John Saldarriaga une los universos realidad y ficción

Share on facebook
Share on google
Share on twitter
Share on linkedin
Periodista y escritor John Saldarriaga.

El periodista y escritor John Saldarriaga presenta en la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín su libro “El fiscal Rosado y los dédos de Júpiter”, editado por la Universidad Pontificia Bolivariana.

Saldarriaga hizo parte de la redacción del Periódico El Colombiano, destacándose por sus crónicas sobre arte y cultura.

De la contradicción y la contracción del yo, ¿de quién relata, en medio de las realidades que son elemento nodal de lo que relata?

La historia de El fiscal Rosado y los dedos de Júpiter está contada en tercera persona por un narrador omnisciente sólo con respecto a Rosado. Observa sus pensamientos. Se mete en él, no en los otros. A los demás los muestra y narra desde afuera exclusivamente.

Este narrador parece un puente entre el autor y la historia, entre el autor y los personajes. Recibe la experiencia y el conocimiento de aquel para sumar insumos, sociológicos y culturales, a los hechos nodales de la historia.

Como autor, como ciudadano y como ser humano —tres categorías distintas y una sola persona verdadera— he sido espectador de la realidad colombiana. Una realidad alucinante en la que se mezcla lo bello y lo espeluznante. Y en esta, la realidad de la violencia que tiene entre sus motores, el narcotráfico. Y hubo una época, la de finales del decenio de 1980 y principios del de 1990, en que este flagelo era tal vez el motor que más carburaba en el incendio de la guerra. 

Espectador, digo, pero no digamos de primera fila, porque el teatro de la vida no está dispuesto como los teatros del arte, en que los actos suceden en un escenario ubicado adelante de unos espectadores organizados, sino que las escenas, los hechos de amor, risa y muerte suceden en torno a uno y lo rozan y lo empujan y lo hacen trastabillar. La crueldad y el excentricismo de los mafiosos, por ejemplo.

En cuanto a la contracción y contradicción del yo narrador diría que puede ser la que le ocurre a la mayor parte de los escritores, pues contraen sus pensamientos y posturas filosóficas, morales y estéticas, para mostrar y narrar con naturalismo y realismo unos acontecimientos que no van en consonancia con su personalidad. 

Los métodos violentos —asesinatos, truculencia, imaginación retorcida para el crimen—, las excentricidades y fatuidades de los mafiosos, la ostentación. Por ejemplo, para relacionar a los mafiosos que premiaban con grandes sumas de dinero a personas que realizaban actos escatológicos ante la mirada morbosa de una multitud casi enferma.

Al decir: “mostrar y narrar con naturalismo y realismo”, me refiero a que se presentan desprovistos de juicios de valor. Naturalismo, en literatura, está emparentada con el realismo. 

Es la reproducción de la realidad como documento en sus distintos aspectos: vulgares, desagradables o sórdidos, como si fueran corrientes. Solo que en mi caso, como autor, intento trasmitir —a veces en la narración, a veces a través de las ideas y actitudes de Rosado—, la duda sobre la realidad. Al fin de cuentas, no hay certezas.

Al autor le interesa el periodismo literario, que ha explorado durante varias décadas.

Hablemos sobre la ironía y la risa que se mantienen en ciertos momentos del relato…

La ironía a veces es resultado simplemente de exponer con realismo los hechos. De elaborar descripciones no exageradas sino más bien austeras. Ambas cosas, exponer con realismo los hechos y describir con austeridad, hacen las veces de espejo que muestra lo grotesco, lo absurdo y lo excéntrico que frente a él se plante. Es como si las palabras quitaran el velo y dejaran desnudas las acciones. Pocas cosas resultan tan risibles como los estilos de vida mafiosos. Hay ironía también en ciertos personajes. El mafioso matemático, el dibujante… Alguno más adquirió un submarino viejo para enviar drogas…

Es curioso que causen hilaridad las excentricidades de los mafiosos, si también la provoca la sencillez de los Medina. Mientras los demás de su clase son ostentosos, ellos siguen metidos entre boñiga. Tal vez sea por inusual.

