Claudia Arroyave: “Escribo para mí, en principio. Soy mi lectora más exigente”

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La autora acaba de publicar su último libro: La ruta del tren dormido. En entrevista con PAPEL hizo una caracterización de su literatura.

Claudia Arroyave (Koleia Bungard), periodista, escritora y editora colombiana. Fundadora de Diario de Paz Colombia, quién vive hoy en Arizona (EE. UU.), habla con PAPEL sobre el por qué escribe, para qué y qué sentido tiene escribir, alrededor de sus obras y su vida.

¿Cómo se dio en usted la vocación inicial de hacerse escritora; qué circunstancias en su sensibilidad o formación le llevaron a ello?

Nací en un pueblito frío del norte de Antioquia, en Santa Rosa de Osos. Desde que tengo conciencia estuve internada en un hospital, por las prolongadas crisis asmáticas que me obligaban a dejar la escuela y a esperar con paciencia a que pudiera respirar por mí misma.

Cuanto tenía seis años, en segundo elemental, me dio clases una hermana que tenía una letra preciosa, y a mí me encantaba verla escribir en el tablero y copiar los corroscos de su caligrafía pegada. Era la hermana María Amparo. Ella fue la primera que me dijo que yo tenía una letra muy bonita, y para que me lo dijera cada vez más, cuando yo salía del hospital no solo me desatrasaba de los cuadernos de mi hermanita Luz Mary –que estaba en mi mismo grado, aunque fuera un año mayor que yo–, sino que trascribía cuentos de libros y me inventaba tareas para que la hermana María Amparo alabara mi letra otra vez.

Me gustaba mucho ir a la sala infantil de la biblioteca pública del pueblo. Iba con mi hermanita. Pero un día, infernal por demás, un policía mató con una bala perdida a una compañerita nuestra de la escuela, y el pueblo enfurecido reaccionó atacando la Alcaldía Municipal, en cuyo primer piso estaba la biblioteca. A las diez de la noche, más o menos, ardió el edificio, con todo y libros. Ambas vimos el incendio desde el balcón de la casa vecina. Mi hermanita insistía en que nos fuéramos a dormir, pero, tal vez sea ese el detonante, le dije que no me movía, que cuando fuera grande iba a contar esa historia. Y la escribí once años después. Ahora es el cuento Una niña y una bala de mi libro Mientras Dios descansa.

En los años siguientes, niña todavía, comencé a visitar al odontólogo, y entonces tuve mi primera relación con las revistas. Soñé con ser odontóloga. Cuando salía del consultorio me sentaba en la mesa del comedor a escribir cuentos infantiles para que mis futuros niños pacientes se entretuvieran leyéndolos mientras los atendía. No sabía que existía también el oficio de escritor. El hecho es que a esos primeros cuentos hasta les hacía dibujos y pulía con exageración mi letra pegada, que se quería parecer a la de la hermana María Amparo. Esa fue la primera vez que escribí un cuento completo. Tendría nueve años.

Sin embargo, pasaría mucho tiempo antes de apasionarme con la literatura. En el colegio tenía facilidad para hacer textos, estaba en todo acto cívico y escribía obras de teatro que nunca llegaban al final. Cuando tenía 10 años, en primero de bachillerato, la coordinadora, una monja salesiana, me pidió un artículo para el periódico escolar. Tenía que hablar de la paz en Colombia. Yo no sabía que decir, entonces le conté a mi mamá y ella lo escribió, pero lo firmé yo. Luego –vergonzosa mentira que oculté por muchos años– me hizo leérselo a todo el mundo. Desde entonces me miraban como la escritora de la familia. En adelante, para no engañarme a mí misma, tuve que empezar a escribir.

Cinco años después, cuando mis papás abandonaron el pueblo y nos vinimos para Medellín, ya traía yo un cuaderno de notas (poesías y cuentos) bajo el brazo. Mi mamá era la primera que alababa mis historias, y me pedía que las leyera cada que llegaba un familiar a visitarnos. Y entonces, segura porque era verdad, yo los leía encantada, y vivía preguntando cosas para tener más materia de donde cortar.

¿Por qué se interesó más por la narración y en concreto el cuento; qué le suscito ello?

Leí una primera novela completa cuando tenía dieciséis años. Antes había leído y escrito cuentos, tareas escolares. Me gustaba cuando en la clase de español nos ponían una lista de palabras para, luego de buscarlas en el diccionario, escribir un cuento usándolas todas. Casi siempre escribía también el cuento de mi hermanita, que era muy perezosa. Me gustaban los cuentos porque su esquema parecía sencillo: iniciación, nudo y desenlace, y uno podía terminarlo pronto.

