Andrés Madrid, un autor desordenado, sin que ello implique su degradación

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Andrés Madrid 2-1

Entrevista a un escritor y dramaturgo de provincia que, aunque es de la ciudad, la ha habitado de manera intermitente, porque su historia literaria procede y se fecunda en Sonsón, Antioquia.

El dramaturgo y narrador oral Andrés Madrid, en su corta carrera ha escrito varios libros: Juegos inofensivos para Mamá Luna, una selección de micro obras de teatro; La otra edad del niño, un libro de poseía que reflexiona sobre la condición de los niños en el conflicto armado; El libro de alguien, un texto de poesía que ganó el Premio iberoamericano de poesía en San Salvador; El Corazón de la Secuoya, una novela que reflexiona sobre la condición humana; Pájaros famélicos, libro ganador de la Beca de dramaturgia del Ministerio de Cultura, una obra de teatro que reflexiona sobre la condición de los venezolanos que vive en Medellín. Además, hay otra novela, un proyecto literario del que ha dicho servirá para que los lectores conozcan en la narración qué fue el conflicto armado en Sonsón.

A continuación, una entrevista que revisa su estilo literario, dramatúrgico y poético, así como su relación con lo natural y tormentoso en el ejercicio de escribir.

¿De dónde proviene y se disemina su necesidad de la escritura y el haberse decidido a hacerse (o estar haciéndose) escritor y dramaturgo y por qué, para qué?

La escritura en mí no se disemina ni nace y ojalá renaciera, así me evitaría el karma de escribir el mismo libro. Conmigo ha estado desde el grito primero por tormento.

A veces, cuando estoy despechado, quisiera no ser escritor para así entrar en el privilegiado grupo de los poderosos; de los más pretendidos entre todos los amantes. Pero estoy de acuerdo con vos: me he decidido a ser dramaturgo costándome mucho decidirme a ser escritor. Y no es que sean dos oficios desligados del quehacer de la escritura creativa; a diferencia de los demás géneros literarios, la dramaturgia es la novia fea de la que muy pocos se enamoran.

Con mucha frecuencia miras los textos dramáticos como quien mira entre sus brazos la desnudez de la fealdad y con el desahucio de quien se acaba de acostar con la fea más fea, pero una fea con la que te encoñas. Es una decisión que a veces te hace dudar del oficio, del futuro como teatrero y, lo más maravilloso, es que te hace dudar de la misma condición humana desconfiando de todo el mundo, pero confiando en Shakespeare.

Me costó mucho decir: Yo soy dramaturgo, más cuando entre los dramaturgos hay ciertas vacas sagradas que no te dejan pensar en la posibilidad de llamarse dramaturgo. Pero un día me dije: Andrés, deja la bobada, así como dices que eres colombiano, que eres cojo y que eres poeta, eres sencillamente un dramaturgo y poeta colombiano además de cojo. Soy como la justicia: cojeo, pero llego al final de un texto dramático después de mucho insistirlo.

¿De dónde se desencadena y hace catarsis el haberse decidido por el poeta y el actor, qué lo escandaliza como conciencia de ello y qué no?

Me sustenta el saber a qué atenerme, tanto en la escritura creativa como en la vida, lo que constituye un cambio interior, sin renunciar a lo que soy y a lo que el dolor y las decepciones han hecho de mí. Me sustenta el encuentro permanente con una situación, sea ésta dramática o del instante. Me sustenta el saberme padre y autor. De ahí mi decisión inconsciente, al principio, y consecuente después, de asumir el oficio de ser escritor en y para la escena. Esta decisión se da desde la vivencia profunda e intensa y en la relación directa con la literatura y con el entorno que será narrado. Estos tipos de sustentaciones son desencadenados de una incertidumbre inabarcable.

A la vida se le impone un fin, a la escritura no. Yo no escribo para llegar al final de una historia; escribo desde una iniciación que se haga perdurable en cuanto me posea la incertidumbre. Ahora bien, si no escribo pensando en vivir escribiendo y si por alguna razón en el día no me queda tiempo de escribir o de fabular hablando solo, siento más hambre, más cansancio, más agonía. Es ahí donde aparece, tanto mi acción vital, como la acción dramática de mis personajes. De este modo me escandaliza el no saber a qué se atiene el ser humano y su pasividad ante el paso del tiempo; su despreocupación por el arte y la cultura; su ritmo de vida al son de la rumba (y no estoy en contra de este tipo de celebraciones, pero si lo estoy de que casi todo en este país se distrae con licor y sexo, sin nada de cine, sin nada de literatura, y lo más delicado, sin nada de pensamiento). Me escandaliza que la mayoría de los niños quieran ser James Rodríguez y muchos jóvenes: Maluma. Claro que la sociedad también se escandalizaría si a propósito me pinchara un ojo para parecerme a Borges o si me dejara crecer la barba como Tolstoi.

