La literatura como testigo sigiloso, como compañera y cómplice

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Aquella niña azul

Natalia y Juliana Vélez Loaiza son las autoras de Aquella niña azul y otros cuentos, literatura que permite al lector percatarse de la utilidad de la escritura.

Aquella niña azul y otros cuentos contiene relatos de diversa índole, todos con la característica de que sus finales son de variados tintes, dejando el mensaje que para todos siempre hay un comienzo, según relató Fabio Rodríguez Amaya.

Los cuentos breves de Juliana y Natalia Vélez Loaiza son intrigantes, suspicaces, fascinantes. En entrevista, ellas vislumbran las maravillas de su literatura.

¿En dónde y en qué momento se inicia en usted el interés por la literatura y por qué, qué dice de ella o qué le hace decir?

Natalia Vélez: La literatura se vuelve un testigo sigiloso, una compañera y cómplice acérrima desde mi vivencia temprana, alrededor de los siete u ocho años; para mi hermana igualmente, la reflexión literaria sucedió por esa época, incluso antes.

Estamos hablando de iniciados los años 90. Indiscutiblemente, mis primeros esbozos de cuento o poesía estaban cargados de ese delirio de independencia de los 90s, de imágenes realistas, pero menos tradicionales en la expresión escrita, muy pertinentes también con la era tecnológica que se gestaba en el imaginario colombiano y que ya empezaba a vivir en su contexto socio histórico tanta violencia, un tendente descenso y un gran desencanto.

Preservaban, también, algo del último vaho del pop art con su fluorescencia y su sátira… siempre ha habido al menos una pizca de cítrico en mi escritura.

Ahora bien, en mi experiencia, la escritura inicia con el llamado interior (por cliché o aburrido que parezca). Nace, primero con el descubrimiento de la literatura, de una curiosidad acerca de la expresión oral, que variaba tanto de persona a persona a mi alrededor. Por ejemplo, específicamente recuerdo este contraste entre “lo que decía y el cómo lo decía” de mi madre (una mujer muy diplomática) y esa oralidad que reflejaba el discurso de mis nanas, todas matronas negras de la costa pacífica; aquella zona del país cargada por demás, de espejismos y mística, lugar de una gran fantasía realista, sin duda.

Un atractivo por las frases que me iban tirando los adultos, sentencias o frases intelectuales que citaban y también los dichos populares.

Fundada entonces mi posición en esta idea del lenguaje posibilitador de los diferentes modos de expresar temáticas o situaciones semejantes, empecé por leer a los autores denominados célebres, algunos tradicionales otros grandes y otros monstruos de la literatura que terminaron por embriagarme y permitirme ver el acceso a la posibilidad de imitarlos, de aprender a manipular el lenguaje, herramienta tan íntima, aprovechándome de los signos comunes y discriminando los representantes únicos, tan únicos como cada historia, cada idiosincrasia.

De los puntualmente primeros, los leídos entre los 8 y 13 años, recuerdo a Octavio Paz, Gabriel García Márquez, Germán Espinosa, Mario Vargas Llosa, Reinaldo Arenas, Pablo Neruda, J.M.G. Le Clézio, Antoine de Saint Exupéry, Isabel Allende, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Germán Castro Caycedo, Virginia Woolf, incluso Larry Niven con su increíble novela de ciencia ficción Mundo Anillo.

Esta última me la pasó mi hermana, cuando la hubo terminado, ella tuvo mucho que ver en la escogencia de mis lecturas, que luego por su academia se volverían altamente filosóficas, cosa que le agradezco. Esto, con relación a la literatura y al leer literatura.

En cuanto al cometido de escribir y de tratar de escribir literatura específicamente, mi historia tiene un giro particular pues el pasaje al acto como tal estuvo atravesado por la enfermedad que fue la que me llevó a la necesidad; necesidad de escribir.

Desde los dos años sufrí de ataques de asma casi intolerables que me dejaron en varias ocasiones pendiendo entre el umbral de la vida y la muerte. De tan pequeña no entendía muy bien qué pasaba, porque, por ejemplo, de pronto amanecía en el hospital y pasaba semanas ahí recluida.

Luego, más adelante y con mayor discernimiento y lucidez, la situación se volvía exasperante y odiosa; días enteros conectada a un tanque de oxígeno o dentro de una especie de carpa esterilizada sin poder moverme; solo observando y estudiando con ojos de ciervo atento y asustadizo cada partícula y movimiento del cuarto, a las enfermeras que iban y venían; yo, solamente asintiendo con la cabeza; recuerdo que el techo me lo conocía de memoria… y fue justo ahí, por ese entonces que abandoné la observación y el mero recuerdo de los detalles para dedicarme a la descripción y plasmar la experiencia.

Se reveló ante mí la descripción a modo de inventario, duradero en el tiempo. Una exposición de esos elementos que observaba, única por cada segundo, cada hora, cada cambio de luz que proyectaban las persianas.

Precisamente, esto es lo que incita en mí la literatura: la expresión de una cierta visión única, de un fragmento de tiempo que yace dentro de la identificación de un espacio interior. Esta, puede resultar absurda si no se entiende como experiencia primitiva, original e íntima.

Juliana Vélez: En mi caso, pienso que el interés por la literatura empieza con la experiencia más elemental de a la vez expresar y de callarme cosas. Esta experiencia de la dualidad y de la importancia de la diferencia, de lo explícito y lo tácito, de lo evidente y lo sugerido, se hace evidente desde muy temprano en mi vida por mi condición gemelar.