Cuando leí esa primera novela, El perfume, antes de darme ánimo para pensar en una historia larga, me confundí. Luego leí los cuentos de Julio Cortázar y algunos sueltos de Las mil y una noches. Aunque, en realidad, yo no leía. Yo tenía ganas de escribir y me sentaba a echar cháchara sobre la hoja, sin saber ni siquiera a donde iba la cosa. Para aterrizar todavía faltaba mucho.

En agosto de 2004 estudié en la Facultad de Letras de la Universidad de Colima, México, gracias a una beca de intercambio académico que me dio la Universidad de Antioquia, donde estudiaba periodismo. Cuando llegué a Colima y tuve que elegir las materias que cursaría, ignoré todas las que tuvieran que ver con mi pensum en Medellín, y cursé sólo talleres de creación literaria y lectura crítica. Uno de los cursos era Taller de cuento. La metodología era concebir un libro de cuentos, y ahí surgió Mientras Dios descansa. Allá escribí dos cuentos para la clase, encerrada en la biblioteca de la familia mexicana que me recibió (sin la cual habría sido imposible tomarme en serio la idea del libro). Y allá, también me entregué a lectura de cuentos de todo tipo: Chejov, Rulfo y García Márquez influenciaron mucho esas primeras sentadas largas ante el computador.

Ahí sí comencé a hacer narrativa consciente de que era un género muy complejo, pero las historias, por ser extraídas de mi realidad inmediata, de mi vida en el pueblo, de mi universo cotidiano, no me dolían tanto; sólo me exigían una entrega total. Narrar se volvió para mí algo tan necesario como los inhaladores. Pero no sólo escribir cuentos, también me enamoré de la crónica periodística, de contar historias sin tener que inventarme nada. Narrar, al fin y al cabo: cuentos largos, cortos, reales o ficticios, pero narrar.

¿Cuáles son las técnicas para realizar su escritura narrativa; cómo las pone en funcionamiento en sus cuentos?

Primero voy a citar unas palabras del escritor Juan Bosch. Según él, “Un cuento es el relato de un hecho que tiene indudable importancia, y aprender a discernir dónde hay un tema para un cuento es parte esencial de la técnica, pues lo primero que hay que tener es un buen tema, que lo es si tiene interés humano, y la forma será la pertinente si mantiene vivo el interés del lector”.

Con el tema aparecen los personajes, o a veces aparecen los personajes y ellos dan el tema. Pero hay algo de azar en todo esto. No hay orden, creo yo. En mi caso no obedezco a unas leyes establecidas ni sigo un manual de estilo o un método aplicado por algún escritor exitoso. ¡No!, si alguien lo hace así, hasta lo envidio, porque a mí me resulta imposible. No sé cuándo, cómo o por qué empiezan a armarse historias en mi cabeza. No sé qué impulso divino me lleva a ponerlas en el papel, en mis cuadernos de vida o en las paredes. De pronto tengo frases, o párrafos o a veces –muy pocas veces– cuentos completos de un tirón. Borradores, claro. Yo obedezco inmediatamente ese impulso, de la misma manera que voy al baño cuando el cuerpo me lo exige.

Pero eso es apenas un principio. Cuando veo que la idea quiere ser más que una idea y que ese esquema lógico de iniciación-nudo-desenlace ya está casi armado en la cabeza, viene la parte más bella de todas: coger el barro y amasarlo, “transcribir el gran mensaje de la creación que el Creador, en su bondad, ha puesto de manifiesto en mí”, como decía Henry Miller.

Entonces, como un obrero, me pongo el uniforme y entro a la fábrica: debo estar bien vestida, peinada, limpia. Debe haber silencio, buena luz, ojalá una jarra de café caliente. En ese momento, que son en realidad horas, y a veces días, me entrego a la obra, obedezco una orden cuyo origen nunca terminaré de entender.

¿En qué dimensión, en qué sentido sus cuentos no son crónicas, se separan de ella?

Lo son y no lo son a la vez. Vuelvo al límite imperceptible de realidad y ficción. No son crónicas estrictamente, en la medida en que hay ficción, en que, aunque son historias realistas, no son del todo reales. Pero sí son crónicas –y perdonen los periodistas– al estar tomadas de hechos reales, como el cuento del policía que mató a la niña o el Merceditas sola, solita, una loquita de pueblo que entrevisté como si fuera a escribir un perfil, pero a quien le inventé un origen y una muerte. Cuando la mamá de la niña muerta leyó el cuento me dijo: “¿Por qué no le puso el verdadero nombre?”, y yo le respondí que porque era un cuento. Entonces ella se asustó: “¡Pero si todo lo que dijo es verdad!”. ¿Será entonces una crónica cuya ficción radica sólo en un nombre? No sé. Cuando escribo no me pregunto nada de esto. Respondiendo esto me doy cuenta que, después de tantas palabras, no tiene sentido teorizar.

Ya se ha dicho que, en su libro, donde el tema rural, a la manera de Carrasquilla, es de nuevo un medio para hacer literatura: ¿Es en un usted una decisión consciente, intencional o no y por qué?

