Las Guerreras del Centro, más allá del placer

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Nadie Sabe Quién soy yo

Gracias al apoyo de Comfama, contamos las historias de los emprendedores de Antioquia. Esta vez, la cita fue con el poder femenino y la seducción de Las Guerreras del Centro.

Esta es la historia de una mujer que podría ser usted…

Comienza en Pensilvania Caldas, en la vereda El Silencio. 

Desde su adolescencia, Luz (1958) anhelaba tener cédula para salir a votar. Recuerda que llevaba a quienes podía hasta las urnas, de la mano, para que no se abstuvieran de elegir a sus líderes. La motivaba el trabajo comunitario, quería ayudar a los demás: “Motivábamos que la gente saliera a votar. Desde que yo era niña anhelaba completar los 18 años para poderlo hacer. En mi casa siempre le ayudábamos a la gente con lo que producíamos en la finca, armabamos mercados, los repartíamos, íbamos al pueblo a pedir ayudas para los más necesitados”.

El amor llegó y se casó con Arnaldo, quien era líder político, trabajaba con candidatos apoyando sus campañas, en las que ella también participaba: “esas ganas de ayudar nos unieron. Las mías vienen de mi familia, son innatas, me las enseñaron el papá y la mamá”. 

Tenía ya a sus cuatro hijos: Fernando, Yamid, Rosa y Diana, cuando Arnaldo murió. Siguió adelante, vivía junto a su familia, rodeada de la naturaleza, feliz, en una Pensilvania que se le viene a la mente sin piedad, que cuando recuerda parece anhelar incansablemente. Brillaba el sol, hasta que la realidad del conflicto armado colombiano tocó la puerta.

“Un grupo de hombres de las Farc llegó a la finca. Mi hermano Rodrigo había sido ‘vacunado’ (extorsionado) por mucho tiempo y teníamos problemas, porque muchas veces no nos alcanzaba para pagarles lo que pedían. De eso hace unos 20 años, y nos pedían $1.000.000 al mes, que era demasiada plata. Nos hicieron irnos”. 

La crisis la obligó a buscar una oportunidad. Estaba desesperada, no sabía qué hacer: “dejé a mis cuatro hijos con familiares y vecinos, porque el asunto era de urgencia. Tenía que desaparecer. Cuando tengo un problema no me encierro, busco opciones. Llamé a mis hermanas y les dije dónde iban a estar mis hijos. Me fui a la Terminal de Transporte. Recuerdo que gritaban los voceadores ‘Cali, Medellín, Pereira’, y yo me preguntaba para dónde arrancar. Me habían dicho que Medellín era hermoso, anhelaba conocerlo, me acordé de un comercial que había visto del Metro y me decidí”. 

No tenía el dinero suficiente. Preguntó si la llevaban por menos y uno de los ayudantes de los transportadores le sugirió que se hiciera unas cuadras más allá de la Terminal, para poderle recibir la mitad del pasaje… Ahí estaba, apenas con un morral, subiéndose al bus de la incertidumbre, comenzando una aventura.

Era el año 2000. La rubia Luz solo tenía unos cuantos de sus vestidos, más su belleza y unos $10.000, para enfrentarse a Medellín. -Hay que parar para enfatizar que la seducción es, dice ella, su poder, pues piensa que seducir es su arte, que es una artista con la capacidad de convencer-.

“Convencí a un taxista para que me llevar a buscar un hotel y le conté que no tenía casi nada de plata. Viendome y pensando en lo que le había contado, me dejó en el Centro, en el sector de Tejelo, frente al Museo de Antioquia”. 

Performance “Nadie sabe quién soy yo”. Las Guerreras del Centro. Foto cortesía Museo de Antioquia.

No sabía que ese Museo sería parte fundamental de su historia. Más adelante narrará por qué.

