Como veleros en el mar

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Un cuento de Valentina Restrepo, propicio para soñar e imaginarse diferentes paisajes colombianos, dejándose emocionar con la historia de un amor.

“Mar, yo soñaba ser como tú eres. Allá en las tardes que la vida mía bajo las horas cálidas se abría… Ah, yo soñaba ser como tú eres”. Frente al Mar, Alfonsina Storni.

La vamos a llamar Candelaria, aun no entiendo muy bien por qué llamarla así, pero creo que me gusta porque me recuerda un barrio ubicado en la capital de Colombia, donde cada una de sus calles está llena de historias, letras y muchos colores, además, está habitado por el arte y personas que con sus quehaceres quieren cambiar el mundo, o por lo menos eso cuentan amigos que han dejado sus huellas allí, quienes llevan esa bohemia que trae letras como la de Wish you were here de Pink Floyd y también alguna salsa: “ella va triste y vacía/ llorando una traición con amargura/ por aquel/ que le decía/ que era su amor y su locura”… de su tan amado Héctor Lavoe. Pero bueno, Candelaria no conoce Bogotá, ha tenido muchas ganas de ir y se imagina a veces pasar algunos días caminando y recorriendo cada una de sus calles; ya lleva muchos viajes planeados que se quedan en nada, porque vive en un paraíso ubicado en la Sierra Nevada de Santa Marta, con unas de las enormes cumbres del país, y el Mar Caribe, paraíso al que muchos se refieren como “la magia de tenerlo todo”.

Santa Marta está llena de color, está rodeada por el mar y eso hace que los amaneceres sean idílicos. Allí los dioses decidieron poner los más lindos amaneceres para el deleite de propios y extraños. El cielo es tan mágico que ella no imagina pisar algo diferente a la arena que toca todos los días, cuando se levanta en su casa, cubierta de viento, de cangrejos que salen y se esconden de nuevo. Las mañanas son un ritual diferente para ella: a veces no se queda durmiendo en la cama, puede irse a su hamaca y mecerse dulcemente bajo el manto de la Luna y las estrellas; a veces, juega a encontrarlas, porque son maliciosas y alumbran parte de su alma mientras las encuentra de nuevo.

Marea. Artista Sebastián Gil. Cianotipia. 17 x 25 cm. 2018. Cortesía del artista.

Se puede escuchar desde lejos cómo llama a una de las estrellas: “Mariana”; y hay momentos en los que se hace tan agudo su sonido que puede sentirse cómo se quiebra levemente su voz y no logra terminar de pronunciar ese nombre.

Candelaria tiene los ojos más lindos y tristes que he visto en el mundo, su mirada está perdida y, aunque son de color café y están llenos de luz, puedo interpretar que algo pesa fuertemente en su alma, porque la claridad que tienen se pierde con la angustia y la desazón que se percibe en su respirar.

Dicen quienes la conocen que jamás, después de Mariana, volvieron a verla con alguien… simplemente se encerró en el mar a esperar que la sal ayudará a sanar sus heridas.

Todos los días camina hasta Playa Grande y se para en el cerro, a mirar cómo se pierden las lanchas en el mar, a pensar que ella había soñado muchas noches con que el andar iba a ser de la mano, pero de una manera diferente, en libertad. Sin entender el porqué de las cosas, sin obtener una respuesta, Mariana se marchó, como se van por el agua aquellos balsos de madera que ahora viven por separado, pero extrañan esas tierras.

Hay quienes, incluso, se atreven a afirmar que en la noches, cuando duerme, la vigila desde el cielo una estrella particular, donde está el alma de ese amor que nació y murió en el mar.

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