Yo no podía escribir sobre Medellín, porque no fue el lugar de mis primeros años. Tampoco podía escribir sobre la Luna y los astros porque nunca miré para el cielo ni me pregunté cómo serían las cosas por allá, ni sobre el mar como mencioné antes. El mío es un universo campesino, pueblerino, metido entre montañas. Puede ser un medio “nuevo” para quienes han vivido en otras condiciones. Yo sólo he sido sincera, he mirado mi realidad cercana y escribo sobre ella, intencionalmente, claro, porque es lo único de lo que puedo dar fe y hablar con certeza.

¿Propende en su literatura, propiciar un volver, un retorno a las formas literarias del pasado o por el contrario busca mirarlas desde este su presente escritural?

Las personas que han leído mil veces más que yo, y que me lo han hecho saber, ven en mi libro algo “nuevo” que, paradójicamente, encarna una especie de regresión.

Algunos los encuentran, en parte, pasados de moda, como de otra época, sólo porque en ellos no aparecen los celulares y porque son historias de pueblo. Pero, pregunto yo, ¿de qué año son esos teléfonos?, ¿acaso los pueblos no existen todavía?

Yo sólo pretendo atender una necesidad biológica y espiritual que vive conmigo. Si el producto de esa necesidad que atiendo hoy coincide con la manera en que otros sujetos, en el pasado, atendieron la suya, eso no me resulta ni triste ni maravilloso. Yo, simplemente, me preocupé por escribir lo mejor que pude.

En cuando a usar las formas literarias del pasado, me gusta lo que dice Raymond Carver: que el lenguaje literario de cada escritor es su talento. Y, para mí, éste no tiene fechas ni tiempos.

Basta leer los clásicos para darse cuenta que los temas siempre serán los mismos, se cuenten ayer, hoy o mañana; las formas literarias, también. Lo que se renueva es el ojo observador. El tiempo corre y cada segundo surgen historias para ser contadas.

En sus cuentos la violencia está tratada de manera constante: ¿Por qué, qué quiere mostrar allí; de qué violencia se trata?

¿Será porque los seres humanos somos violentos por naturaleza? Yo he estado mirando el mundo desde que nací. Es como si Dios me hubiera mandado a ser testigo y me hubiera puesto como tarea vital la escritura, una escritura que antes de ser palabra escrita es mirada aguda.

Con la resignación vino la obediencia: si Dios existe y quiere que escriba, qué más voy a hacer. Así que escribo sobre lo que veo. Lo que hay en esos cuentos fue lo que la sociedad me mostró y lo que, yo, a mi vez, quiero mostrarle a ella.

La violencia, en ellos, no es provocada por hombres armados legal o ilegalmente, de esa que vemos por las noticias. Es una violencia que se camufla en la vida cotidiana, que no se vale armas ni quiere ver sangre; es una actitud humana, incomprensible pero visible en todo momento.

Cada escritor busca un lector, desea tener un lector: ¿Escribe para un lector determinado, concreto?

Escribo para mí, en principio. Soy mi lectora más exigente. Luego, cuando salgo de la fábrica, comparto mis textos con amigos muy cercanos y en cuya lectura confío ciegamente. Los demás, mi familia, incluso, no me preocupan. Hay un momento en el que, después de haber trabajado mucho, sé que esos textos pueden salir al mundo, defenderse solos.

Claro que cuando escribí Mientras Dios descansa tenía menos conciencia de los lectores, que la que tengo ahora, porque era mi primer intento de libro y porque hasta entonces no había sido, yo misma, más que lectora. Cuando el libro se publicó y vinieron personas como usted a interesarse en él, entonces entendí que el compromiso había crecido, que cada palabra puesta en el papel será leída por otro, y que, por eso, hay que tener cuidado con lo que dice. El contrato con la sociedad se ha establecido, y yo tengo que hacer mi mejor esfuerzo por contarle a ella cómo la veo yo.

¿Qué escritores o escritoras, han sido decisivos en la formación de su escritura, y por qué, qué ha extraído de ellos, ¿cómo se ha liberado de ellos?

El primer escritor que conocí y que se convirtió luego en mi maestro, no está para mí en los libros, sino que es de carne y hueso: se llama Juan José Hoyos. Él definió y encausó mi deliberada pasión y mi deseo de escribir, periodismo o literatura. Por él me entregué a la lectura desmedida, y gracias a su amor por las letras terminé por enamorarme yo también, por comprender que tenía que obedecer y seguir escribiendo, alimentando mi oficio, leyendo, viviendo, sobre todo.

Llevada por él leí a Cervantes, a Flaubert, a Bronte, a Maupassant, a Tolstoi, por él conocí los clásicos de la literatura y del periodismo. Luego me fui yendo sola y descubrí autores que me ayudaron muchísimo.