Es decir, que siendo una cría de unos 5 o 6 años descubro que, por idéntico que parezca el mundo que compartimos, por idéntico que sea el aspecto entre dos seres o dos fenómenos, cada par de ojos, por así decirlo, tiene una percepción única de éste, lo que a la vez genera contradicciones y matices en el mundo mismo que posibilitan una contemplación completamente otra en cada caso y más aún posibilitan la configuración de una infinidad de historias como mundos experimentables.

Además, el universo caleño de los años 90s con su obscena violencia y su estética del narco- tráfico recrudecido, sus toques de queda que hacían de los jóvenes, “rebeldes forajidos” que defendían sus aprendizajes fuera de las instituciones como el colegio o la familia nutriéndose de la vida de sus barrios, conmovidos o transformados por la ola de bombas y secuestros, de tierras arrebatadas, saqueadas, provocó en mí la obsesión por reconstruir estas vivencias con un tono personal, a veces irónico y a veces nostálgico.

Pero como decía al principio, mi hermana fue siempre una fuente de sorpresa y motivación en mi carrera literaria. Con ella podía poner a prueba a nivel humano y sensible lo que es entenderse más allá del lenguaje y con lenguajes creados a partir de nuestro mismo interés por las diversas maneras de expresarse.

También a nivel de la escritura, porque fue definitivamente con ella que descubrí la fuerza e impacto que podía tener la fantasía como género en la literatura, género que ella se apropió y que se le daba muy fácilmente, que desarrollo a lo largo de su trayectoria de manera a la vez sutil, refinada y pujante para hablar de las experiencias cotidianas que compartíamos.

Yo estuve siempre mucho más cercana a una literatura filosófica o histórica como la literatura de Jorge Luis Borges o alejo Carpentier. Luego encontré entre solapas de las múltiples librerías y bibliotecas en las que pasaba mis días, a autores europeos y latinoamericanos como Rilke, Voltaire, Dostoyevski, Gide, Sartre, Zola, Balzac, Molière, Proust, Baudelaire, Fuentes, Paz, Rafael Alberti, Miguel de Unamuno…

De cualquier forma, es definitivamente el cuento el género que me atrapa y en el que coincido con mi hermana con el que empezamos a crear verdaderamente juntas y que aprecio en demasía además por esta experiencia fraternal y expresiva.

Autores del romanticismo alemán como Tieck, Hölderlin, y luego Edgar Allan Poe, Conrad, Mutis, Cortázar, Abelardo Castillo, Tolstoy, Beckett, García Lorca, Marguerite Duras, Marguerite Yourcenar… la lista es casi interminable, revelaron ese fascinante invisible que el mundo cotidiano esconde y esa infinidad de lenguajes como las melodías más improbables, lenguajes de los que aprendí que cuando se tiene la pulsión intima de escribir, es porque existe la necesidad de reflexionar, decir o revelar algo a si mismo tal y como cuando se canta.

¿Considera la literatura como el relato de una historia de su vida, un medio para exorcizar sus fantasmas o para revelárselos y asirlos?

N. V.: El relatar de la historia de mi vida, o a decir verdad, el relatar de la historia de cualquier vida es un navegar atravesando pasajes absurdos y contradictorios, que difícilmente puede llamarse un relato, una narración o una crónica objetivos, pero he ahí lo verdaderamente interesante.

Esto claro, dado el hecho de que nada de lo que vivenciamos en un momento preciso, está exento de la perspicacia de nuestra esencia como seres humanos, y mucho menos de nuestro inconsciente.

En otras palabras, dicho relato, no está a salvo de ser alterado gravemente por las emociones y sentimientos que experimentamos en un momento exacto.

La literatura puede abordar la historia de una vida objetivamente por supuesto, a modo de documental, pero no creo que sea su mejor uso.

Sinceramente, pienso que la característica más seductora de la literatura misma, es la de poder proponer diferentes historias, diferentes universos simbólicos y diversas aprehensiones de dichos universos acerca de la misma vida y a partir del mismo relato, por ejemplo.

Luego, está la cuestión de la memoria… La evocación posterior de cualquier hecho está tan modificado, por las trampas de la memoria, por la capacidad plástica del cerebro para rellenar los baches y por la fantasía, por ese deseo ardiente que reposa al interior de cada una de nuestras expectativas, que me inclinaría más por la propuesta de que la literatura pueda ser un medio -maleable- para revelar, exorcizar y sacrificar nuestros más feroces fantasmas, sí.

La memoria de nuestra vida, de “nuestra historia”, está construida por hechos que “recordamos” pero que no podemos afirmar muchas veces que, así como los recordamos los hemos vivido; son, si se quiere, recolecciones y sucesos que quizás, más que experimentar materialmente, deseamos hubiesen pasado.

La literatura, en este sentido, como medio de fuga y reconocimiento de los fantasmas y fantasías interiores, es para la vía sublimatoria por excelencia pues mediatiza las relaciones del sujeto escritor con su pulsión, cuya satisfacción debe hacer desvíos estratégicos, impuestos por lo que decíamos anteriormente, la memoria y la experiencia interna.

Una vez establecida esta vía sublimatoria de pulsiones complejas o reto del acto creativo, las angustias, los fantasmas y los otros objetos pueden ser conservados o rechazados, destruidos, idealizados o reparados.

