Juan José Escobar Gil y los sonidos de la montaña

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Juan José Escobar Gil fotógrafo y escritor.

El profesor Óscar Jairo González entrevista al escritor y fotógrafo Juan José Escobar Gil, autor de títulos como Cumbres blancas (Un homenaje a los glaciares colombianos).

¿En qué momento se le revela la necesidad del viaje, de hacer inmersión totalizante en la naturaleza, qué indicaciones tenía en su vida, antes de ello? 

En primera instancia creo que se remonta a una vida muy turbia en la que me había sumergido. Quizá por falta de fuerza o por una entrega casi absoluta a la depresión, ese estado tan poderoso que nos puede carcomer hasta el aliento y el impulso por aprender. 

En gran parte esa depresión estuvo fortalecida por la terrible relación que había construido con la ciudad. Crecí en el campo y siendo siempre mi corazón y espíritu, y sueños los de alguien de las colinas, bosques, cerros… el encuentro con la ciudad solo parecía que me traía horrores. 

Fue por necesidad que el viaje surgió en mí, una necesidad por la aventura, esa misma que había cultivado en la niñez y parecía marchita en los senderos de concreto de las urbes. En la naturaleza volví a encontrar las respuestas, no porque todo se resuelva, pero por lo menos con ella sabía hacer las preguntas y no tenía la insensatez de creer que conocía las respuestas. Emprendía entonces un viaje para volver, entre otras cosas, a llenar mi vida con pasión.

¿Qué sentido tiene para usted viajar, vivirlo intensamente, considerando que uno viaja con su sombra (Nietzsche)?

Encontré esa conexión en las montañas, en estos templos de hielo y roca donde he ido descubriendo quién puedo ser y compartir en el mundo. 

Ya no me aqueja la pregunta un tanto egocéntrica de ¿por qué estar en el mundo? Ahora, al menos con la escalada, la montaña, la fotografía y la literatura, todas juntas hablando en mí como un mismo ser, puedo sentir la intensidad de vivir, de llenarme y sacudirme con este estilo de vida de la aventura. 

Puedo estar en paz con aquel pequeño monstruo ingenuo que me acompañó a la sordidez de otros días. En especial, porque su formación crítica aún permanece en mí, para no ser conforme con lo que está establecido en torno a este mundo en el que he entrado con tal alegría.   

Juan José Gil, escritor y fotógrafo, quien ama las montañas con niebla.

Del “yo” de ese observador de la ciudad que se narraba en ella, que vivió en ella, ¿qué trayecto se hace ahora en la montaña?

Lo hace otro por la mirada, por el afán que siento ahora de sentir con intensidad lo que me rodea, pero no como ese ‘otro’ de entonces, si se quiere decir urbano, para quien todo era una excusa para huir de la realidad, en especial de mí mismo, con quien no me la llevaba bien. 

Hay algo que ha estado presente en esas dos etapas, por llamarlas de alguna forma, eso ha sido la literatura. La literatura se ha manifestado en mí independiente de los momentos que me aquejan. La literatura me ha inspirado a la vida o a la no vida, como también fue el caso. 

Por otra parte, la fotografía ha sido inspirada por la naturaleza, es un lenguaje que me permite conectar con la intimidad de los paisajes a la vez que la literatura me rodea para asimilarlos desde la poética. 

¿Qué sensaciones desde el carácter de lo excitante, turbulentas y turbias, tiene con su poética? 

Creo que la naturaleza tiene una gran posibilidad en el lenguaje, y para mí, en particular, el montañismo se vale de una oralidad muy interesante, usando términos que se escuchan abstractos o incluso ridículos bajo otro contexto.

Por ejemplo: por tradición te pueden renombrar en la montaña, la primera vez que haces una cumbre con alguien. Parece algo sin mucha trascendencia, pero es como si la misma montaña te estuviese otorgando un nombre, como si se estuviese hablando de un código entre dos seres que ahora se entienden y tienen diferentes momentos en su relación turbulenta. 

Compartir con otras personas esa potencia de las aventuras es querer compartir, de alguna forma, ese mismo lenguaje que la montaña nos entrega a quienes nos permitimos conquistar por ella. 

La montaña está llena de poética, ella todo el tiempo me está entregando las herramientas, casi sola me pone las palabras en la boca como si fuera simplemente un traductor o narrador de lo que ella me pide vivir. Caso contrario a lo que era para mí la escritura en otros días, cuando la palabra era ese medio para ocultarme del mundo, para no aceptarlo, una forma de fantasía terrorífica. 

Fotografía de Juan José Escobar Gil de la montaña que ama, habita, cuida y toma como inspiración.

