Juan G. Ramírez: “Esperé lo imposible, y lo imposible no vino, y salí a buscarlo entre palabras oxidadas”

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Juan G Ramírez 4

El poeta colombiano nacido en Saravena (Arauca), en 1979, relata sus conexiones bucólicas en entrevista para Revista PAPEL.

Usted inicia su libro haciéndole al lector una indicación poderosa desde Antonin Artaud, ¿por qué, qué tipo de lector llama a su libro o no?

No soy un filósofo, y tengo serios reparos en atribuirme el papel de poeta. Mi mundo es viejo, se ancló en las raíces más profundas del pasado: no seré yo quien diga (en caso de que se pueda decir) algo nuevo sobre el hombre: dejémosle en su contradicción, en su misterio, no traicionaré a mi especie develando sus secretos.

Hay tal sabiduría, tal profundidad, en permanecer callado que convendría hablar cada diez mil años. Nos gastamos la vida soportando la máscara de aquellos que no aprendieron a reír. Y ahora somos nosotros la máscara, ¿quién nos soportará? No tengo la certeza del filósofo ni la clarividencia del poeta, repito.

Soy un hombre desesperado que intenta comunicar, con gestos y señales, un mensaje urgente a una multitud de ciegos. ¿Qué puedo decir? ¿Quién me envió? ¿A nombre de quién hablo? No, en definitiva, soy yo el ciego e intento describir la forma del mundo a quienes pueden verlo claramente, mientras ellos se ríen.

Ese es mi oficio, el de bufón. Me desgarré el alma en cada frase, ¿no es absurdo desgarrarse por algo que se sabe una broma? Sí, por eso me entregué completamente. Intenté comprender mi destino y el destino de hombres que, como yo, no tienen clara su travesía por la tierra.

A veces quisiera la lucidez del pensador nato; a veces me hundo en las más desesperadas tinieblas: juntar esa dualidad es lo que intenté en este libro. Por eso quise advertir a mis posibles lectores con un epígrafe de Antonin Artaud: se enfrentan a regiones donde jamás pensaron ir, donde jamás podrán entrar; la esperanza es el camino: seguir y seguir sin final nunca. Pero no sé si logro mi objetivo: quizás todo el esfuerzo terminó en un cuadro cotidiano, en pintar un paisaje que todos pueden ver al abrir la ventana.

Como la montaña, en el decir de Horacio, que, sufriendo grandes dolores de parto, dio a luz un ratoncito. Sí, quizás eso acontece con mi libro.

Hay, sin embargo, dos cosas que quisiera resaltar. Una, el constante juego con algunas estructuras del lenguaje para intentar comunicarme de otro modo.

En mí hay tal voracidad, tal apetito de vida, que podría beberla toda en una sola noche, por eso busco gritar desde un lenguaje fracturado. Fracturar el lenguaje, creo, para ver desde otra altura la vida. Y, para comprobar si existe la vida, fracturar el alma como se rompe el agua contra el acantilado.

En un libro anterior ya había escrito: “Elizabeth, la tierra es verde para que el día, o los montes o los lagos, o mi padre o mi madre. Yo pienso la luz, y creo la luz. Pensé el cielo y creé la soledad. Siembro árboles para cosechar sombras. Y tú, Elizabeth, no llores porque las piedras, no llores; no llores porque la vida, hoy es sábado. Un ángel me habla, estoy bien”.

Quizás sea un mero manierismo del lenguaje lo que propongo, pero debajo hay una herida, un grito, y el lenguaje es la medicina.

La otra, son los sinsentidos en los “juegos de lógica” (entre el infinito actual y el infinito potencial) que vienen desde las aporías de Zenón de Elea, y que atravesaron todo el pensamiento lógico: Aristóteles, Cantor, Bergson, Bertrand Russell, Duns Scoto, Nicolás de Cusa, Descartes, Spinoza, Galileo, entre otros.

Fragmento 8: “El camino no consta de infinitos puntos, estos se crean conforme el viajero, al detenerse, los señala”.