“Me acuerdo que se me acercó un indigente y me dijo que si me ayudaba con el morral. Yo no desconfiaba de nadie, acepté y le pedí que me ayudara a buscar un hotel bien barato, casi regalado. Me llevó al Hotel Osvel. No me alcanzaba para pagar los $12.000 que valía la alcoba. Fuimos a otro, donde podía costar $5.000, $8.000, pero eran unos antros, tanto que me devolví al Osvel, le pedí a la muchacha que me había atendido allá y era muy amable que me fiara la habitación, pero me dijo que no podía, que me guardaba el morral, mientras iba a buscar una opción. ‘Mire a ver qué hace y a su morral no le pasa nada aquí’”. 

Con las monedas que tenía se subió a un bus a probar suerte. “Empecé a repartir las tarjetas de presentación del hotel y dije que estaba buscando trabajo, que me llamaran allá, que podía trabajar en lo que fuera. Cuando me sentí lejos del Centro y me asusté, me bajé y vi un camino como especial, subí por ahí y era el Pueblito Paisa, entonces comencé a pedir dinero, me dieron algunas monedas. Disfruté y me puse a ver Medellín, me senté en una banca, hasta que se hizo de noche. Bajé hasta la avenida y empecé a buscar quién me llevaba, a coquetear, sentía miedo, pero me regañé,  entonces decidí subirme al carro que me parara, así fuera viejo o feo. Un taxista paró, le dije: ‘voy al Centro pero no tengo plata’”.

No olvida su nombre, se llamaba Albeiro. “Le conté lo que me pasaba. Que necesitaba un trabajo urgente. Me abordó sexualmente, pensé que la carrera ya estaba paga, sin hablar. Me dijo que me recogía la mañana siguiente para llevarme a un sitio donde podía encontrar trabajo, y así fue”.

La llevó a lo que describe como “un amanecedero cerca del hotel. No supe cómo se llamaba nunca. No tenía un nombre visible, no tenía letrero, era una casa de las que la puerta se abre y se cierra, un reservado. Era un bar al que llegaban los traquetos, las prostitutas, toda la gente ‘malandra’. Me tocaba atender las mesas y lo que pasara. Los meseros, dos muchachos jóvenes, me empezaron a decir quién me podía invitar a comer, quién me podía gastar”. 

Su primer cliente lo describe como “muy decente y muy bonito, como de un estrato alto”. Fue “cosa de quince minutos. Me dio plata y fue bastante amable, porque sé que con lo que me dio podía pagar el hotel, podía darles hasta propina a los meseros y pedimos tres comidas. Me sentí tranquila. Estábamos comiendo, cuando ‘pun’, sentí una plomacera, una bala pasó por encima de mi cabeza. Nos tiramos al suelo.Fue una balacera corta y cuando pasó el cliente volvió, me dijo que le encantaba, me regaló más dinero y así ya tenía para mandar a la casa”. 

Tres noches duró en ese lugar: “Era un traqueteo tenaz. Fui tres noches más, pero siempre se presentaban discusiones, peleas, peligros. Una vez llegó un tipo con muchos escoltas y entre las mujeres que eligió estaba yo. Cuando terminamos de hacer el trabajo no me pagaron, fui donde el patrón y me dijo que yo porqué no había cobrado anticipado”. Esa fue la estocada final. Se fue y durante varios años no cambió de oficio, aunque la realidad dura de las calles la cuestionó constantemente.

“Vi muchas vulneraciones de derechos, asesinatos, batidas, la ciudad estaba pasando la página todavía, me di cuenta que era cierto que Medellín era muy violento”.

La educación fue el primer camino. “Me llamaron desde la Alcaldía para un proyecto, como educadora, con niños abusados sexualmente. Abandoné la calle, pero no el liderazgo: seguía visitando los sectores, llevándoles condones, mercados. Trabajé con la Secretaría de Salud, con Inclusión Social y Familia, siempre me destacaba en mi trabajo”. 

Así, de ser una mujer que se buscaba la vida en las calles, pasó a acompañar a quienes hacían lo mismo. De vulnerable a líder, con los labios pintados de rojo y sin dejarse borrar la sonrisa.

