La mujer de Rodas

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Gaspar de Rodas

Una historia sobre Gaspar de Rodas, que el profesor Óscar Jairo González Hernández propone a todos los lectores de Papel.

“Que no haga alarde de su ilustre raza
quien debió ser melón y es calabaza”

Recordaba, sentado en la mecedora, aquel paraje silvestre y pintoresco, el claro abierto en la selva del frente, forrado de orquídeas a los lados, cruzado por una corriente de aguas espumosas que se deslizaba sobre las piedras como por un camino, jardín, cañada y cascada a la vez, enclavado cañón de rocas grandes como el tamaño humano.

Evocaba también, cerrando los ojos, el cristal del agua sobre amplias losas a flor de superficie, lecho de amor del riachuelo, paraje que los indios de las cercanías (las indias) visitaban con frecuencia para lavar la ropa y bañar el cuerpo.

Qué iba a decírsele a don Gaspar de Rodas de la rutina de la india en la cascada, si desde hacía días le seguía los pasos durante el ritual.

Mañana, cuando la indiecilla aquella que traía ahora a la memoria, terminase de lavar los chiros, le haría conocer, allí mismo, sobre la alfombra de pedernal en el agua, su muy posible condición de madre de un hijo suyo.

Mañana, cuando la chiquilla (quince años le calculaba que tenía), soltase de la cintura la paruma y quedase desnuda vuelta de espalda como se disponía siempre bajo el chorro, se acercaría él, desarmado, sigiloso, hasta la distancia prudente; y entonces, ahí sí, la abrazaría de un salto, le cubriría la boca con una mano, para que no gritara, y con la otra, diestra mano para la doma, comenzaría a recorrer la roja pulcritud de su querencia, diciéndole en susurro, al oído:

–Ven para acá, conejilla… –se decía esto don Gaspar mientras tomaba una nueva copa de vino de Jerez y mecía la silla.

Así, sentado en el corredor de la casa grande, mirando de frente hacia el claro de monte desvanecido hacía rato por la impecable negrura de la noche, reflexionaba que después de todo no era sólo la lascivia el aire que animaba su apetito voraz, sino también el deseo sincero y legítimo, quién iba a decirle que no, de reproducir la gen para que se extendiera por valles y laderas.

Tal era el sentido práctico y por demás histórico que irradiaba la cacería de indias, pasatiempo y deber a la vez, jactanciosa e imprescindible labor de conquista y establecimiento.

Eran jornadas tan gratas y simples como ordeñar las vacas en los potreros, castrar los cerdos de engorde en las porquerizas y ver copular jacas y sementales en el pastizal.

Para eso era ya casi Gobernador de Antiochia y encomendero primero del valle. Establecer su nombre y multiplicarlo después, igual que otro hombre en el mundo funda una familia y se hace a una renta, ni más ni menos, con esa misma inocencia, consideraba don Gaspar sus asaltos contra las indias.

Tomaba el hecho como una verdadera empresa, rica en hijos y nietos, que los debía de tener, y muchos, puesto que pasaba los treinta años oficiando en el deber, antes como nómada en las montañas y ahora sedentario en el valle.

Tal era el vasto propósito familiar de don Gaspar de Rodas. Aunque saliesen los frutos mestizos, por supuesto, como las vacas pardas del corral pintorreteándose de blanco y negro en las orejas.

–Mitad Extremadura, la dura, y mitad bodrio –se decía a sí mismo antes de los asaltos, y lo repitió ahora, tomando un nuevo trago, dispuesto a permanecer el resto de la noche en vela–; hasta que pulan, ya se verá, Dios proveerá.

A esa misma avanzada hora de la noche, Marixé, como se llamaba la india, intentaba dormir sin pensar más en los sucesos de mañana.

Tendría que dirigirse de nuevo mañana temprano a la cascada a lavar los trapos y tomar el baño, igual a como lo venía repitiendo durante el último tiempo a la misma hora; sólo que mañana, era un hecho que todo lo hacía presagiar, asaltaría por fin el hombre, ciego de lujuria y borracho de amor, tal como lo hizo antes con Sixfí y Miraflor y con otras amigas del caserío, mujeres que ahora mismo trabajaban en la chichería atendiendo al personal. Mañana se atrevería don Gaspar, solo y sin pistolón, segura que sí, como que hay sol, se repetía una y otra vez Marixé mientras su corazón golpeaba con furia en sus costillas y el sueño no llegaba en modo alguno.