Mientras que la desnudez, la rebeldía, el libre desarrollo de la personalidad, los comentarios punzantes en redes sociales y orinar en espacios públicos, siga siendo lo que normalmente escandaliza al ser humano, a mí no me perturba, porque sé a qué atenerme, es decir, soy consciente de mis actos y trato cada día de conocerme más como tarea previa para conocer a mis personajes.

¿Cuál es su interés insaciable y movimientos hacia llevar una vida en el arte (estética), muestras en lo que realiza, de qué se trata en tensión, carácter e intensión en y desde el arte, como conciencia crítica?

Esta conciencia, además de crítica -en tanto me permite pulir una estética teatral como producto de una constante exploración sobre otras áreas y su afinidad con la escena, como, por ejemplo, la hibridación entre dramaturgia y matemáticas que hago en Juegos inofensivos para Mamá Luna– es una conciencia histórica que genera tensión para establecerse como una intención artística, siempre está llamada a considerar toda realidad humana dentro del acontecer histórico, sin olvidar mi manera inmediata de escribir a medida que vivo.

Sin historicidad no hay interés insaciable por escribirlo y por leerlo todo. Y al final, no escribo ni leo mayor cosa, pero es en y desde el arte que asumimos una obra inacabada. Y nos asumimos como un yo insaciable. A esto se suma que no soy conformista con nada.

Mi vida en el arte o mi arte para la vida se mueve entre lo intransigente y lo autocrítico de todos mis catos creativos. Pienso como Herman Hesse que “deberíamos ser intransigentes con nosotros mismos, pero no con los demás”.

Usted mezcla y hace combinaciones de géneros: novela, poesía y teatro: ¿En qué medida necesita relacionar y por qué, cómo desarrolla esa tarea de concentración y transformación?

Los pájaros famélicos por ejemplo visualmente parece una novela, el nombre del personaje no antecede en los diálogos, las acotaciones no van en cursiva y son parte esencial de la narración y se lee así de desordenada como Rayuela de Cortázar. Llevo escrito mucho y me falta más de la mitad por escribir, de modo que la sola obra de teatro es igual de gorda a una novela de Stieg Lersson.

Los del Ministerio de Cultura se van a pegar una encartada conmigo, porque al año siguiente se suele publicar una antología con los ganadores. No se cómo van a hacer para agrupar cinco textos contando el mío. Claro que el montaje sin duda será divertido y a los actores no es que les toque memorizar mucho texto que digamos.

Pero en cuanto a cómo desarrollo esta tarea de hibridación, no tengo ingredientes ni secretos y mucho menos recetas, tampoco pienso en el género que será mi texto-hijo cuando lo estoy engendrando sobre la hoja en blanco. De hecho, mi mente queda en blanco por mucho tiempo, lo que impide bautizar o clasificar por géneros a mis textos. Me parece innecesario y a veces ridículo ese propósito de gastar tiempo pensando si será niño o niña; del mismo modo no veo necesario buscarle título o género literario; la verdad no tengo la necesidad de relacionar un género con otro o de comparar un hijo con otro. A todos los quiero por igual y como llevan mi sangre, podrán vivir juntos si quieren, o separados. No es esa la tarea.

Ahora bien, en el caso concreto de las combinaciones a las que te refieres, estas corresponden a las posibilidades escénicas y existenciales que muestra cada hijo-texto cuando empieza a dar sus primeros pasos, es decir, cuando estoy en el riguroso proceso de revisión, las primeras páginas de la novela El corazón de la Secuoya es toda la obra de teatro sangre de drago, gran parte de los poemas de la otra edad del niño son un texto dramático en verso; una mera inmersión que hace al ropero donde se hospeda el personaje de Miguel en El corazón de la Secuoya, es el origen de la obra teatral Triquiñuela en el ropero, un cuento estructurado en un diálogo entre el cantante Joaquín Sabina y la viajera que quiso enseñarle a besar la gare d’austerlitz, se convirtió en Peces de ciudad una obra de teatro escrita por encargo para el Grupo Inconsciente Colectivo de Zipaquirá.

