La ministra Ariza

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La actriz, dramaturga, poeta y gestora cultural colombiana Patricia Ariza será la ministra de Cultura de Gustavo Petro. Orgullo y respeto para la más importante creadora escénica de este país.

“Las mujeres podemos combinar la cocina con la paz”, es una de las frases que más me ha impactado de Patricia Ariza, siempre la uso para hablar de ella, para hacer entender a los demás que en Colombia hay capitanas de la escena teatral y luchadoras incansables en la idea de construir un mejor país. Cuando algún amigo extranjero quiere saber de la cultura en Colombia, la menciono, como un valuarte que significa la dignidad de la vida dedicada a los escenarios.

La delegada como ministra de Cultura por Gustavo Petro es una mujer que cree profundamente en la reconciliación, en las mujeres y en las artes, como parte de la transformación que aquí se necesita. 

Mítica por su trabajo al lado de Santiago García, el gran padre del teatro colombiano, con  quien construyó el más importante colectivo de artes escénicas del país, el Teatro La Candelaria, ubicado en el patrimonial barrio La Candelaria, en Bogotá, en pleno Centro y a unos minutos de la Plaza de Bolívar, donde está el Ministerio, esta mujer llega al cargo, más allá de cualquier título, cosechando medio siglo de producción escénica.

Desde joven, Patricia supo que el teatro no era solamente una moda pasajera, sino que habitaba en un mundo eterno de reflexión, que combinó bien con la poesía, porque también es poeta, y jamás lo dejó, jamás renunció, así le tiraran miles de puertas en la cara.

Con el paso de los años, la santandereana, nacida en Vélez, de origen campesino y desplazada por la violencia, encontró en Bogotá su escenario, no solo para las artes, sino para ir más allá y darle dignidad a las prácticas artísticas en Colombia. La Ministra Ariza no es foránea en el sector público, ya ha estado en el Congreso y en la Cámara, luchando por la cultura, decenas de veces. Ha hecho protestas públicas, como “calvearse”, para gritar por sus causas.

En su juventud, Patricia Ariza y Santiago García.

Ha alzado su voz cuando no le gusta lo que pasa con las artes, en esa militancia está respaldada por la mayoría de los grupos de teatro del país, no más en Medellín la respetan y aprecian profundamente señores tan importantes como Cristóbal Peláez o Jaiver Jurado, la directora Yakeline Salazar o los hermosos creadores del Pequeño Teatro. Llega con la confianza del sector, eso es tener 50% de la tarea hecha.

Patricia es hija de la Universidad Nacional de Colombia, en plenos años sesenta, donde estudió Bellas Artes, siendo además un convulso momento de éxtasis del teatro nacional. Aunque los títulos no importan, ha recibido doctorados honoris causa, premios nacionales, internacionales pero lo más importante es su ser, ella, desnuda y sensata.

Fue joven comunista, no lo niega y se siente orgullosa, así como Nadaísta, junto a los genios que quisieron traer modernidad a la cultura colombiana, como Gonzalo Arango y Jotamario Arbeláez.

Ha dicho que su dramaturgia ha sido “activismo”, razón por la cual The League of Profesional Theatre Women, de Estados Unidos, le otorgó el Premio internacional del teatro de la mujer, en 2014.

La he entrevistado varias veces, muchas menos que las que la he visto en escena, tanto sobre las tablas, como luchando por la cultura ante el Instituto de las Artes de Bogotá -Idartes- o el Ministerio de Cultura. También he seguido sus discursos y sus acciones públicas, como defender a los líderes sociales asesinados o invitar al país a la paz. Fue invitada por el gobierno Santos a la firma del Acuerdo de Paz y llamó a la reconciliación a un país dividido que había dicho no en un referendo que intentaba hacer política con el fin del conflicto armado con las Farc.

El activismo ha sido su otro escenario, defiende la Colombia profunda y olvidada.

Es, sobre todo, una mujer fuerte, por su pasado infantil y juvenil, pero también porque en la madurez enterró al que fue su compañero más importante, Santiago García, haciendo que la mujer sensible pudiera dejar, soltar, sin tener miedo a verse vulnerable. Es que Patricia fue capaz de ir lidiando con la enfermedad de Santiago García y tomar las riendas del grupo, para salvaguardar la que podría ser la historia más trascendental de un teatro en Colombia. Ella se puso los pantalones, así como con su Festival de Mujeres en Escena por la Paz, que he visto cómo gestiona y busca recursos para no dejar que muera, como una madre dedicada a un hijo utópico y bello; igual con el Festival de Teatro Alternativo y con cada función en La Candelaria.

Sería absurdo querer resumir en un párrafo su obra, sus dramaturgias, por eso solo quisiera decir que con la obra “Camilo”, que rinde homenaje al cura guerrillero Camilo Torres, que es para mí su última gran obra de esta década, puso en escena a un país en el que la militancia ha sido necesaria para sobrevivir, con la maestría musical, teatral y estética que solo una mujer como ella, amante de las bellas artes, lo podía hacer. Hizo historia con Camilo y el país aplaudió de pie, así fue cuando trajo la obra a Medellín: estremeció al público, que se paró a decirle que había palpado una historia fundamental desde su ojo crítico.

