Acto 6. Qué me impulsó a viajar y a escribir

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Foto portada acto 6

Las crónicas de una joven soñadora y apasionada por los temas de cultura, con gusto por el arte callejero, el cine y documentales históricos; amante de una buena taza de café, de las letras y la lectura.

Estoy descubriendo que la escritura de viajes es, en mi opinión, una de las más personales. No me refiero a la redacción de guías ni a la recomendación de lugares turísticos para visitar, sino a la transmisión de experiencias, sentimientos y vivencias del viaje en sí y.

Viajar es algo que me está involucrando de pies a cabeza, los últimos meses, uno de los dilemas con los que me estoy enfrentando cada vez que escribo es decidir hasta dónde contar, qué limite poner entre “lo anecdótico” y “lo personal”, qué tanto abrirme hacia quien me lee y contar. Más allá del relato en sí, lo que siento y observo mientras estoy viajando y escribiendo, y precisamente de esto me acabo de dar de cuenta, porque lo que mejor me funciona es ir alternando mi escritura, con periodos de silencio.

A veces, no quiero hacer otra cosa que no sea estar escribiendo ideas en mi libreta de apuntes, caminando en silencio para luego plasmarlas en mi computadora. Me encanta leer y escribir desde que tengo seis años, me gusta nutrirme mucho de ideas nuevas, quedarme estática observando lo que sucede a mi alrededor, perderme en mi mundo y luego de mucho rato convertir todo lo que pienso, siento y digo en literatura. Pues creo que para alguien que escribe no hay mejor manera de inspirarse que disfrutar del trabajo creativo mientras lo crea.

Es por eso que cada día se fortalece mi teoría de que la vida es una larga, larguísima cadena de casualidades. O tal vez, de casualidades predestinadas a suceder y por eso me encuentro en este país, en la ciudad de Düsseldorf, Alemania; observando con detenimiento este maravilloso lugar que pone mis ojos aguados y mi mente llena de ideas para escribir.

Desde que tengo 5 años recuerdo que me encanta hilar los hechos de lo que sucedía a mi alrededor, no quedarme quieta sin hacer nada, preguntar constantemente y cuestionarme todo para luego convertir lo que me decían en literatura.

¿Pero que me impulsó a viajar y escribir? no sé qué me impulsó a tomar la decisión así de repente, tal vez la necesidad de encontrar mis pensamientos reflejados en frases de otros, quizá para saber lo que se siente estar a la distancia (y no me refiero solamente a la distancia física, sino a la temporal también: para encontrar mis pensamientos en otras épocas, en otras personas, en otra cultura). O probablemente para reforzar mis creencias, mis objetivos y mi concepción de lo que significa vivir, viajar, alejarse, escribir.

Y estoy casi segura que las personas que me conocen piensan que para mí los viajes son “una escapatoria” (creen que huyó de mi país, de mi casa o de mí misma), o me repiten incansablemente “que lo haga ahora que soy joven y puedo” (como si después fuese a cambiar mi vocación para buscarme un trabajo de oficina o como si el mundo fuese tan chico que fuera posible recorrerlo en pocos meses), o dicen, moviendo la cabeza en desaprobación, “esa mujer se la pasa de vacaciones”.

Esas personas no saben nada de mí, no saben que nací con dos grandes deseos/pasiones/objetivos: el primero de ellos ser una excelente escritora y el segundo recorrer el mundo de punta a punta con mis libros autografiados. O sino pregúntenles a mis padres si no me creen, ellos lo saben mejor que nadie que desde muy niña, quién sabe por qué, me llamó mucho la atención viajar y contar historias y siempre pensé que si vivimos dentro de una determinada cultura es porque existen otras distintas, lejanas, interesantes, sorprendentes y (lo mejor de todo) que pueden ser conocidas (todas conviven en el planeta Tierra, que yo sepa).

Y siempre pensé también que, aunque muchas veces creamos que las diferencias entre una y otra son abismales o irreconciliables, todas las culturas están conformadas por seres humanos: seres humanos que respiran, viven, se ríen, lloran, aman, odian, sienten, desean y mueren al igual que cada uno de nosotros.

Sin embargo, lo de la escritura me viene de fábrica. A los 6 años, empecé con el ritual de leer y escribir todos los días. Al principio, el clásico diario íntimo o las cartas a mis padres, después fue mutando en historias, pensamientos, reflexiones, catarsis. como la catarsis que estoy realizando parada en este hermoso lugar con atardecer incluido y fue solo así que de a poco fui definiendo en mi cabeza a qué quería dedicarme en el futuro.

Quiero ser escritora, quiero leer quiero viajar para contar, conocer nuevas culturas y escribir acerca de mi experiencia. Podría haber sido una investigadora “sedentaria”, estudiarme todos los mapas y enciclopedias, hacer comparaciones y sacar mis propias conclusiones. Pero, el impulso de viajar siempre fue más fuerte. aquel mes de enero elegí ver la realidad con mis propios ojos así supiera que estábamos en medio de una pandemia y no seguir esperando a que me contaran las historias a través de ojos ajenos que atendía en mi lugar de trabajo.

Por eso, esperé con paciencia nueve meses y cuando todo sucedió, agarré la mochila y emprendí el viaje. Y si hay algo que sé con exactitud es que quiero mostrar y transmitir a través de la escritura es que no importa en qué lugar del mundo viva ni qué idioma hablen: somos mucho más parecidos de lo que creemos.