La acción estaba concebida de manera que no fallara. La clave del plan consistía no en ir adonde él, sino en dejarlo aproximar solo, porque gustaba acometer los asaltos sin compañía, eso lo sabía cualquiera en el valle.

No había duda respecto a que don Gaspar se hallaba cebado, y con ese fin de atraerlo cerca, se bañaba ella de espaldas, con un puñal escondido a la altura de su pecho, como si fuera su estropajo personal.

No había, pues, más que aguardar a que el hombre asomara tras la roca y se decidiera a avanzar.

“Aguarda, aguarda sin desesperarte hasta que yo salte”, le decía Bómbix, su cómplice, durante los entrenamientos. Caería, pues, Bómbix, desde lo alto de la cascada, agazapado como rana que estaría, hecho agua y pez, puñal en mano, como le enseñaron y vio hacerlo contra algunos españoles días atrás.

Caería sobre el hombre, tumbándolo al agua con su peso, matándolo y rematándolo, ahí sí los dos, Marixé y él, a cuchillada limpia. Para eso se habían preparado apuñalando enemigos invisibles, rompiendo de punta el aire con furia de niños durante las tardes. ¿Y si fracasaba el plan?, pensó estremecida Marixé en la estera; bueno, si fracasaba el plan qué podía hacer si así era la vida, era su turno; sí, cómo no, bien clara tenía su respuesta para poder continuar viviendo, ya sabía bien cómo obrar en ese caso –y pensando así, insegura de todo, se quedó dormida.

El hilo de agua perforando las rocas ahogaría el grito de la india, si es que tiempo para gritar le diera, pensaba don Gaspar mientras acompañado de seis hombres comenzó a trepar la cañada. El resto sería miedo pánico del animalito, y sumisión después, lo sabía por experiencia propia de montero.

Esas y más situaciones se atropellaban en su cabeza cuando, saltando largo de piedra en piedra, abandonó atrás a los escoltas con orden de no seguirlo.

–Esperen aquí –les dijo–, no tardo en regresar.

Se impulsó aferrado a los salientes de las peñas de la angosta cañada, pasó escurrido por entre las frías paredes glaucas de musgo y algas, alebrestado por el colorido apabullante de las orquídeas, próximo a la catarata, empapados al extremo el terciopelo, el jubón y el morrión. Se detuvo un instante al ganar el parapeto, mientras comprobaba que el único sonido del lugar nacía de la melodía del agua contra la losa, cantarina común en aquella selva acústica, acuosa, vegetativa y traicionera que dominaba con excelencia de lo buen Conquistador que era. Observó con detenimiento a los lados, acostó el cuerpo en la roca y asomó la cabeza, con la vista al frente.

Allí estaba la criatura, bajo la ducha, a unos cuantos pasos, de espaldas, plena, serena, inocente de todo, íntima con las caricias del agua. Tomó aire don Gaspar desde lo profundo de su vientre y exhaló luego tufo de alcohol, resoplando como un toro; apretó los puños, abrió los brazos y empezó a andar, diciendo por primera vez el murmullo:

–Ven para acá, conejilla…

Ciertamente, el corazón de la indiecita latía desenfrenado como el de una conejita a punto de ser atrapada cuando, desde lo alto y tal como lo tenían previsto, rugiendo en la garganta un prematuro y prolongado ah criminal que rompió la armonía del lugar, saltó Bómbix sobre la sombra que se le aproximaba a ella por la espalda.

Y corrió, corrió entonces Marixé poseída por el miedo y a la vez pretendiendo escabullirse del miedo, como si fuera esa la única oportunidad que le daba la vida de correr y quisiera aprovecharla al máximo; con todo el ímpetu que son capaces de liberar los pies sujetos a la tierra después de largos días de extrema tensión; corriendo como la chiquilla perseguida que era, como la chiquilla perseguida que había sido siempre, pisoteando las orquídeas, perdiéndose en la espesura, salvando obstáculos como si en realidad no los hubiera, corriendo a casa, olvidando a Bómbix, abandonando su propio deber, soltando y dejando caer al agua su cuchillo, incapaz por entera de permanecer un segundo más en el lugar.

