Acto 1. Por qué de repente aparecí en Alemania

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Eissen-Alemania

Las crónicas de una joven soñadora y apasionada por los temas de cultura, con gusto por el arte callejero, el cine y documentales históricos; amante de una buena taza de café, de las letras y la lectura.

Hace nueve meses me recetaron un viaje

Fue un lunes en la tarde. Me había sentado frente a la computadora para empezar a trabajar en mis múltiples tareas y proyectos personales, pero mi cuerpo no me dejó seguir por tanto cansancio.

Me sentí tan abrumada por todo lo que tenía que hacer, no pude parar de pensar durante todo el día. A eso, se le sumó una migraña que se activaba cada vez que miraba una pantalla, se presentaban palpitaciones aceleradas por ver al joven alemán, por quien a partir de la primera mirada que nos dimos, me gustó entrar como huésped al lugar de trabajo los fines de semana.

Ese 20 de enero, insomnio y dificultad para tomar decisiones en aquel momento, olvidos constantes. Diagnóstico: estrés postraumático. La Cura: vacaciones, viaje y amor entre muchas otras cosas (meditación, lectura, mindfulness, pantalla cero, gotas de valeriana, naturaleza y terapia).

Durante los meses siguientes antes de mi viaje, me dediqué a bajar el nivel de estrés: salí a caminar por los parques de Medellín cuando se podía, a escribir y seguir descubriendo mi ciudad, a mirar el cielo con sus aves volar y, junto con eso, a imaginarme mi primer viaje en avión; por aquella época, casi no usé el teléfono ni vi mucha televisión colombiana, comencé a investigar sobre el lugar que conocería, practicar idiomas, hice muchos escritos y a crear buenas historias a partir de mi lectura diaria; me leí como diez libros, observé documentales y empecé a construir mi segundo sueño del café junto con mi pareja, todo esto dos veces a la semana.

Y un día del año, de un mes cualquiera, fui a conocer la nueva casa que está construyendo mi hermano y también la de mis padres, a conversar con mi ser amado cada día mientras pudiéramos vernos en persona por Skype a la distancia y a soñar con la posibilidad de algún día viajar en avión a cualquier lugar que me alejara un poco de Colombia. Recién después de 28 años, entendí la importancia de tomar decisiones y grandes riesgos, de irme de viaje solo con el fin de desconectarme de mi mundo y comenzar a vivir nuevas experiencias.

De repente y después de cuatro meses de cancelaciones constantes de vuelos, me encontraba sentada esperando el ingreso a mi primer viaje en avión, un 30 de octubre del año 2020. Cuando tomando una taza de café colombiano de marca Juan Valdez recordé la primera vez en que conocí un nómada digital en la sala común de un hostal en mi ciudad natal, Medellín, Antioquia, a finales del año 2017; yo recién me embarcaba en este mundo a escaso mes y medio de mi graduación universitaria, como Comunicadora Social y Periodista, en ese momento había terminado de hacer un recorrido turístico por el centro histórico de la eterna primavera y al llegar, por escasos dos segundos, lo observe sentado frente a su laptop, mirando los lugares de la ciudad para visitar y conversando en otro idioma que no entendía con otro huésped, como suele pasar cotidianamente en los hostales, por un momento se detuvo a saludarme y me hizo las preguntas típicas, de dónde sos, dónde estuviste, hacia dónde vas y después cómo te llamas y a qué te dedicas. No recuerdo muy bien su nombre, solo que era canadiense y que se presentó como periodista de viajes.

Me contó que viajaba por el mundo hacía cuatro años y financiaba sus viajes vendiendo artículos a revistas y guías de viajes y seguidamente me dijo: “Voy a un lugar, busco una historia y le propongo la nota a varias revistas que encuentro por internet o con las que ya tengo contacto. Muchas veces no me responden, pero casi siempre hay alguna a la que le interesa comprar mi artículo. Con eso genero el dinero suficiente para poder seguir viajando y a veces hasta gano extra”. A lo que yo, 3 años después de esa conversación, comenzaría a vivir.

Y fue allí, cuando de repente, sin buscarlo, mi vida cambió, sin ni siquiera imaginarlo, lo soñado tantas veces desde niña, aquel mes de octubre del año más caótico para todo el mundo sucedió, de repente me encontraba sentada en la silla de ese avión rumbo a Europa.

Como en mi sueño, mi creador era el piloto y yo solo su pasajera, pero antes de eso, entre la alegría, tristeza y la ilusión, iba avanzando por las rectas y curvas de la autopista de aquella bella ciudad que me vio crecer, que descubrió en mi existir las necesidades para vivir, aquella que pudo sentir el calor de mis lágrimas y escuchar el susurro de mi corazón, donde encontré el amor y algunas veces la derrota. A la cual, después de 28 años le decía hasta luego, desde las altas montañas que conducen al Oriente antioqueño, donde se avista mi más bella ciudad y, en compañía de mis familiares, a las 9:15 de la mañana, emprendí mi rumbo a mi nuevo destino alemán, el que acogí y asumí con amor y responsabilidad, pues somos hilos conductores que generamos constantemente redes, tramas, relaciones y conexiones. Partimos de puntos distintos, coincidimos, nos alejamos y volvemos a encontrarnos.

Pasaron las horas y estaba en tierra europea, la primera sensación que tuve al llegar al aeropuerto de Holanda fue que había viajado en el tiempo, por su idioma, el olor a otro tipo de café, la vestimenta de los policías y hasta la forma del azúcar, fue como si el trayecto en auto y avión desde Colombia a Europa también me hubiese llevado un par de siglos hacia atrás, cuando era niña y deseaba ser astronauta o azafata. “Esta ciudad debería estar en un museo de Colombia”, como las fotografías que solía ver sentada en el sillón de mi casa en Medellín, pensé cuando me preparaba poniéndome el cinturón de seguridad en el avión, “tan parecidas algunas zonas de construcciones antiguas de Amsterdam y Alemania a Barichara, Santander, en Colombia”. Dije, descansando un poco mientras esperaba recibir mi maleta para localizar la salida del aeropuerto y encontrarme con JG.

Unos días después de estar 14 días en cuarentena, salí a caminar y me sentí en una Europa muy distinta de la que había conocido hasta el momento. Estaba en una ciudad majestuosa y a la vez descascarada, antigua y melancólica, imponente y un poco descuidada (una dualidad que me fascina y que, para mí, define a las ciudades más lindas). Sentía que Alemania me transmitía una tristeza sutil en suspiros mientras yo la caminaba: “Hola, sí, soy yo, ¡pero ay, qué vida la mía!”, como si levantara los hombros, respirara y se desinflara en recuerdos.

A diferencia de Colombia que todo es alegría, color, sabor. No tuve mucho tiempo libre para conocerla de inmediato, pues enseguida me metí en la vorágine de la rutina (mis estudios de alemán e inglés, entrevistas de trabajo y todas las actividades complementarias que ya tenía JG para mí cada fin de semana), y fue desde ahí, que dejé que la ciudad se convirtiera en el telón de fondo de mis actividades durante mi estadía.

Comenzando a entender que era parte de un conjunto, el cual cada elemento era tan importante como el todo, en el que las jerarquías se disuelven dentro de un sistema en el que, si se jala muy fuerte el hilo, se tensan los demás; donde cada uno es tan valioso como el objetivo completo de la humanidad que lo constituye.

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