Acto 10. ¿Y por qué me gustó Ámsterdam?

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Amsterdam-de-noche Foto portada acto 10

Las crónicas de una joven soñadora y apasionada por los temas de cultura, con gusto por el arte callejero, el cine y documentales históricos; amante de una buena taza de café, de las letras y la lectura.

Hay ciudades que son siempre bellas. No importa cuánto se engalanen o se adornen. Da igual si se las admira de día o de noche o se pasea por sus calles envueltos en bufandas, gorros y guantes o en tirantes y con un sombrero que nos tape el sol. Si se es bonita, se es bonita. Y precisamente esto es lo que ocurre con Ámsterdam.

No tuve que esperar mucho tiempo para comenzar a descubrir lo que la ciudad de Ámsterdam me tenía preparada. Las luces de colores pronto se hicieron dueñas de la noche de la capital holandesa.

Tras aterrizar en el aeropuerto de Schiphol, esperé mi equipaje pacientemente y me dirigí para salir a encontrar a JG, quien me llevaría hasta Nordhorn, Alemania.

Arrastrando mi maleta entre las cientos de personas que iban de un lado para otro, me propuse buscar dónde tomar un café y esperar un poco más mientras conocía mi próximo destino. Fue entonces cuando noté que había algo diferente en el lugar. Y no se trataba únicamente del enorme árbol de Navidad que decoraba la entrada principal del aeropuerto. Qué va, había algo más: una inmensa esfera agujereada con forma de queso gruyere cambiaba de color de manera constante junto al puente más cercano.

Se trataba de la obra más conocida del arquitecto y filósofo norteamericano Buckminster Fuller, llamada Fly Eye´s Dome, y fue así como El Festival de Luces de Ámsterdam ya me estaba dando la bienvenida a Europa.

De inmediato, observé la inmensidad de Canales, coffee-shops y bicicletas que se encuentran en esta bella ciudad y probablemente estas sean las tres palabras que más se relacionan con Ámsterdam en todo el mundo. Las tres que más se repiten y las primeras que vienen a la cabeza cuando se habla de la ciudad. Sin embargo, la capital holandesa tiene tantos otros atractivos, que hacer una recopilación de ellos resulta prácticamente imposible. Así que en esta ocasión no voy a parar a hacer enumeraciones. Simplemente voy a hablarles de Ámsterdam.

De Ámsterdam me gustan sus calles llenas de vida, sus edificios de ladrillo, sus barcas atracadas en el borde de los canales y sus cafeterías calentitas, aunque en esta ocasión solo ingresé para comprar un rico pastel. Por eso, cada vez que vamos a esta ciudad, suelo pasear por los barrios más céntricos sin mirar el reloj, aunque a veces se me va el tiempo y se me pasen las horas sin controlarlas.

La 9’ calles de Ámsterdam. Foto: Yuly Andrea Díaz Duque.

También me gustan sus “stroopwafels”, esas galletas tan típicas que elaboran en el momento en cualquier puesto callejero. Y su arquitectura, siempre dispuesta a sorprender con una nueva construcción al doblar cualquier esquina.

Me gustan sus parques y sus puentes. Sus zuecos amarillos. Me gusta su arte callejero y sus coloridos tulipanes. Y también, por supuesto, me gustan sus historias.

No recuerdo si tenía 10 o 11 años cuando, mis padres me regalaron un libro. En la portada, una fotografía en blanco y negro de una niña morena, sonriente, sentada en el pupitre de una clase. Supe, perfectamente, lo que tenía en mis manos: había hablado y visto tantas veces cosas de ella, que era obvio saberlo. Y fue precisamente allí, donde El Diario de Ana Frank se convirtió en mi lectura durante aquel mes de junio.

Por eso, siempre tuve muy claro cuál sería una de mis primeras paradas el día que visitará Ámsterdam: la casa de Ana Frank; y aunque solo la vi por fuera, por las restricciones del Covid-19, fue imposible olvidar la sensación que tuve cuando vi en primera persona lo que había leído hacía tantos años: esas minúsculas habitaciones en las que convivieron, escondidos y en clandestinidad, mientras Holanda era ocupada por los nazis, la familia de Ana, los van Pels y Fritz Pfeffer.

Los recortes de revistas pegados en la pared; aquella estantería-puerta secreta hacia la casa oculta; las escaleras que daban a la parte más alta del edificio, era una manera diferente de adentrarse en el gran conflicto de la II Guerra Mundial, poniéndole cara a las víctimas, Poniéndole nombre y apellidos.

Edificio escalonado de Ámsterdam. Foto: Yuly Andrea Díaz Duque.

De Ámsterdam, también me gustan sus tranvías. Y su Estación Central. Sus bicis de todos los tamaños y colores y sus timbres sonando sin cesar. Su plaza Dam y los canales del Singel. Sus casas borrachas y estrechas. Sus niños que corretean por las calles a pesar del frío y el Covid-19 y sus adultos aprendiendo a patinar en las horas donde no hay toques de queda.

También me gusta el arte holandés. Disfruto con Rembrandt, Van Gogh y Vermeer. Con Mondriaan y El Bosco. Con sus exposiciones de arte contemporáneo en plena calle. Y me entusiasman los museos de Ámsterdam.

Me gustan sus letras juguetonas. Me apasionan las sorpresas que siempre tiene preparadas. sus noches y sus días. Sus amaneceres y sus atardeceres. Cuando hace buen tiempo y cuando llueve.

Por todo esto, Ámsterdam me parece una ciudad sin igual. Genuina. En la que nada recuerda a ningún otro lugar y todo es auténtico.

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