J. V.: Sobre todo como la manera por excelencia de revelarme a mí misma lo que vivo en cada momento de mi vida, en cada situación de encanto y desencanto y en cada reflexión o impulso que uno se dice que entiende y que luego lo toma a uno por sorpresa por la intensidad o el despropósito. Personalmente creo que la literatura, como acción de construir, palabra a palabra, frase a frase en su sentido fenomenológico y racional, descubre miradas que nos abren horizontes de comprensión frente al mundo que nos rodea.

Ella es particularmente un testigo puesto a la aventura de la vida y a la vez una forma de vivir. Porque es este testigo, que pienso es lo que se presenta en su pregunta como fantasma, el que ve en cada esquina, en cada objeto que atrae nuestra mirada, en cada gesto, la emergencia de todo un entramado de apariciones que crean una historia.

En definitiva, podría decir que sí, que la historia de mi vida se ha servido de la literatura pero mi literatura narra algo más allá que mi vida, ella revela en un primer momento para mí misma y en un segundo para el lector, la experiencia tácita de la creación literaria, es decir de la creación en la organización de una infinidad de imágenes dentro de un sentido único y propio que, sin embargo, se abre a la vez a muchos sentidos en su interpretación y del poder que implica la elección de ciertas imágenes y situaciones para lo que se busca decir.

¿Desde su formación académica (formación profesional) como concibe y estructura su escritura, donde es su escritura y dónde no lo es y en qué medida está intervenida por esa formación o no?

N. V.: Estoy convencida de que tanto la danza clásica y el arte como la psicología y el psicoanálisis, han influido grandiosamente mi manera de ver las cosas, de adquirir una dialéctica precisa y por ende también una manera específica de plasmar a través de la escritura.

La estructura como tal es un tema muy complejo de esclarecer para mí, una entusiasta experimentación, por así decirlo, es lo que ha ido conformando una cierta estructura dentro de mi propuesta literaria.

Podría decir que me he valido de las ciencias sociales, sobre todo en los últimos años para establecer temas con giros interesantes y un vocabulario justo. Igualmente, he extraído, en particular del psicoanálisis, el valor de una cierta síntesis de esa pulsión interna que mencionaba antes, en procesos sublimatorios, que persiste en la apertura al juicio de atribución y las posibilidades de identificarse con un objeto perdido que se quiere encontrar a través de la creación.

Pienso que en la transposición simbólica de aquellas huellas que el sujeto-escritor- no ha podido reprimir correctamente, de aquel drama edípico que se juega durante el proceso creativo explicado desde el psicoanálisis, los fantasmas de nuestra infancia y los que han aparecido luego, se desplazan. Por ejemplo, la repetición compulsiva de algunos elementos inconscientes, presentes de manera constante en mis cuentos y escritos, pertenecen al ordenamiento de mis registros y experiencias, a mi estilo y a la manera como se estructuran mis ideas.

Las figuras de niños sabios, de animales salvajes, de símbolos que se forman en los paisajes, de señales ocultas en los cuentos, son algunos elementos que recorren una memoria en mí, claramente primigenia y primitiva.

De manera complementaria, los fluires de conciencia, el diálogo interno, que se deja entrever en la descripción de sensaciones y sentimientos dentro de un vértigo casi cinematográfico, son otros elementos sensibles menos intelectuales inmersos en mi creación, de carácter indispensables y bastante evidentes.

J. V.: Mi formación filosófica influencia particularmente el espíritu de mis escritos. Gracias a las largas y minuciosas disertaciones, los puntiagudos ensayos, las acérrimas críticas literarias hasta los comentarios de autor.

Con todo el enciclopedismo que estos trabajos demandan, mi escritura fue tomando un tono reflexivo y en ocasiones bastante meticuloso en el desarrollo de un sentido profundo de cada imagen y del propósito de cada personaje para la historia.

Además, tener claridad respecto de los grandes temas filosóficos en especial los que conciernen a mi rama que es la fenomenología y la estética cinematográfica – temas como la percepción, la luz, el punto de fuga, el espacio y el tiempo- fueron afianzando los temas de mayor interés para mí y finalmente afinando y matizando la voz de mis historias y la manera en que estás buscaban ser contadas.

Por otro lado, y a pesar de mi formación académica, para mí es claro que ante el acto de escribir, primero viene algo así como un impulso, la llamada “inspiración”, esa innegable fijación ante un tema concreto que se revela en la forma de un sueño, de una sensación, de un personaje… luego la reflexión concienzuda y casi siempre altamente filosófica de estos elementos termina por completar el proyecto.

¿Qué es lo que la lleva a escribir, en qué sentido y perspectiva lo hace y lo realiza?

N. V.: Siempre se trata de un necesitar decir, un llamado a la emancipación, análogo a la liberación un gran monstruo. Los monstruos normalmente dan miedo, más si se les dejan sueltos, pero siempre hay algo que me hace decir: “bueno y ¿porque no?”, algo que se siente necesario y fascinante en poder llegar a tener la oportunidad de mirarle de cerca, de frente o de costado, en poder sentir el misterio y la incertidumbre en el estómago que se retuerce de jouissance, porque ésta por sentado que abrirle la puerta de su cárcel va a desmantelar a la luz, el hecho de su existencia en primer lugar.

