La París de Colombia

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GearardoPerez6

Memoria y relatoría del Seminario de Periodismo Cultural de los Eventos del Libro que contiene diez textos escritos por igual número de participantes.

Autora: María Paula del Pilar Ramírez Carvajal

Leer Bajo la piel de Medellín es encontrar otro capítulo de la ciudad. Su autor, Gerardo Pérez, camina por las comunidades y la cotidianidad de una ciudad que aprendió a descubrir.


Andar la calle ha sido el oficio de Gerardo Pérez Holguín, cuyo cabello, a sus 65 años, ya está cubierto de canas. Ha recolectado historias de Medellín a través de sus pasos por esta ciudad, que aprendió a escudriñar bajo la piel.

La sed que lo hizo entrar a casa a tomar agua después de jugar fútbol, fue la causalidad que lo llevó a conocer Medellín. “¿Querés ir con nosotros a Medellín de puente?” le preguntó su hermano, que iba de paseo con su esposa.

Creía que su destino sería irse de Buga, Valle del Cauca, donde vivía entonces, a estudiar en la Universidad de Los Andes, ubicada en Bogotá. Sin embargo, al conocer Medellín, se dio cuenta de que sus sueños ya no incluían la capital: “Hubo algo de esta ciudad que me llamó mucho la atención. Recuerdo que fuimos a caminar por Junín, salimos por la noche a una heladería a echar carreta, nada distinto de lo que yo podía hacer en Buga”, cuenta Gerardo, quien sabe que el tiempo le ha demostrado que su destino ha estado en Medellín.

4.200 fue el número de la credencial que indicaba que había sido admitido para estudiar Ingeniería Industrial en la Universidad Nacional. Allí conoció a su novia de ese entonces, de la cual aprendió mucho sobre cómo acompañar a las personas.

“Ella vivía en la última calle de Medellín, en el barrio Las Brisas. Cuando llegaba a la comunidad, todo el mundo tenía que ver con ella, la gente le preguntaba por una cosa, por la otra, por tareas, por algún problema que tuvieran”, recuerda Gerardo.

Aunque en sus trabajos era parte del área administrativa, su espíritu de andariego no lo abandonaba. “Yo tenía un encarrete con todo lo popular. Así fuera administrador, me mantenía con la gente en el barrio. En ese entonces empezaron a salir muchas organizaciones comunitarias, y me llamaban para darles asesorías administrativas”.

Gerardo ha trabajado en diferentes organizaciones como Corporación Región, Instituto Popular de Capacitación, Con-Vivamos, Corporación para el Desarrollo Comunitario y la Integración Social, Cedecis, Casa de las Estrategias, Fundación Pablo Tobón Uribe, Compás Urbano, entre otras. En 2015 también empezó a impartir recorridos por Medellín con Comfama. Incluso lo llamaban de diferentes universidades para mostrar la ciudad que él había conocido, más allá del Metro y los museos.

Ese mismo año, una grave enfermedad en el cerebro lo amenazaba y arrebataba sus esperanzas, según él “llegué al momento en que no le encontraba sentido a la vida”. Un grupo de amigos se juntó para no dejarlo desamparado en medio de una crisis. Así, la vida y los amigos le enseñaron que el dinero no lo era todo. “Cuando la gente me pregunta por qué soy tan solidario, yo les digo ¡¿Qué?!, ¡eso es como un mandato para mí!”.

Nunca tuvo la intención de escribir un libro. Cuando el director de Comfama le propuso escribir sus historias, Gerardo le respondió: “lo que yo voy a hacer es morirme y ya, dejen de ‘güevonear’, no me pongan más tareas que me angustien más”. Aun así, al brindarle todas las posibilidades y conectarlo con Carla Giraldo Duque (coautora del libro), era imposible negarse a regalarle a Medellín sus experiencias por las comunidades.

“Lo mejor del libro, fue conocer a Carla”, confiesa Gerardo, quien la describe como una mujer maravillosa, con una sensibilidad increíble. Es egresada de Comunicación Social de la Universidad Pontificia Bolivariana, autora del libro Se dice río. Volver al antiguo camino de Juntas.

“Tenerla cerca me ayudó a aliviar muchas cosas, porque realmente yo pensaba que me iba a morir. Ella me tuvo toda la paciencia del mundo. Hasta que finalmente me encarreté con el libro”.

Gerardo tuvo un renacimiento que no solo se lo atribuye al libro, sino a sus amigos. “Hace poco tomando tinto, con mi neurólogo, me decía: ‘A usted no lo salvaron los medicamentos, fue la energía y la fuerza’”. Los y las jóvenes en cada recorrido, también influían es su mejoría. “Cuando los jóvenes me agradecían a mí, yo pensaba, ¡pues cómo si soy yo el que les debe agradecer!”.

“Lo mejor de los recorridos con Gerar es parchar con amigos y reconocerse en cada territorio de una ciudad que supuestamente conocemos”, dice Julián Vergara, un joven que caminó con Gerardo en uno de sus recorridos.

Al momento de escribir Bajo la piel de Medellín, Gerardo siempre tuvo claro que no quería ser protagonista “porque las historias son la comunidad”, tampoco pensaba hacer del libro una investigación. Quería contar los hechos que recordaba y había vivido de manera cercana, sin ponerles un matiz. “Yo quería contar cómo se construye la vida en el territorio”.

El autor narra que “la historia de las comunidades está fuertemente impregnada del azar, de hechos que en el tiempo uno considera muy bacano o muy triste, pero nada es planeado (…) Lo único que quisiera, es que la gente no suba a un barrio y salgan chicaneando, sino que se lo lleven en el corazón y entiendan que pueden hacer algo”.

Natalia León, lectora del libro, detalla que lo que más le gustó de leer Bajo la piel de Medellín es que “logra sumergirte en las historias de una forma muy empática y cercana, con un lenguaje entendible. Gracias a las descripciones, uno quiere recorrer esos lugares. Saberse envuelta en una historia que te muestra claramente la realidad de los territorios, crea una mirada distinta sobre las calles de Medellín”.

Leer Bajo la Piel de Medellín es viajar por los barrios, ver la realidad de personas que no son incluidas en las prioridades de la ciudad, es percatarse de las luchas que no son tomadas en cuenta, es encontrar “la París de Colombia”, que describe Gerardo. Leer Bajo la piel de Medellín incluye conocer personas como María Elsy, María Consuelo, “la fiera” de Luz Dary. Es notar las paradojas de “los pillos”, o encontrarse con Paulino y Orlando, también es descubrir a Cedepro, un colegio sin reglas, de libre autonomía.

Leer Bajo la Piel de Medellín es leer a Medellín.

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