La poética de Daniel Acevedo y su relación “fuerte” con la historia

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1 DanielAcevedo

El poeta e historiador habla de su obra, aludiendo que: “Ciertamente es inevitable que exista (en su poética), una relación fuerte con la historia”. Actualmente, está disponible en el catálogo online de Hilo de Plata Editores su última publicación: Ritual de vuelo.

Del sentido: ¿En qué medida lo relaciona o no con lo que hace y que dimensión le da? ¿Dónde se indica la necesidad de él o su sinsentido?
Pienso que gran parte de la literatura contemporánea, y posmoderna, ha intentado desligarse del sentido como una amenaza.

En mi poética he intentado que mi propia producción tenga un sentido estable, porque significa que tengo algo que decir. El sentido demarca un territorio, un lugar de enunciación, una experiencia que bien vale la pena resaltar. Todos tenemos algo que decir, en mayor o menor medida. Un cuento o un poema que no diga nada no es más que un artificio de palabras, el sentido es clave para afectar al otro y evocar una determinada emoción o sentimiento.

El problema es cuando el sentido se transforma en una prisión, cuando creemos que ese sentido debe ser siempre explícito o explicativo. Algunos autores abusan de la explicación, sin entender que la imagen ya tiene una fuerza en sí misma que desborda sentido. Los textos literarios muy explicativos suelen ser tediosos y mal escritos. Suelen cansar al lector que no le gusta que lo consideren un idiota.

Siempre he tratado de manejar el sentido de una manera sutil, de tal manera, que sea el lenguaje mismo, en sus juegos, el que demarque una ruta de significación. La metáfora, la metonimia, ciertos códigos hermenéuticos, ayudan a que el lector se sienta atraído y poco a poco, como un navegante vaya descubriendo las tierras del sentido, pero en una navegación que le es propia y hace parte de su experiencia de lectura.

De la oscuridad: ¿En qué forma concentrada o no, se da y se revela en lo que hace? ¿Cómo lo posee y se posee de ella y para qué?

La oscuridad es un elemento que sin duda está presente en mayor o menor medida en la obra de todo poeta. Al interior habitan abismos, desgarramientos y silencios que, en algunos casos, logran sanarse a partir de la escritura, o al menos se aspira a una universalidad, oscuridades que se encuentran entre sí, en el acto comunicativo del poema.

El poeta necesita de la oscuridad para confrontarse a sí mismo y adentrarse en los terrenos más profundos del inconsciente y explotar la veta de imágenes que allí se esconde, la necesita para alimentar la música de sus versos.

Algunos no logran resistirlo, pagan un alto precio por esa sensibilidad y ese juego de sombras: Celan, Pizarnik, Plath, Rimbaud, Pasolini, la lista se extiende hasta Safo.

El poeta paga el precio de sus visiones y en ocasiones, cuando solo queda la oscuridad, o mejor decirlo aquella ausencia de luz, la opción por la finitud puede verse atractiva y, en algunos casos, transgresora. Más que pensar la “oscuridad” como noción, me interesa más la ausencia de luz, reitero, porque la oscuridad es tan solo la forma en que llamamos a este fenómeno. La luz no siempre llega y la mayoría de veces solo irrumpe en instantes y fragmentos, el resto de tiempo estamos luchando a ciegas contra lo inefable.

Me gusta el uso que hace Lautréamont de la oscuridad, me parece que es uno de los poetas que mejor supo explotar las imágenes que trae la oscuridad. Imágenes que, ciertamente, no son fáciles de digerir, pero que sin duda hacen parte de nuestra construcción como sujetos.

Lautrémont se lanza de pleno al abismo y evoca un héroe negativo que lucha contra Dios, en un contexto de sangre, crueldad y bajos deseos. En su obra no hay luz y sentimos esa inquietud, esa incertidumbre propia de los tiempos oscuros. Hoy más que nunca son necesarias estas lecturas, no para reafirmar la oscuridad, sino para conocerla, y ser capaz de traer la luz, así sea en pequeñas dosis, a las ruinas en que habitamos. La poesía y la literatura tienen una función significativa en esa difícil empresa.

De la forma: ¿Qué interviene o que no interviene la observación de lo que realiza, del desarrollo de una estética en usted?