Abordemos lo comunicable e incomunicable en el relato los personajes, tanto los que forman El club de investigadores voluntarios y los que estructuran la historia, ¿se insertan en el caos de esa locura de poder?

El género detectivesco o policíaco surgió en el decenio de 1840, con obras de Edgar Allan Poe. Crímenes de la calle Morgue, El misterio de Marie Roget, La carta robada… Y este, el delito, era un hecho aislado, no resultado de la descomposición social reinante. El género (o subgénero) negro, derivado del anterior, surgió alrededor de 1930 con narradores como Raymond Chandler y Sashiell Hammett, Criticaba del policíaco, entre otras cosas, esta desconexión entre el caso y su entorno de corrupción, mafia, delincuencia… En América Latina, además, con bandas criminales, trata de personas, delincuentes… Y a esto le agregamos, cómo no, elementos propios de nuestra cultura, como la magia, el imaginario colectivo colmado de supersticiones. Y la víctima, a diferencia de la ficción detectivesca, no es tan inocente siempre, ni el criminal estrictamente malvado.

Entre las características esenciales del género policíaco está también el que un solo personaje, de inteligencia superior, resolvía un crimen. En la literatura negra, y en especial la de estos tiempos que corren, el investigador está rodeado de un equipo de personas especializadas en distintas disciplinas. Rosado no está solo.

Desde su primera aparición en La clara oscuridad de los gatos y El extraño caso de la gallina saraviada, incluidos en El fiscal Rosado (Ed. UPB, 2016) aparecen los asistentes Tyson, Rongifo y Carolina Parra. A partir del segundo volumen, El fiscal Rosado y la extraña muerte del actor dramático, a estos auxiliares se suman dos profesionales: Esther Del Llano, antropóloga forense, y Mariano Giraldo, un médico forense.

El Club de Investigadores Voluntarios surgió a partir de Los muertos que nadie llora, la novela en que Rosado investiga un asesinato y un atentado contra dos indigentes, tras la orden del Director Seccional de Fiscalías, en el sentido de no gastar recursos públicos en muertos que nadie llora y en una población, la de los marginales, que no paga impuestos. Ese Club, que volvió a funcionar en El fiscal Rosado y los dedos de Júpiter, además de los personajes mencionados, apasionados de la investigación judicial, cuenta con otros profesionales y con informantes entre los que hay exdelincuentes y personas vinculadas como el mundo del hampa. Ese Club investiga por su cuenta, solo por disfrute, casos viejos que quedaron sin resolver u otros que no entran a la Fiscalía.

¿Cuál es la técnica que tiene para escribir?

Mis creaciones suelen surgir de la realidad y desembocar en la ficción. Al menos, de mi percepción de la realidad. El lector de El fiscal Rosado y los dedos de Júpiter se entera de que muchos de los hechos contados están basado en otros reales. Lo real y lo imaginario se combinan, no solo en las mentes de los escritores, sino en la de todas las personas. Y es imposible determinar qué es netamente “real” y qué completamente “imaginado”. Y en la manera de contar de nosotros, digamos, los latinos, se combinan datos que son indiscutibles por ser cuantitativos, como esos que tienen qué ver con fechas, números de muertos, con otros cualitativos como métodos de asesinatos, niveles de crueldad… e incluso con otros que obedecen a la especulación como las suposiciones. 

En mis relatos se aprovecha esa “técnica” narrativa de la gente, y la sumo a la documentación que hago para cada escrito. Documentación que incluye tanto lo que investigo fuera de mí, con personas que saben del tema, libros, expedientes, revistas, periódicos virtuales o físicos, como lo imaginario, que está en la biblioteca insustancial de mi mente.

Cuéntenos sobre su idea de Dios y del Demonio, ¿son indicados o no?, ¿considera que se insertan en el relato como metarrelatos?

