La función de una revista: recuperar la memoria

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Ediciones 1 y 2

A propósito de los temas que se abordarán en el Curso de Verano en Periodismo Cultural, que se dictará del 9 al 11 de febrero, en la sede Ayacucho de Bellas Artes (Más información en los perfiles de @papelmde), un texto del escritor, ensayista y editor Fabián Castaño, sobre la función cultura de una revista.

Tal vez la función natural de una revista sea la de recuperar la memoria. Un pueblo sin memoria es un pueblo bloqueado, plano, uniforme, vacío y, por esto mismo, sometido a las fuerzas deleznables del olvido.

Las revistas culturales tienen por particularidad celebrar las fuerzas del arte y de la literatura y en esta medida intentan visualizar la memoria sensible; lo cual quiere decir valorar el más alto grado de libertad en que vivió una época o un tiempo determinado.

El arte y la literatura asumen por tarea el ejercicio de la libertad; es decir, iluminar algún matiz de reflexión. Si esta actitud, sin la dinámica de la crítica abre fácilmente las puertas y se convierte en un arte ralo, pobre y envilecido que ha olvidado lo esencial de su condición.

Al recuperar la memoria sensible las revistas culturales siembran en la tierra del porvenir el arte de los pueblos. Tarea de magnificación y a su vez de celebración. Pues la literatura y el arte cuando tocan algo le prestan nueva vida y lo devuelven enriquecido, fresco y efervescente y de esta manera lo magnifica.

A su vez, hace de la lucidez el mayor encuentro y de paso termina celebrando la maravilla de los días.

De izquierda a derecha: Óscar González, Fabián Rendón, Víctor Bustamante y Carlos Ciro. Por: Kathe Yepes (2018).

Las revistas hacen de voceras y, con ello, aspiran a expandir la lucidez propia de la reflexión y de la crítica. Hemos dicho que, en su génesis, una revista es un ejercicio de libertad, pues sin esta cualidad nada digno de atención puede hacerse. He aquí una de las tantas razones por las cuales las revistas culturales deben existir y son tan necesarias para oxigenar la vida de los pueblos.

La crítica alumbra, hace resplandecer la luz allí donde la oscuridad prevalece. Somos un pueblo pobre y esta pobreza nos hace presa de cualquier discurso miserable del que se valen los poderes para usurpar nuestros derechos. Las revistas culturales, en cambio, habitan en los límites, sin financiación, sin dinero, sin recursos; pero llenas del gran sueño creador que viene a ser el sustento de todo. Tal vez este sea su gran valor y su mayor virtud.

No quisiera que estas palabras fueran entendidas como un ejercicio de vanidad, como quiera que siempre he estado al servicio de las revistas culturales. No, más bien, son una especie de felicitación a todos esos seres anónimos, presentes y pasados, que se han atrevido a realizar lo imposible, que han intentado conjurar el río miserable del olvido y han colocado su granito de arena para que la llama de la sensibilidad y de la lucidez no se apague y crezca como el mayor acto de atrevimiento y de libertad.

Lo esencial de la vida siempre encontrará medios para reformularse y con las revistas culturales sucede algo igual. Contra aquella expresión: Otra quijotada más, un nuevo fracaso; los promotores de las revistas culturales levantan la bandera de la vida y se lanzan a su aventura sin importar la dimensión de sus pérdidas. O acaso, me pregunto: ¿Ganar o perder no son las dos caras de la misma moneda?

He sido testigo y cómplice de la creación de tres proyectos de revistas literarias: Pintura Fresca, El Transeúnte y Mecánica Celeste, digo testigo y cómplice, pues este es el carácter de lo que hacemos, finalmente, pretendiendo fundar una revista. Testigo en el sentido mismo de la expresión, pues vamos recogiendo las distintas voces, al menos las más destacadas, en nuestro parecer, y las postulamos para que sea el juicio del tiempo el que finalmente las certifique. Escribo cómplice y me refiero a la asociación de dos o tres amigos que se reúnen con el fin de administrar un proyecto sin ningún fin de lucro. Solamente con el deseo de luchar contra las fuerzas del olvido.

Todos los proyectos en que he participado buscan fundir pensamiento, arte y literatura como la triada esencial. Fredy Gutiérrez, en Pintura Fresca. Carlos Enrique Sierra, en el Transeúnte y Óscar González y Óscar Palomino, en Mecánica Celeste, han sido mis acompañantes. Cuando hablo de fuerzas del olvido me refiero a todas aquellas voces que pretenden silenciarnos para hacernos ver el mundo como un lugar miserable, donde lo único que reina es la mezquindad propia de los poderosos. A ello le opongo la mirada digna del arte y de la literatura, la mirada de la tolerancia, la mirada del asombro que es el común acuerdo de todos los que nos atrevemos a realizar cualquier proyecto de revista cultural.

Sobre el autor

Fabián Castaño Mejía nació en Medellín, Antioquia, en 1966.

Es licenciado en Literatura, de la Universidad de Medellín. Ha trabajado como gestor cultural en algunas instituciones y en el periodismo cultural.

Fue colaborador del Imaginario del periódico El Mundo y de revistas literarias locales y nacionales.

Cofundador y editor del periódico literario El Transeúnte con Carlos E. Sierra.

Sus ensayos giran alrededor de la crítica literaria universal y nacional. Sus novelas expresan la condición actual del ser humano habitado por toda clase de angustias, contradicciones y vacíos espirituales.

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