“Una vez terminé mi contrato con la Alcaldía, apareció Giselle, una española que estaba estudiando Trabajo Social y vino hacer su tesis de grado. Necesitaba trabajar con las mujeres (se refiere a las trabajadoras sexuales) y entonces yo decidí ayudarle”. 

Ahí volvió al Museo de Antioquia, donde jamás pensó que tendría una nueva luz para su camino. 

La era del arte

“Yo buscaba los espacios para hacer los talleres de diferentes manualidades con las mujeres, entre ellos el Museo de Antioquia. Recuerdo que los primeros coqueteos que hicimos con el Museo fueron en La Casa del Encuentro, donde nos reuníamos, pintabamos, nos tomábamos fotos. Nos divertíamos con fotos y vídeos. Yo les decía a las que no se querían dejar tomar fotos que hicieran la cara como un perro o como un pato. El Museo nos daba el tinto, nosotras poníamos los buñuelos y hacíamos talleres, llevábamos agujas para tejer, cartulinas, hacíamos manillas”.

Después, en 2016, ella y otras mujeres trabajadoras informales del sector fueron convocadas por el Museo de Antioquia para hacer parte del proyecto Semana de las Mujeres Seguras, liderado por la Secretaría de la Mujer de la Alcaldía de Medellín, con la participación de la artista brasileña Mónica Nador, a quien demostraron su potencial creativo. 

Recuerda que todo empezó como un juego: “escribíamos y cada cual dibujaba su sueño. Yo pinté una flor en el Centro, una flor que renace, que se abre en la mitad. Otra pintó que quería tener una cama para dormir con sus hijos. Esos sueños los plasmamos en papel, esa fue nuestra primera obra colectiva y se llamó De nosotras para nosotras”. 

En los corredores del Museo conoció a Yaqueline Quintero y Carolina Chacón del equipo de dicha entidad. Fue junto ellas que se sintieron apoyadas, cree que ellas decidieron “ponerle el arte a lo que estábamos soñando”.

De nosotras para nosotras. Creación colectiva hecha con la artista Mónica Nador.

“Lo que habíamos hecho lo expusieron en la calle de La Casa del Encuentro y nosotras empezamos a sentirnos artistas. Empezamos pintando bobaditas y uno cree que no va a llegar a nada, pero vernos ahí en esa exposición, en esos telones, ya era ser artistas”. 

De ese proceso, el Museo sacó una pañoleta con los dibujos de las mujeres participantes, gracias al apoyo de marcas y aliados. Ellas recibieron algunas regalías, ya que la pieza fue vendida en la Tienda del Museo, con lo que se percibieron que el arte podía ser un camino. 

“No se me olvidan las palabras de Mónica Nador, ella dijo que nos dejaran solas, que teníamos un gran potencial. Le cantamos, le escribimos, todas éramos muy histriónicas y no nos queríamos ir. Un sábado por la mañana, cuando las mujeres se visten distinto para coquetear, iban tres todas sensuales con unos vestidos de bolitas, de lunares, sin medias, y les dije que estaban listas como para un espectáculo. ‘Dejen y verán, parecen Las Hermanitas Calle’. Entonces propuse que le hiciéramos un homenaje a la brasileña, empezamos a cantar La cuchilla (canta): “en una cantina lo encontré/ en una cantina lo perdí”. 

Luz decidió contarle a la artista de Brasil sobre Las Hermanitas Calle, lo reconocidas que eran en el país, en Antioquia. Dice que la creadora visual lloraba de la emoción viendo a tres de ellas cantando: Yakeline, Martha y Adela. 

Es que ya no estaba sola. En estos años había conocido otras historias, otros dolores y otras ganas de cambiar el panorama de ponerle luz a la oscuridad. 

Las Guerreras

En el 2017, el Museo de Antioquia comenzó el proyecto Residencias Cundinamarca, que buscaba conectar las realidades alrededor del edificio con las prácticas artísticas. Entonces, una de las artistas participantes, Nadia Granados, quiso dedicar su proyecto a trabajar una performance con las trabajadoras sexuales del sector. 

