Cuento de Navidad

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De los más de mil relatos cortos escritos por Robert Walser unos cien versan sobre el amor. En una selección de Volker Michels, está este cuento que demuestra el registro expresivo de R. W., quien tenía un concepto poco convencional del amor y del erotismo.

  • El Especial de Navidad de Revista Papel. Un dossier de textos de y para esta época.

Por: Robert Walser (1878-1956)

Alguien escribió: “No esperen de mí una historia con todos los detalles. Puede que en cierto aspecto sea hermosa, pues aparece una hermosa mujer, una muchacha de talle esbelto.

Estas líneas dan forma a un recuerdo. Creo haber observado que hoy, quiero decir, en los días que podemos llamar nuestros los recuerdos están de moda.

Por cierto que, de la emoción, no puedo prestar informe, me refiero a contar o escribir algo. El otro día escribí a la hijita de una familia sin duda distinguida una carta que creí poder decidirme a considerar, a su manera, excelente. En la historia que estoy redactando, no pretendo brillar como escritor, sino más bien mostrar al desnudo algo así como un sentimiento.

Escribo esta escena navideña menos que la lloro, esperando que parezca Navidad, aunque en el fondo no sea yo quien llora, sino el personaje, que vivía en una casa de las afueras de en la que me recibió algunas veces y en donde tuvo a bien llevar luto a todas horas, hecho que encontré encantador de su parte. ¿Cómo habré llegado tan pronto a semejante refinamiento? La mayor parte de las finuras se apoyan seguramente en algo natural. Creo que uno puede ser de la opinión de que las más diversas experiencias se tienen en tanto que aún no se posee ninguna, pues la vida misma es la experiencia.

Y ahora les diré que la mujer de la que hablo tenía un aire marcadamente distinguido, de cuyo hecho no podemos responsabilizarla en modo alguno. Su esbeltez se veía unida a una cierta y en todos los aspectos ponderada exuberancia, un prestarse ayuda mutua que parecía haber logrado una figura que, como quien dice, florecía en el sentido más agradable y que, por lo tanto, por así decirlo, despedía su perfume.

Estábamos, un servidor y otro muchacho que tenía todo el aspecto de haber empezado ya a escribir poesía, en una habitación decorada con un árbol de Navidad, y a fe que no pensábamos en muchas cosas. Pensar es una molestia que los jóvenes, por fortuna, estamos muy lejos de sufrir, y contra la que los más maduros, en su lamentable situación, se ven obligados a luchar. Si mal no recuerdo, estábamos los dos hombrecillos fumando un puro, y, en lo que a mí se refiere, puedo que, respecto a la hermosa mujer, pensé: “¿Le gustó?”; y que en cierto modo me inquietó la percepción que me hizo ver con claridad que ella no había reparado en mí para nada, motivo por el cual su belleza me llamó aún más la atención.

Me había contado en alguna ocasión que había sido institutriz. Enseguida me permitiré, por cierto, citar una carta –esto es, analizarla más exhaustivamente- que jamás me dio a leer, motivo por el cual, sin embargo, me vi con derecho a reírme de ella. Su amiga, una muchacha adorable, avispada, con soltura, talento, etc., que probablemente envidiaba su belleza a la beldad, y que se atrevió, tal vez por ello, a calificarla de poco inteligente, me dio conocimiento de esta carta, que había sido olvidada quién sabe dónde ni por qué.

Al parecer, la diplomática y sensata muchacha y un servidor estábamos en ese momento por encima de la hermosa mujer, creyendo la destinataria y antigua educadora, como sabíamos y pudimos ver, en el contenido de la carta, toda vez que nosotros, que la habíamos leído sin la menor discreción, nos reíamos especialmente del remitente de la misma. Pero era demasiado bella como para notar que su amiga y yo teníamos noticia de una carta, la suya, que, a juzgar por todas las apariencias, y pese a no presentarse sino como un engaño desde la primera hasta la última sílaba, ella se había tomado en serio.

El hombre que había redactado y confeccionado la carta apenas si tenía más intención que seducir. Entretanto, las lucecitas titilaban y coqueteaban en el árbol de Navidad. Los angelitos, que solo servían a efectos ornamentación, parecían querer decir o pregonar a los cuatro vientos algo sobre la eterna inmutabilidad de la vida. No parece que se haya dicho o probado en modo alguno que la beldad fuera incapaz de discernir. Tal vez solo les diera esa impresión a los iluminados. La beldad representaba riqueza en la vida; los inteligentes son gente que come, mientras que los bellos pueden compararse a la mismísima comida; ellos son los piadosos, los consagrados que gustan de ser algo concreto para alguien. Advirtiendo las artimañas del seductor, dio la bienvenida a la carta. Un alma buena quiere ser afectuosa”.

  • Traducción de Rosa P. Blanco.
  • Historia de amor. Madrid. Ediciones Siruela. 2003. Págs. 157-159.

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