Ni que decir de su rol de actriz: le gustan los personajes difíciles, a veces oscuros y llenos de dolor, de miedo, de las realidades de las mujeres colombianas día a día.

Aquí, entre líneas, uno mis entrevistas a Patricia, además de mi admiración, compartiendo preguntas y respuestas de más de diez años de seguirla. Algunos de los extractos de esta entrevista fueron publicados en el Periódico El Mundo y en el diario El Espectador, así como en publicaciones especiales que he hecho para grupos de teatro o festivales del país.

Con ustedes, la próxima ministra de Cultura de Colombia, Patricia Ariza Flórez:

-En sus obras la mujer tiene diferentes matices. Sin embargo, en muchas es una mujer fuerte, que rompe con esa imagen de fragilidad, ¿qué ha querido mostrar con ello? 

“Que nos ha tocado volvernos fuertes. Con el trabajo que he hecho con las víctimas, he aprendido a convertir el dolor en fuerza y la tragedia en arte”.

-¿De qué manera ha pensado su dramaturgia sobre el conflicto y qué la impulsó a esa temática?

“He vivido en el conflicto. Soy además de artista, activista, y el conflicto está ahí, en la calle, en los medios, en la vida, todos los días. Escribir es una necesidad y lo que sale está signado por lo que sucede y por lo que nos sucede”. 

“Aquí tenemos un conflicto acumulado muy bravo. Resolverlo costará un tiempo. Hay que resolverlo culturalmente, entendiendo sus orígenes, pero resolverlo es un arte”.

-¿De qué manera asume el teatro como un arma política?

“Si es un  arma, es  de doble filo. Por un lado corta y por el otro, teje. Tiene que tener  belleza y verdad. Tiene que tener memoria y a la vez ser capaz de olvidar la obra que se hizo”. 

-Aparentemente los dramaturgos hombres han sido quienes se han destacado en el teatro colombiano, ¿cree que ha hecho falta mayor revisión de las propuestas de las mujeres o mujeres dedicadas a este arte como usted?

“Las dos cosas, falta interés en el establecimiento y en los medios por el arte de las mujeres; eso hace que muchas muy valiosas abandonen el camino”.

-Usted ha trabajado con actrices naturales, ¿qué le permiten estas mujeres en escena?

“Es que tenemos que trabajar en el relato de lo que nos sucede y lo que nos sucede es difícil. Sin embargo, nadie nos quita el derecho a celebrar la vida. He aprendido de las propias historias contadas por las víctimas, también por las y los artistas que las historias tienen la capacidad de transformar el mundo, pero también de transformarse a sí mismas, en imágenes, en canciones”.

“Es maravilloso ver a la gente hablando de su vida. Eso es irreductible”. 

“En el teatro tradicional se trata de ocultar para parecer modernos. Se confunde el ocultamiento de la realidad con la belleza. Para mí es fascinante poner en escena mujeres víctimas con actrices, cantantes de ópera con raperas. Se produce una permuta de saberes maravillosa, se produce una verdadera polifonía”.

-Cómo ha sido representada la mujer colombiana en el teatro y qué opina de ello, le gusta, o qué no le gusta?

“Es diverso, pero observando minuciosamente el teatro que hacen las mujeres cuando se apropian del escenario, combinan lo privado con lo público de manera bien interesante. Las mujeres sabemos combinar la cocina con la paz, el pan con la economía. Por algo, el gran aporte de las feministas es que lo privado es político. En Colombia sobreviven todavía muchas representaciones de la mujer como damas, sumisas, lobas y/o caperucitas”.

La Candelaria en una sola foto.

-¿De qué manera ha contribuido la historia a la representación de la mujer del país en el teatro?

“La historia ha contribuido poco porque está contada  desde la épica patriarcal y desde épica del poder. Hay que recontarla  de nuevo con los pobres, con los excluidos, con los jóvenes, con los artistas  y con las mujeres”.

-¿Por qué ha buscado otras formas de contar la violencia, el desplazamiento, qué la ha llevado a nuevos lenguajes?

“La enseñanza de La Candelaria, de Santiago, de la creación colectiva y el contacto permanente con las otredades me han posibilitado la polifonía. Yo soy amiga de las mujeres campesinas, de los jóvenes raperos y eso me ha ampliado el mundo. Con ellos y ellas, siento que empiezo a caber en él”.

-La Candelaria ha logrado demostrar que el teatro perdura en el tiempo, ¿qué aprendizajes quiere compartir de grandes compañeros como Santiago García?

“Todo. Santiago es un gran maestro, un maestro de maestros. He compartido con él casi todo, menos la mirada de género, esa la construimos las mujeres”.

-¿Cómo pensaron estéticamente y en su dramaturgia Trilogía del cuerpo?

“Fue un pensamiento colectivo de La Candelaria. Salieron tres obras distintas dirigidas por tres integrantes. Yo hice una de ellas,  Soma Mnemosine, que  es un homenaje a las víctimas, pero también al maestro”.

-¿Qué le han enseñado las mujeres de Colombia para su teatro?

“Me han enseñado una dramaturgia donde se  pueden combinar  los condimentos de la cocina con la alta política y los sentimientos con los acontecimientos”.

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