Jugar el juego, decidir soltarlo, esperarlo, ver que nacerá del encuentro. Esto es lo que me hace escribir: la misma sensación de liberar a un prisionero temerario o la de proferir la palabra prohibida, enunciar lo que nadie de otro modo podría conocer, el secreto de la propiocepción, el disponer de la flor del mal, ese empoderarse de dicha sensación; la que de igual manera me hace relacionar las historias que me invento a las metáforas que, en este sentido, pueden surgir fácilmente desde las experiencias infantiles.

Sucede más o menos así: me encuentro con algo que llama mi atención, precisamente porque me recuerda algo que ya he vivido, algo que vive dentro de mí misma; puede ser visual, auditivo o simplemente sensible y entonces me surge un presagio, como un síntoma y de él, una idea.

Frecuentemente, esta idea está conectada a algún tipo de secuencia o línea narrativa que se va gestando a medida que la pienso (mi mente funciona a manera de escenario en una obra de teatro). Siempre, mi interés y más grande desafío recae en el poder expresar esta idea, esta liberación, con claridad y sentido sin apagar su carácter ni sus propiedades; dejarla que se evapore en una frase, haga ebullición o se condense si se tiene que condensar; siempre vinculando dicha experiencia a esa especie de revelación, esa liberación que me urge compartir, me urge expresar.

J. V.: Lo que me empuja a escribir en cada caso, es la necesidad del encuentro con el invisible (invisible que puede a la vez entenderse como ese “hors champ”, ese ángulo que descubre el engaño, esa sombra que da peso a las cosas).

Luego, poco a poco la búsqueda se convierte en un sentimiento insufrible que me habita como un vacío profundo. Vacío, porque me encuentro con cosas o ideas que en apariencia son unas en la realidad de todos los días, pero que tienen la potencialidad de volverse completamente otras o múltiples y es ahí donde la historia comienza.

Para mí la experiencia de escribir es la experiencia de hacer participar al mundo de mi propia organicidad, entonces las cosas, como las ollas en una cocina son víctimas de la rabia de una mujer histérica que las pule sin piedad, las alcantarillas, testigos omniscientes de crímenes y oscuros secretos, los animales, el reflejo del inconsciente humano y etc.

Esto es lo que llena el vacío, este coquetear con el invisible hasta que empieza a hacerse visible y entonces real a partir de la irrealidad misma.

¿Cómo, coincidieron o no, en titular el libro: Aquella niña azul y otros cuentos? y ¿Dónde el vacío y la plenitud se dan o no para usted?

N. V.: Aquella niña azul es un maravilloso cuento de mi hermana, con el que comienza el libro, principalmente dada a la fuerza interior y reflexiva con la que invita a ser leído y por reunir en sus líneas la esencia del fluir de conciencia entre fantasía y realidad, que poseen todo el resto de cuentos compilados en este volumen.

El título original del libro estaba pensado como: Aquella niña azul, el habitante del patio (uno de los cuentos en el volumen) y otros cuentos.

Este decidió cambiarse, por sugerencia de nuestra editorial, para que fuese más fácil de recordar y de leer.

Sin embargo, lo traigo a colación pues es este otro cuento el que hacía las veces de contraparte de aquella niña azul y con el que, corajudamente, moví la pieza de mi lado del tablero después de que mi hermana me hubiese pasado el suyo para la lectura.

La verdad es que siento gran admiración por su cuento (Aquella niña azul); además de tener un contenido universal que incluye y abraza los maravillosos desfiladeros del crecer, con metonimias y metáforas muy bien elegidas y representadas, su plano morfosintáctico en su estructura, logra verdaderamente las distintas posibilidades de expresión en la combinación de palabras, y oraciones, proponiendo una semántica de un valor colosal y muy significativo de la voz narrante del personaje principal.

Para mí, lo fundamental de este cuento de carácter anecdótico, está en la integridad de sus elementos formales que sin perder lo personal, hacen un constante retorno precisamente hacia lo entrañable, inseparable, fraternal e incondicional de su naturaleza primordial.

¡Ahí encuentro la plenitud! Y el vacío sigue siendo y estando al final de cada tarea de escritura: en la reflexión final que propone un -nuevo- vacío y con éste una necesidad de seguir creando constantemente.

J. V.: Como bien ha dicho mi hermana, el libro debía llamarse Aquella niña azul, el habitante del patio y otros cuentos. A pesar de los cumplidos que mi hermana me hace, debo decir que el orden del título fue establecido por un asunto de sonoridad y no de importancia o jerarquía al interior del libro mismo.

El habitante del patio es un cuento de gran interés por su tono a la vez infantil y melancólico, su inteligente manera de establecer analogías y de hacernos entrar en un sentimiento que conservamos aún en nuestra vida adulta: el temor de encontrarse consigo mismo, con la construcción del propio imaginario y sus limitaciones.

Para mí el vacío no es antónimo de la plenitud porque en mi escritura el vacío siempre es curiosidad, suspenso necesario y pienso que si existe un vacío en el título, este más que obstaculizar, invita al lector a investigar el por qué de la elección del título dado que este es también el título del cuento inaugural del libro.

En este mismo sentido, la plenitud la encuentro en haber insistido y logrado una creación a cuatro manos, dos cabezas y un corazón.

¿Qué es lo que le atrae, la imanta y la fascina del viajar y que obtiene y extrae de él para insertar en sus relatos, por qué?

N. V.: ¡Viajar es mi segundo hogar! Para hacerlo corto. Por paradójico que pueda parecer, esto simplemente quiere decir que mi alma es de caracol y mi casa al hombro es mi ley.

