Tres rostros (esfinge) de José Manuel Freidel

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Freidel 1-1

Cumplidos 30 años de su muerte, Revista Papel exalta y reconoce el legado de José Manuel Freidel para el teatro de Medellín.

Primer rostro: de la historia

Nadie hace la historia de otro, cada uno hace su historia, en ella se involucra de manera incendiaria o no, de manera rebelde o no. Y la manera de hacerla, tiene y está determinada por la búsqueda de otros, de otros con quien hacerla, los que también, sin duda, deberán querer hacerla con uno, sienten la necesidad de hacerla con uno. Eso hizo José Manuel Freidel con su vida, la llevó hacia sí mismo, antes de llevarla hacia los otros, pues no puede hacerse la historia de uno mismo ni de los otros, sino se tiene una intención consciente de hacerla. Contra una historia que no es la nuestra, mí historia, considero nos dice él, desde su teatro, con su teatro.

Y para ello esa historia, habla en él, se mueve desde él, es lo que él hizo, hacerla, y hacerla con otros. No es la historia del historiador, que puede ser interesante o interesar a otros historiadores, a la academia de historia o a los académicos de la historia, pero no a él, qué había decidido hacerla. Y él mismo entonces se hace su relato, es un relato de sí mismo, se inserta febrilmente en esa decisión, la comunica a otros, incita a otros, a hacerla para ellos mismos, a hacerla con él.

Por lo tanto, debe fascinar, dado que es su método de comunicarse con los otros, fascinar con lo que es, con lo que hace para construir los elementos mismos, la naturaleza misma de la historia. De la historia de sí mismo, en un medio que le es contrario, o del que él se hace el contradictor.

Como quien hace su historia, debe ser a la vez, su contradictor, hacer su contrahistoria (Cioran) para que los otros no sean los que la hacen de él. Mi historia es mi teatro, lo dice José Manuel Freidel. Nadie tiene que decirlo por él. O sea, nos hace evidente su historia, la misma que puede leerse en la dramaturgia que hizo, que podía verse (y todavía) en las teatralizaciones que realizó de esas dramaturgias. Excitaciones escandalosas, críticas, irritadas de quién hizo de la rebeldía su historia.

Exaltada, insultante, una historia otra de lo que es él, en medio de los otros, que solo se interesaban por derribar, destruir, masacrar, ocluir la vida de los otros. Y destruir en ellos, su historia; porque la historia la hacemos todos, podría haberlo dicho Freidel, no lo sabemos, pero sí sabemos, que ella tenía que ser hecha, formada por todos.

Segundo rostro: de la ciudad

Tanto él como su teatro, ya que él era el teatro mismo, como lo era su historia, sabían que ese teatro, su teatro, requería para hacerse, para instalarse en el mundo, de un escenario, pero que ese escenario no solo era o sería el clásico escenario teatral, daba lo mismo, sino que ese escenario debía ser la ciudad, construir también una ciudad, una ciudad para el teatro. Eso era lo que necesitaba, pues hacía la relación del yo teatral, con el yo de la ciudad y el yo de los ciudadanos, que transformados, entonces por medio del teatro, forman la membrana poderosa de la ciudad, la ciudad teatral.

Y por eso mismo, esa ciudad teatral, no reclamaría nunca un teatro, sino que sería consciente de que ella misma es un teatro, de que como tal, se hace teatro, es teatro. No se fracciona, no se escinde el ciudadano de serlo, de hacerlo, de construirlo constantemente, en cada momento de la realización de su vida. De esa condición estética y revolucionaria es el teatro del José Manuel Freidel.

No necesitaba de llamar a nadie sino de instar, de reclamar, de propiciar la realización de esa ciudad teatral, desde la intensidad, el carácter con los que él vivía, moría en el teatro, en su teatro, para que eso se hiciera real. Contuviera lo real, que no es la realidad, no se trataba de ella, sino de la dimensión real como una manera de hacer obvio, la destrucción del otro, lo que causaba su ira, su insolencia.