En México, como mencioné arriba, leí a Chejov, a Rulfo, a García Márquez y a Fernando del Paso. En esos cuatro espejos se miró siempre Mientras Dios descansa. Después de terminar mi libro he conocido otros autores que me han impresionado mucho: Flannery O’Connor, Faulkner, Unamuno y, entre muchos otros, el más grande de las letras antioqueñas, un papá literario para mí: don Tomás Carrasquilla.

De ninguno de ellos puede uno liberarse nunca. Al contrario, tiene que alimentarse cada día. Yo converso con cada uno cada vez que los leo: yo los descubro y les pregunto cosas y los dejo decirme lo que no dicen aparentemente.

Ya que su formación como escritora proviene, no en su totalidad, de estudios en la universidad y talleres de escritores: ¿Qué consideración le merecen estos medios en la formación del escritor?

Mi formación sí tiene mucho que ver con la academia, no sin ella habría aprendido a manejar el idioma, no sin ella habría conocido a Juan José Hoyos y no sin ella habría podido viajar a México, a donde también me fui a estudiar narrativa.

Los cursos son buenos, no porque impongan metodologías sino porque dan a conocer autores, porque ahí se encuentran otros seres humanos con la misma necesidad o urgencia creativa de uno, entonces aceptar el oficio resulta menos tormentoso.

Pero hay que desligarse de ellos, al final, creo yo. Son buenos para comenzar, después hay que resignarse a seguir el camino sin compañías como esa: la literatura se hace en soledad.

¿Qué papel e importancia le concede al análisis y a la crítica literaria en su formación y por qué?

He sido reseñista de libros, pero leo pocas reseñas y poca crítica. Debe ser importante, puesto que se sigue haciendo.

“Las obras de arte son de una infinita soledad, y por nada tan poco abordables por la crítica. Solamente el amor puede comprenderlas y tratarlas y ser justo con ellas”, escribió Rilke en una carta al joven poeta en 1903.

Ya se ha dicho que un escritor debe leer, para tener unos elementos que le permitan desarrollar su formación: ¿Qué lee, para qué lee usted?

Leo por la misma razón que como todos los días. Leo para alimentarme, leo para desaburrirme, leo para entretenerme, para aprender, para evadirme, para saber cómo han enfrentado los otros esa necesidad creativa que a mí me ahoga y para conocer la lectura que ellos hicieron del mundo.

¿Qué fascinación tienen para usted otras artes y cómo intervienen o no en su escritura? ¿Cuál, cuáles y por qué, en qué dimensión, en qué sentido?

Me gusta dibujar y pintar porque no tengo ni idea de técnicas ni de formas ni de combinación de colores; porque soy incapaz de hacer un retrato o de copiar un paisaje, y porque puedo “crear” sin pensar en el mensaje ni en el efecto. Me gusta porque no se parece en nada a mi trabajo literario, y porque me permite pensar en otra cosa cuando lo estoy haciendo. Mis cuadernos de vida están llenos de mamarrachos, de ojos, pájaros, “monicongos” como les decía un amigo. Eso lo hago para mí sola. De las otras artes, incluso de la pintura misma, soy una espectadora básica, y muy ignorante de sus características. Voy eventualmente a cine, escucho poca música, casi nunca visito museos… Si la lectura es un arte, ese es mi predilecto.

¿Qué papel debe cumplir y en qué ha de comprometerse el escritor en la sociedad contemporánea llena de turbulencia y caos? ¿Cuál es su posición frente a ella?

Esta última voy a respondérsela con dos consideraciones prestadas, porque yo puedo tener muy claro esto del compromiso del escritor, pero ya hubo quiénes lo dijeran mejor que yo.

  1. Tomás Carrasquilla: “Lo propio, ni más ni menos, pasa en el arte literario. ¿Por qué? Porque su cualidad es suprema es la social. Esa es su característica, ese su significado, su fin, su objetivo, y esa su hermosura. Un escritor es un ser querido, es un amigo, es un compañero, un maestro, un revelador, un consuelo, un alma que se comunica con todas las almas. Por eso es bella y trascendente la tal literatura, por eso es santa y es magnífica, por eso es gloria”.
  2. Ítalo Calvino: “El escritor que se considera en lucha quiere, naturalmente, dirigirse a sus propios compañeros de lucha, pero debe tener presente en primer lugar el contexto general en que la obra se sitúa, debe ser consciente de que el frente pasa también al interior de su obra y de que ese frente está en continuo movimiento y desplaza continuamente incluso las banderas que parecían más definitivamente enarboladas. No existen territorios seguros; la obra misma es y debe ser terreno de lucha”.

Yo quiero seguir explorando lo que es “ser escritor”; mi obra es mi propia lucha, la única manera de sobrevivir en este caos.

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