Acto 3. Empecé a montar en bicicleta otra vez

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Las crónicas de una joven soñadora y apasionada por los temas de cultura, con gusto por el arte callejero, el cine y documentales históricos; amante de una buena taza de café, de las letras y la lectura.

Hace dos semanas desde que llegué a Alemania voy a montar en bici por lo menos cada dos días y cada vez que me monto a ella me pasa lo mismo: el primer impacto que tengo es que compite con mi pareja en el manejo de las manos y los pies para pasar un rato agradable junto a él, pero hago dos vueltas y pienso: “oh Dios mío ya me aburrí, cómo voy a hacer para aguantar más de 45 minutos montando”.

En la bici no tengo libros, ni videos de YouTube, ni conversaciones, ni Netflix, ni cuadernos, ni mapas, ni ventanas que aceleren el tiempo o me distraigan de las repeticiones. Somos mi cuerpo, mi mente y yo en ella que, mientras pedaleo duro, parece infinita la llegada. Montar es puro presente y si bien me parece el deporte más exótico del mundo, lo quiero aprender desde que soy muy chica y es el único que mi cuerpo me pide en este momento, aunque no soy muy fan de los deportes. Las idas y vueltas en la bicicleta me ponen en un estado meditativo. Monto, luego pienso, luego existo. Es un estado al que solo llego cuando camino durante al menos una hora sin planes ni apuros o cuando voy en transporte por la ruta.

Soy de las que necesitan el movimiento para pensar, sin embargo, elegí uno de los trabajos más estáticos, que es escribir. Por más que parezca actividades opuestas, montar y escribir me resultan cada vez más similares: me cuesta tanto ir a montar bicicleta como ser creativa con los dibujos para mis historias, siempre hay una excusa o algo más importante que hacer, pero cuando voy en contra de mis pensamientos, cuando obligo a mi cuerpo a ir a montar o mi mente a pensar o sentarme en la silla para escribir, cuando entro en calor y voy agarrando el ritmo, ya no quiero frenar, me acuerdo porque es que me gusta hacer esto y me doy cuenta de que tanto en la bicicleta, en los pensamientos o en la escritura, lo que cuenta es lo que hay para disfrutar, es esa práctica diaria que debes tener para publicar o competir, son cosas que pasan de vez en cuando, como culminación de un entrenamiento largo. También es la consecuencia de ser una de esas personas que nunca puede hacer las cosas en orden, como leer un solo libro a la vez, estudiar capítulos en inglés de manera cronológica o usar los cuadernos de a uno).

Así que estoy trabajando en eso, en tener hábitos. Desde que tomé esta decisión sentí que todo cambió de lugar, hubo una inclinación de algún eje planetario interior y tuve que realinearme en un sistema distinto, pasar de ser una mujer estática con planes distintos en Colombia a ser alguien que salió por completo de su zona de confort, que se permitió vivir y aprender de todo a su alrededor, quien se reacomoda para volver a funcionar en armonía. Si por 28 años mi desafío fue vivir en Colombia como una persona normal, ahora era vivir escribiendo para contar este mundo mágico que estoy descubriendo mientras lo disfruto observando.

Hojas en otoño: Archivo fotográfico de Yuly Andrea

“Con la escritura hay que comprometerse”, “viajar para contar historias” y los “sueños están para cumplirse” son mis tres mantras actuales. Los tengo escritos en papeles y pegados en la pared de mi escritorio compartido. No quiero olvidarme de lo que escribí en uno de mis cuadernos durante los nueve meses que pasé planeando en Colombia y por un instante pienso: “Andrea tienes que ser una gran escritora”, y por escritora me refiero a todo aquello que pase por mi mente, el lugar donde me refugiaré solo para dedicarme a escribir, crear y sentir, porque en Colombia vivía de urgente en más urgente y me olvidaba de lo importante, de lo que quería hacer cuando estaba quieta. Siento que entré en la década de: “si vos no haces que las cosas pasen no van a pasar”, ya no vale el “dentro de un tiempo”, el después o el quizás “seguro que en el futuro lo voy a hacer” (¿será cierto? ¿qué diré de mis 30 o 40?).

Hace unos días encontré algo escrito en otro cuaderno, al que bauticé El cuaderno de las pequeñas observaciones cotidianas: “Cuando empecé a soñar con viajar, lo que más me atraía de ese estilo de vida era que mis días fueran distintos. Durante casi 10 años lo fueron. y ahora que decidí frenar por unos días, tengo otro proyecto que me resulta igual de atractivo: diseñar mis días, crear el mapa ideal de mi cotidianidad. Puedo tener días distintos, aunque esté quieta y repita las mismas actividades: leer, escribir, aprender, enseñar, compartir. Son verbos expansivos, en los que caben mundos enteros”.