Carolina Chacón, curadora del Museo, puso en contacto a la artista con Luz, para que ella le ayuda a convocar a las participantes.

“Me pidió buscar mujeres que fueran buenas para hablar en público, llevé doce y de ellas seleccionaron a ocho, entre ellas yo. Empezamos a trabajar con Nadia, hicimos un laboratorio de ideas y creamos”.

En ese laboratorio de ideas, una de las preguntas fue cómo llamar a ese colectivo, ¿cómo eligieron el nombre de Las Guerreras del Centro? 

“Lo que nos ha tocado hacer a todas es guerrearla, trabajar de noche, montarnos en un taxi, coquetearle al uno, al otro. Eso de ‘guerrearla’, salió de una mujer una noche, a la que yo le preguntaba por qué no se había ido a su casa y me dijo que en el día no se había hecho la plata, entonces que le tocaba guerrearla en la noche”. 

Son mujeres en la guerra, una guerra con ellas, con sus compañeros sentimentales, con el contexto, con fuerzas que no necesariamente están preparadas para lidiar: “la realidad de una mujer es que puede vender tinto, pero en la noche le toca hacerle sexo oral a un hombre para poder llevar dinero a su casa. La policía nos persigue, nos roban, nos matan, nos tocan. En la vida de una mujer hay una guerra con facilidad. Las mujeres en la calle estamos en una guerra todo el tiempo, en este país venimos de una guerra, de un conflicto armado, cada una es desplazada de un municipio, o de la misma ciudad, o de los mismos espacios públicos. Hay desplazamiento cuando una mujer ‘caciquea’ a otra: una mujer llega nueva a una esquina y hay otra que está parada en ella hace años, entonces tiene que pagarle por pararse ahí”. 

Nadie sabe quién soy yo fue el nombre de la performance que hicieron con Nadia Granados y que sirvió para unirlas como colectivo: Luz, Gladys, María Adela, María Delia, Jaqueline, Carolina, Johana y Gloria nacieron entonces en el escenario y dieron vida a un proyecto cultural desde el laboratorio social que resultó ser el Museo.

Performance “Nadie sabe quién soy yo”. Las Guerreras del Centro. Foto cortesía Museo de Antioquia.

Nadie sabe quién soy yo, primera obra producida como parte del programa de Residencias Cundinamarca del Museo de Antioquia, es una propuesta que de manera contundente le ha apostado a  la construcción de un puente entre el deber ser del Museo y  una de sus más visibles realidades vecinas, la del trabajo sexual. En una performance construida a partir del formato de un cabaret se ofrecen distintos fragmentos, que recogen técnicas audiovisuales y teatrales para representar diferentes dimensiones de la experiencia de las mujeres trabajadoras sexuales de la zona, desestabilizando los imaginarios y las formas de estigmatización que sobre ellas se han tejido”, reflexionó en un texto sobre la obra el profesor e investigador Pablo Bedoya Molina, historiador y Mg. en Historia.

La hora de emprender

Los medios de comunicación y el público aplaudieron el proyecto. Entre otros reconocimientos, Periódico Arteria eligió la obra como la más potente del año, en una encuesta que abrió al público, producto de las recomendaciones que hicieron los expertos del sector. Las Guerreras fueron protagonistas de entrevistas, recibieron invitaciones a conversaciones y eventos. 

Dice la curadora de arte Carolina Chacón que “una de las cosas más importantes de este colectivo es su base comunitaria, siendo pioneras en diferentes aspectos en Medellín y en el país. En los tres años que llevan, ha trabajado con diferentes artistas, lo que les ha permitido hablar desde sus voces, conformándose un proyecto que no nació así, pero que ha ido tomando tinte feminista, desde feminismos muy diversos. No se quedan solo en denunciar las violencias, aunque también lo hacen, sino que han logrado, con estrategias como el humor y la imaginación, proponer otras alternativas, posicionar a las mujeres como ellas, ponerlas en un lugar de dignificación, de agencia, propositivo frente a la realidad que tienen cotidianamente alrededor”.