La forma para mí es una parte fundamental de la construcción de una estética. He leído poetas jóvenes que tienen mucho que decir, pero utilizan formas y discursos desgastados, y sus imágenes, irremediablemente, naufragan en el mar del olvido (también existe el caso inverso: poetas pulidos en la técnica y en la forma, pero que no tienen nada que decir).

La forma es clave en el acto poético, es la estructura del poema, sus ritmos, la distribución de sus imágenes, las imágenes y figuras retóricas, es Apolo con su pincel que juega con los colores de la existencia. La forma también obedece a procesos históricos, culturales y estéticos. Por ejemplo, es claro que antes de las vanguardias de principios de siglo XX la métrica era indispensable para construir un poema, hoy el verso libre ocupa su puesto y, quizás en el futuro, con la aparición de nuevas tecnologías, aparezcan nuevas formas y experiencias para trabajar la poesía.

Por lo general y mis últimas experimentaciones la forma que más se adecua a mis exploraciones es la prosa poética. Me permite manejar mejor el ritmo y hacer pequeños guiños narrativos al interior del poema, como un diálogo o una acción que nunca concluye. Pero la forma no tiene que ver solamente con el género sino con el tipo de discurso, ese código en que se inserta el texto, que da cuenta de una tradición, una experiencia y de unos trayectos determinados de exploración literaria.

Por ello, no se debe subestimar la forma y creer erradamente que la poesía es simplemente una expresión de lo inmediato. Los buenos poemas suelen tener un gran trabajo detrás, de pulir, depurar, hacer hipérbaton, mejorar el ritmo, ese tipo de cosas.

Concluyo entonces que la forma es fundamental en mi propia poética, un elemento indispensable para la construcción de un texto literario, llámese poema, cuento o novela. La forma es la casa de la imagen: el latido que irrumpe en el silencio (y mejor que sea un latido y no un aullido desafinado).

De la invención: ¿Qué media con su mundo del arte (hacer del ser)? ¿Cómo se resuelve o no, dónde es básica la misma, como la reclama para sí?

Hablar de la invención me parece difícil, hoy una pregunta muy pertinente es: ¿Dónde se encuentra la invención? ¿en los contenidos? Lo dudo. Bien sabemos que los temas de la gran literatura siguen siendo los mismos desde los griegos hasta ahora: la muerte, el amor, el sufrimiento, la naturaleza, etc.

No hay invención allí. ¿En la forma? Parece que ya las vanguardias y movimientos como el Outlipo hubieran extinguido toda posible experimentación. ¿En el uso de ciertos discursos vinculados a lo popular y lo narrativo? Los Beats, Bukowkski y algunos poetas nadaístas lo hicieron muy bien. Parecería que no hay un horizonte claro cuando se habla de invención.

Sin embargo, en esta época, creo que en ese papel intertextual hay algo de creación. Todo autor toma unas elecciones a la hora de construir un texto literario. La etimología de la palabra texto proviene del griego y quiere decir “tejido”. No hay nombre más propicio.

Un poeta o un escritor para mí deben tejer, con su estilo construido por su experiencia, sus lecturas y el uso de sus imágenes, un escrito literario. La invención está en la forma en que el autor resignifica esa experiencia, su delirio, y logra consignarlo en el texto, logrando en algunos casos una afectación de los cuerpos. Es allí donde nuestra multiplicidad actúa y donde somos diferentes.

También pienso que hay invención en las nuevas tecnologías, que ha sido quizás la proyección del colectivo Nuevas Voces.

En el sentido de que son formatos poco explorados. La invención estaría dada por el medio, por el uso de aplicaciones, animaciones e, incluso, videojuegos que pueden servir como catalizadores de nuevas experiencias de lectura. Saber aprovechar el medio implica también un devenir creador, el poeta y el escritor no debe cerrarse a esas posibilidades. Es un terreno fértil por explorar.

De la historia: ¿Cómo se instala en su mundo y por qué, la llama o usted es llamado por ella como misterio o realidad, en su temperatura?

Ciertamente es inevitable que exista, en mi poética, una relación fuerte con la historia. Recuerdo, por ejemplo, un poema que aparece en Ritual de Vuelo: Babilonia y que da cuenta de la mítica ciudad de los caldeos y un secreto que se oculta en un cofre tras las puertas de Ishtar. O algunas otras imágenes que usan palabras que aparecen en el discurso historiográfico.

He tratado igual de que no se vuelva algo muy pesado y que las referencias permitan, igual, con o sin su presencia, una lectura propia, donde el lector haga su interpretación. La multiplicidad de sentidos enriquece la poesía.