Así que acá estoy, aprendiendo a convivir con la quietud y todo lo que cabe en ella. Por ejemplo: todas las mañanas, cuando me despierto, lo primero que hago después de dar gracias es mirar por la ventana del cuarto qué hay de nuevo para sorprenderme o quedarme analizando el cuadro con un bello atardecer que hay frente a mí. La señora del frente, quien también se sienta a escribir, ya sabe quién soy (la que me saluda en alemán) y a veces, cuando JG está distraído, habló en voz alta sobre mis próximos sueños o mis experiencias. Otras veces, lo dejo en silencio y simplemente lo observo detenidamente.

Una vez por semana voy al supermercado Aldi y doy una vuelta por el lugar de las flores, que ya tiene decoraciones de Navidad o voy a la papelería DM que hay cerca de casa y miro todo y me quedó estática por escasos dos segundos, aquella vez que fui compré un café, me supo a Colombia, o camino la ciudad y al llegar a casa escribo nuevamente para la revista Dw o para el periódico con publicaciones en digital; sin embargo, reacciono y por varios minutos escucho las conversaciones de las personas en alemán, inglés y otra lengua que todavía no logro descubrir, la sirena de las ambulancias está sonando de nuevo, volteo para mirar y mis ojos se detienen para ver pasar el tren regional de color amarillo, que nos ha llevado a la estación central a JG y a mí. De nuevo, mi pareja me observa en silencio y esta mañana antes de ir a trabajar me ha dicho que está feliz, me abraza, me dice que soy una chica muy inteligente, observadora y guapa, que se siente orgulloso de mí, de mis escritos, de cómo soy como mujer, de ver cómo me estoy adaptando al cambio y eso me hace sentirme especial. Por un instante regreso en mí y pienso:

Hay días en que el mar tiene olas de tres metros y días que parece un lago como Baldeneysee en Werden. Cuando sale el sol, la playa se llena y, cuando no, todo es soledad o tranquilidad. (El viernes pasado antes de sentarme a escribir una nueva historia, arreglé la bañera, y casualmente metí los pies y por un instante sentí como si fuera el mar recorriendo todo de mí). Pero reaccioné y recordé que estamos comenzando la época de invierno en Alemania y que todavía faltan como tres meses para terminar.

Camino Lago Baldeneysee. Foto tomada por JG.

Voy camino a Holanda, en la parte trasera del carro de mi novio, a su lado, va su madre y recuerdo que mientras manejaba la bicicleta está mañana y recorría ese inmenso bosque que no conocía, recordé que en una de las habitaciones de la casa de mis padres donde crecí, siempre hubo varios álbumes con muchas fotografías y algunas de ellas en blanco y negro. Digo siempre, por qué estaban ahí desde que yo nací, y cuando nacemos y vemos que algo está ahí, nos parece que es así siempre. Hago memoria y me observé de seis años y sé que en aquella época me pasaba tardes enteras mirando esas fotos, clasificándolas, oliéndolas (las fotos viejas tienen un olor tan particular), tratando de imaginarme cómo habrían sido mis padres a los 6 o 7 años, así me quede dormida en el asiento trasero del carro mientras llegamos a IKEA en mi viaje de Nordrhon a Holanda.

A veces cuesta entender, creo yo, que nuestros padres y familiares vivieron tantas cosas antes de que naciéramos, cuando yo nací, mi hermano ya era mayor tres años más que yo y hacía mucho tiempo ya tenía sus propias fotografías, si bien hablaba español mejor que yo y eso era algo normal, yo empecé a crear y ver la película desde esa escena. Todo lo que había pasado antes estaba en aquellas fotos y en algunos videos caseros que papá grababa, en cartas, en relatos. A veces estamos tan enfocados en escribir nuestra propia historia que nos olvidamos de observar con detenimiento todo lo que nos rodea para impresionarnos.

En este relato, en este viaje y en esta búsqueda han participado muchas personas. Algunos de ellos desconocidos para mí, españoles, canadienses, marroquíes, suizos, franceses y muchos alemanes, pero ni uno todavía sudamericano.