Ese desintegrarse para integrarse, irse para volver… Siempre he creído que la única forma de pertenecer a algún lugar realmente es vivir su extrañamiento y su exilio.

Hay que desapropiarse de los lugares -físicos e interiores- para poder verlos por lo que son. Dada a esta concepción personal, la mitad de mi vida, y toda mi vida autónoma -desde mi adolescencia hasta hoy- he sido errante.

El vórtice de escenarios, personajes diversos, historias insólitas y tan contrarios los unos con los otros, ha surgido naturalmente de mis viajes y de mis deambulaciones por diferentes y excepcionales ciudades del mundo.

Haber encontrado los diferentes códigos sociales y culturales que recogen urbes y lugares perdidos en las montañas, y haberme habituado, camaleónicamente a estos ha sido muy enriquecedor; especialmente la forma en la que se entienden los unos al encontrarse con los otros.

Es muy interesante el lenguaje que se maneja en cada legado cultural, sin duda, y me nutro de todos, y de todo lo que me parezca sorprendente de ellos o me cause una sensación impetuosa, trascendente como tantos paisajes majestuosos.

Como decía anteriormente, no importa en qué registro en el que se encuentre o de donde venga, lo importante es que me suscite esa necesidad de decir o denunciar algo.

J. V.: Viajar ha estado en mi historia desde muy chica. Hija de padres separados viajaba de una ciudad a otra y luego de un país a otro y esto me hizo descubrir costumbres, formas de expresión, culturas diferentes incluso al interior de Colombia.

Con un poco de investigación y mucha curiosidad por lo que es la identidad cultural y en especial la identidad cultural colombiana, intriga por las raíces fundadoras de nuestra historia y nuestras creencias, descubrí el gran híbrido que representaba la realidad cotidiana del país y que me permeaba necesariamente.

Fue entonces que me vi de cara a la pregunta de dónde vengo y que es lo que soy, pregunta que aún no logro responder acertadamente y que a la vez trae con sigo la magia y el espíritu del nomadismo, ese de no pertenecer a ninguna parte y al mismo tiempo a todos los lugares que me conmueven sinceramente.

Aprecio mucho el viajar por la cantidad de información en materia de climas, colores, olores y rostros que encuentro y que me deslumbran, me aburren, me asustan, me entristecen y viajo permanentemente tanto en carros, buses, trenes aviones o en la corriente inagotable y pujante de mi imaginación.

¿Podría indicarnos tres principios estéticos donde usted fundamenta y desde los cuáles proyecte hacia sí misma y hacia los lectores, lo que hace?

N. V.: Los detalles. Los detalles más precisos y los más concienzudos los considero un principio estético muy importante a la hora de escribir. Son ellos en un primer momento los que me salvaron del aburrimiento extremo en la reclusión de una cama de hospital, tantas veces; y son estos igualmente los que me propiciaron esa hambre de escribir, de contar desde ellos lo que pasaba a mí alrededor, y que no podían ver fácilmente los demás.

Estos pueden ser detalles físicos como la calidad o el color de las cortinas de un cuarto o gestos o sentimientos, como el que te puede producir una persona peculiar al atravesar una sala vacía.

El movimiento. Sin duda, otro de los cimientos estéticos de mi escritura es el movimiento; la danza de los objetos y su desplazamiento de los objetos de un lado a otro, como si estuvieran vivos y tuvieran voz propia; y lo que esto llega a decir en un momento puntual dentro de la historia.

El sutil vaivén de las copas en la mesa de una terraza o el agitarse de los pañuelos atados a las sienes de mujeres enigmáticas.

Por último, debo señalar la importancia de los adjetivos. Estos hacen posible la descripción detallada, vital en mi configuración característica y me ayudan a ir formando y reformando los personajes y los lugares, de manera que no se caiga innecesariamente en clichés o se tornen aburridos y predecibles.

En términos de la sintaxis, la semántica y la estructura narrativa que utilizo, pienso que lo que me identifica en la mayoría de los casos es la metonimia lingüística y la voz del narrador omnisciente, testigo y cómplice, de juicios cuidados.

Ese que acompaña al personaje principal y lo sabe todo de este, hasta sus más intrínsecos secretos; se burla de él y lo compadece. Es una manera para mí de poder proyectar las representaciones y poder confrontarlas y aventurarme en el juego de las distintas posibilidades.

J. V.: Yo vengo de una escuela filosófica. La atención al discurso es fundamental en términos de la manera en cómo se presenta dicho discurso y en cómo se busca o no alcanzar determinada emoción con el mismo; en definitiva, la retórica.

Así, la forma y composición -que buscan generar una cierta atmósfera claro-siempre fueron para mí el esqueleto de mis escritos más que la idea de un contenido dado, pues siempre he pensado que de estas dos primeras nace el tercero.

Pero cuando escribo, siempre papel y pluma en mano (no recurro mucho al computador pues para mí la experiencia del tacto y del oído que guía la escritura es fundamental) esa forma va llenándose de carne que se adhiere de poco a poco y que la hace vivir, carne que yo llamo el color, la textura, los gestos y movimientos al interior de un relato que conducen a una disposición del mismo y que pueden llevar a que esta forma y composición cambien.

Aquí lo importante es no aferrarse a la forma imaginada o la composición preestablecida sino de lograr mantener lo mejor posible una base de ella, pero fluir y dejarse tocar también por las nuevas apariciones que donaran la campanada final respecto a la configuración definitiva de la historia; en fin, ir organizando esa amalgama de sensaciones, corazonadas, texturas y tonos que luchan por sobrevivir dentro de la historia a fin de nutrirla apropiadamente.

