Pequeño Teatro, una experiencia en grande

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Fachada del Pequeño Teatro. Foto cortesía Pequeño Teatro.

Renovado, así está el Pequeño Teatro de Medellín, un espacio propicio para vivir las artes escénicas. Este es un recorrido por su historia, por las palabras de su director Rodrigo Saldarriaga (1950-2014) y las voces de algunos de sus espectadores.

El alma de Rodrigo Saldarriaga se sienta todos los días en una de las mesas que ocupa el corredor central, justamente en la esquina, a la izquierda, frente al imponente patio de suelos de piedra que está siempre a la sombra de la docena de palmeras que embellece el lugar.

Es la presencia divina del dueño de casa, del director, el recuerdo eterno de quien impregnó su sudor en cada teja de barro, en cada baldosa y cada madera, en cada montaje. Lleva puestos sus anteojos redondos, rústicos pero delicados, una camisa de rayas azules y blancas, con un chaleco gris encima. Sus cabellos blancos y dorados no dejan de brillar, porque su alma impregna de bohemia las remembranzas de quienes lo conocieron, antes de su muerte, en 2014. El director de Pequeño Teatro prende siempre un cigarrillo, se toma un tinto (o varios) y refunfuña, como antes, defendiendo su liderazgo para sacar adelante un proyecto cultural de ciudad, en el que siempre salió vencedor gracias a su carácter fuere y su ser incansable. Fue pionero, en una Medellín que tenía apenas unos nacientes proyectos teatrales. Le ayudaron las tertulias cerveceras, porque decía que en ellas había aprendido a debatir, alrededor de la cerveza, la vida misma.

Pequeño Teatro, patio central. Foto cortesía de Pequeño Teatro.

Cuando se apagan las tardes y llegan las noches, su figura siempre imponente tal vez sonríe. Después de ser cuestionada, su idea de “entrada libre con aporte voluntario”, uno de sus legados para el teatro de Medellín, implementado desde 2002; hace que este espacio cultural reciba cientos de espectadores todos los días, la mayoría jóvenes, estudiantes, quienes comienzan allí su camino en las artes escénicas.

Rodrigo comenzó a hacer teatro con Jairo Aníbal Niño, hace más de medio siglo, en la Universidad Nacional. De los ires y venires, dijo sentirse animado por el ciudadano de a pie, por el señor que vende dulces en el Centro, por lo popular. Pequeño Teatro fue primero un sueño y luego una lucha, con batallas enormes como las de sobrevivir económicamente y conseguir un público que viera lo que querían contar sobre las tablas.

“Este es un Teatro para el 90% de la gente. Queremos hacer un teatro popular, nada para intelectuales. Creemos que el teatro debe ser una actividad social para los trabajadores de la construcción, para las amas de casa. Lo popular es muy importante, por eso todos estos años hemos buscado profundizar en la manera de acercarnos al público. Por eso queremos entregarle al público un producto puro, de elevación espiritual, en el que podamos compartir. No somos clásicos, he hecho dos griegos, un Shakespeare, dos Moliere, son cinco. La mayoría de nuestros autores son modernos, contemporáneos”.

Pintura de Rodrigo Saldarriaga. Foto cortesía de Pequeño Teatro.

Haciendo cuentas, el dramaturgo señalaba que para ir a teatro un estudiante, un empleado público y un albañil no podían sacar $25.000 para la entrada, lo de los taxis, una cerveza, algo para comer. “No les da, no les alcanza”, decía, entendiendo que Medellín no era Buenos Aires (Argentina), hablando de cada espectador como “un ser único que lee la obra de manera diferente”. Conquistar a la ciudad con teatro sigue siendo un reto, pensaba.

Le gustaba cómo su Teatro propiciaba los diálogos de ciudad: que viniera un señor de Castilla, que miraba el mundo de manera distinta a un niño criado entre rosas en el Alto de las Palmas, porque “el teatro está hecho para el uno y para el otro”. Creía en la profundidad que tenía que alguien fuese a teatro y se sentara, se rosara el brazo con alguien que no conocía. Destacaba que la gente fuera a Pequeño Teatro y se bajara caminando “Playa abajo”.

Sala Tomás Carrasquilla. Foto cortesía de Pequeño Teatro.

Ahí está sentado, si alguien va a Pequeño Teatro y no lo ve, pues lo siente, sino lo siente, lo podrá conocer en dramaturgias, en apuestas, como lo fue en su momento Madre Coraje, obra que siempre usaba como ejemplo para mencionar las dificultades de un país como Colombia y las luchas, a través de una mujer que empuja su carreta. Solo basta con pensar en él y su capacidad de orquestar un espacio que luce inmarcesible con el paso del tiempo, para entender que jamás ha muerto.

Ahí está, diciendo cosas a las nuevas generaciones.

Ahí está, esperando por los nuevos públicos.

Ahí está su proyecto cultural, esperándolo (a) a usted.

Lo pequeño y lo grande

“Mi primera obra de teatro fue La casa de Bernarda Alba, la vi hace dos años y siempre vengo a Pequeño Teatro porque me encanta que no hay que tener muchísimo dinero para acceder al arte. He conocido amigos aquí, jóvenes que se apasionan con el teatro, que vienen como yo cada semana y nos sentamos a tomarnos algo antes o después de las funciones”, cuenta Carolina Correa, de 19 años, estudiante de Ingeniería Industrial. Ella es una de las 64.000 personas que, aproximadamente, van cada año a este espacio vecino de la Universidad Coperativa de Colombia y los centros de formación técnica y tecnológica que tiene este sector.