Salimos por el pueblo a recorrerlo en las bicicletas y mientras transitamos los lugares empecé a preguntar en inglés: “¿Sabe dónde queda esta iglesia?”, “¿desde dónde podemos ver este paisaje?”, “¿este museo cuál es?”, y así. No pensé que el no saber alemán iba a ser una barrera tan grande, pero en esta parte de Alemania donde yo me encontraba en el momento no muchos hablaban español o inglés, los dos idiomas que por el momento sé, así que nos comunicamos como pudimos, mezclando “alemánglish” con espanglish, con traducciones de Google, con “creo que está diciendo tal cosa” y con señas. Muchas cosas no pudimos averiguarlas y otras sí, pero lo que me encantó de esta búsqueda, lo que investigué y analicé, es la paciencia, el compromiso, la dedicación y el respeto que ha tenido mi novio conmigo para enseñarme sus tres idiomas (alemán, inglés, francés porque el cuarto que es Español claro, ya lo sé) o cualquier otra cosa que le pregunto al escuchar a las personas con las que conversamos, o nos cruzamos, aunque no puedo mentir algunas de ellas han tenido una muy buena predisposición y ganas de ayudarme. Así que estos momentos que comparto con ustedes, son el resultado de varios días de búsquedas, de preguntas a desconocidos, de risas, perdidas y miradas frías de idas y venidas por las autorutas de esta ciudad, de este idioma alemán.

Continúo escribiendo y JG me expresa que tengo mucha energía durante todo el día, que nunca me ha visto quedarme quieta desde que llegué; él en su descanso, por algún rato, se queda analizándome y si no es que sonríe, me pregunta cómo me siento, cómo estoy o qué otro sueño tengo por contarle, dice que me ha visto perderme en mis pensamientos y sonrío, que para estar en época de invierno en Europa tengo mucho entusiasmo, me abraza de nuevo y me menciona al oído que fue una de las tantas cosas que lo enamoraron de mí. Él continúo en sus labores y yo sigo escuchando en la tv las noticias sobre las posibles restricciones por el Covid-19 en alemán, aunque todavía no lo entienda a la perfección. Y mientras lo observo pienso: hace dos días llegamos de la casa de sus padres, subimos las escaleras a casa en Essen y por un momento me senté a descansar en el sillón de la sala con tres paredes blancas y una a color con fotografías nuestras y observándolas, fue allí donde consideré que cada vez estoy más convencida de que las cosas, los momentos y los libros como lo que soñamos, nos encuentran a nosotros, y no al revés.

Sin embargo, unos días antes, estando sentada en la sala de la casa donde ahora estoy, revisé mi agenda y en uno de los tantos escritos que tenía en ella encontré uno muy especial: era que iba a disfrutar cada biblioteca que me encontrara y vaya sorpresa, me di cuenta que desde antes de que tuviera esta profesión (se lo hago a todas las bibliotecas que he visitado) y un título me llamó la atención: Lonely Planet’s Guide to Experimental Travel lo cito en inglés y en cursiva porque estaba en ese idioma y esa forma y no lo encontré en castellano ni en e-book). Lo abrí. El libro me proponía conocer lugares a través de distintos juegos o experimentos (por ejemplo: caminar —con ayuda de alguien— con los ojos vendados, montar en bicicleta, tomar decisiones tirando los dados, explorar una ciudad a través de canciones que hablen de ella, dejar que un perro local te lleve a pasear, tomar un transporte hasta el final de su recorrido, trazar tu nombre en un mapa y seguir esa ruta, caminar siguiendo un patrón como izquierda-derecha-izquierda-derecha, ponerte una máscara y salir como si nada, entre muchos otros) y sentí que me llegaba en el momento justo. Si bien cada lugar que he visitado desde Colombia hasta aquí es nuevo y distinto, a veces la manera de conocerlo (llegar – salir a caminar – sacar fotos) se me vuelve repetitiva y un poco monótona. Así que tomé nota de los experimentos que más me gustaron y me propuse ir combinándolos, de vez en cuando, con ciudades y personas nuevas.

Y me pregunté por qué no comenzar a realizar esto con aquel bosque que recorrí el día de ayer, aquel que tenía olor a almendras y se encontraba ubicado en el valle de una colina de colores verdes y arboladas donde en la mitad de él pasaba el tren y estaba conformado por un conglomerado de casitas rurales con techos particulares y un monasterio para los monjes. Un lugar tranquilo que no figura en el momento en los mapas turísticos ni mucho menos en este libro, ya que no hay puntos de interés que atraigan a los viajeros.