Pero nunca me lo propuse. Los textos nacieron con esa necesidad de hibridación y traté de darles gusto. Todo esto se debe al respeto por la identidad de cada texto, es decir, si nació poema y se quiso transformar en dramaturgia, conservo tanto una versión como la otra. Ahora bien, hay otro asunto que no puedo explicar y es que, le pongo ficción y poesía a todo.

Mamá me dice: “No vas a dejar la mala costumbre de decir mentiras como si estuviera escribiendo un cuento” Las novias me han dicho: “Hablas todo el tiempo como si estuvieras recitando un poema” Hace poco presenté una tutela y la juez me insinuó que yo no sabía resumir una tutela, que parecía una novela, que le costó mucho extractar los hechos. Y es que no dejo el vicio de imaginar en lo cotidiano. “Hábleme como todo un barón, no como un poeta” me exige a cada rato la sociedad e incluso, los mismos poetas envidiosos.

Y también me sucede que los personajes de una obra de teatro están disertando en mi cabeza y se me sale el poeta a meter la cucharada en los diálogos. No sé hasta qué punto esto sea malo o bueno pero estas combinaciones llevan mi sello como persona y desde niño hasta la muerte seré imperativo.

¿Podría indicar usted qué busca en su obra y el porqué de la historia, de hacer la historia y relevar transformada la memoria de la muerte, la violencia y la vida: cuál es la mediación con ellas?

Busco estas y no otras posibilidades de la vida. No pienso sino en escribir. La historicidad más allá de una condición real, es una convicción creativa ante los acontecimientos y los impactos históricos. Desde este acelerado Tempo, aun siendo joven, me es posible escribir la vivencia inmediata y asumo que toda la realidad vivida hoy es histórica. Y esas posibilidades de la vida son estar, observar, leer, escribir, escuchar, callar, volver a mirar, volver a leer y no dejar de escribir, así a la mayoría de textos termine enviándolos a la papelera del reciclaje.

Esta mediación, ubicado en un nivel concreto de la historia, y con la misma convicción creativa, es la misma mediación entre la memoria de la muerte; la violencia y la vida. De niño vi pasar el tiempo de guerra en Sonsón, ahora veo pasar otro tiempo aferrado a esas sombras de la guerra, mientras que la muerte no deja de sorprenderme. Desde mi magín de pequeño presencié y narré la muerte de un celador de Sonsón en plena plaza pública.

Relacionado crítica y sensiblemente con la naturaleza, y con las formas de la preservación de la naturaleza (ecología): ¿Qué sentido y qué intenta transmitir en esa construcción intensa, qué quiere indicar?

He sido siempre un admirador tanto de mi naturaleza inevitable como de la ecología. De niño me pasaba horas trepado en el lavadero viendo lo que ocurría al otro lado, en el solar del museo Casa de los Abuelos; el despiste de los pájaros ante un espantapájaros olvidado, el crecimiento de las cebollas, los limones que caían sin nadie que los recogiera, las cuatro palmeras en el frío, el guayacán floreciendo y la secuoya, constituyeron en mi esa relación crítica que no es otra distinta a la de hallarme en una naturaleza sonora e inquietante.

Mi sentido es el de narrar y poetizar no la voz del árbol ni entender el lenguaje de las aves, sino el de no entender nada, pero regocijarme con el árbol, y saciarme con el canto del ave.

¿Qué tensión y qué deseo le llevó a escribir el libro de poemas La otra edad del niño, qué hay allí y por qué, cómo se hizo este libro?

Este libro hace parte de una trilogía poética titulada Las tres edades de la parca y corresponden a la tensión de sentirme otro siendo el mismo y a la inspiración que me genera el cuadro Las tres edades y la muerte de Hans Baldung Grien.

Solo pude publicar La otra edad del niño que es por la que usted me pregunta; La otra edad de la niña y La otredad de la parca permanecen inéditas.

La otra edad del niño nace de la tensión de vivir la guerra de niño y no ser capaz de gritar; del deseo de mantener el asombro que tuve de niño como principal insumo de la poesía testimonial. Allí hay púas. El libro chuza todo el tiempo.

