción abrupta de esa cultura premoderna y campesina sino una transmutación natural, un reacomodo de ese mundo dentro de la lógica capitalista. El primer largo de Gaviria fue parte de la selección oficial del Festival de Cannes en 1990 y significó un fuerte estremecimiento para la cultura colombiana. Los personajes de Rodrigo D. o Yo te tumbo tú me tumbas se reconocen como parte de un tronco histórico de desplazamientos, migraciones campesinas y violencias previass. No son ya una monstruosidad indescifrable; recuperar su lugar en la compleja trama de la historia nacional y regional. Gaviria restituyó estos sujetos a la tradición que les dio origen.

Foto cortesía de:

Rodrigo D. generó un hondo viraje en la forma de acercarse a los personajes de las periferias, tanto por parte del cine como de las ciencias sociales. El mismo año de su estreno, Alonso Salazar publicó No nacimos p’a semilla. Crecieron los estudios sobre el parlache. Gaviria prestó su voz a “el pelaíto que no duro nada”, y lo convirtió en el relato del mismo nombre, y grabó el ya mencionado documental Yo te tumbo tú me tumbas. También el mercado cultural tomó nota del potencial comercial de estos personajes y espacios y los empaquetó en el género conocido como “la sicaresca”.

En Sumas y restas se puede ver representada la manera en que el narcotráfico transformó en una desregulada euforia capitalista el mito del compadrazgo y de la tradición igualitaria que muchos investigadores sociales y culturales vieron en la sociedad antioqueña.

Foto cortesía de:

La mujer del animal es el trabajo que, por ahora, cierra la obra cinematográfica de Gaviria. Aunque la ubicación temporal no se precisa en la narración, las marcas de este cuarto largometraje del director remiten a una década antes de Sumas y restas, es decir a los años setenta. Con este retorno al pasado Gaviria quiere rastrear los orígenes de todas las violencias que se entrelazan en la historia antioqueña y se encuentra con una verdad que en los otros trabajos suyos aparecía apenas sugerida: el género y la sexualidad, el lugar asignado a los hombres y las mujeres, y las tensiones entre machismo y matriarcado.

Sosiego, el quinto largo, que se rueda en agosto de este año, es descrito como un retrato del Medellín de comienzos del siglo XXI, sobre el fin de la guerra territorial entre milicias y paramilitares. En ese ir y venir entre pasado y presente, esta obra fílmica extraordinaria que con múltiples obstáculos va anudando Gaviria, demuestra su compromiso con la memoria y la comprensión crítica y a la vez compasiva, en una sociedad que, desde sus poderes oficiales, exhibe un ansioso deseo de negar lo que pasó, como si fuera tan fácil como provocar una explosión.

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