Por otro lado, la atención a los conceptos de tiempo y espacio con sus cualidades implícitas dentro del juego de la imagen en movimiento, han sido desde siempre para mí, más que principios constitutivos, obsesiones dentro de mis relatos.

Así, mi tono o estilo al escribir intenta en su mayoría de jugar con la metonimia o metáfora espacial o temporal.

¿Cómo y desde dónde se interesa en sus relatos y como se instala, la naturaleza y la ciudad, en su manera de inquirir y construir su visión del mundo?

N. V.: Me intereso en mi escritura como una manera de darme vuelta y revertirme a mí misma de adentro hacia afuera, cambiarme la piel, quitarme las máscaras; de encontrarme conmigo misma.

Desde este punto -umbilical- estoy vinculando todo el tiempo a la naturaleza, al menos la naturaleza biológica y psicológica del hombre.

A pesar de ser médica frustrada a causa de una atrozhemofobia/ hematofobia, la ironía sigue estando en lo que me apremio por captar de la naturaleza: esa morbidez hacia la mortalidad y perecedero del cuerpo.

Me apasiono entonces por los detalles de la piel y sus poros ensanchados, de las arterias que palpitan en la garganta del miedo, de las fibras de pelo lacio que rodean una cintura y todas las funciones que se desprenden del cuerpo a partir de los orificios naturales: la boca, el ano, los ojos, los oídos.

El cuerpo visto como todo un contenedor de un complejo mundo de sensaciones inevitables; el camuflaje perfecto y a su vez el mayor revelador de todos nuestros secretos.

Desde un ángulo externo, los paisajes por ejemplo y en general, conforman una parte importante de la dimensión del otro, de la alteridad, de aquello que miramos y nos mira, y por ende es de donde se componen más generosamente las metáforas. Poco importa si son paisajes propiamente naturales o paisajes de ciudad -esa otra naturaleza construida a partir del deseo y la proyección de los seres humanos-.

Mi concepción de mundo es la de una cierta cosmovisión que está siempre atravesada por una experiencia interior, un sentir como único y genuino en el sentido puramente joyciano, que es finalmente lo que más cuenta para mí de mi escritura.

Si bien existe una conexión con la manifestación de un algo que, en muchas ocasiones (sino en todas), se relaciona a una crítica social común, es la experiencia sintomática, que busca exponer la crítica, pero que finalmente no llama a la interpretación en sí misma, ni a un otro puntualmente: es una experiencia de goce puro, dirigida a nadie.

J. V.: Como decía un poco antes, mi interés por un relato nace del interés mismo por descubrir nuevas formas de comprensión posibles, comprensión entendida como claridad en la percepción, ángulo o punto de vista.

Cuando algo llama mi atención y hace que me detenga a pensar en el gesto, la persona o la atmósfera en cuestión, normalmente es porque para mí, este algo es susceptible de volverse una historia.

Oigo entonces cómo va a empezar a ser contada la historia, es decir escucho la voz que va a contarla, elección que viene siempre primero, y a partir de ahí formulo una estructura abierta a partir de la cual invoco ese invisible encarnado en los elementos como el espacio, los personajes, la trama, la época… que mi imaginación intuye a partir de esa primera seña y que luego va descubriendo completamente al escribir.

Es fácil deducir entonces que mi escritura está íntimamente ligada a la naturaleza debido a mi insistente interés en la fenomenología y en ese mundo natural de apariciones orgánicas o ideales con sus conflictos y adaptaciones y sus medios. Porque tal y cómo el organismo nace y decide crecer y vivir en un medio dado, está primera seña de escritura llega y se instala en mí brutalmente instándome a la restitución de un invisible por un visible tal y como en las cosmovisiones ancestrales. Respecto a la ciudad podría decir que la he vivido siempre como el testigo de la sociedad sobre todo en lo que respecta las buenas o malas decisiones de la misma.

En Cali siempre he estado rodeada de personas que aman Cali, que se bailan Cali que viven sus noches y amaneceres y respetan nuestra amalgama de culturas; pero que por lo mismo sufren con la ciudad su destino de olvido de su historia.

¿Cómo se da en su escritura la relación o no entre la realidad y la ficción, considera que todavía se puede tratar esa relación en la literatura o no?

N. V.: Para mí la vida es una ficción misma. Las experiencias son tan variadas y mutables que no pienso que la ficción esté muy alejada del concepto de realidad, en el ámbito artístico sobretodo.

Las cosas que vemos aparecer ante nuestros ojos son tan distintas a veces para los otros y las historias a veces tan increíbles.

Por ejemplo, con cada día que pasa siento que mis memorias desaparecen, me fallan, que algunas de las voces que tenÍa asociadas a ciertas anécdotas se convierten en ecos, los rostros se desvanecen.

Y lo que me queda es ese recuerdo, representaciones hechas por mí misma de los hechos.

A lo largo del tiempo y el espacio, la realidad es un registro que percibimos, mediado por lo simbólico.

Es extraño, pero creo que dada nuestra cultura cientificista pensamos siempre en lo real como lo que nos pertenece y nos da una mirada objetiva, pero la realidad no es más que lo que cada uno percibe independientemente y por objetivo que lo pretendamos, está siempre fuera de la posibilidad de cambio y de las dualidades, de poder ser compartido sin antes ser mediado por el filtro del signo lingüístico; y frecuentemente olvidamos el mayor filtro: la cualidad humana de representarse el mundo en palabras a través de la dialéctica y del lenguaje, a modo inteligible.