La historia es también una disciplina que hace reflexiones significativas sobre el acontecer y el devenir del ser humano. Conocer la historia es conocer el lugar de enunciación en que nos encontramos y cómo hemos llegado hasta aquí.

Por eso, y en ese sentido es muy pertinente la pregunta, considero la historia más como misterio, que como realidad. Es más, lo que no conocemos, son numerosos los vacíos, los silencios, los abismos, las zonas oscuras a las cuales el historiador no tiene acceso. Pero el poeta y el escritor sí.

Mientras el historiador se ve obligado a seguir los dictámenes propios de una epistemología científica en búsqueda de una ilusoria objetividad, el poeta o el escritor se permiten jugar con la ficción para poder mostrar la superficie del artificio.

Podríamos pensar, quizás, al historiador como un detective, estilo Sherlock Holmes, que, con determinados vestigios e información de archivo, arma un entramado sólido que hable del pasado y lo que se puede rastrear desde la fuente.

Mientras que el poeta, es aquel que ama y odia al asesino, le conoce, y es capaz de adentrarse en los abismos más profundos de su alma, en el enigma que habita al interior de sus ojos.

Aún a costa de su cordura. La historia entonces se convierte en un elemento importante a tener en cuenta en cualquier acto de creación literaria. Todos somos parte de su misterio (y de sus silencios) que en algunos casos el poeta logra revelar con mucha más fuerza que el historiador.

¿Qué o sino es el poema Fuga de Muerte de Paul Celan? Es la manifestación del dolor más profundo que se esconde al interior de los campos de concentración nazi. Yo veo una imagen más nítida de la historia allí que en los textos de cualquier historiador, exceptuando tal vez a Hobsbawm. Celan demostró, al contrario de lo que pensaba Adorno, que sí se puede escribir poesía después de Auschwitz, ¡Y vaya de qué forma!

De la intención: ¿En lo que hace como se propone la tentativa de la intención o sea para qué hace arte o lo hizo y ahora no y por qué?

Creo que en definitiva cada proyecto textual y literario que uno inicia tiene una intención, así sea inconsciente. No suelo creerles a esos que dicen que escriben simplemente porque les nace, es una idea romántica y algo ridícula.

Uno escribe para algo, así sea para sanar, desahogarse, o captar una imagen que lo conmovió profundamente. Hay un texto genial de Foucault que habla sobre la escritura de sí, sobre la importancia de tener un territorio escritural donde asentarnos y solo nos pertenezca a nosotros.

Allí entran en juego la sanación y el diálogo con uno mismo, el cuidado de sí, un espacio que logra salirse de las lógicas del capitalismo y donde nuestra subjetividad camina con más libertad.

Hay una intención sin duda y en el momento en que se enuncia un mensaje se espera que algún día llegue al otro, así sea como una botella que es lanzada al mar, esperando un receptor lejano y desconocido.

Ahora que el mensaje genere sus propias rutas de sentido e interpretación, es una discusión diferente. Volviendo a la intención, creo que en general, la intención en mi escritura es desprenderme un poco de historias e imágenes que me embargan, que aparecen de repente y considero que es necesario intentar plasmarlas en el papel.

En algunos casos considero que sale algo terrible, que por lo general termina en la caneca de la basura, en otras algo digno, que es lo que suelo enseñar y mostrar.

Es una parte importante de mi subjetividad, de mi creación, que siento un goce en poder compartir con otros y hacerlos parte, de alguna manera, de esos torpes delirios.

Aunque cada texto tiene su intención particular. Ritual de vuelo, mi poemario, fue escrito con el deseo de hacer una reflexión sobre el aire y rastrear los ecos de la canción primigenia que evoca el viento.

El ferrocarril de los sueños perdidos, mi libro de cuentos inédito, es un conglomerado de relatos, del género fantástico, que reflexionan sobre las etapas de la vida y la forma en que el hombre articula sus sueños y se choca, inevitablemente, con el desengaño y, por último, el látigo de mnemosyne, el que será mi segundo poemario, es una búsqueda, en las cavernas oscuras de la memoria, de imágenes vivas, cuadros hechos de tiempo, de emociones perdidas, de colores que creía extinguidos.

Allí está el juego de mis intenciones. No siempre se logra el cometido. Algunas veces se fracasa. Pero, ¿es parte de esto no?

