Hermanos de Sangre (Fragmento)

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Hermanos de Sangre 0

Una novela prohibida y quemada por los nazis, redescubierta después de ochenta años de olvido y convertida en un fenómeno de crítica y ventas en Alemania.

  • El Especial de Navidad de Revista Papel. Un dossier de textos de y para esta época.

Por: Ernst Haffner (1900-1938)

Los principales impulsores de la pandilla, Jonny y Fred, han sido detenidos. Los demás, Konrad, Erwin, Heinz, Walter, Hans y Georg están ahora abandonados a su suerte. Konrad, el cabecilla interino, dista mucho de poseer la energía, el cálculo frío, la altura intelectual y la absoluta falta de escrúpulos de un Freud o un Jonny.

Y Ulli, jefe de la pandilla Siete Negros, es un monarca sin súbditos. Sus seis camaradas poco a poco se han pasado a otras bandas, si no es que la vasta ciudad se los tragó. Tampoco Ulli es un líder como el que necesita y desea la pandilla. Al igual que Konrad, es más bien un lanzado, un pendenciero al que no arredra ninguna reyerta. No tiene la menor altura intelectual, esa sobresaliente cualidad de Jonny. Todos los chavales, en su simplicidad instintiva, se dan cuenta de ello y no se sienten inclinados a aceptar un liderazgo semejante.

(…)

La mañana del 24 de diciembre. Ya no les queda un céntimo. Tendrán que ir a trabajar si no quieren pasar hambre esta Nochebuena y durante los próximos días festivos. Probarán suerte en el mercado de la Ackerstrasse.

Hermanos de sangre. Una novela berlinesa. Barcelona. Editorial Planeta. 2015. Págs. 205-213.

A Ulli no le apetece participar. “Ya es suficiente con dejaros dormir aquí”, dice. Sabe que los Hermanos de Sangre lo necesitan a él y a su cabaña. Ayer se produjo una solemne gresca entre Konrad y Ulli. Repartidos en dos grupos de tres, se ponen en camino hacia la Ackerstrasse. Han determinado que el punto de encuentro después de trabajar en el mercado sea el Rückerklause.

Las aglomeraciones ante los puestos de venta y en los pasillos de mercado les facilitan el trabajo. Sin embargo, todo el tiempo se muestran titubeantes. Echan en falta el ánimo que les transmitían Fred y Jonny. Los de un grupo no ven a los del otro.

Delante de un puesto de fruta suenan de repente gritos estridentes. “¡Mi dinero! ¡Mi dinero!”. Una y otra vez suena el chillido histérico, que desencadena una agitación indescriptible. Ondas de inquietud se extienden por el recinto. Ya nadie piensa en comprar y vender. “!Policía!… ¡Mi dinero…, mi dinero!”, se exalta todavía la víctima del robo. Alguien ha llamado a la Policía de asalto. Llega la policía… ¡Llegan los de asalto!, corre la voz entre la muchedumbre. Todo aquel que no considera aconsejable esperar a la policía huye por la salida que lleva al Invalidenstrasse.

Un minuto después, seis agentes saltan del vehículo. Dos toman posiciones en la salida de la Ackerstrasse, los otros dos en la de la Invalidenstrase. Pero ¿qué pueden hacer seis agentes? Mandan aviso al servicio de prevención. Medio centenar de agentes llega rápidamente en camión. Y al punto registran palmo a palmo el recinto del mercado. Los vendedores se sulfuran: “Nos estropean el negocio”. Los controlados maldicen y gritan. A los que tienen la conciencia tranquila la escena les resulta interesante. Una docena de sospechosos sin documento de identidad son cargados en el camión. A la Jefatura Superior de Policía con ellos. Poco a poco se calman las ondas de inquietud y se reanuda el ajetreo comercial. Todos advierten: tengan mucho cuidado, ¡hay carteristas! ¡Ahora mismo ha habido una gran redada!

La primera y más importante regla de Jonny rezaba: en cuanto se note la menor agitación, ¡fuera de los grandes almacenes, fuera de los mercados cubiertos y fuera de los grandes almacenes, fuera de los mercados cubiertos y fuera de los mercados al aire libre! Con intervalos de una hora, los Hermanos de Sangre entran de uno en uno en el Rúckerklause. Ya ha oscurecido cuando están todos juntos. En el Rückerklause, hogar de los que no tiene hogar, reina un sentimental ambiente navideño. Y cuando el altavoz murmura “Oh, tú, alegre. Oh, tú, dichoso…”, el local entero se pone a cantar.

Pero, con la vocinglería que acompaña, por ejemplo, a Amor de marineros; no, antes bien, con un acompañamiento nostálgico, evocador, tranquilo, lo mejor entonado posible. Los sentimientos servidos en el momento apropiado son alimento aceptado por los más rudos bandidos. Derramar lágrimas en tales ocasiones no tiene para ellos nada de degradante.

  • Traducción del alemán por Fernando Aramburu.
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