Fragmento 27: “En un camino que consta de infinitos puntos, la posibilidad de que un hombre se detenga en un sitio específico es cero”.

Esta lógica crea un absurdo ad infinitum al cerrarse sobre sí. El pensamiento Zen rompe estas “construcciones” al incluir fracturas en el lenguaje.

En este orden, intento incluir varios Kôan para jugar con esa lógica: “Ahora me sentaré en la esquina hasta que pase una mujer con una mesa al hombro, rodarán siglos, olvido y tormentas se presentarán. Cuando al fin llegue iré tras su sombra que salta de piedra en piedra, se dobla en los andenes, rompe el agua, se enquista en las paredes, y sale intacta. La seguiré por varias calles. Y cuando lleguemos a la plaza, me compraré un sombrero”. “En el combate con el Faquir, con cada golpe que le daba me convertía en él. Cuando logré vencerlo el cambio había sucedido y yo fui el derrotado”. “Si un buey pasa por un agujero la cabeza, el cuerpo y las cuatro patas, ¿por qué no puede pasar la cola?”

Busco un lector que no tema a la aventura, “de los caminos nacen otros caminos, otros y otros, siempre en descenso”; un lector que no anhele salir del laberinto, “existe un laberinto por cada hombre que camina”, un lector que añada puertas y pasillos a las puertas y pasillos ya existentes, un lector que no tema buscar tierras nuevas, aunque nunca acceda a ellas. Busco un lector que no tema crecer: un lector que no haga descender al poeta, sino que crezca con él, para que hallen nuevos caminos de vida y de expresión.

¿Por qué, en qué momento y circunstancia, si se quiere, le hicieron titular este libro: Círculos y no otro título, que intenta proyectar desde el o no?

Los mitos griegos me atrajeron desde siempre, en especial aquellos que representan castigos eternos a través de la monotonía.

El río en el que sumergieron a Tántalo, crece hasta su barba y cuando este intenta beber las aguas descienden: la sed es eterna; el hígado de Prometeo que se regenera cada noche para ser devorado a la mañana siguiente; el mito de Sísifo, donde la piedra se rueda antes de llegar a la cumbre; el barril sin fondo de las Danaides: por más agua que se le eche, siempre permanecerá vacío.

Creo, y no tengo duda de ello, que aún hoy en día Tántalo sigue intentando beber un sorbo de agua, y las Danaides intentando llenar su barril¬: nosotros, todos, somos Tántalo y las Danaides.

En estos mitos, como se puede ver, siempre se está en el punto de partida. Y eso intenté de algún modo en “Círculos”, un hombre cada día se esfuerza por llegar al Sur, un lugar utópico: no existe o, si existe, es inaccesible hasta que ese intento reiterado se convierte en una monotonía semejante a la del mito griego. Pero también hay muchos círculos a lo largo del libro, el símbolo de mi generación es la amnesia: se repite y se repite sin sentir el cansancio.

Y el título no me fue impuesto. Lo soñé y, como dijo el apóstol, fui obediente a la voz del sueño. “El título representa la metáfora central de un libro”, suelen decir los que saben. Y Círculos, creo, representa bien esa función. Antes había intentado otras variantes: Viaje al Sur, Los infinitos de Zenón, Aporía, pero Círculos se impuso, y dejé Aporía entre paréntesis, porque este libro es, en realidad, una aporía al modo de Zenón. Un intento ridículo por romper el círculo hasta que te gritan: a través de esto no se puede. Y no se puede, créanme.

¿En qué dimensión y estructura de sentido, si lo podemos denominar así, se da la relación de su formación poética y teológica?

En sentido de lo trascendente. “Creer es crear”, gritó el maestro Unamuno hace más de un siglo y el bullicio parece haber ahogado su voz. Todo creador es, en cierto modo, un creyente: hasta los resentidos como Cioran, que alega contra todo y contra todos, lo son.