De la muerte: ¿Desde dónde concibe, qué nos dice sobre ella, usted es contrario a ello o no y por qué?

La muerte es uno de los grandes temas que ha abordado la literatura desde la antigüedad y hoy más que nunca está presente. En todo: en la guerra, en los discursos de odio, en el amor e, incluso, en el erotismo.

La finitud del hombre es la que hace que pueda emprender grandes empresas y meterse en ese embrollo que es, por ejemplo, escribir un libro de cuentos o poesía.

La escritura es la extensión de la memoria, una segunda memoria como diría Roland Barthes, que permite que algo de nosotros permanezca luego de que nos hayamos ido. Pienso que algo de ese deseo por escribir es un acto de resistencia contra la muerte, tal vez uno de los pocos que nos queda.

Hay grandes poemas sobre la muerte que me conmueven, por ejemplo Al niño Elis de George Trakl tiene una imagen que me encanta: “sobre tus sienes gotea un oscuro rocío, el último oro de las estrellas extinguidas” Y me encanta, porque para mí cada muerte representa eso, el fin de una cosmovisión, una estrella que desaparece en un firmamento inmenso.

En mi literatura está presente, como un fantasma inevitable, como una presencia inquietante. Pero a la vez, creo que hoy más que nunca también es importante cantarla a la vida como una posibilidad y allí hay un gran desafío. El aire, el agua, la creación, los sueños, el arte, la poesía, el deseo, los instantes pequeños de felicidad, la embriaguez, son elementos vitales, sin ellos lo único que queda es el reino de la muerte y el olvido.

Me interesan mucho también las conexiones que tiene la muerte con el erotismo. Después de todo Eros y Thanatos son deidades cercanas, que se encuentran muy a menudo, irrumpen como ángeles, como tormentas, en el transcurso de nuestros días. La petite mort es quizás un punto culmen. El pico del orgasmo, ese momento de desterritorialización absoluta, es también el momento donde, a través del acto erótico, aceptamos nuestra finitud.

Al reproducirnos estamos perpetuando la especie, aceptamos esa posibilidad, y, por lo tanto, la necesidad terrible de desaparecer. A veces me pregunto si al final, en un último instante, no vendrá, como en el sexo, un pequeño instante de desprendimiento y goce. Nadie puede decirlo, pues nadie ha regresado para contarlo. Pero la ficción y la literatura si tienen mucho que decir: abren puertas a lo inefable.

De la sexualidad: ¿Tiende a evidenciarla u ocultarla, es mascara o no, dice o no de su desnudez estética, se disemina en su obra o no y por qué?

Creo, en definitiva, que la sexualidad es una parte fundamental del accionar humano. Ignorarla u ocultarla nunca debe ser el camino.

Aunque es cierto que despojarle lo sagrado al acto erótico le quita, precisamente, su atractivo. Bataille nos mostró que el erotismo, antiguamente, correspondía a la esfera de lo sagrado y de los rituales primigenios y que el cristianismo intentó volver profano todo aquello que antes reposaba sobre un manto de luz. Es allí donde encuentro el encanto: intentar descifrar, a través tanto de la narrativa como de la poesía, ese enigma, esa sensación tan inefable vincula al orgasmo y la conjunción de los cuerpos.

Algunos poemas y escritos contemporáneos tienden a desacralizar la sexualidad y a volverla mundana y banal. Y aunque son luchas que comprendo, son textos que suelen aburrirme o que no logran atraparme como lector. Quizás porque el deseo y el sexo deja tener ese sabor a “pecado” (como dice cierta canción), a lo sublime, que tanto nos atrae.

Es indispensable que el poeta sea capaz de hallar la poesía en la conjunción de los cuerpos, en los besos, en las caricias, en el acto de la penetración, en los gemidos, en cada eco de la piel.

En mi obra el erotismo aparece entonces con una fuerte relación con lo sagrado, el deseo entra en los juegos del lenguaje y se resignifica en la imagen poética. Pero siempre explicito, nunca tácito. Tengo precisamente un poema “debo ir” donde una pareja copula en el baño y su acto se vincula con lo sagrado, con el antiguo ritual de la lluvia. Quise hacer ese juego que, inevitablemente, se vincula con mi propia experiencia alrededor de la sexualidad.

De lo inconsciente: ¿Tensiona su tarea más hacia una inclinación por una estética como vaciamiento del yo o no, o hace crítica o no desde él, de la realidad?