La fotografía es un medio para excavar en esa realidad de la naturaleza.. ¿Cómo se disemina en ella, qué extrae de ese contacto radiante? 

El arte fotográfico es aquel fragmento de la realidad o del universo que el fotógrafo, como narrador de lo efímero, quiere compartir con el mundo. 

No creo, al menos en mi forma de contar la naturaleza, que sea una mirada objetiva. Pongo toda mi subjetividad del paisaje en la composición, en especial porque me enfoco en detalles y complejidades que me obligan a acercarme al paisaje. 

Por eso he podido integrar el montañismo y la fotografía, dos disciplinas con principios tan opuestos. Una es el estado puro de acción, de adrenalina, mientras la otra es la contemplación, la calma, en palabras de Cristóbal Von Rothkirch.

A través de la fotografía también hay una búsqueda del surrealismo de la naturaleza, una intriga por las formas sobrenaturales de estos territorios místicos. Me siento como compartiendo historias con grandes criaturas y seres diminutos entre jardines que brillan entre la nieve. La fantasía es permanente en mi relación con la naturaleza, ya sea fotografía o literatura, y por qué no, también en la escalada, mientras se sienten los huesos de la tierra, hablando con esa creación de Odín y sus hermanos que usaron el esqueleto del gigante Ymir para hacer las montañas del mundo. 

No obstante, me parece importante conocer la mirada de la ciencia y hacer de ella también una forma de fantasía, de magia. Porque si bien los montañistas hemos creado un lenguaje que nos conecta con este territorio, los seres que lo estudian desde diferentes campos también tienen su forma de comunicarse con ella, al igual que lo hacen las comunidades originarias, a través de sus creencias. 

Por eso me atrevo a seguir diciendo que la naturaleza nos ofrece todas estas oportunidades y para mí ha sido en la montaña donde con mayor fuerza lo he encontrado. 

¿Cuál ha sido la visión más fascinante, la sensación del misterio de la naturaleza, ese instante de revelación poderosa? 

Podría mencionar muchos instantes, muchas sensaciones que me han dado tal fascinación como una vez subiendo a la cima del Paramillo del Quindío, cuando un fortísimo viento me empujó por la espalda con tal intensidad que sentía como si me estuviera ayudando a subir la cuesta. 

O en una expedición al Nevado del Tolima, donde la nieve era tan profunda que me llegaba hasta más arriba de la cadera, haciendo de la marcha un completo desgaste y más considerando que me encontraba por encima de los 5000 metros. Con los compañeros de montaña de aquella vez, estábamos avanzando un metro cada cinco minutos, que es una barbaridad de lentitud y el agotamiento era brutal, pero recuerdo claramente cómo en un instante, mientras jadeaba y escuchaba mi corazón a punto de saltar por mi boca, le dije a mis compañeros de cordada: ‘Estoy mamado, pero estoy feliz’ y para ellos era igual. 

Son muchos momentos donde la montaña y la naturaleza se manifiestan con esa voz que nos sacude, que nos incita al riesgo, al descubrir, que nos obliga a aprender y formarnos para asumirnos en este mundo en el que nos adentramos.

El momento más fascinante, sin duda, fue cuando comprendí que no quería hacer otra cosa con mi vida que no fuese en función de la montaña, esto me ocurrió en el páramo del Sol. Lo que no hicieron seis años de carrera universitaria, lo hicieron cinco días de cordillera salvaje.  

Caillois decía que la naturaleza era estética, que tenía una estética transformadora: “Tengo tanto respeto por la naturaleza que me las imagino para intervenir lo menos posible en ella”… ¿Usted cómo la percibe? 

Estoy de acuerdo con Caillois, eso es lo primero que uno aprende de la montaña y la naturaleza. Uno no viene a cambiarla, uno no viene a imponerse, uno se entrega a ella y aprende del diálogo que entre los dos pueden construir. Mi estética con ella es la de la aventura y la fantasía. Impulsos muy fuertes. 

La montaña no es para todo el mundo, porque no a todos nos enseña lo mismo o logramos tener la misma mirada de ella, incluso entre montañistas que manejamos un mismo lenguaje. Pero si en algo podemos ponernos de acuerdo todos aquellos que hemos experimentado su inclemente personalidad, es que en la montaña no hay máscaras. Me refiero a que ella desmantela tu verdadero rostro, en caso de que haya que desmantelar algo, o afianza el ser que ya se es. Por eso me parece tan maravilloso el poder interpretar mi vivencia en ella desde la aventura y lo fantástico. 

¿Cómo se inicia un viaje hacia la montaña, cómo se decide?