No pudo, pues, Marixé, presenciar cuando don Gaspar de Rodas, instintivo, ágil, audaz, animal, se hizo a un lado en el último momento, aunque cayendo de todas maneras al agua por culpa del peso que le golpeó las rodillas y le hizo perder el equilibrio; y tampoco pudo darse cuenta cómo descubrió el hombre el cuchillo de ella navegando a la deriva, llevado por la corriente hacia el fondo de arenas amarillas, antes de que Bómbix pudiera reaccionar; ni vio con qué velocidad se abalanzó el hombre sobre el puñal, desesperado por no perder un segundo en la acción; ni mucho menos pudo presenciar cómo, certero y primitivo en el envío, lo hundió seguido dos, tres, cuatro veces en la espalda de Bómbix que trastabillaba enfrente intentando ponerse en pie.

Lo mató y lo remató don Gaspar, ensartándolo después por el vientre, como a un perro, el centésimo, quizá, en aquellos años de rabia.

Así, sin intervención de escolta y en un principio desarmado, se salvó don Gaspar de Rodas del séptimo atentado que ese año se fraguó contra su vida. Quizá no volviera a olvidar jamás su guardia personal, tal vez ni siquiera para ir a calentar aromáticas en los fogones del patio, ni para cazar indiecillas solitario como lo hacía antes; pero en todo caso, con ella, con la escolta, la noche de ese mismo día salió de casa don Gaspar con la pretensión de cobrar caro la intentona aindiada.

Fue una noche negra, sin un solo relámpago que la iluminara para desmentir el odio generalizado camuflado en la oscuridad de los alrededores. Noche fría y silenciosa, a pesar del latir ocasional de los perros de la casa grande cuando se inició la montería.

Se dirigieron los caballos, los mastines y la tropa hacia el rústico bohío de la india alzada, enclavado en lo alto de un cerro con resignación de indio. Rodearon el rancho y le prendieron fuego con antorchas de paja, y a las cinco o seis sombras que escaparon precipitadas de las llamas, las recibió afuera el aspaviento cruzado de metralla de arcabuz. La chiquilla, sintiéndolos llegar, había conseguido correr a tiempo, pero no hasta muy lejos, apenas hasta la explanada del frente de la casa, al árbol donde trepó.

Permaneció allí, acurrucada entre las ramas, inmovilizada por el miedo, viendo el incendio y la masacre, con los dedos y las uñas entre los dientes rechinantes, hasta que amainaron las llamas en el amanecer. Allí estaba en el caballo don Gaspar, a los pies del árbol, con los ojos puestos en las ramas, contemplando las dos lucecitas de los ojos asustadizos de Marixé apagándose entre el follaje con el alba.

Los había visto a través de las hojas durante toda la candelada, reflejados por el rojo incendio de la casa que atropellaba con furia la oscuridad.

–Anda y trae esa niña hasta aquí –ordenó don Gaspar a uno de los rodeleros, señalando el árbol con el dedo.

A sus pies la criatura, la miró con lástima desde lo alto del caballo, dio una vuelta alrededor de ella, se inclinó apoyando el pie en el estribo, y le levantó la cara, abofeteándola una, dos, tres veces.

–Llévala a la casa grande y enciérrala en el granero

–le dijo al rodelero que la sujetaba de los brazos.

Marixé, acostada en la cama de esterilla, desnuda tras el velo blanco del mosquitero, recién lavada, sosegada ya después de varias noches de fiebre, cólico e insomnio, aguardaba a don Gaspar con afán de comunicarle la decisión tomada, patéticamente dibujada en su cara con lo poco que le restaba se su otrora sonrisa juvenil.

Ciertamente le sonrió cuando don Gaspar descorrió la cortina de palma e ingresó al rancho de la bodega, ebrio de alcohol y de amor.

Sin él preguntarle nada, ella le respondió que sí, que claro que sí, que, por supuesto que sí deseaba continuar viviendo, y lo besó y lo incitó a amar hasta la saciedad del alba, hasta que trinaron los primeros pájaros afuera en el campo.

Y ella amó con miedo de niña primero y como mujer después, esa y otras noches más. Y se hizo luego del servicio de chichería en la encomienda, la mejor entre todas las mujeres, y le dio a su amo, con el tiempo, catorce descendientes mestizos, nueve de ellos varones, y la llamaba don Gaspar de Rodas, “la conejita de la casa”, cazada en 1574.

A los y las medellinenses que reverencian, aún hoy, el busto de Don Gaspar de Rodas que está al comienzo de la Avenida La Playa. Don Gaspar de Rodas, el Conquistador que anduvo con Belalcázar y con Robledo, el mismo que “pacificó” Antioquia, el «adorado» «dueño» del Valle de Aburrá. Este es nuestro origen mestizo y un primer acercamiento a nuestro ¿sempiterno? carácter violento, el mismo de toda la humanidad.

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