A los niños de nuestro país el conflicto armado los dejó al otro lado de la cerca. Quería inicialmente rendir un homenaje a los niños que entre el 2010 y 2015 colmaban las noticias nacionales y poblaban mi memoria. Michel Dayana, la niña de dos años que se fue a una alcantarilla; los niños asesinados por el desalmado en Florencia, Caquetá; los 31 niños que murieron calcinados en un bus en Fundación, Magdalena, y por supuesto, los niños que las Farc prometió liberar. Todos estos niños gritan en esas páginas.

¿Desde qué frenesí y furor estético, qué metódica formó para hacer su novela El corazón de la secuoya, qué elementos la caracterizan y por qué?

Desde un frenesí no tan delirante sino más contemplativo parecido al de abrazar los árboles y con la estética de quien desea darles voz a sus raíces y sabe que su intento será fallido. Para mí los árboles del parque de Sonsón y mi yo inter-accional con sus presencias simbólicas, son materia narrativa que puede ser explorada a través de una novela, no porque sea indispensable o redentora esta invención, sino porque esta historia, deja en evidencia otra necesidad mayor: la de promover el reconocimiento, no solo de la secuoya como árbol emblemático y afligido (a propósito de la chispa de rayo que lo afectó considerablemente el pasado 7 de abril del 2017), sino de la secuoya como identidad anónima que propicia una nueva lectura del entorno.

De igual forma, la metáfora del corazón del árbol contrastada con el corazón humano, es frágil y hoy en día andamos muy doblegados por sentimientos y emociones. De modo que es pertinente el tratamiento de hechos que para Sonsón han sido dolorosos en los últimos diez años.

Todo esto para promover nuevas lecturas, tanto del entorno como de la literatura local con nuevos lectores. Por otra parte, escribir sobre el conflicto, -lo cual es inevitable- se da no solo en el marco de los acuerdos de paz, no solo por la no repetición, sino también para el fomento de una lectura transformadora que, atrae, concentra y perturba al lector desde diferentes modos narrativos de hacer memoria, de hacer novela.

Escribir sobre el conflicto, no solo del pueblo, sino de un personaje como acto de no violencia. Escribir porque la violencia ha sido un rasgo dominante en Colombia y Sonsón no es la excepción. Pero en este caso, el propósito no es solo escribir sobre el corazón de un árbol como metáfora del llanto que todavía es común ver en algunas personas del pueblo que fueron víctimas del conflicto armado interno que arrebató más de 300 seres queridos entre el 1999 y el 2003, sino también escribir con corazón y árbol para tratar de sanar la herida de otro corazón, el del hombre. Escribir porque ya hace parte de mi vida, y me es inevitable.

Un libro suyo como Juegos inofensivos para mamá Luna, es como un collage de inquietudes, dudas, obsesiones y otras cosas más, que se relacionan con el juego y el teatro: ¿Qué lo excitó para hacer este libro, cuál es el para qué de este libro?

La incógnita. Me poseyó la incógnita. Cada una de las cuatro obras de teatro allí incluidas se propone resolver una incógnita despejando a equis como si se tratase de una ecuación.

Me excitó la posibilidad de hacer de mi escritura un juego porque es un tanto aburrida la estructura, y el modus tradicional de escribir teatro.

La finalidad de este libro es rendir un homenaje a equis mujeres, es decir mujeres sin identidad que hicieron parte de la guerra, hoy hacen parte de una casa alejada del mundo y mañana, como van las cosas en materia de posconflicto, muy seguramente harán parte del olvido.

¿Cómo escribe, qué tensiones metódicas tiene, como las estructura o no, son también resultado del azar, de su mundo onírico e inconsciente?

Soy muy desordenado escribiendo y a veces viviendo, sin que esto implique degradarme. Trato de tomarme, tanto la vida como la escritura con calma, pero siempre en serio.

Suelo escribir en las noches para evitar invisibilizar a los otros que cohabitan conmigo. Y, aun así, solía pasarme cuando terminaba de escribir a la una o dos de la mañana, ya no quería entrar en la habitación y ni intentar subirme a la cama, temeroso de ser desaprobado por mi costilla.

Cuando era adolescente y no tenía bella durmiente a mi lado, el regaño me lo daba mi mamá que cada cinco minutos me exigía apagar la luz y acostarme a dormir, acto que era imposible. Las palabras, tanto en esa época como ahora que ya estoy dedicado a escribir, no me dejaban tranquilo. No hay más tensión metódica en mi escritura que la noche y si es la noche de Sonsón atestada de grillos, chicharras y perros aullando, es aún más productiva.

