Acto 2. Mi viaje en tren

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Munich

Las crónicas de una joven soñadora y apasionada por los temas de cultura, con gusto por el arte callejero, el cine y documentales históricos; amante de una buena taza de café, de las letras y la lectura.

De Essen a Múnich

Cuando me desperté de la sienta ya eran las 9:00 de la mañana y en algunas horas sería ya de noche, el techo cerca de mi nariz, como si mi cama estuviera levitando, me hace despertarme rápidamente, y por unos segundos no me acuerdo dónde estoy. Vuelvo a ser consciente del movimiento, la voz de la conductora anunciando la próxima estación más cercana, el canto de los pocos pájaros y los constantes sonidos de ambulancia en la lejanía.

Me doy cuenta de que la pareja de novios alemanes no paró de tomarse fotos y el joven con uniforme militar, quien se montó tres estaciones después de mí, no dejo de hablar con su chica y chatear por su celular desde que me dormí; la voz en alemán de mi novio, su forma de mirar el celular para ver si tenía más reuniones o meetings y las risas constantes de sus colegas de trabajo, quizás eso fue la voz en off de mi siesta, lo cual me hizo pensar que estaría despertando en mi habitación.

Me gusta escuchar sus voces sin entender muy bien lo que dicen. El alemán me suena, de ratos, parecido al inglés o al español en su manera suave de pronunciar algunas cosas. A veces, capto alguna de las palabras que dicen, como Estambul, Duisburgo, Anna Frank, ich, dus, guten tag y algo que suena como hokus pokus. El resto del tiempo, es como escuchar una linda melodía en mis oídos que todavía no reconozco, pero que, por algún motivo, me reconforta y en mi intento por despertar del todo observó a un hombre que abre la mesa en el interior de la silla del tren y empieza a comer una hamburguesa y papitas con la mano.

La policía se asoma a la silla nuestra para preguntar por el tiquete del tren con destino a Múnich. Todavía no puedo ver la nieve, solo siento que hace demasiado frío y aún sin levantarme del todo, mis ojos ven una fuerte neblina; le pregunto a mi pareja y me dice estamos a 6 grados centígrados, mi cuerpo reacciona y miro por 15 minutos a la ventana, pero aún así, intuyo que seguimos avanzando por espacios abiertos y cerrados, solitarios y cubiertos de blanco como la salida de casa en Essen esta mañana. Son las 2:40 de la tarde, por la hora, estamos llegando a Múnich.

Fotos tomadas por Yuly Andrea Díaz Duque.

El tren queda estacionado durante al menos 30 minutos. Dicen que el coche comedor va a abrir más tarde, pero ya van a ser las 11:00 de la mañana y me muero de hambre. Le pregunto de nuevo a mi novio y del fondo del vagón donde siempre suele estar la policía, para lavar los implementos de aseo y atender a las personas del tren, miro que lleva en sus manos una manzana y un jugo tropical, que me hacen recordar mi ciudad natal. Me paro de mi silla rumbo al baño, ingreso y apenas abro la canilla para lavar mis manos, escucho que alguien habla: “No, no, ¡No!”. La policía viene corriendo, me cierra la canilla, me habla en alemán y cuando me ve la cara, hace señas de que abajo están trabajando. Están adaptando el ancho de vía del tren para entrar a la ciudad del equipo de fútbol Bayern Múnich, limpio mis manos como puedo y emprendo camino, de nuevo, a mi puesto en la posición 36 – 2 del tren ICE 1226; me siento y leo de nuevo a Piedad Bonnet (mi nueva autora favorita, Lo que no tiene nombre, me parece un gran libro para leer en un viaje como este) y del cansancio, de nuevo me quedo dormida.

Me despierta una música clásica que sale de algún altoparlante cercano y la voz de una señora de cabello corto diciendo algo de Moskva, la capital rusa. Estaba soñando que caminaba por una ciudad nueva en pantuflas y un lindo abrigo de la mano de mi novio (de repente, imagino que desde hace muchos años mi vida la quería así, piensa mi inconsciente). Son las 3:10 de la tarde y hemos llegado a Múnich. No quiero salir del tren, este tren combina los mejores elementos de un día de invierno: puedo ver los paisajes nevados sin levantar la cabeza, puedo imaginarme el olor de la neblina entre muchas otras cosas más.