Recuerdo que tomé de nuevo mi chaqueta, mis llaves y bajé de la mano de mi pareja por las escaleras, en ese momento caminé sin pensar, dejando que me guiara la intuición. Íbamos a distraernos por 5 minutos a la ruta del tren en Essen antes de volver a las labores de la semana y mientras lo hacía pensé: ¿Esa escalera que había observado antes a dónde llevará? ¿Se podrá pasar por ahí? Me gusta esa planta. Qué buen olor. ¿Y por allá qué habrá? Qué lindo detalle las flores en la ventana. ¿Será un lindo atardecer desde todos lados? ¿Qué horas serán en Colombia para llamar a mis padres y mi hermano, para saludarlos?, y no sé bien cómo fue que pasó y me cuesta un poco explicarlo, pero en algún momento de la caminata me abstraje del tiempo y del espacio (es decir, me olvidé de que era domingo y de que estaba en Essen, Alemania, Europa, en el Planeta Tierra) y empecé a sentir que estaba dando un paseo por mi inconsciente. Fue como si mi mente hubiese convertido su imaginación, sus preguntas en la representación a gran escala de mi cabeza (con todas sus esquinas) y de todo lo que tengo guardado ahí. Me sentí como dentro de Inception (“El origen”), la película con Di Caprio, en la que los escenarios de los sueños los fabrica un “arquitecto” como mi hermano y los puebla “el soñador” como yo, con imágenes de toda la gente que alguna vez se cruzó en la vida) o, tal vez, como metida en un cuadro de Dalí o Magritte. Así que, con esa sensación de estar paseando me puse a jugar.

Si el pueblo representa mi mente, toda la gente que me cruzo son personas que conozco (o que por lo menos vi alguna vez) o facetas mías. Los objetos representan las etapas o experiencias. La arquitectura y el arte, mis gustos o deseos, vamos a ver. Ahí van V y F, hablando de los temas que siempre conversan; mira la cabeza de Buda en la ventana, es de mi época asiática, le dije “buenas tardes” a la señora, ella me miró con mala cara y no me respondió; “me estoy meando”, dijo una chica que pasó al lado mío, y yo un poco también; qué buena escena ese señor fumando una pipa, asomado a la ventana entre flores y macetas, está ahí listo para ser fotografiado y yo no me animo a hacerlo por no molestarlo; “oh por Dios creo que me acaban de sacar una foto”, así se debe sentir la gente a la que intento fotografiar sin que se dé cuenta; estos van hablando inglés y los de allá alemán, idioma que quiero aprender; esas zapatillas colgando del cable me hacen pensar en mi barrio en San Javier, Medellín, Colombia, y en ese pueblo raro en el que todos andan descalzos…

Seguí caminando y entramos a comprar café (una de mis bebidas preferidas en esta época de invierno) y vi, por la ventana que tenía al lado de mi carro para mercar, que una mujer frenaba con su labrador blanco impecable. Otra chica salió de la tienda, acarició al perro y le puso una galletita con forma de corazón en el marco de una ventana, del lado de afuera de una casa. No llegué a agarrar la cámara, porque quería ver qué pasaba. El perro miró la galletita, miró a la dueña y, cuando la mujer le hizo un gesto, se la comió. Me pareció una escena demasiado idílica y sacada de alguna parte muy cursi de mi cabeza.

Mientras bajaba hacia la nueva tienda que conocería con JG, pensé: “Este es un lugar para venir con Faber” (mi hermano de toda la vida, una de las personas con las que hablo de inconsciente a inconsciente) y ahí quise cambiar las categorías tradicionales (“lugar de veraneo”, “lugar mediterráneo”, “medina árabe”, “ciudad europea”, bla, bla, bla) por mis categorías subjetivas (“lugar para venir con Faber, Vanessa, Blanca, Uriel, Silvia, Daniel, Rudiger y mi pareja”, “lugar para curarse”, “lugar para viajar en otoño, verano o primavera”, “lugar para jugar a crear”) y empecé a imaginar enciclopedias subjetivas, con opiniones de un autor determinado (siempre tan invisible), del estilo: “este ítem no se me da la gana explicarlo”, “la leche de chufa que me dieron mi suegros el fin de semana me suena a bebida de búfalo”, “la naranja que observo en la mesa de la casa de los padres de JG no es solo una fruta, también es mi color preferido”, “sí, Medellín tiene tal cantidad de habitantes, pero para mí es treinta ciudades en una”, y así: poco dato duro y mucha anécdota. Y ahí me dije: mejor le aviso a mis lectores que mis relatos del mundo son tan subjetivos como esa falsa enciclopedia en primera persona. Yo suelo enamorarme de lugares y tener experiencias que tal vez para otros nada que ver, por eso es un peligro que se guíen demasiado por lo que escribo, porque siento que cada persona vive, siente y expresa su propia realidad vivida a su manera.

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