Siempre he pensado el inconsciente como una fábrica de imágenes, una mina de veta donde si sabes picar en el punto adecuado hay un material muy valioso para la creación. Para ello hay muchas técnicas, los surrealistas tenían algunas, vinculadas a la asociación libre, el automatismo y la memoria emotiva.

El azar, la escritura libre, el desprendimiento de la subjetividad racional, permiten encontrarse más fácilmente con los terrenos del inconsciente. Hay maravillosas imágenes, personajes, relatos que habitan allí.

La imagen clásica del inconsciente lo representa como una caverna llena de demonios, sombras y seres terribles, muy al estilo de El Greco, Dalí o Munch. Yo prefiero pensar el inconsciente como un paisaje bucólico como los que pintaban los impresionistas en el siglo XIX. Sólo que, inevitablemente, no siempre hace sol y, en ocasiones, llueve y caen tormentas, como aquellas que, genialmente, recrea William Turner en sus cuadros.

Ahora bien, la pregunta por el vaciamiento del yo es interesante. Yo mismo he creído siempre, como pensaba el filósofo Gilles Deleuze, que la verdadera creación literaria implica un acto de devenir.

Es decir, un desprendimiento de la subjetividad para territorializarse en un área cercana a donde habita el otro.

Los grandes personajes de la literatura son aquellos que no son viles copias de sus autores, las grandes imágenes en la poesía implican una conexión y percepción con el entorno y con el otro más allá del yo. Una suerte de embriaguez, aquella de la que hablaban Baudelaire y Nietzsche, que permite vaciar el yo para obtener visiones únicas.

Hay un riesgo allí, pues implica desarrollar cierta sensibilidad, que no todos logran sobrellevar en sus rituales cotidianos.

También es cierto que es imposible desprenderse del todo del yo, pero no concibo el yo como una totalidad, sino como una multiplicidad. Nuestra construcción como sujetos podría pensarse como un espejo fragmentado que se rompe en pedazos y que está en constante transformación.

Es inevitable que algo de ese espejo, un pequeño fragmento de el, quede en la creación que no puede desprenderse absolutamente de su creador. Ese espejo es una huella que sin embargo no es una marca sagrada o una conexión de legitimidad con el autor, pues el texto literario tiene su vida propia, sus vuelos, más allá del autor; ese pequeño espejo es el estilo, conformado por su experiencia de vida, sus imágenes y metáforas, y su filiación en las diferentes tradiciones y géneros literarios.

Al final, el espejo se integra a la totalidad de la obra y es parte esencial de su funcionamiento como expresión estética auténtica.

Del símbolo: ¿Tienen en usted qué carácter, que obsesión, que propósito se dan en ellos o no. Provocan su relación simbólica o natural?

Es curioso. Recientemente siento, en muchas de las poéticas actuales, al menos en la ciudad, un anhelo de desprenderse del contenido simbólico del lenguaje y acudir más a un discurso visceral.

Yo pienso que los símbolos tienen mucha fuerza, porque juegan con los arquetipos que habitan en el imaginario colectivo y nos conectan con los primeros relatos.

Creo que la clave hoy está en tomar símbolos y ponerlos en contextos donde no se sientan cómodos, jugar con ellos, como un demiurgo jugando catapis.

De alguna forma el lector identifica el símbolo y puede ser interpelado o afectado más fácilmente si siente esa conexión con el texto. El símbolo sigue teniendo una fuerza semántica que no puede ser ignorada.

Hay arquetipos que me parecen maravillosos, por ejemplo, el del doble. Siempre me ha fascinado la idea de la posibilidad de otro, parecido a mí, que sea una suerte de antítesis de mi personalidad. Un doppleganger cuya existencia implique una paradoja, una pesadilla, como la que señalaba Freud en Lo Siniestro.

Por ahí tengo un cuento donde juego con eso, llamado el arlequín bermejo, donde un poeta, ebrio, en medio de la noche vislumbra una mujer que se parece a su amada muerta.

Son símbolos que tienen mucha fuerza y que están conectados a lo más profundo de la psiquis, al inconsciente, que perduran en nosotros sin que nos demos cuenta: signos y códigos que desplazan el lenguaje para ubicarlo en un templo de palabras.

Creo que incluso esos poetas que buscan la banalización suprema, no pueden desprenderse del todo del contenido simbólico de las palabras.