Lo primero es un llamado. Siento que cada montaña tiene algo que decirme o algo en ella que me puedo decir a mí mismo. 

Ese primer llamado es algo muy espiritual, una fuerza interna que me pide ir, que me sobrecoge en cada rincón del cuerpo. Incluso tengo sueños con los destinos. 

Hay una pasión por el descubriendo, por conocer reinos extraños, valles secretos, cascadas de hielo como si estuviera ingresando en un reino de la fantasía, que es así. 

Desde antes de partir ya me encuentro sumergido en el viaje, escogiendo el equipo técnico tanto para la montaña como para las fotos. Pero lo más importante es ese llamado que también está inundado por literatura. Lecturas como la Edda Poética o la Prosaica, Lovecraft en especial el ciclo onírico, La mitología de Tolkien, la literatura de Hermann Hesse, por supuesto uno de los libros de viajes más increíbles que es Viaje al fin de la noche de Céline. El viaje ha estado en mí desde hace tiempo y en la montaña, en el encuentro con la naturaleza, se ha condensado todo aquello que venía palpitando en mí. El viaje empieza en la cabeza. 

El escritor Juan José Escobar Gil ha publicado, entre otros títulos, Cumbres blancas.

¿Qué buscaba con su libro “Cumbres blancas (Un homenaje a los glaciares colombianos)”?

Es un libro sobre la alta montaña en Colombia, sobre los bosques de niebla, páramos, morrenas y los glaciares. 

Es un viaje justamente, ascendiendo por cada uno de estos ecosistemas conversando con sus particularidades, escuchando los mitos de los pueblos originarios, la vida que desborda el paisaje. 

En especial es un libro para recordarnos lo importantes que son las montañas, lo que significan tanto en valor ambiental como cultural, pues si bien se habla mucho de ‘servicios ecosistémicos’ como si a la naturaleza hubiese que estar viéndola con los ojos de la economía y el capital, para mí su valor cultural, histórico y espiritual es mucho más grande. Por ello la relación humana está muy presente en el libro, la mirada científica, poética, mítica y deportiva ya que los montañistas que ascendieron antes todos nosotros son los mejores testigos de la transformación de los cerros. 

En Colombia ha habido varios libros sobre los nevados y volcanes, pero todos ellos enfocados en públicos tan objetivos que por sí solos se disolvieron en la memoria, con el pasar de los años. No es culpa de los libros ni sus autores, sino de la falta de cultura de montaña que tenemos en el país, lo que es extraño pues la mayor parte de la población justamente vive en los Andes y desde muchas capitales se pueden ver los nevados en días despejados como en Bogotá, Manizales, Ibagué, Tunja, Valledupar entre otras. 

Libros tan importantes como El camino de la Montaña sobre Erwin Kraus, Alta Colombia de Cristóbal Von Rothkirch, Volcanes de Colombia, Las 7 cumbres sin límites editado por Juan Pablo Ruíz, Himalaya en los límites del oxígeno de José Machado, cuando una expedición colombo-suiza escaló el Broad Peak siendo el primer 8000 para un colombiano. 

Todos ellos libros bellísimos con fotografías históricas y paisajes de ensueño, pero poco conocidos, al menos para gran parte de la población colombiana. Esto también era uno de los objetivos del libro Cumbres Blancas, llegar a diferentes sectores de la población, desde niños de escuelas rurales, campesinos, comunidades indígenas, estudiantes de universidad, de colegios, científicos, artistas. 

A mí modo de ver las cosas, ese es un gran problema de nuestra cultura, querer separar los contenidos excluyendo como si el conocimiento no pudiera ser holístico e interconectado, todo lo contrario, a lo que nos dice la naturaleza donde toda la vida es una enorme red que tiembla desde cada fibra. Por ello pienso que esa forma de segmentar el mundo ha hecho tanto daño a la protección del medio ambiente, a nuestra relación de consumo con él y la visión de que solo nos importa si es útil para el proyecto económico de la “civilización”. 

Creo que la ciencia se puede escribir como poesía, y creo que la poética puede tener saberes científicos, creo que el conocimiento de la botánica se nutre de los saberes de las comunidades ancestrales sobre sus plantas sagradas, creo que si un pueblo considera sagrada una montaña los montañistas también estamos homenajeando a ese templo en nuestra devota peregrinación a su cumbre, creo en poder entrelazar todo lo que nos rodea, demostrar con la misma vida como ejemplo que estamos interconectados. Así se quiso construir el libro de Cumbres Blancas. 

¿La fotografía y los textos, dos maneras de relatar, de narrar, de hacer la historia en este libro, como se dio y quiénes más intervienen?

