El escritor

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Para escribir sobre Tomás González hay que tener en cuenta su naturaleza reservada, al carácter privado y esencialmente discreto con el cual ha desarrollado una actividad que adquiere cada día mayor naturaleza pública, convirtiendo a muchos escritores en personajes del entretenimiento. Sin embargo, a pesar del manejo discreto de su actividad literaria, no hay lector en Colombia que no esté familiarizado con alguna de sus obras, que no haya contemplado la seriedad, el compromiso y la honestidad con las cuales ha hecho carrera.

Recuerdo que hace años, cuando Tomás González vivía en Nueva York y su nombre no era tan conocido como ahora, en la Universidad Pontificia Bolivariana publicábamos sus primeras novelas. Fue gracias al Decano de Ingenierías de ese entonces, que oí hablar por primera vez de Tomás González, un escritor que nos confiaba su trabajo con la idea de entrar a formar parte del catálogo editorial de la Universidad. La impresión al leer el manuscrito de El rey de Honka Monka, sigue siendo la misma de hoy: la de estar frente a un consumado narrador. Entonces nos dimos a la tarea de publicar el libro sin pensar nunca que aquel escritor desconocido para algunos era alguien que “tenía madera”, o que “prometía llegar”.

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Pie de foto: El escritor Tomás González (Medellín, Antioquia, 1950) es autor de las novelas Primero estaba el mar, 1983; Para antes del olvido, 1987; La historia de Horacio, 2000; Los caballitos del diablo, 2003 y Abraham entre bandidos, 2010, entre otros.

Por el contrario, desde el primer momento comprendimos que dominaba ya el difícil arte de la novela con todos sus entresijos, sus sutilezas, sus exigencias inapelables, sus zonas oscuras, sus continuos desafíos, que el escritor debe resolver sin que ello sea evidente para el lector.

A partir de allí, la evolución de su trabajo siguió por el camino de la excelencia. Porque para Tomás González no hay medias tintas, ni atajos, ni temas de moda que puedan vender, o cautivar a un público, o complacerlo, o inducirlo a pedir más. Ni la fama, ni el comercio de su trabajo, hacen parte de sus prioridades. Tomás Gonzáles es un escritor a quien le interesa más escribir bien, que cualquier otra cosa que venga como resultado de ese ejercicio. Así continuó, ganando cada vez más lectores, hasta que un día nos vimos sorprendidos porque en Bogotá lo “descubrieron” como el secreto mejor guardado de Colombia. Lo cierto era que estaba allí desde hacía años, con varios libros publicados, todos marcados por la calidad, la hondura, la belleza. Con firmeza, con la seguridad de quien conoce su oficio y sabe qué hacer con el material narrativo en sus manos, nos fue regalando una tras otra una serie de novelas que siempre superan las expectativas: Para antes del olvido, Abraham entre bandidos, Primero estaba el mar, La luz difícil entre otras.

Pie de foto: Otros de los títulos de las novelas de Tomás González son: La luz difícil, 2011; Temporal, 2013; Niebla al mediodía, 2015 y Las noches todas, 2018.
Crédito: Cortesía

El pasado 2018 llegó a los estantes de las librerías, su última novela: Las noches todas. Imposible que un autor pueda escribir una obra de tal calidad, si no tiene el soporte de un trabajo constante desarrollado durante años. Dividida en veintiún capítulos, cada cual con un nombre más sugestivo que el anterior, la novela es una pieza literaria que se acerca a la poesía, que tiene la fuerza del relato manejado hasta que ya no hay más dudas, que proyecta el saber de un filósofo que no ha dejado de preguntarse por la naturaleza de las cosas, los conocimientos de un botánico apasionado por los jardines, el humor de quien puede contemplar la vida a su antojo, exigiéndole poco a cambio.

