Acto 15. Una taza de té

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Mi práctica diaria de escritura

Una nueva crónica de la @contadoradebuenashistorias o @andreadiazduque. Un viaje a sus vivencias mientras desarrolla sus proyectos creativos.

Me siento a escribir un viaje que viví hace meses y trato de pensar en lo grande. Evoco para encontrar el esqueleto de la historia. Fallo al intentar tallar las palabras. Recuerdo lo que alguien dijo anoche: “La memoria es como una urraca, solo toma las cosas brillantes”. Pienso en mi memoria-pájaro. La imagino como una paloma tomando pedacitos de mundo sin ponerse a elegir los arcoíris. O un gorrión haciendo un mundo de miguitas de pan.

Vuelvo a mi estado en Kettwig.

Quiero escribir mi próxima crónica y, por un instante, solo me imagino sentir la suavidad de las aves en los labios, el aroma a humedad trepando por los fresnos altos de noches de invierno, las calles frías, el té.

No vienen a mí casas de colores estridentes, ni la arquitectura alemana ineludible, ni los anfiteatros de tipo romanos. Me acuerdo que llegamos a aquel lugar una noche tan húmeda que me recordó un poco a mi pasado. Que caminamos por calles que cotidianamente renombró como en mi memoria. Esta se parece a Oroño. Esta es 3 de Febrero. Este podría ser San Luis.

Que después de pasos incontables llegamos a la casa prestada. Que en el cuarto había un cartel pintado a mano que decía: “No piense en arte”. Que había copiado el alfabeto y aprendido un idioma desconocido sin saber que se estaba ordenando a sí mismo. Que no fue algo brillante. Que tomamos té de naranjas disecadas. Que tuve la taza caliente entre mis manos hasta que el té estuvo tibio y fue hora de irse a dormir. Que J.G. me dijo: “No te lo terminaste” y que no tuve justificativos para explicarle que nunca, jamás, me termino una taza de té.

Que salimos al mediodía. Que Kettwig estaba gris y llovían gotitas como mariposas. Que tenía mis anotaciones frescas en mi libreta (el barrio antiguo, el coliseo, la mezquita, el mercado), pero que sus letras prolijas no decían nada sobre la casa de té con lámparas de mosaicos de colores que habían abierto junto a la entrada del templo.

Que había muchos dulces, pero que el aroma que reinaba era líquido, así que J.G. y yo nos sentamos en una mesa en un rincón mientras conversábamos y, predeciblemente, pedimos una taza de té.

Que después me iba a acordar de que por estos lugares el té no viene en taza sino en vasitos que parecen florecitas de tulipán, que son tragos mucho más pequeños y que siempre me tocó guardarme la tentación de agregarle un terrón de azúcar, porque, aunque el terrón es irresistible al té dulce no me lo puedo tragar.

Entonces las palabras vienen solas.

Mi práctica diaria de escritura

Té para pensar, té para escribir, té para despertar, té para digerir, té para acompañar, té para abrigar, té para llorar, té para calmar, té para dormir y por un instante me acuerdo de haber pasado ratos mirando mapas sin nada más en mi mente. Que la moza se acercó y no fue amable, pero que no me importó, porque el vasito fue como un caleidoscopio acaramelado, y me puse a contemplar la vida de las veredas, de las personas a través de ese cristal sin saquito.

Que al lado había unas mujeres españolas que hablaban de mí como si yo no les entendiera, y que elegí no hacerlo para preservar el momento. Que di un sorbo y fue como un ritual. Que en ese acto mínimo declare ese rincón en el centro de Kettwig un lugar en el mundo ─Acaso se trata de esto. De sentirse cómodo, de quedarse, de reflexionar─. De todo eso me acuerdo.

Y pienso: buscamos lo increíble, el asombro, la inspiración. A veces, las maravillas de los viajes terminan estando en los pequeños actos diarios que viajan conmigo. En los litros de té que tomo en un solo día o alrededor del mundo. En las tazas anónimas que abrigan mis palmas y que quedan siempre por la mitad, (aunque algunos no lo entiendan). En el rol existencial de los rituales caprichosos. En la perfecta sutileza sagrada de una taza de té en Kettwig y dejando el último sorbo a merced de la vida.

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