Hay algo fundamental que ocurre en la alta montaña, y todas aquellas personas que las han visitado pueden confirmarlo. Son lugares de paisajes y vistas absolutamente increíbles. La cámara como herramienta narrativa es esencial para poder compartir lo vivido en estas aventuras.

Ahora, si las fotos son el testimonio de muchas experiencias, se necesita de muchos lenguajes para poder intentar comunicar lo que más se puede de estar y sentir las inclemencias de las cumbres y la escritura es uno de esos lenguajes que dan voz a las montañas y sus valles. En el libro participa un gran equipo desde la investigación hasta la escritura y las fotos. 

El equipo es interdisciplinario, apuntando justamente a lo que dije con anterioridad. En el equipo está Liliana Marcela música profesional y sonidista, César David Martínez fotógrafo principal del libro y editor del mismo con una larga trayectoria. Laura Triana diagramadora y diseñadora, Estefanía Ángel politóloga, Juan Vergara quien ha sido fundamental para dar visibilidad a todo el proceso del libro al igual que Yober Arias que en conjunto han manejado un increíble despliegue en redes sociales. 

Está Johny Martínez escritor y magíster en literatura, su caso en particular es bien interesante pues como uno de los escritores del libro, justo nunca había subido a una montaña y tuvo que vivir la experiencia para poder entender mucho de lo que en las entrevistas se decía y que el resto del equipo contaba. 

Felipe Mesa otro de los fotógrafos del libro y documentalista que desde su activismo ambiental ha apoyado diferentes causas por la defensa de los ecosistemas, a resaltar es uno de los directores y productores del documental Expedición Tribugá en defensa del Golfo de Tribugá en el Pacífico colombiano. También está Nicolás “lobo” montañista y quien creó el logo del Cumbres Blancas que representa las tres cimas del Nevado Santa Isabel; y  Carolina Gaviria psicóloga y ambientalista. Pero alguien que ha sido sumamente importante y que nos permitió conectarnos fue Marcela Fernández fundadora del proyecto y quien con su energía ha llevado a Cumbres Blancas no solo a Colombia sino a otras partes del mundo, fundando también Cumbres Blancas México, Venezuela y Ecuador. Es un equipo increíble y quisiera hacer mención de cada uno y una de ellas, pues hay personas que han estado detrás del telón ayudando y poniendo con voluntad y cariño mucha de la energía para que este libro se pueda llevar a cabo. 

¿Qué le dicen a usted, en la montaña, las palabras: silencio, soledad, secreto y destino, qué otro relieve alcanzan y poseen o no y por qué? 

Cada uno me habla y son un todo en las montañas. Tengo que hablar de ellas desde la perspectiva de los cerros, porque bajo otras circunstancias de mi vida y con otros enfoques, significan algo totalmente diferente, no precisamente malo o corrupto, pero sí diferente. 

Ahora me compete la sensación de la altura, un vínculo del que no dejo de hablar porque eso es, a través del silencio y la soledad se comparte curiosamente la voz de los valles. 

En la montaña siempre hay sonidos y son los sonidos para mí, del silencio. Ese profundo vibrar que las rocas, el hielo, el viento, la lluvia, el granizo, la nieve, el abuelo trueno incluso el sol reventando contra los neveros, te están hablando dicen algo y así he entendido el silencio de los cerros, quizá porque con la contaminación auditiva que la sociedad impone, la necesidad de ese supuesto silencio y soledad se me hacen urgentes, incluso para alguien que ha vivido siempre en el campo, pero que su encuentro con la ciudad es turbulento. Lo mismo pasa con el secreto. Por mucho tiempo sentía que había perdido la curiosidad y esto me afectó gravemente, pues sin curiosidad todo da lo mismo y se pierde el encanto, se pierden las ganas de aprender y conocer, de escuchar, pero en la montaña volví a sentir ese impulso por lo secreto. 

Con un espíritu aventurero, cual seudovikingo en el trópico adentrándome hacia los riscos y los senderos despoblados de las montañas. Como el sabio Barzai subiendo al monte Hatheg-Kla para ver el rostro de los dioses terrestres en el relato de Lovecraft. Ahí está el destino, no se trata de descubrir en sí algo, sino de encontrarme con secretos, mundos secretos que habitan en mí como fantasmas o espectros. 

Puede ser que mis palabras suenen ambiguas, pero la magia que he descubierto en las montañas me ha nutrido de muchas otras relaciones con el entorno y la excesiva racionalidad humana para reducir lo increíble que es el mundo, me es tediosa así como los fanatismos religiosos que obstruyen la vida y amenazan con destruir lo que sea opuesto a ella. 

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