El anacronismo del libro

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Libro 2

Memoria y relatoría del Seminario de Periodismo Cultural de los Eventos del Libro que contiene diez textos escritos por igual número de participantes.

Autor: Antonio José Gómez Gutiérrez

“En tiempos en los que ya no se queman libros ni existe el Index Librorum Prohibitorum, aunque se destruyen estatuas, se censuran películas o se borran fotos y videos de las redes sociales, es evidente el anacronismo del libro”.

La edición 2020 de la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín se hace de la única manera en la que podría ocurrir en un contexto pandémico: como imagen virtual. Que se realice de esa forma no es ninguna novedad, sino más bien el producto de 20 años de las irrupciones tecnológicas relacionadas con la invención, comercialización y apogeo del smartphone y de la internet, que han transformado toda nuestra cotidianidad. Adjetivar esta edición de la Fiesta con la palabra ‘virtual’ es un pleonasmo que señala las tensiones (a veces mal entendidas) que aún persisten entre eso que llamamos virtualidad y realidad, mucho más en el mundo de la escritura y la lectura. O, ¿cuál esfera de nuestras vidas aún escapa a lo virtual?
Hace más de 2.000 años, en los albores de la cultura occidental, Platón mostró en el Fedro (entre otros diálogos) su preocupación por el desplazamiento de la oralidad en pro de la escrituralidad. Las obras platónicas son en sí mismas una muestra de esa tensión escritura-oralidad, ya que el filósofo griego casi nunca se salió del formato del diálogo, es decir, de la con-versación, de la expresión oral, en sus textos. Trató de conservar lo que defendía en aquello que criticaba.

Esta paradójica crítica a la escritura no se debe tanto a la desaparición de la oralidad, sino a su reducción profana y su banalización (no en un sentido peyorativo) en la vida cotidiana. La escritura, de repente, inunda todas las prácticas culturales, religiosas y académicas en detrimento de la cultura oral. Actualmente, la escritura se encuentra en un quiasmo. Ya no desplaza sino que es desplazada. Eso no quiere decir que desaparezca, sino que, por el contrario, tal como ocurrió con la oralidad, se democratiza, inunda todos los ámbitos de la cotidianidad para darle protagonismo a lo visual (la imagen y la imagen en movimiento y virtual) en eso que difusamente definimos como “cultura”.

Tal y como lo refleja la Encuesta Nacional de Lectura (Enlec), realizada por el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (Dane) en el 2017, de 36.338 personas encuestadas solo el 35% suelen escribir documentos de trabajo, el 29% documentos académicos y el 11% literatura, mientras que el 66% de personas suelen escribir mensajes de texto por teléfonos móviles, el 47% correos electrónicos y el 61% mensajes en redes sociales. En temas de lectura, la encuesta va en una dirección similar.

Imágenes de Pixabay.

Los anteriores datos nos indican que la escritura y la lectura en nuestro país están siendo desplazadas a las expresiones más elementales de la cotidianidad, porque ya no se limita a un ámbito académico, laboral o de ocio, sino que conversamos y nos relacionamos con el mundo mediante teclados emergentes en nuestras pantallas táctiles y nuestra vida social ahora consiste, en gran medida, en el comentario de imágenes. Ni en los días de esplendor de la exégesis bíblica medieval, ni con el auge de la hermenéutica en el siglo XX, el ejercicio del comentario escrito se había hecho tan popular.

La escritura y la lectura se vuelven prosaicas gracias al comentario en redes sociales y la comunicación mediante aplicaciones para teléfonos móviles. Es por eso que la escritura y la lectura de libros y su consumo deviene en feria o, más diciente aún, en el caso de Medellín, en “fiesta”. Quien sea que haya decidido bautizar a este evento con esta palabra y no con la otra, expresó muy bien, así sea como acto fallido o mera casualidad, el espíritu de nuestro tiempo.

Desde la antropología, la “fiesta” es un momento de ruptura con la cotidianidad y una anulación momentánea de los roles o costumbres arraigadas en una sociedad. La asistencia multitudinaria a nuestra Fiesta del Libro y la Cultura, y en general a las ferias del país, revela un hábito no cotidiano, un consumo de libros concentrado y delimitado en un pequeño espacio-tiempo de nuestra ciudad.

En tiempos en los que ya no se queman libros ni existe el Index Librorum Prohibitorum, aunque se destruyen estatuas, se censuran películas o se borran fotos y videos de las redes sociales, es evidente el anacronismo del libro. Anacronismo no en sentido negativo, sino como un objeto de culto de generaciones pasadas que hicieron de la escritura y la lectura hábitos académicos y de ocio.

Anacronismo porque, desde los libros, podemos entender el espíritu de una nueva época marcada por la cultura visual que relega la escrituralidad al comentario y al pie de foto. Solo si abrazamos ese devenir patrimonial del libro, podremos dialogar y enriquecer esta nueva época con la misma complejidad y riqueza intelectual con la que Platón comprendió la emergencia de la escritura y el ocaso de la cultura oral.

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