En lo artístico, Pequeño Teatro es un colectivo que está marcado por un repertorio que reúne diferentes momentos del teatro del mundo, desde los griegos hasta Tomás Carrasquilla, pasando por García Lorca y Michael Frayn. Son obras de ayer y hoy que reviven cada semana, de martes a sábado, en funciones programadas en las salas del espacio: Tomás Carrasquilla (78 butacas) y Rodrigo Saldarriaga (450 butacas). Su sede está ubicada en pleno Centro de Medellín, a una cuadra de La Playa, por Córdoba, donde una fachada tradicional, de color beige con acentos vino-tinto, dice que es uno de los centros culturales con mayor trayectoria, celebrando aniversarios desde 1975.

Julián Puerta vino a Pequeño Teatro para acompañar a su novia, Marcela, a quien un profesor de la Universidad de Medellín le puso como tarea visitar los teatros de la ciudad: “vinimos esa vez, por el trabajo de la Universidad, pero nos quedamos enamorados de la casa. Íbamos entrando, caminando, y la casa crecía cada vez más. Descubrimos que tienen una Biblioteca especializada en teatro con obras maestras, a veces hacen conciertos de tango, otras vienen grupos invitados, fue como descubrir un oasis en el Centro”.

En casa

La sede de Pequeño Teatro es una casa de estilo republicano, ampliada poco a poco en estas más de cuatro décadas de vida, que este 2019 invirtió en su infraestructura un total de $539.116.475 millones de pesos, gracias a la Ley del Espectáculo Público, que otorga dinero a los espacios de artes escénicas para su adecuación.

Desde un baño para personas en situación de discapacidad hasta pisos en piedra, pasando por techos, incluyó esta reciente renovación, hecha con tal cuidado que no se perdiera la esencia del lugar. Esto responde a la misión del grupo, como lo consignaron por escrito en su Acta de fundación, registrada en la Cámara de Comercio , en 1976, en la que dicen que está entre sus prioridades “(… ) tener un espacio propio y apropiado para el desarrollo de las artes escénicas (…)”.

Es que el Pequeño Teatro es Patrimonio Cultural de Medellín, desde finales del siglo XX, entonces cualquier tipo de modificación debe contar con aprobaciones expertas, que salvaguarden su carácter patrimonial.

“Venir es como revivir la Medellín del pasado, porque es entrar en una casa tan linda como esta, de esas que ya no casi no existen y encontrarse con tantos artistas”, dice Laura Montes.

Acceso a la Sala Rodrigo Saldarriaga. Foto cortesía de Pequeño Teatro.

De las 420 funciones que hacen en promedio al año, el público reconoce obras del repertorio como Antígona de Sófocles, Las troyanas de Eurípides, Escuela de Mujeres de Molière, Tartufo de Molière, En la diestra de Dios padre de Tomás Carrasquilla-Enrique Buenaventura. Pocas entre una larga lista, casi cien, más de ochenta.

“Las obras lo escogen a uno, uno tiene un acervo cultural, ideológico, político, social, histórico, y todo eso tiene que ver con el llamado”, decía Rodrigo Saldarriaga sobre cuándo decidía montar cada obra y por qué. Vale resaltar que el eterno director de Pequeño Teatro decía además que sus montajes tenían que ver con una naturalidad, con una sinceridad frente al público: “Cuando montamos una obra no medimos su popularidad, no jugamos a ningún valor agregado más que la obra misma. A veces he montado obras que creo que nos van a interesar a tres amigos, a los actores y a mí, pero pasaron cosas agradables como que se vuelvan populares, valiosas para posibilitar reflexiones, debates en eco. Hoy producir debate éticos en la sociedad pasa muy poco”.

Cafetería del Pequeño Teatro. Foto cortesía de Pequeño Teatro.

Además de puestas en escena para el público, el Pequeño Teatro tiene su propia Escuela de Formación de Actores, avalada por la Secretaría de Educación de Medellín, desde 2010, donde los nuevos talentos de la ciudad encuentran formación en distintas áreas, con la experiencia de maestros del grupo como Omaira Rodríguez y Andrés Moure. Danza, música, lectura, movimiento son algunos de los elementos incluidos en el plan de estudios.

El nombre, de acuerdo a la historia escrita por los fundadores, es una “denominación que recibió el drama después de ser definida la ópera como el ‘El Gran Teatro’. También como homenaje al grupo que condujo Konstantin Stanislavsky, creador del teatro moderno y al Píccolo Teatro Di Milano, dirigido por Giorgio Strehler, uno de dramaturgos que más aportó al teatro contemporáneo”.

Fachada. Foto cortesía de Pequeño Teatro.

Ir a Pequeño Teatro es una experiencia completa. Solo con cerrar los ojos e imaginarse cómo han logrado sobrevivir durante tantos años, luchando por el espectador de cada noche, se está soñando en grande.

No están locos. Es que ya no hay soledad, como una vez que montaron Medea y solo había dos almas. Decía Rodrigo que ese día se habían declarado locos. Pero la cordura ha llegado, con el pasar de los años, porque son centenares de personas haciendo fila y ocupando las sillas, quizás, como cierra con su tono de voz fuerte ese hombre de teatro que resuena en tantas grabaciones de horas y horas de conversación: “entrada libre con aporte voluntario fue la única idea brillante que hemos tenido en todos estos años”.

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