Diario argentino

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Witold Gombrowicz se dirige a sus compatriotas en su diario para que no traten de rivalizar con Occidente y sus formas, sino que traten de tomar conciencia de la fuerza que implica su propia y no acabada forma.

  • El Especial de Navidad de Revista Papel. Un dossier de textos de y para esta época.

Por: Witold Gombrowicz (1904-1969)

Sábado

Hoy es Nochebuena. Saldré pasado mañana temprano. El viento amainó y pude vagar por la playa durante la tarde –comenzó el calor-, pero por la noche: tormenta, nubes redondeadas como inmensas bolas colgantes de cuyo vientre surgían, arrastrándose, rápidas nubecillas que se desgarraban en jirones. Y todo comenzó de pronto a encogerse, coagularse, densificadas, a cobrar peso, a aglomerarse, cuajarse, intensificarse, sin que siquiera un relámpago irrumpiese en la oscuridad de la noche, acrecentada por la oscuridad de la tormenta.

Después aullaron los árboles martirizados, atrapados en el torbellino de las embestidas locas del ventarrón que convulsivamente se debatía por todas partes, y por fin la tempestad se desparramó en un semicírculo que exhalaba rayos en zigzag bramante. La casa crujía, las persianas chasqueaban. Quise encender la luz; nada, los cables rotos. Un chubasco. Estoy sentado a oscuras en medio de fulgores.

“Oscureciese el cielo, más brillaba como el espectro de una capital satánica”… fosforescencia incesante, algo semejante a fuegos fatuos en miedo y después nubes y los truenos estallando también incesantemente. ¡Ja, ja! No me sentía nada seguro. ¡Vaya una noche! Era, como suele decirse, “une nuit à ne pas mettre un chien dehors”. Me levanté, di unos pasos por la habitación y de pronto extendí la mano, sin saber por qué, quizá porque al tener miedo jugaba a la vez con mi miedo. Era un gesto sin justificación y por ello en cierto modo peligroso… en semejante momento, en tales condiciones.

Foto de Witold Gombrowicz.

Cesó entonces la tormenta. Truenos, viento, lluvia, resplandor… todo terminó. Silencio.

Jamás había visto una noche como ésta.

Un alto en la tempestad en pleno curso, más extraño aún que un caballo inmovilizado en mitad del galope, tan brusco como si alguien en plena carrera le hubiese cortado los tendones. Entiéndase bien: la tempestad no se extinguió de modo natural, sino que fue interrumpida. Y una negrura malsana fue cuajándose, algo como una enfermedad, algo patológico en el espacio. En lo que a mí respecta no desvarié, por supuesto, al extremo de creer que el gesto de mi mano había detenido la tempestad. Sin embargo –por curiosidad-, extendí la mano una segunda vez en la habitación completamente a oscuras. ¿Y qué? Tempestad, lluvia, truenos. ¡Todo volvió a empezar!

No extendí la mano por tercera vez. Pido disculpas. No me atreví a extender la mano por tercera vez, y hasta hoy mi mano permanece “no-extendida”, mancillada por el oprobio. Fuera de bromas, ¡qué escarnio! ¡No soy un histérico ni un bobalicón! ¿Cómo poder después de tantos años marcados por el progreso y la ciencia, confesar que no se trató de un miedo ficticio ni mucho menos, sino de un miedo serio y sólido, que no me atrevía a extender la mano en la noche por sospechar que, después de todo, “a lo mejor” era ella la que gobernaba la tempestad? ¿Soy un hombre lúcido y moderno? Sí. ¿Soy un hombre consciente, culto, bien informado? Sí, sí. ¿Conozco todos los logros de la filosofía y todas las verdades contemporáneas? Sí, sí, sí. ¿Carezco de prejuicios? Sí, seguramente. Sin embargo, ¡qué diablos! ¿Cómo saberlo?, ¿dónde asegurarse?, ¿quién me garantiza que mi mano, por medio de un gesto mágico, no llegó a detener la tempestad y a desencadenarla?

Pero, en fin, todo lo que sé sobre mi naturaleza y sobre la del universo es incompleto: es como si no supiera nada.

  • Traductor: Sergio Pitol.
  • Diario argentino. Buenos Aires. Adriana Hidalgo Editora. 2001. Págs. 85-87.

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