En cuanto al azar, no creo en musas ni en mozas que te den la capacidad de escribir. Creo en el artesano. Escribir es enfrentarse al papel día a día aprendiendo a salir ileso. Ahora bien, lo del mundo onírico e inconsciente del escritor es un mundo maravilloso que cuando se hace consiente es redentor y le da sustento al insepulto que cree escribir.

¿Qué trascendencia o no tienen para usted en su formación los Talleres, en las artes que le han interesado, y sí son catárticos, se puede comunicar una sensación estética?

Dramaturgia en el espejo, Punto cadeneta punto, fueron talleres esenciales, no para enseñarme a escribir porque eso se puede enseñar más no se aprende como piensa el común denominador de los jóvenes escritores.

Marco Antonio de la Parra, Henry Díaz, Jaime Shabaud, me dictaron talleres y los tengo muy presentes cuando escribo, no para ser como ellos, sino para evitarme el espejismo de creerme Shakespeare.

Sin embargo, todo encuentro con otro ser humano que te pueda enseñar algo, para mí, es trascendental. De la persona que más he aprendido es de mi abuela materna y sin su trascendental manera de empoderarse de su mundo no habría podido aferrarme a sus concejos y me hubiese sido muy normal escribir.

La catarsis en mí si es cardinal. Empecé a escribir y aun lo hago, para calmar el dolor en los huesos y en no sé dónde. Ahora que me separé y el hogar que quise conformar y mantener por doce años con mis tres hijos, es solo un recuerdo frágil y un eco que me da pánico; solo la escritura trata de calmar mi dolor y de aquietar mi furia con el destino. La sensación estética no la comunica un taller de escritura creativa, sino la vida.

¿Cómo se da en su vida, lo que hace usted, y su proyecto la relación inescindible o no entre arte y poder, vida y arte, y desde dónde lo lleva a sus libros y teatro?

Se da de una manera prematura constante y marginal. A mi vida, desde la concepción misma, le veo mucho parecido con el hecho narrativo y hay escenas como sacadas de una novela. Y es muy compleja de escribir.

Empecé a vivir mi novela autobiográfica sin haber nacido según analizo la soledad de mi madre y la posición de mi padre; luego como a los doce, tan ingenuo yo, empecé a escribirla y de vez en cuando trato de escribir pasajes para que luego no se me olviden, pero aún no tiene una estructura clara (ni mi vida, ni mi novela).

Mi relación con el arte es muy íntima e interdisciplinaria. Hace poco, en una terapia psicológica a la que yo mismo decidí ir porque estuve a punto del suicidio, entendí que si yo no fuera sido artista, según las configuraciones de mi pasado y de mi dolor, sin duda, fuera sido un Caryl Chessman (1921-1960) A veces soy un tipo rencoroso con el que batallo día a día.

Finalmente, la vida me lleva a mis libros y a mi teatro, no desde las gradas, ni tras bambalinas, sino en un constante ensayo con mis derrotas.

¿Qué tanto ha determinado e incidido en su carácter y temperamento como artista, el territorio y la región, cómo y desde dónde lo vive en una visión más dimensionada o no?

Mucho. Todo está determinado por mi territorio. Nací en Medellín y ahora, después de mucho intentar ser alguien en Sonsón, regreso a Medellín, mi tierra natal, donde soy nadie.

Pero sin estos dos territorios no podría llamarme artista. Ciudadano tal vez, pero llamarse artista en estos dos asfaltos asaltantes y caníbales, es una identidad con la que se sufre día a día.

Es triste decir que Sonsón ha quedado atrás y que me residenciaré por completo en Medellín, pero allá me odian demasiado y ese odio no me deja escribir ni vivir.

¿Desde el yo, cómo se desarrolla en usted la intencionalidad estética, o sea, considerando que el yo, es el principio de lo que hace y lo que desarrolla, cómo se evidencia y cómo se oculta?

Yo vivo mientras escribo. Yo escribo porque he sido el origen de una historia inconclusa. Yo hago lo posible por continuar los puntos suspensivos de mi dilema existencial porque tengo hijos a los que debo dar cuentas y por no desaprovechar el instante hago arte y parte de la nada. Yo me pongo en evidencia en cada palabra y me oculto en las páginas.

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