Acto 4. La vida empieza al final de tu zona de confort

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Kettwig Ciudad vieja-1

Las crónicas de una joven soñadora y apasionada por los temas de cultura, con gusto por el arte callejero, el cine y documentales históricos; amante de una buena taza de café, de las letras y la lectura.

A veces cuesta arrancar. Pero no me arrepiento de haber salido, hace ya un mes que “estoy de viaje” y todavía falta mucho. Estuve demasiado tiempo en Medellín, Colombia, y me acostumbré a mi pequeña rutina: escribir, leer y editar mi libro personal, mirar por la misma ventana hacia los mismos edificios, dormir en el mismo colchón todas las noches, hacerme el mismo desayuno todas las mañanas, salir a caminar por la ciudad con rumbo prefijado, hacer trámites, ir al taller de escritura, ir al mismo supermercado y comprar las mismas cosas para preparar las comidas de siempre, esperar mi libro de la casa editorial Ita y reclamar papelería del correo enviado por el Club de la Prensa de Medellín, ir al Cipa (Círculo de Periodista de Antioquia) para grabar mis notas para radio, tomar siempre los mismos colectivos para ir a los mismos lugares, reunirme con mis colegas, ver a mi familia, soñar con viajar largo por primera vez y esperar con paciencia a que llegara el momento.

Y el momento llegó tan de golpe, tan de un día para otro, que me costó (mucho más que de costumbre) salir de mi vida no-viajera y embarcarme a descubrirme como una viajera. Todavía estoy en eso, dando pasitos lentos, pero seguros de un mundo al otro en medio de una pandemia, la diferencia ha sido observar por primera vez por la ventana del avión en medio de esta situación.

En este momento estoy cruzando el puente colgante que hay cerca de casa, asombrada y asomándome con timidez a ese estado que antes me resultaba tan natural en Antioquia, porque sin darme cuenta (recién ahora lo noto) mi cuerpo se acostumbró a ciertas repeticiones y costumbres propias de la vida sedentaria y me ha enseñado de otras, propias de la vida nómada. Por dos segundos me detengo a pensar frente al teatro de la filarmónica de Essen, Alemania, y sé que me gustaría que mi hermano viviera esta experiencia. Mi zona de confort en Colombia era tan concreta y limitada que me fue muy difícil cruzar esa frontera de supuesta seguridad que construí en Medellín durante 28 años y sentirme como lo estoy ahora. cómoda, feliz y segura en la zona desconocida de los viajes, donde algunos ni se atreven a tocarla por respeto o por miedo

Puente Kettwig, foto tomada por JG

Pero en esa zona desconocida e incómoda es donde ocurre la magia, dicen. Cuando nos animamos a salir de la comodidad y de lo predecible es cuando empiezan a pasar cosas extraordinarias y ahora sí que me están sucediendo (que probablemente no hubieran ocurrido de haberme quedado en mi cajita confortable).

Siento este primer mes de mi viaje por Alemania, (Ámsterdam – Nordhorn – Essen – Múnich – Werden, Kettwig y Dusseldorf) como una sinfonía, en todo mi cuerpo, como un inicio formal de mi nueva vida. Todavía estoy en ese estado asombrado del principio, todavía me cuesta por momentos.

“Hace mucho aprendí que el comienzo de un viaje siempre es poco fluido, torpe, fragmentado, especialmente cuando se viaja tan de golpe a una realidad tan distinta”. Lo escribí yo misma en mi libro, aunque a veces siento que la que dijo eso es otra persona ahora, me olvido de que ya pasé por varios síntomas parecidos cuando estaba en mi país, pero con mi carrera, muchos no creían en mis capacidades, algunos me cerraron la puerta y solo pocos me han acompañado en toda mi trayectoria. La diferencia es que esta vez no viajé a una realidad distinta: viajé a otra zona de confort donde estaría completamente sola. Mejor dicho, dejé todo y me arriesgué a vivir como siempre lo había querido. Y me siento asombrada del mundo que he encontrado afuera.