El nihilista puro, digamos Bartleby, se sienta en un rincón y dice: “preferiría no hacerlo”, hasta que muere de hambre y sinsentido. Pero quien construye puentes, levanta edificios, pinta muros, escribe libros, desayuna y almuerza, no quiere morir, aunque alegue contra la vida.

La esperanza, como lo propuso Sábato, es la verdadera esencia del hombre: a pesar de epidemias, guerras, enfermedades, sinsentidos y catástrofes, se sigue engendrando, puliendo metales, enumerando planetas, labrando la tierra. ¿Adónde nos conduce semejante locura? Seguir impulsos, he ahí el destino del hombre.

En su libro De los héroes, Thomas Carlyle afirma que los poetas son los verdaderos profetas de nuestro tiempo. Y esa es una gran verdad (siempre y cuando quitemos el título de poeta a todo imbécil que hace versitos). El Poeta (así con mayúscula) es un inspirado del dios, como lo indica Sócrates. Un vidente que descendió a las profundidades del hombre; o que penetró las entrañas del universo. Predican un mensaje que no les fue entregado y se dirigen a hombres a los que no fueron enviados y, sin embargo, su mensaje es una nueva revelación imprescindible, y hacen que los hombres, aun los sordos, vengan a oírlos. Y es aquí, en esta visión, donde lo poético y lo teológico se encuentran para dar forma a mi “yo” creador: entre la locura y la videncia, y la necesidad de indagar en el corazón del hombre. Aquí donde un abismo llama a otro abismo a la voz de sus cascadas, la tarde gotea sobre la vieja ciudad y el viento llama en puertas combatientes.

¿Llamar? ¿Para qué? ¿Acaso hay puerta? ¿Acaso hay alguien tras la puerta? Un niño interroga con la pregunta que no le fue asignada, eso es todo, mientras los dioses se ríen. Sí, cuando los hombres hacen planes los dioses se ríen, ¡y de qué modo!

El teólogo es un razonador, pero no es dúctil la materia sobre la que razona; el poeta canta con viejas palabras y metáforas destrozadas.

Elegí dos caminos que solo me podían llevar en un largo viaje hacia mí mismo: como un haz de luz que logra pasar al mismo tiempo por dos agujeros sin dividirse. Eso hice. Un largo discurso sobre la poesía y la teología me ayudaría a aclarar el tema, pero ahora llueve y bien quisiera el cálido aleteo de la lluvia.

El poeta, el poeta iluminado, se conoce porque aporta respuestas a preguntas que todavía no se han hecho, preguntas que llegarán un poco tarde o que quizás nunca lleguen; o porque lanza preguntas, como piedrecitas al mar, que jamás tendrán respuesta. Pero que serán parte esencial de la memoria del hombre.

¿Cómo se desarrolla y realiza en usted la relación con la naturaleza y cómo, con qué carácter la involucra en Círculos?

Como Henry David Thoreau, o los románticos, he huido siempre hacia la naturaleza. Huí hacia el río, hacia el bosque huí, hacia las soledades del desierto y la montaña. Últimamente me escondo en las ciudades, pero el lugar más eficaz para reencontrar la soledad es el campo; el mar o un valle pueden revelarte el absoluto, en el silencio de la llanura se oye a Dios.

No pertenezco a los adoradores de la tierra, eso no, ni a los que bailan y saltan para despertarla, ni a los convocadores de energías. Amo los árboles por su sentido de indiferencia, amo los bosques porque tienen una voz propia, amo los ríos porque repiten las formas de la vida. “Los árboles”, escribió Hermann Hesse, “han sido para mí los predicadores más eficaces. Los respeto cuando viven entre pueblos y familias, en bosques y florestas. Y todavía los respeto más cuando están aislados. Son los solitarios. No como ermitaños, que se han aislado a causa de alguna debilidad, sino como hombres grandes en su soledad, como Beethoven y Nietzsche. En sus copas susurra el mundo, sus raíces están ancladas en lo infinito. Los árboles son santuarios. Quien sabe hablar con ellos, quien sabe escucharles, aprende la verdad. No predican doctrinas y recetas, predican, indiferentes al detalle, la ley primitiva de la vida”.