Agrega que eso les ha posibilitado “ser la voz de las mujeres que históricamente no la han tenido, visibilizando opresiones que están en ellas, hablando de cómo las perspectivas no pueden ser únicas y que deben tener en cuenta diferentes factores, como la violencia por el conflicto armado en Colombia, la pobreza, el estigma por ser trabajadoras sexuales, sufrir el abandono, los abusos por parte del estado. No hablan desde una sola problemática, denuncian y encarnan diferentes violencias, pero no se victimizan, se ponen de tú a tú con el público”.

Ya sin Nadia Granados, luego de ver la potencia de su creación, continuaron el camino. Luz tomó el liderazgo del colectivo, dándose cuenta de que debían aprender más, ponerse el reto de “emprender”, esa palabra de moda en una Colombia que ya hablaba de “Economía naranja”.

Las Guerreras del Centro sienten que muchas mujeres se identifican con sus realidades, así se los han expresado en diferentes presentaciones. Foto de las artistas.

“Empezamos a hablar de organización, hacíamos actas, nos reuníamos con abogados, diligenciamos papeles. Y seguimos buscando, enviando cartas, tocando las puertas de entidades, hicimos rifas, no nos quedamos quietas y continuamos con el colectivo.Nos presentamos en el Teatro Pablo Tobón, en Hora 25, en la Biblioteca Piloto para el lanzamiento de la Revista Papel, en espacios de Comfama”, cuenta Luz.

Después de este trasegar, el grupo ha crecido: María Delia, Gladys, Carolina, Adela, Gloria, Sor, Carmen, Martha, Gladys A., Luz Aldeni y Luz, son las integrantes actualmente. 

Cree que “lo más difícil de emprender es no tener recursos, la idea uno la tiene, la va pintando en el papel, pero financiar es un desafío. También es difícil que uno tiene su idea, se la cuenta a otro y se la roban. Se llevan los honores, la plata y a uno le dan cualquier cosa. Duele que la gente se lleve las ideas de uno, lo invisibilice y se aproveche de que tiene más conocimiento o contactos”.

Además de los proyectos con entidades públicas o privadas, sus fuentes de financiamiento siguen siendo las rifas: “con eso nos estamos ‘bandeando’ ahora para hacer las obras, como lo hicimos antes del Covid en The Gallery of Divas, con el Remake del pecado con catanas, lo llamamos así porque ‘remake ‘ es tomar pedazos de obras, de Nadie sabe quién soy yo, otra de Putamente, de otras cosas y salió una colcha de retazos, y lo de catanas, porque todas somos cuchas”. 

De esa gestión, en la que aplicaron la política “entrada libre con aporte voluntario”, les quedaron de a $25.000 para cada una. Esto porque en emprendimiento, dice, no siempre se participa en proyectos por los recursos, sino por posicionar la marca, darse a conocer o conectarse con nuevos públicos: “lo que  buscamos fue visibilizarnos, así no ganáramos dinero. Nosotras somos comunitarias y siempre estamos ahí, ‘guerreriando’. Luego hicimos una campaña en Facebook para recaudar fondos para sostenernos durante la pandemia, y estamos haciendo otra rifa a $2.000”.

Luz cree que El Pauer de Comfama es un buen espacio para los emprendedores: “sirve para que los emprendedores podamos mostrar lo que estamos haciendo, para hacer contactos, estar en reuniones y fortalecer los proyectos”. Ahora trabaja en un nuevo sueño, “una estrategia pedagógica para enseñar el Whatsapp a las trabajadoras sexuales”. Busca la manera de recibir apoyos y generar alianzas, espera que sus performances puedan llegar a las plataformas, así como seguir trabajando con otros artistas. A Las Guerreras del Centro puede contactarlas a través del correo: guerreras.del.centro@gmail.com

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