Diarios (1910 – 1913)

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Franz Kafka 1

Relato de una Navidad y sus días previos. Fragmentos de la literatura de un escritor alemán cuyas obras son catalogadas como las más innovadoras e influyentes de la literatura universal del Siglo XX.

  • El Especial de Navidad de Revista Papel. Un dossier de textos de y para esta época.

Por: Franz Kafka (1883-1924)

Domingo – 24 de diciembre – 1911

Ayer fue divertido en casa de Baum. Estuve allí con Weltshc. Max está en Breslau. Me sentía libre, podía efectuar cualquier movimiento hasta el final, contestaba y escuchaba cuando correspondía, hacía más ruido que nadie, y si dije una vez una tontería, no se convirtió en algo de suma importancia, sino que fue barrida inmediatamente.

Lo mismo ocurrió al volver a casa con Weltsch bajo la lluvia; a pesar de los charcos, el viento y el frío, el tiempo pasó para nosotros tan deprisa, como si hubiésemos ido en coche. Y ambos nos supo mal despedirnos.

De niño tenía miedo, y si no miedo, una sensación de incomodidad cuando mi padre, como solía hacer a menudo en su cualidad de hombre de negocios, hablaba de “final de mes” o de “a últimos”. Como yo no era curioso, y si alguna vez preguntaba algo, no podía asimilar con rapidez la respuesta a causa de la lentitud de mis ideas, y como a menudo una débil curiosidad surgida esporádicamente se daba ya por satisfecha con una pregunta y una respuesta, sin exigir siquiera un sentido, así la expresión “fin de mes” fue siempre para mí un desagradable misterio, al que se añadió, cuando presté mayor atención, la expresión “a últimos”, aunque jamás con una significación tan destacada.

También era desagradable que ese “fin de mes”, temido durante tanto tiempo, jamás pudiese ser pura y simplemente eludido, porque si alguna vez transcurría sin ningún signo específico o incluso sin prestarle especial atención -pues sólo mucho más tarde advertí que venía más o menos cada treinta días-, y si por lo tanto llegaba felizmente el día primero de mes, se volvía a hablar de fin de mes, aunque no con especial temor, y yo relegaba esta circunstancia, sin examen alguno, a las restantes cosas incomprensibles.

Ayer a mediodía, cuando llegué a casa de W., oí la voz de su hermana que me saludaba, pero a ella no la veía, hasta que su débil figura se desprendió de la mecedora que se hallaba ante mí.

Esta mañana, circuncisión de mi sobrino. Un hombre bajo, de piernas torcidas, Austerlitz, que ya tiene a sus espaldas dos mil ochocientas circuncisiones, hizo el trabajo con gran habilidad. La operación viene dificultada porque el niño, en lugar de estar tendidos en la mesa, lo está sobre el regazo de su abuelo, y porque el operador, en lugar de poner toda su atención, tiene que murmurar plegarias.

Primero el niño queda inmovilizado con ataduras que sólo dejan libre el miembro, luego se le coloca un disco de metal perforado que precisa la superficie a cortar, después se práctica la incisión con un cuchillo casi común, una especie de cuchillo para pescado.

Ahora se ve sangre y carne viva; el “moule” se aplica en ella brevemente con sus dedos temblorosos, de uñas largas, y desplaza sobre la herida, como si fuese el dedo de un guante, la piel obtenida de alguna parte. Todo se resuelve en poco tiempo y el niño apenas ha llorado. Ahora no queda más que una pequeña oración, durante la cual el “moule” bebe vino y, con sus dedos aún no totalmente limpios de sangre, lleva un poco de vino a los labios del niño.

Los presentes oran: “ahora que ha entrado en la Alianza, que le sea dado llegar también al conocimiento de la Tora, al feliz vínculo matrimonial y a la práctica de las buenas obras.”

Cuando hoy, después de la comida, he oído rezar al acólito del “moule”, y los presentes, a excepción de los dos abuelos, pasaban el tiempo aburridos o soñando, sin entender absolutamente nada de la plegaria, he visto ante mí judaísmo europeo occidental implicado en una transición evidente y de imprevisibles consecuencias, que no preocupa a los inmediatamente afectados, los cuales, como auténticas personas de transición, aceptan lo que les viene impuesto.

Estas formas religiosas, llegadas a su definitivo final, tenían, en su práctica de hoy, un carácter tan indiscutible y meramente histórico, que sólo parecía necesario un brevísimo espacio del tiempo, dentro de esa misma mañana, para interesar históricamente a los presentes con relatos sobre la anticuada costumbre primitiva de la circuncisión y sus plegarias semicantadas.

Löwy, a quien casi cada noche hago esperar media hora, me dijo ayer: Desde hace unos días, mientras espero, miro siempre su ventana. Primero veo todavía luz, cuando, como de costumbre, llego antes de tiempo, y supongo entonces que usted está aún trabajando.

Luego se apaga la luz, que sigue encendida en la estancia contigua; o sé que está usted cenando; luego se vuelve a ver la luz en su habitación, o sea que se lava los dientes; luego se apaga la luz, o sea que está usted en la escalera, pero después vuelve a encenderse…

  • Diarios (1910-1913). Barcelona. Editorial Lumen. 1975. Págs. 179-182.

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