Ya que no se puede construir un teatro, sin uno mismo, sin una ciudad, sin unos ciudadanos que la vivan como la verdad de un teatro, como dice Ervin Goffman, en su libro: La presentación de la persona en la vida cotidiana: El escenario teatral presenta hechos ficticios; la vida muestra, presumiblemente, hechos reales, que a veces no están bien ensayados. Pero hay algo quizá más importante: en el escenario el actor se presenta, bajo la máscara de un personaje, ante los personajes proyectados por otros actores (…)”. Es lo que se deduce, lo que, quizá habría deducido Freidel, de su yo teatral, del deseo de desencadenarlo, de diseminarlo sobre la extensión del territorio de la ciudad, en sus ciudadanos. Como de decirles, aquí no está el teatro, todos los ciudadanos somos el teatro, lo hacemos. Nada de teatros, sino el teatro en cada ciudadano; cada ciudadano en su yo es un teatro. Y así quedó inscrito en todos sus textos.

Intersticio

Su obra es como un puñetazo en la cara. Es casi críptica, sus herramientas poéticas parecen tan extrañamente tejidas como las calles de Medellín. Su obra tiene un tufo violento y es el reflejo más interesante que he encontrado sobre el No futuro de una ciudad filicida. Freidel estaba tan conectado con el corazón turbado de Medellín que hasta pareció vaticinar su prematuro y violento final en Avatares. (Jacobo Ortiz. Ganador del Primer Concurso de Dramaturgia, El Carmen de Viboral, 2020).

Tercer rostro: del yo teatral

Cada uno de los personajes de José Manuel Freidel, es él. Vivía todas las vidas, quería vivir todas las vidas de todos los personajes. Y por eso mismo, los llevaba al escenario, donde podrían ser ellos o ellas o él, o un nosotros de una comunidad teatral, de una ciudad teatral, que en cada momento se vivía como un teatro, se hacía para él, no una ilusión, sino un teatro real, constante, obsesivamente así tratado por él. Dominado por él.

Dominio del escenario en el teatro, dominio del escenario la ciudad del desarrollo inusitado de la intensidad, la intensidad considerada como un medio de provocación teatral. Y entonces, para él, todo es como para Leibniz, que ese todo constituía, una monada (Monadología), por decirlo de esa manera, para él lo era el teatro, el teatro era su mónada: (…) las mónadas no podrían comenzar ni terminar de una vez, es decir, no podrían comenzar más que por creación, y terminar más que por aniquilación; por el contrario, aquello que está compuesto comienza y termina por partes.

En cada personaje, como su máscara o sus máscaras vivía una vida, vivía otras vidas, se poseía de su vida como de otras. Y cada vez, lo hacía, para intervenirse así mismo, contra la muerte. Cómo sabía de la muerte, como había leído sobre ella, porque leer sobre la muerte, es morir; entonces buscaba burlarla y burlarse de ella en los otros, a los que poseía, a los que llamaba en la vida real, personajes, porque en la realidad no serían sino lo que eran; en cambio, en su teatro, podrían serlo todo, serían todo, personajes reales. Creaba a sus personajes, les daba vida, los hacía a su medida o los construía (les daba vida) para que excedieran su medida, que lo excedieran a él.

Vivía en la sustancia misma del personaje o de los personajes, concibiendo la sustancia como una totalidad de mezclas, de mixturas. Y lo mismo era para él esa necesidad arbitrariamente determinada por él, hacía y para sus personajes. Yo que es máscara y no lo es, que se hace ocultar de otros, de otros que son sus personajes, de allí entonces, la máscara, con la que inquietaba a su yo, lo condenaba, lo ironizaba, lo sometía a su poder o poderes teatrales.

Y de esa manera se movía en la ciudad teatral, en ese inmenso escenario, como el yo teatral de esa ciudad, a la crítica, de ese medio en el que hace teatro, a la inconsciencia que llevaba a la destrucción, que lleva a la destrucción de “todo”.

Como lo dice su actriz principal, con la que inició a dimensionar su proyecto teatral, por eso lo de principal, o sea del principio: Partiendo en principio de que ni José Manuel ni yo hemos estado ausentes nunca de la historia del país, de la historia de la humanidad; afrontar una obra, un texto, un personaje, una puesta en escena, una situación, es directamente proporcional al conocimiento del mundo, de su historia y de su devenir. Al afrontar una escena, no hacemos otra cosa que enfrentarnos con la situación de nuestros congéneres. (Revista Punto Seguido. 2000). Fusión del uno con el otro, de lo uno en lo otro, de lo femenino en lo masculino, pero insertado en la vida como personajes, como esfinges. Como rostros de la esfinge. Freidel nunca fingió en su teatro, por eso su (s) rostro (s), es el rostro de la esfinge en el teatro del mundo. Esa es la incandescencia que queda todavía, que quedará todavía más aquí, dónde él está, todavía haciendo su teatro.

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