Nordhorn, Alemania, foto tomada por JG

Los primeros días de este viaje me he admirado con todo: llevar mi maleta, recorrer los aeropuertos, tomar otro tipo de café, comer, observar los paisajes, escuchar otro idioma, no dormir en mi cama, intentar hablar alemán con mis suegros, hacer señas para que me entendieran, no tener una casa propia, sacar fotos, asombrarme con los museos y las esculturas escribir en otro idioma completamente distinto para mí.

Sin embargo, todo eso lo estoy logrando de a poco, y lo que más me encanta de este viaje, es que he desarrollado más mi capacidad de escribir, algo apasionante para mí, de a poco, pero segura; sin dejar mi esencia, sin olvidar de dónde vengo y para dónde voy, para cumplir todo lo que he soñado, para vivir.

La inspiración cada día la siento más a flor de piel, no quiero presionarla, quiero que siga fluyendo sola, que me motive, me cuestione, me haga seguir descubriéndome en la escritora en la que me estoy convirtiendo. Siempre en mi vida he sido arriesgada y soñadora, quizás por eso no fue difícil tomar la decisión de vivir esta experiencia, siempre he tenido muy claro lo que quiero y hacia dónde voy, viajar es como estar soñando, y esta no es la primera vez que lo digo: lo que pasa es que cada vez me convenzo más de lo oníricos que son los viajes, o por lo menos los míos.

A veces me cuesta creer que estoy despierta cuando viajo, todo me parece tan sorprendente que siento que estoy soñando. Es que, si uno se deja llevar por el camino, el viaje se convierte en un almacén de sueños, basta con cruzar la puerta para encontrarse con estantes repletos de posibilidades, vitrinas llenas de historias por empezar y heladeras con todo tipo de realidades paralelas listas para ser ingeridas.

Una gran parte del viaje está determinada por las decisiones personales que cada viajero toma, otra gran parte está determinada por el azar, y otra por todas esas realidades simultáneas que existen a tan pocos kilómetros de distancia. Solo es cuestión de tomar el camino que va a la derecha en vez del que va a la izquierda (o viceversa) para caer en una realidad completamente distinta a la que nos hubiese esperado al final del otro trayecto. Un viaje no sería lo que es si el mundo no fuese tan diverso, porque si todos viviésemos exactamente de la misma manera y tuviésemos el mismo paisaje de fondo, ¿qué gracia tendría salir a conocer lo desconocido? Por eso agradezco que el mundo sea un gran almacén de realidades.

Por otro lado, me impresiona sentir que en cada uno de estos lugares existe cual casillero inamovible de un enorme tablero, un casillero que seguirá estando en la misma posición durante años/siglos, pero que en mi vida será solamente eso: un casillero por el que alguna vez pasé y hoy dejó escrito en papel.

Durante esta historia por Alemania, además de viajar, he soñado mucho. Soñé con burbujas hechas de carne y de carbono, soñé que estaba en una librería subterránea y había un terremoto de buenas letras y cuando yo quería salir a la superficie para ver si la gente estaba bien uno de los autores me decía: “Ahh no, nosotras no estamos en esa onda”; soñé que firmaba autógrafos de mi primer libro, Temeraria soledad, con muchos dulces en mi mano, soñé que iba en un barco y apenas bajé de él, Maluma, Nicky Jam y J Balvin me hablaban y me montaban en su auto, soñé que esperaba un ascensor durante media hora para subir cuatro pisos, soñé que aparecía en los Alpes suizos y tenía que volver (otra vez) en auto a Medellín a visitar a mi familia, tuve un sueño lúcido en el que me di cuenta de que estaba soñando…Y llegué a la conclusión de que, tal vez, los viajes son eso: sueños lúcidos, situaciones en las que uno se da cuenta de que está soñando porque nada de lo que está pasando podría ser real…Y al igual que en un sueño, en un viaje, lo mejor es dejarse llevar: nunca se sabe en qué lugar, persona o experiencia puede desembocar un nuevo camino.

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