Jacobo Cardona habla de espectadores impacientes

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Jacobo Cardona Echeverri 1

Entrevista con el dramaturgo, novelista y ensayista Jacobo Cardona Echeverri.

La hoja de vida de Jacobo Cardona Echeverri en la literatura incluye experiencias en la dramaturgia, en el género novela y también como ensayista.

Nació en Nariño, Antioquia, en 1978, es antropólogo, escritor y docente. Tiene una maestría en estética. Ganador del 12 Premio Nacional de Comunicaciones, Crítica en Arte y Cultura, de la Universidad de Antioquia. Su último libro es el poemario Medellín City Punk.

Ha dirigido varios cortometrajes de ficción y un monólogo teatral sobre la construcción narrativa de la memoria.

Además, fue ganador de la *Beca de Desarrollo de Proyectos Cinematográficos de la Fundación Carolina y Casa de América, Madrid, España, en 2011 y finalista del *Fondo para el Desarrollo Cinematográfico*.

Para conocer más de este escritor antioqueño, una conversación sobre su nuevo libro, que trata sobre la cultura visual.

¿En qué forma estructuró usted el proyecto que llamó: El Ojo incierto. La cultura visual del terror y el delirio?

Con este proyecto busco escribir nueve ensayos que den cuenta, desde diferentes enfoques científicos y estéticos, de las diversas manifestaciones visuales del horror y el delirio de nuestra contemporaneidad.

Con un lenguaje que va de lo desenfadado y literario a otro un poco más preciso y atemperado se reflexionará desde las producciones audiovisuales de factura industrial realizadas por el Estado Islámico de sus actos terroristas, pasando por el arte colombiano y su relación con la religión y la política, hasta las relaciones que pueden encontrarse entre los autorretratos de pintores clásicos y el desbordamiento viral de las selfies.

¿Por qué trata del ojo y lo llama incierto?, ¿su teoría se resuelve desde ahí?

Vivimos en una época eminentemente visual. Nuestro sentido de lo verdadero o lo real depende en buena medida de las tecnologías que permiten expresar o representar la experiencia mediante imágenes.

Hasta hace poco la industria del entretenimiento, el periodismo, al arte o los sistemas públicos o privados de vigilancia se encargaban de producir el repertorio visual de nuestra sociedad.

La apertura y ampliación del circuito comercial en el mundo y el desarrollo de las tecnologías de la comunicación ha permitido que la mayoría de las personas tengan a su alcance dispositivos con los cuales registrar visualmente su cotidianidad. Nos convertimos en una sociedad narcisista.

En las plataformas virtuales de interacción social se comparten cada día millones de videos a la búsqueda de la aprobación, nuevos rituales y performances son escenificados en las calles, las sensibilidades son atrofiadas y la violencia se vuelve cada vez más directa y cruda, más real. Nos hemos convertido en espectadores impacientes, una sociedad del aburrimiento.

Si nos volvemos inmunes a la gratificación sensorial, no tendremos otra alternativa que ir a la búsqueda de experiencias visuales más radicales.

¿En qué consiste para usted lo que denomina desde el título mismo del ensayo la cultura visual?

Es el repertorio visual con el cual se construyen y reelaboran los imaginarios de una cultura. Desde las fotografías o imágenes de las revistas de moda o farándula, la publicidad, el cine o los noticieros, hasta las pinturas del renacimiento o los diseños computarizados reproducidos en las revistas de divulgación científica.

Allí está gran parte de la fuente de esas entelequias que llamamos identidad o personalidad. En otras palabras, podría decirse, que es la reserva de municiones estéticas con las que nos jugamos el destino de nuestro yo como personaje en el tinglado de la cotidianidad.

¿Desde dónde y por qué trata el tema del terror y del delirio?

El delirio y terror como síntomas de una sociedad abierta al absurdo, un absurdo perfectamente programado por nuestro sistema económico y político.

El hecho de que cada hora mueran mil personas por el hambre, a pesar de que poseamos la tecnología agrícola para alimentar a doce mil millones, casi el doble de la población mundial, tiene que hacernos pensar que algo no funciona bien con nuestra especie.

La imagen de alguien que filma a un pobre hombre que intenta escapar de un auto en llamas lo dice todo.

¿Considera que el ensayo requiere mayor lucidez que la novela y los relatos?

No. Creo que tanto el ensayo como la novela sirven para pensar el mundo. Cada una de estas modalidades literarias tiene unas reglas formales (que afortunadamente, y en ciertas circunstancias, pueden romperse) con las cuales el pensamiento se ejercita y se recrea.

Por eso, una novela o un ensayo pueden ser igualmente bellos. El pensamiento es vértigo.

¿En cuál medida se mantiene en usted la relación del ensayo y el teatro y en qué se mezclan uno y otro?

En la voz de un personaje, en su forma de mirar, hay toda una cosmología, una visión de las cosas. Hay que aprender a ver cómo se aprende a leer.

¿Desde qué se introduce aquí su formación estética, sus estudios de estética y sí han sido o no determinantes en este proyecto?

La Maestría en Estética de la Universidad Nacional es en sí misma un gran centro de estudios del hombre contemporáneo. Cuenta con profesores muy calificados, como Manuel Bernardo Rojas o María Cecilia Salas Guerra, quien siempre tuvo fe en mi escritura y a quien le agradezco enormemente por haberme mostrado caminos literarios hasta ese momento desconocidos para mí.

Como antropólogo me permitió descubrir dimensiones que las Ciencias Sociales han ignorado por mucho tiempo como las subjetividades, la sensibilidad, y la tecnología. Gran parte de los textos que compondrán este libro tienen su origen en aquella experiencia.

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