Ahora, en la silla somos dos: mi novio y yo, en esa misma estación se bajará la pareja de las 10 o 15 fotografías, quienes también esperan la salida y mientras camino a la puerta para bajarme, miro hacia mi lado izquierdo, leo un aviso en alemán sobre las reglas por el Covid-19 y veo la pareja de esposos abrir la puerta de la habitación en el tren, en el interior, veo a sus hijos de 5 y 7 años, y por un segundo quedamos todos parados, esperando que se detuviera el tren para descender de él. Siento las miradas de esas personas observando detenidamente, intentando reconocer de qué país era yo, y mis ojos se detienen nuevamente a mirar cómo se organizaba la chaqueta, la bufanda y los audífonos mi pareja, para una nueva reunión corta con sus colegas del trabajo; su celular lo pone en su bolsillo y la voz de su amigo hablando en alemán con él. Me toma la mano, me hace señas de que debo salir, lo miro detenidamente, le sonrió y me bajo del tren.

Sin embargo, antes de salir del tren, el vidrio emana frío, aunque de este lado parece verano, vamos por bosques y pueblos de pocas casas, pero con paisajes asombrosos, veo a un señor caminando con una pala, su chaqueta y la poca nieve en las rodillas. Las vías paralelas a las nuestras están cubiertas de neblina; cada vez que veo diez casas juntas, pienso que estamos en las afueras de Essen, pero después vuelven los espacios vacíos. Escribir es aprender a estar despierto, pienso. Me acabo de dar cuenta de que llevo 13 días desde que me fui de Colombia sola por primera vez, y los festejos de Navidad, en esta ocasión a tan solo un mes, vuelvo a mis orígenes, dentro de mi estoy pensando: ¿Y si esto era lo que necesitaba? Reencontrarme con lo que me enamoró de viajar. Ya no sé si quiero vivir de nuevo en Colombia o quizás solo quiero un movimiento constante, pero lo único que sé es que nunca quiero dejar de escribir en mi vida.

Quizá empiece mi nuevo año tomando para siempre la mano de mi ser amado, con viajes constantes offline y mi sueño del café cumplido, o con un contrato por 2 años más en la revista DW, de primero viajar y después contar, o de no contar nada. No sé por qué la vida eligió Alemania, pero ahora mismo, solo por estar en este tren, siento una conexión con el país que no me explico. Quizá esta es la pieza del rompecabezas que me faltaba.

Caminamos unos treinta pasos, entramos a un restaurante de la estación para comer algo, le doy los 10 euros a mi pareja y le recibo la gaseosa. Me dice en qué parte de Múnich estamos parados en ese momento, frente a los señores taxistas, y me indica dónde tengo que botar la basura, me toma la mano, camina rápido y tomamos una ruta nueva para tomar el metro de la ciudad. En el camino, me enfrento a los carteles con letra alemana por segunda vez, y hacer esa combinación de cinco minutos me lleva más de media hora. Pero no me importa, tengo todo el tiempo del mundo y estas son las cosas que me encantan de mi primer viaje: sentirme un poco perdida, desfasada, fuera de mi comodidad. Me gusta tener que descifrar carteles sin acudir a la tecnología, me gusta estar en un lugar donde no entiendo nada. Cuando llego al barrio de la casa donde ahora vivo y veo todos los autos y edificios de colores pasteles cubiertos, empiezo a hablar sola e imaginar aventuras nuevas, cuando un lugar me mueve y no tengo con quién compartirlo, me sale hablar en voz alta. Y digo, con una sonrisa enorme y las manos heladas del frío: ¡Qué es este lugar tan hermoso!

Dejo mis cosas en casa, me pongo un saco nuevo y camino hasta el Centro de la ciudad para encontrar y tomar ese café del que me enamoré cuando lo probé. Me quedo parada mirando la Iglesia, con el viento frío del invierno alemán en la cara, y pienso: “Era esto. Esto era lo que necesitaba: venir a Alemania”. Y tengo la sensación de que no llegué por primera vez a este lugar, sino que volví después de mucho tiempo.

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