La novela resume en su primer párrafo la trama que se irá desarrollando sin sobresaltos, pero sin olvidar la cualidad imprevisible de la vida, aún en un espacio cerrado como puede ser el jardín de una vieja casa en una ciudad pequeña, relativamente cerca de la capital: “Visité una tarde a mi hermana mayor y le anuncié que había decidido disminuir al máximo mis relaciones con los demás seres humanos. Pensaba vender el apartamento y comprar una casa con buen terreno para dedicarme a la jardinería y a vivir en silencio con la tierra y las matas el resto de mis días”.

Quienes todavía no han leído el libro, podrían preguntarse si el cultivo de un jardín cerrado puede bastar como tema para una novela. La respuesta comienza a aflorar a partir de la primera página de un libro que va del mundo exterior a los espacios interiores del narrador, que trata temas como son el amor, el trabajo, la amistad, que habla de eso que muchos llaman progreso y que con frecuencia no es más que voracidad mal disfrazada. El libro derriba los lugares comunes alrededor de la vejez considerada como un tiempo de tristes despedidas, de un continuo mirar hacia atrás sin ver horizontes, de entrega del sentido de la vida y de aceptación del próximo fin. En lugar de ello, el narrador muestra los recursos al alcance de la mano de quien tenga sensibilidad, un poco de imaginación y el deseo de no dejarse vencer por algunas limitaciones, para encontrar la armonía y la esperanza en cualquier lugar.

Pie de foto: Otros de los títulos de las novelas de Tomás González son: La luz difícil, 2011; Temporal, 2013; Niebla al mediodía, 2015 y Las noches todas, 2018.
Crédito: Cortesía

El libro cuenta además con el encanto de los relatos escritos en primera persona, estableciendo un diálogo entre el autor y el lector. Éste se siente tenido en cuenta pues es a él, precisamente a él, a quien están dirigidas las confidencias, es él quien descubre los pensamientos secretos del protagonista, el que participa de las relaciones con sus personajes, con el entorno, el que vislumbra sus sueños y va conociendo de la mano del narrador el giro que toman las cosas.

Es así como el profesor retirado deja su apartamento en la capital para comprar en un pueblo una casa antigua, rodeada de un jardín que ha caído en el descuido. En realidad ambos lo están, la casa y el jardín, lo cual parece agradarle por el desafío que ambos representan. Poco después de su llegada contrata a Aurora, una joven y hermosa mujer que sabe de plantas y jardines, y que comparte la filosofía con la cual llevará adelante su trabajo: “Los monjes tibetanos crean pinturas con arena de colores, lindísimas, que al final deshacen con la mano. Lo importante es vivirlo”.

Así ocurre con la aventura de sembrar aquel jardín. Se adivina que así ocurre con la escritura de los libros de Tomás González. Para él, como para todo verdadero artista, la satisfacción está en el hacer, no en el resultado. Y es que  tarde o temprano todo correrá la misma suerte de los mandalas de arena de los mojes.

Para ayudar al profesor en su tarea está no solo la fertilidad del trópico gracias a la cual el jardín estalla en una profusión de formas, de colores, de texturas, de olores, sino que aparece una serie de personajes que aportan su propia riqueza al libro: la hermosa Aurora, enigmática, con mucho de sabia y algo de maga, de quien todos, incluido el lector, se preguntan si será la amante del profesor. La inigualable Carmelita, señora que le ayuda con las tareas domésticas y que sirve como puente con el mundo exterior pues de todo se entera y todo lo comunica. Triana, el tímido librero, que le lleva libros sobre jardines al profesor y serenatas a la al parecer inalcanzable Aurora. Jorge Junca, el amigo que vive en Nueva York dedicado a leer, a sembrar un jardín en miniatura en la terraza de su apartamento, a meditar. Alex, el jardinero, obstinado, pero con ideas originales. El taxista que conoce la vida de todo el mundo y Javier Aguirre, el arquitecto que ayuda a reparar lo que es reparable y quien pronto se enamora de Aurora.

Las noches todas es una novela compuesta de colores, de luz, de sentimiento. Escrita con talento, con evidente experiencia y con el ánimo de un artista que valora lo que hace sin desviar su camino ni dejarse tentar por el canto de las sirenas. Esperemos que sea la más reciente novela de Tomás González, no la última.

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