La vida es corta y el mundo es grande. Hay mucho para ver y más aún por escribir, viajar es cambiar de realidad, abrir la mente, conocer, buscar, encontrar, extra ambientarse, mirarse bien de lejos, mirarse bien de cerca, caminar, correr, navegar, flotar, volar, subir, caer, odiar, extrañar, amar, llorar, romper, reconstruir, armar y desarmar, escribir, leer, conectarse con, conectarse a, llegar, no llegar, desear nunca llegar, desear nunca volver. No es escaparse, es buscarse.

Debido a eso es que ahora me pongo a pensar: Si no hubiese estado en aquel lugar ese 20 de enero, entonces nunca hubiese atendido a mi pareja llegada desde tierras alemanas y si él no hubiese decidido ir a aquel lugar en Medellín, nunca hubiese pasado esa tarde y noche maravillosa en Naturalia, Santa Fe de Antioquia, en aquel bar y por ende no estaría aquí en tierras Europeas presenciando el arte de esta linda ciudad.

Y lo que pasó después no fueron casualidades sino hechos intencionales, Me senté cerca de él siempre con respeto sin siquiera pronunciar palabra, lo miré y me miró a los ojos, mantuvo la mirada durante unos segundos. Después me sonrió con mucha calidez y finalmente se acercó, y todo esto se los escribo porque fue así como he sentido esta majestuosa ciudad.

Pero antes debo decirles algo: De mi viaje de Essen, Alemania, a Düsseldorf olvidé mi objeto más preciado, la olvidé en casa y debido a eso por estos días he tenido abstinencia, abstinencia de Ella, la necesité. Necesité contarle cosas, sentir su compañía, tenerla de confidente y diario íntimo de motivadora, de contadora de buenas historias. Por eso, computadora querida, “te prometo que no voy a volver a dejarte en casa”. Si te hubiera tenido conmigo en ese momento, aquel fin de semana, te estuviera diciendo lo que sentí cuando parada frente a la inmensidad del Río Rin y su bello atardecer mis ojos se aguaron de felicidad, agradeciendo el hecho de estar despierta observando las maravillas de este mundo, y debo confesarte que este lugar me transmite mucha paz, seguridad o contarte cómo mi corazón se aceleró cuando vio las calles y bellas estructuras arquitectónicas junto con sus esculturas pintadas por diferentes artistas en cada calle de la ciudad, en los cafés y restaurantes, y para tu sorpresa encontré uno con olor a mi tierra colombiana, tampoco te he confesado que Düsseldorf es famosa por su industria de la moda y su amplio ambiente artístico y para serte honesta, no me importa que me agregues 2 kilos de peso a mi espalda, no me importa que tenga que cuidarte como oro, no me importa que seas frágil, quiero que sigas viajando por ahí conmigo a todas partes donde quiera que mi novio y yo vayamos.

No necesito tu internet, (para eso he encontrado como sustitutas mi libreta de apuntes o mi nueva videocámara) necesito tu presencia, tu teclado, saber que estás ahí para escribirte cuando surja la inspiración. Pero, cuaderno, no te pongas celoso, a vos también te necesito y te voy a llevar siempre en mi mochila.

Además, en este viaje has sido la estrella, así que no te puedes quejar, haber viajado sin ‘compu’ me permitió desenchufarme y ver el viaje de manera más global. ¿Cómo es esto? Claro que cuando viajo con ella me gusta escribir y postear los hechos en caliente, inmediatamente después de que ocurren. Y esta vez, como no tenía donde teclear, disfrute los paisajes mientras los iba guardando en mi memoria para luego contárselos.

Hace unos días algunos familiares me ayudaron a entender por qué me apasiona tanto la escritura, de cómo lo que escribo no se va al vacío cibernético, sino que llega a alguien del otro lado y si bien ese otro lado para mi es alguien virtual. Y como dice Isabel Allende en su libro Paula: “La escritura es una larga introspección, es un viaje hacia las cavernas más oscuras de la conciencia, una lenta meditación. Donde a tientas en el silencio y por el camino se descubren partículas de verdad, pequeños cristales que caben en la palma de una mano y justifican el paso por este mundo”.

Y si pienso en lo que dice la escritora chilena sobre: “cavernas más oscuras de la conciencia”, me hace analizar por qué a mi llegada ese 31 de octubre del año 2020, al aeropuerto de Amsterdam, Holanda, a las 9:30 a.m., hora europea, mientras tomaba un café con mi compañera de viaje desde Madrid, España, y esperaba a que mi novio y su madre me escribieran para emprender la salida de allí, ambas conocimos un marroquí-canadiense que nos dijo algo en inglés y a mí se me quedó grabado: “La vida es como un aeropuerto. Gente de distintas partes del mundo se encuentran en el mismo lugar, comparten por un rato y luego continúan su camino, muchas veces sin volverse a encontrar”; dicho esto él desapareció yo me despedí de mi compañera de viaje y continué mi camino y hasta ahora, nunca más lo he vuelto a ver.

Y ahora me doy cuenta que es cierto. La VIDA, es así llena de encuentros y despedidas. La única diferencia es que cuando viajas, escribes o te alejas de alguien, esos encuentros y despedidas ocurren con mucha más frecuencia y fue allí donde entendí que el destino me había traído a Dusseldorf, Alemania está majestuosa ciudad aquel fin de semana porque debíamos tener un grandioso encuentro.

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