Están aquí como yo estoy aquí y alguna misión cumplimos: así esta no haya sido revelada o no podamos comprenderla porque es demasiado alta. Estamos aquí como compañeros de viaje. Y viajamos, al menos en el tiempo.

Recuerdo ahora la maravillosa carta donde el Jefe Seattle dice: “¿Cómo se puede comprar o vender el cielo, ni aun el calor de la tierra? Esta idea nos es extraña. Si no somos dueños de la frescura del aire ni del fulgor de las aguas, ¿cómo podrán ustedes comprarlos? Cada parcela de esta tierra es sagrada para mi pueblo, cada brillante hoja de pino, cada grano de arena en las playas, cada gota de rocío en los oscuros bosques, cada altozano y hasta el sonido de cada insecto es sagrado a la memoria y al pasado de mi pueblo. La savia que circula por las venas de los árboles lleva consigo las memorias de los Pieles Rojas.

Sabemos que el Hombre Blanco no comprende nuestro modo de vida. Él no sabe distinguir entre un pedazo de tierra y otro, ya que es un extraño que llega de noche y toma de la tierra lo que necesita.

La tierra no es su hermana, sino su enemiga y, una vez conquistada, sigue su camino, dejando atrás la tumba de sus padres sin importarle. Secuestra también la tierra de sus hijos. Tampoco le importa. Tanto la tumba de sus padres como el patrimonio de sus hijos son olvidados. Contaminan los lechos de los ríos, y una noche perecerán ahogados en sus propios residuos. No entendemos por qué se extermina a los búfalos, se doma a los caballos salvajes, se saturan los rincones secretos de los bosques con el olor de tantos hombres y se atiborra el paisaje de las exuberantes colinas con cables parlantes. Termina la vida y comienza la supervivencia”.

En Círculos planteo la siguiente hipótesis: la Tierra, deliberadamente, busca ser destruida; es su venganza contra los hombres. Como Sansón, muere, pero mata a los filisteos. La Tierra quiere morir para liberarse de una vez y para siempre de su maldición (me refiero a la maldición bíblica). Y nosotros, indiscutiblemente, caeremos con ella. Álvaro Mutis, en uno de sus grandes poemas, nos dice que las cosas continuaron el viaje, buscando su sitio, sin nosotros. Nos dieron la espalda y nosotros somos ahora los escombros, los residuos que las cosas van arrojando para aligerar su carrera. ¡Qué imagen más asombrosa de esto que ahora somos!

A esta generación (como a cualquier otra) le asiste el derecho a destruir el planeta. Con una sola condición, no se engendre más. Pero si queremos que la especie continúe, y que nuestros genes lleguen a otras generaciones, tenemos que hacer que el Planeta viva: de otro modo, es salvajismo. Ese es el dilema al que se debe responder. Y todo apunta a que el hombre no puede soportar la soledad ni el olvido, seguirá multiplicándose, por ende, le queda anulado todo derecho sobre el planeta.

En fin, me gustaría terminar mis días protegiendo bosques, si para cuando mis días terminen todavía quedan bosques. Cuántas veces, mientras contemplaba un río o planeaba sobre un valle, un árbol vino y se sentó a mi lado, y los dos conversamos largamente, en silencio.

¿Qué lo hizo o lo llevo a causar la forma de la prosa poética para Círculos y de dónde provino y se desencadenó en usted esa necesidad de la forma?

Yo leí desde niño, leí desde siempre; desde antes de saber leer, leí: principalmente narrativa, algo de historia y luego salté a los filósofos. La poesía me llegó un poco tarde, con Bécquer, con Antonio Machado, con alguna antología de la poesía colombiana donde ya aparece el verso libre.