En cada país y región, los escritores —no digamos solo de literatura negra, porque esta es, ante todo, literatura— enriquecen sus historias con rasgos y elementos culturales. En mi caso, me interesa y fascina un fenómeno de nuestra realidad: la convivencia y complementariedad entre magia y religión. Los individuos, en su religiosidad, combinan sin problema ambas cosas.

El papá de Raulito Cardona, el bandido central del relato, es Ricardo Medina, llamado, el Viejo Medina. Un excontrabandista de tabaco. Católico, ayuda con recursos a construir y sostener el templo de su vereda. Su esposa, Mariela Ángel, es rezandera. Es dueño de una banca marcada con los apellidos de su familia en esa capilla. Al mismo tiempo, dicen que es ayudado por fuerzas oscuras que le proveen de una fuerza descomunal.

Raulito Medina, al parecer, también es ayudado por fuerzas oscuras que lo han protegido de caer en combates.

El Mono Veinticuatro tiene seis dedos en cada uno de sus pies y manos, como un personaje del libro de Samuel, del Antiguo Testamento. Su esposa, Concepción Manotas, tuvo doce hijos en un solo parto. Se cree que hay una maldición en todo esto.

De modo que sí hay pequeños relatos y metarrelatos en los que se aprecia esta dicotomía, Dios y Demonio, conceptos opuestos y aparentemente distantes, que los humanos son capaces de unir en la vida cotidiana.

John Saldarriaga hace parte de una nueva generación de narradores que escriben sus obras en Medellín, así sus universos exploren otras geografías.

¿La diké y la alétheia son entonces de la naturaleza de la justicia y de la verdad, en un medio en el que no se tienen o como se tienen en el relato?

La Diké, enemiga de la falsedad; la Alétheia, que muestra aquello que está oculto o, como mejor me gusta entenderla, no como portadora de la verdad sino de la posibilidad de “des-olvidar” o recordar. Porque esta es la idea de El fiscal Rosado y los dedos de Júpiter. Como todos los criminales, Raulito Medina creía que ese viejo promontorio, el Tiempo, ocultaría para siempre ciertos asesinatos a los ojos de la justicia. No contaba con que el fiscal Óscar Rosado, movido por una corazonada, no descansaría hasta saber qué contenía una caja fuerte, extrañamente situada en la cocina de una cabaña del Caribe. 

Habían pasado varios lustros desde aquellos homicidios, pero no quedaron para siempre ocultos. Me interesa la idea de que el tiempo cubre con su velo los actos humanos, pero también, de pronto, puede destaparlos. 

En la que llamamos “la realidad”, en general, no haya justicia y menos la justicia en casos viejos y casi olvidados (el asesinato de Gaitán, por ejemplo). El fiscal Rosado y los dedos de Júipiter es ficción, no documento histórico (que, por cierto, tampoco son siempre exactos). No me interesa la verdad. Me interesa la verosimilitud.

Al momento del surgimiento del género detectivesco, en el siglo XIX, se vivía una neurosis en la sociedad industrial. Una sensación de inseguridad se anidó en el alma de la gente de las ciudades. Sören Kierkegaard lo explicó en El concepto de la angustia (1844).  Lectores hallaron en la ficción policíaca una forma de mitigar el miedo y de creer que la justicia es posible.

Raymond Chandler dice que, además de verosimilitud y precisión, los relatos del género negro deben dar la sensación de justicia. Así, los lectores vuelven a buscar las obras del género, porque, al menos hallan justicia en la ficción, ya que no la encuentran en el mundo en que viven.  

¿Por qué y para qué los perros?

Entiendo el sentido de la pregunta: un narrador debe tener la mayor consciencia de los elementos que aparecen en la obra. Cada escena, diálogo, descripción, reflexión, personaje, debe tener un propósito. Minuto, el perro de la cabaña urabaense, ayuda a pintar el paisaje. Y, más que nada, ayuda a caracterizar a Boterito, el niño que participa de las acciones.