Así que la fantasía, desde mi punto de vista, no es más que la realidad vista desde un punto de vista que varía al acostumbrado.

Puede simplemente tratarse del punto de vista del otro, el del vecino, el de un niño o el de la señora que decide pasar justo por la única calle del barrio, en donde se ha cortado la luz y encuentra a los vecinos reunidos fuera de sus casas, en pijamas y equipados de antorchas.

Para ejemplificar un poco este tema me gusta siempre pensar en el cuento “casa tomada” de Cortázar. Es un buen ejemplo de cómo, con o sin contexto, una realidad puede ser tan fantástica como “realista”.

La fantasía pertenece a nuestro mundo de ideas, en el sentido platónico de la expresión, y por consiguiente pertenece al mundo de los niños por excelencia. El mundo de la realidad mediatizada o aparente, nace de la realidad que por el contrario es mutada, cambiada y transformada por nosotros mismos.

J. V.: Considero que como bien lo han dicho o vivido muchos escritores y artistas en sus obras, la realidad supera casi siempre a la ficción y que la literatura ha sido siempre un espacio en el que estas dos dimensiones se encuentran para tratar de conciliar una propuesta expresiva entre las mismas o generar el contraste suficiente para reafianzar una o la otra respectivamente.

Así que respecto de la cuestión de si este tratamiento es aún viable en literatura la respuesta es claro que sí.

En mi escritura busco animar la realidad de ese invisible que descubro con un tono de ficción, nueva realidad que llega de ese invisible que no por revestirse de ficción es menos real, sino que más bien acentúa la intención que quiero transmitir.

De esta forma la realidad y la ficción coexisten más o menos en armonía y observando esta coexistencia logró enriquecer el proceso mismo de la escritura.

¿Qué le dicen a usted y a sus textos, la crítica literaria, es básica o no lo es, es necesaria todavía o no, o todo está radicado en el carácter de la libertad del escritor (a)?

N. V.: Desde mi punto de vista considero a la crítica literaria es importante porque nos hace ver de qué manera entiende el otro nuestro acto creativo, nos acerca o une si se quiere a manera de puente y un diálogo con nuestro lector.

Informa y puede darnos igualmente una guía de cómo entender al público a quien dicha crítica dirige su función.

Ayuda a pulir y limar imperfecciones y a dar cuenta de pequeñeces que quizás están interrumpiendo el sentido que en principio hemos querido dar a un cierto tema.

De esa manera puede hablarme la crítica, a modo de espejo que me proyecta cuestiones estilísticas y estructurales, sobre todo, para reevaluar y reelegir coordenadas y potencializar la claridad y el sentido.

Trascendiendo este punto, sin embargo, la crítica más importante sigue siendo la personal. Esto quiere decir que, en términos de poder reconocer y observar en detalle la propia creación, aquella manifestación engendrada y concebida por uno mismo, lo importante no se debe centrar en descifrar el por qué se interesa el otro en nuestro ensueño o porque buscan leernos, lo importante es preguntarse el porqué de la propia creación a sí mismo constantemente, para seguir deliberando algo verdaderamente genuino.

J. V.: La crítica literaria es necesaria siempre y cuando ella sea llevada a cabo bajo la buena voluntad de la objetividad.

Mis escritos han sido sometidos a críticas enriquecedoras y objetivas por maestros de la escritura y ellas me han hecho comprender dos cosas muy importantes: primero, que si un texto no puede ser sometido a crítica alguna es un texto que vale poco la pena, pues esto quiere decir que no hay realmente una experiencia humana de testimonio detrás de su proceso creativo, reflexivo y analítico, sino una maquinación, repetición o copia de algo ya saboreado, ya terminado y criticado, es decir que dicho texto carecería del componente de riesgo necesario y entonces no propone ni invita a ir más allá de y en su lectura.

Y segundo, que un escritor debe siempre estar listo para defender sus ideas y la forma en que se plantean las mismas en el ejercicio de escribir, de cara a sí mismo, es decir que debe tener el coraje de aceptar sus pensamientos y de transformarlos en palabras y no negociar ni dejarse seducir por las repeticiones que funcionan y que evitan que sus obras se pongan en peligro ante la crítica.

Pero, sobre todo, que un escritor que quiera avanzar en su tarea, debe ejercitar el valor de la humildad para poder escuchar con atención, leer, apreciar, dejarse encantar y extraer de otros que han pasado ya por la etapa que este enfrenta, los consejos en materia de recursos y métodos útiles a la escritura misma.

La libertad del escritor es un tema bastante complejo para mí. En especial, porque pienso que todo escritor como todo artista debe ser testigo de lo que le rodea, bien sea la realidad social, cultural, política… en definitiva la realidad humana de una época dada, sean sus alusiones y sus intenciones frente a esta, expresadas en forma de hiperrealismo, expresionismo, costumbrismo o fantasía.

Todo escritor desde mi punto de vista, debe poder alcanzar la libertad en su escritura, bajo la consigna de portar una voz precisa, de sostener una bandera, de comunicar un estado que evidencie el estado general o las condiciones del mundo en el que vive.

¿Por qué, al iniciar el libro, hay una cita del escritor Julio Cortázar, qué indica, qué busca propiciar con ella, qué intenta provocar?