Tres cosas (tal vez sean una) me llevaron a escribir este libro en prosa:

  • Cuando me llegó la idea de un hombre que viaja al Sur, el primer impulso fue el de escribir un cuento de no más de tres páginas. Y en cuanto escribí las primeras notas, supe que sería un poema largo, fragmentado, con un lenguaje denso semejante al de Parménides o Empédocles, quiero decir, con una estructura filosófica de fondo.
  • Mi escritura es áspera, difícil de encajar en la rima o en el verso libre. Además, no tengo dominio de ellos. Cierta negligencia me privó de la posibilidad de aprenderlos.
  • Quise escribir, tenía la profunda necesidad de escribir monólogos largos que fuesen fluyendo como una cascada y los versos no se prestaron. Dos fragmentos del poema los escribí en verso libre y quedaron como parches impresentables. No hubo posibilidad de dejarlos.

Lo poco que sé de asuntos poéticos lo aprendí de los filósofos: Pascal, Nietzsche, Boecio, Platón, Kierkegaard y los presocráticos. Y de escritores como Paul Claudel, Henry Michaux, Jorge Luis Borges, y de la prosa poética de Frank Kafka, Isaías, Juan Rulfo y Juan José Arreola, a quien tanto le debo en gratitud. Los poetas natos vinieron después, en abundancia, pero un poco tarde. Si en verdad logré reunir poesía y filosofía en este libro, como sugieren generosamente algunos amigos, se debe a un accidente causado por mis muchas lecturas, no a un acto deliberado.

¿Podría indicar tres principios estéticos en su telos (propósito o intención) como poeta y desde los que desarrolla (evolución e involución) su formación?

No tengo principios estéticos. En el epílogo de este libro declaro: “no busco un fin estético sino metafísico”. Lo estético es mi manera cotidiana de expresarme. Un amigo me decía, a modo de elogio o de insulto, no lo sé, que yo escribo tal como hablo.

Descartemos, pues, en este libro una búsqueda deliberada de lo estético. Y, sin embargo, es un libro altamente estético, no cabe duda. No soy enemigo de los géneros. Y creo firmemente que todos los recursos del pensamiento, hallazgos, figuras retóricas, literarias, formas, teorías y demás, están a mi disposición. Pero la única cosa que me lleva a escribir es la angustia existencial, la soledad, el acaso, la duda, investigar mi entorno, mi destino sobre la tierra, mi fin eterno. Preguntas que un hombre, más o menos consciente, se debe plantear.

En mí hay un apetito enorme de conocimiento: trago distancias, órbitas, teorías, música, cine, religiones, poemas. Desenredar mi pensamiento es parte de la razón por la que escribo; hacer soportable la locura.

Mi filosofía, en caso de que tenga una, está fundamentada en Karl Jaspers (ese apóstol de lo humillado, como lo llamó Albert Camus). Y todo porque dijo que las situaciones-límite son las que llevan al hombre a cuestionar la existencia. Como quien dice, pensamos, tenemos conciencia de sí, porque la vida nos pone en aprietos. Y en esos mismos aprietos pongo a mis personajes: esperanzas ansiosas, búsquedas infranqueables, caminos que siempre llevan de regreso, deseos imposibles. Solo nos queda investigar el universo para entretenernos; crear utopías.

Como pueden ver: yo también soy un apóstol de lo humillado. Y, sin embargo, creo. Una oscura esperanza, de la que ya hablé, me mueve. Y aquí se plantea otra contradicción lógica de la que no puedo salir. No quiero salir.

Círculos es un libro que relata poéticamente un viaje, su viaje: ¿de qué carácter y qué sentido tiene para usted el viaje, cuál es la naturaleza de ese viaje?

Círculos lo que narra en realidad es la imposibilidad de un viaje. ¿No está fundamentado mi libro en una paradoja de Zenón que niega el movimiento? Sí, así es. Y para contradecirme, pues nunca he podido ir en una solo dirección, digo: todo es viaje, y describo la sensación de un viaje. Como en un oleaje donde hay movimiento sin desplazamiento.