Conocí un perro campesino llamado Minuto. El del relato lleva en su nombre otra forma de aludir al Tiempo, ese dios o monstruo implacable que a veces acerca la justicia y a veces la aleja.

Las manos y los dedos, son de la mismidad concentrada de la historia, son los que hacen eclosionar el relato, ¿por qué?

Las manos parecen tener un poder extremo. Al menos, simbólico. Esopo no seguía la idea de que Zeus hubiera creado a Alétheia, sino que Prometeo la había hecho con sus propias manos. Un índice, como reflexiona Rosado en las primeras páginas, parece alcanzar el infinito, solo con señalar un punto distante. Las manos tienen la magia de alcanzar, dar, recibir, crear, destruir, reparar, golpear, acariciar… Son más de lo que aparentan.

¿Qué hay de constructo teatral en este relato, o solo se queda en un momento decisivo?

¿De teatro? ¿De teatralidad? Todo. La vida, la coexistencia en el mundo no es más que un conjunto de representaciones que hacemos, solo que sin libretos ni ensayos. Y los papeles de los personajes de “la vida real” se intercambian, sin duda. 

Muchas de las escenas de la vida de los individuos pertenecen al teatro del absurdo. ¿Si se piensa en que somos actores, diríamos que fingimos? La respuesta es un sí es no es del todo resuelto. Creemos no fingir en soledad. 

Creemos ser naturales en nuestras relaciones. Sentimos a veces que el luminotécnico del teatro del mundo nos sigue con esa luz redonda que nos hace más visibles cuando queremos pasar inadvertidos y nos ilumina de oscuridad cuando queremos ser vistos.

¿De la estructura de guión qué tiene el relato?

La estructura de guión, que a ratos también percibo, puede obedecer a que los personajes parecen unos seres que no son dueños de sus actos ni de sus ideas ni de sus palabras. Y van por el mundo sin saber lo que el futuro les deparará. ¿Y qué, si no esto, somos los humanos? No digo que no desarrollemos ciertas ideas, no realicemos ciertos actos, pero no somos dueños de ellos ni tenemos control sobre ellos. Lo que sale de nosotros, no sabemos qué es. 

A veces, son como un búmeran. Y, ¿si eran nuestros, por qué se vienen contra nosotros? La existencia humana parece provenir de la mente disparatada —por momentos cruel— de un autor que dispone de todo cuanto hay en escenario: actores, espacios, luces, utilería. Vemos, por ejemplo, a Raulito Medina: se creían libre, sin deudas pendientes con la justicia, pero la vida, el universo, la suerte, ese autor cruel o quién sabe qué, tenía para él otro destino.

Antes y después: ¿El fiscal Oscar Rosado es un fiscal ilustrado o romántico, quién era antes?

A medida que pasa el tiempo, creemos conocer más a los amigos. Por mi parte, creo conocer mejor a Rosado. Es, al menos, parcialmente ilustrado. Le interesa el teatro, por ejemplo. Y algunas lecturas. Conozco mejor su método. Participó en un congreso de detectives latinoamericanos realizado en México y allí dio su Discurso del método. Hijo de su tiempo, combina lo racional y deductivo de sus maestros clásicos —Dupin, Poirot, Holmes, Brown—, la inmersión en las calles menos santas… Creerle a los datos de los sentidos duros (vista, olfato, oído, gusto y tacto) y a los de los blandos: las percepciones, las corazonadas, el olfato que no sabemos bien qué es pero todos hablamos de él. El instinto. Lo sé porque en un cuento (aún inédito) se trata este tema.

Y conozco ya que tras esa apariencia pulcra y compuesta, hay un temor a caer en vicios que han endulzado y atormentado la vida de sus parientes. El alcohol, por ejemplo. Por eso encuentra en el trabajo un subterfugio. Y cuando a veces se permite algo de recreo, acude a un bar con salón de juego, porque este no le resulta adictivo; puede separarse de él cuando quiere y necesita.

Compartir artículo

También podría interesarte

Deja una respuesta