N. V: Julio Cortázar siempre fue uno de nuestros autores preferidos. No necesariamente por su habilidad para formular frases e historias virtuosamente, sino por el hecho de que, para él la fantasía y la realidad se entremezclan constantemente en una armonía escurridiza y confusa, que nos hace recordar la esencia de la vida.

Para mí, una parte importante de escribir es el recuerdo y lo anecdótico y significativo del mismo, lo que nos causó más interés y agasajo.

La remembranza, así como lo onírico que acompaña su estilo, es referente cercano a lo que busco (amos) con la expresión de mi experiencia a través de escritos y cuentos.

Este compilado de cuentos, formulados y empezados hace más de cinco años, son sin duda una analepsis implícita en el recuerdo de varias épocas encantadoras y difíciles, plagadas de diversidad de vivencias irrepetibles.

Están representadas indudablemente en ese viajar en el tiempo a través de la escritura, con la ilusión de inmortalizarlas, eternizarlas suspenderlas, a partir de la reconstrucción de las mismas.

J. V.: Julio Cortázar fue un gran maestro y una gran inspiración en la que coincidimos mi hermana y yo. A pesar de tener un tono fantástico en todos sus escritos, está fantasía está plagada de ironía, melancolía y una acérrima crítica social, política y cultural.

Creo que fue esto lo que indudablemente hizo que le hiciéramos un pequeño reconocimiento en el epígrafe inicial del libro.

La cita concretamente habla de los recuerdos, de ese mundo de fantasía y casi diríamos ficción que son muchas veces los recuerdos, pero al mismo tiempo evoca el hecho real y concreto de esa reminiscencia y de la expresión física en el gesto del llanto frente a la nostalgia ante el recuerdo.

En este sentido es la apertura perfecta para nuestro libro el cual no sólo reúne estás dos dimensiones, sino que además intenta llevar al lector a vivir a través de la lectura de los cuentos que comprende, a la reminiscencia de lo que han podido ser para él o ella, la experiencia de crecer, en definitiva de ser humano.

Las escritoras

Natalia Vélez Loaiza, Bogotá, 1986.

Licenciada en Psicología de la Universidad de Massachusetts-Boston, Estados Unidos, con una especialización en psicoanálisis del Institute of Psychoanalysis of London y una maestría en Psicología Clínica y Psicopatología Fundamental de l’Université de Paris.

Actualmente, adelanta su doctorado sobre temas coyunturales entre la literatura y psicoanálisis, con doble titulación entre la Universidad de Buenos Aires, Argentina y la Universidad de Bérgamo, Italia.

Para el 2004, partió a Estados Unidos, en donde residió por ocho años y en donde, además, apasionada por el arte del ballet que practicaba desde pequeña, estudió en el Boston Ballet School adquiriendo el título de Professional Dancer.

Es lectora asidua y embebida escritora en constante re-construcción. Empezó a escribir desde los 10 años, momento en donde decide crear un personaje flacucho, alado y polvoriento como “estatuita de anticuario o antigüedad”, quien con el tiempo se convierte en el hombre viento, y la sigue a todas partes.

Natalia Vélez Loaiza, alias La hembra Omega, seudónimo creado y otorgado por uno de sus mejores amigos a partir de la creación de uno de sus personajes, alter-ego de Natalia.

Juliana Vélez Loaiza, Bogotá, 1986.

Máster en Filosofía del arte, estética y cultura, de l’Université Paris Ouest La Défense, Nanterre, Paris.

Ha colaborado en montajes y proyectos de comisariado independiente en las ciudades de Bogotá, Cali, París y Boston, en especial en la Hallway Gallery, donde también dirigió un grupo de discusión y estudio sobre arte contemporáneo llamado The zoo pot.

Interesada desde siempre en la escritura y el comisariado ha participado de varias publicaciones artísticas en revistas independientes de arte como la revista Hyperalleric y revistas de dos universidades. Antiguo miembro de la sociedad de edición Paroles des Mondes Anciens de Paris. Es creadora del branding de arte, alta fidelidad.

Siempre una niña azul, reflexiva y apasionante, ha permanecido cerca de la lectura de la disertación filosófica pero también de la fantasía, lo que la ha llevado a cometer, en más de una ocasión, complots y conjuros de bruja impregnados en grafito, creyendo siempre en el mundo onírico de los sueños y las pesadillas.

Aquella niña azul y otros cuentos
Por: Fabio Rodríguez Amaya (1950-)

Estos cuentos de diversa índole y factura, y con finales de variados tintes, sin duda gustarán a lectores avezados, intrigará a lectores suspicaces, fascinarán a lectores salteados.

Y, para este improbable lector que escribe, no hay mejor modo de anticipar que, entre fantasía, sueño y ludus, este libro ha sido escrito a dos manos con imaginación e inteligencia, con pasión, y con la ineludible dosis de razón.

Ahora bien, para todos hay siempre un comienzo como testimonian estos cuentos breves de Juliana y Natalia Vélez Loaiza.

Ellos darán voz a un coro de lectores que se unirán a la mía, para acoger a las recién venidas al país literario: dos jóvenes aspirantes escritoras caleñas y cosmopolitas en sus exordios, dotas de talento, cultura y disciplina, y dedicadas, como se debe, al inútil oficio de escribir.

Mas, leyéndolas, nos percataremos de la utilidad de la escritura.

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