Trato de negar el movimiento y, no obstante, el viaje se siente por todas partes. ¿Es otro sinsentido lógico? Es posible. Un viajero estático y un árbol que va de camino son figuras que se podrían aplicar. Es un libro sobre la imposibilidad, un hombre busca el Sur en el Sur, cuando el Sur queda en todas partes o en ninguna.

Todos, sin saberlo, lo buscamos, desde antes de nacer lo buscamos, es una broma que abarca el universo, como la broma de la creación, como las teorías de los presocráticos. Hay muchos temas fáciles de deducir en este libro, pero el tema central, creo, es la imposibilidad. En la página 95, dice: “Me afano por llegar al sur, y aún me falta recorrer ciudades, casas, patios, jardines, escaleras, los límites de mi cuarto, la extensión de mi cama. Dondequiera que estoy ahí es el centro del universo”. No olvidemos que el personaje central es un hombre inválido.

Lo cierto es que no podrá llegar al Sur, por eso dice cada mañana: “Hoy es el día del viaje”. Y recomienza su camino, recrea circunstancias, encuentros, desencuentros, llegadas, paisajes, y su búsqueda de ese lugar llamado Sur (bien puede llamarse Norte, Este, Atlántida, Ugar, Flor Azul, Nueva Jerusalén, Utopo, Hiperbóreo) se hace larga, pero no llega. Nadie puede llegar. ¿Por qué? Pregúntenle a Zenón.

Anábasis (expedición hacia el interior), palabra que usó Jenofonte para describir cómo un grupo de asesinos se internó en el interior de un bosque, de una llanura, de un imperio.

En nuestra época, el poeta Saint John Perse se valió de la misma palabra para describir un viaje hacia el interior del alma, hacia lo más oscuro y solitario del yo.

El viaje que propongo tiene un poco que ver con esto; antes que perderse en extensas geografías, hago que mi personaje transite por angustias, soledades, búsquedas desesperadas.

La vida, comparada con un viaje, es una metáfora muy antigua, comenzó con el primer hombre, atravesó la edad antigua y la edad media y, en nuestros días, Ulises es el principal representante: “Crucé el mar (dice, creo que dijo) para traer una respuesta y llegué con una pregunta. Mi juventud se trocó en vejez en solo un día, cundo mis párpados enmudecieron ante la presencia estéril de la isla. Mi patria era el recuerdo que llevé conmigo, los recuerdos que traje, un palacio en llamas, el caballo de madera, el metal de las espadas, pero esa isla gris, esos árboles desordenados, esa mujer de mirada lasciva y ese joven de barbas descuidadas, me son desconocidos”. Y luego uno puede imaginarlo huyendo, como huye la vida, por aguas montañosas y lejanas: “Ulises cruza las Columnas de Hércules y se pierde en la mar océana, en un fondo sin estrellas o de estrellas mojadas por los fríos australes. Lejos ya del tiempo y las ciudades, se acuerda de su mujer decapitada allá en la isla, de su hijo huyendo a través de tempestades. Piensa (tal vez pensó): ¿Cuántos abismos debo cruzar para deshacer un recuerdo? Una nube se quiebra contra el filo de la tarde, otra asemeja la figura de un pájaro, pero él no las ve. Ve la blancura azul del mar, las aguas sudorosas, y la extensión de la muerte se abre ante sus ojos. Viajo para ser la metáfora de todos los hombres, dice. Seré un poeta, o uno que inspire a los poetas. Acabarán los siglos más no el viaje. No mientras perdure el siglo de los hombres, no mientras la memoria perdure”.

Esperé lo imposible, y lo imposible no vino, y salí a buscarlo entre palabras oxidadas. Esa búsqueda es mi escritura. Yo vi que un hombre era como madera que soñaba. Pero, ¿quién sueña? ¿Quién predice el tiempo y sus sequías? ¿Quién va de viaje por su alma y regresa con una flor? ¿Quién pregunta lo que otros, por temor o ignorancia, callaron? Los hombres aumentan; la vida escasea. Y el hombre seguirá presentándose con esa antigua metáfora, la de viajero.

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