Gadamer pensaba que el símbolo era una parte esencial del arte, pues es la forma en que nos hace participes del juego que propone. Su función es conectarnos, posibilitar intertextos y reescrituras, que posibiliten una conexión con los orígenes y los rincones más oscuros del pensamiento.

El símbolo afecta con más fuerza, es un pico o un hacha, que es capaz de quebrar más fácilmente los discursos que articulamos para justificar nuestra existencia. Entonces, ¿por qué no habría de servir a la literatura? El buen escritor o el poeta saben usarlos adecuadamente.

Del sueño: ¿En su inquietud estética y su historia como artista, cómo interviene, cómo se da y hacia donde la lleva?

El sueño es una parte fundamental es mi estética. Pero esto no tiene que ver con mis lecturas actuales. Desde pequeño siempre me he sentido fascinado por la palabra “sueño” en sus dos acepciones: lo que vemos cuando cerramos los ojos y lo que anhelamos cuando los abrimos.

Yo mismo alguna vez me consideré aquel solitario soñador de Dostoievski en noche blancas, que deambulaba como un fantasma por las calles de San Petersburgo. Yo mismo he pensando que, sin esperar sonar a cierto cliché romántico, que los sueños son la vía por la cual se puede transformar la sociedad y devolver la esperanza en medio del conflicto y la guerra.

Hay un poema en ritual que apunta a ese lugar, se llama Las ruinas de Ascalón y es un homenaje a los soñadores silenciosos que habitan en nuestra urbe. Incluso, el tema central, de mi libro de cuentos El Ferrocarril de los sueños perdidos es precisamente los sueños que se pierden y se agotan ante la terrible corriente del tiempo, de la vida que no se detiene, que nos lleva a territorios inhóspitos y desconocidos

Ahora en la otra acepción de sueño, la que la relaciona con nuestros recorridos nocturnos, hay un riesgo, una búsqueda, una exploración de terrenos que limitan con el delirio y el deseo. Pienso que es difícil capturar las imágenes del sueño, pues no permanecen mucho en nuestra memoria, pero cuando lo hacemos surgen de allí historias y poemas maravillosos que, con su contenido simbólico y onírico, nos transportan a otros reinos del pensamiento (y el no-pensamiento).

El sueño es capaz de develar lo innombrable, lo que nos cuesta llevar al plano del lenguaje y usa un teatro para traducirlo. El poeta debe ser un espectador sagaz que sea capaz de descifrar la verdad que allí se revela, pero no como el psicoanalista en busca de diagnosticar un trauma, sino como el creador que es capaz de volver arcilla el material del cual está compuesto los sueños para generar una nueva obra literaria.

Recuerdo que una vez soñé que seguía a un perro labrador por un campo extenso, y terminaba en una cabaña de bahareque, oculta tras eucaliptos y pinos patula. La cabaña resultó ser un espacio donde habitaba una bruja terrible, de manos ensangrentadas y pelo desordenado.

Era incapaz de verla a los ojos (e incluso ahora me da dificultad nombrar), como aquel méndigo incomodo que David Lynch pone en Mullholand drive detrás de un restaurant típico gringo. Aquel sueño me inspiró para escribir un cuento llamado “La Cabaña de Layo, donde un personaje que no es capaz de aceptar que mató a su padre, termina en una cabaña parecida y se revela lo que reprime en su interior.

De la Mnemosyne: ¿De esas intervenciones allí, que incrusta en su arte, de sus formas y sus estructuras indelebles, por qué sí o no?

La memoria es la capacidad narrativa por excelencia. Toda construcción que hacemos del pasado, incluso a nivel inconsciente, es un relato. No hay seguridad acerca de lo que recordamos, pues siempre nos acordamos de imágenes y diálogos que tendemos a pintar.

Hay una creación allí de la que no somos conscientes. Me gusta mucho citar el ejemplo de un experimento que se hizo, hace algunos años, en Estados Unidos, donde se le enseñó a 10 personas una fotografía, manipulada digitalmente, donde aparecían de niños en un parque de diversiones. 9 de las 10 personas dijeron tener recuerdos de aquel lugar y algunos, incluso, se atrevieron a articular recuerdos de experiencias vividas.

Nuestra memoria no es exacta, ni prueba de verdad, es un puente de cristal que se tiende sobre ese océano incierto y terrible que es el olvido.

Pero esto no debe ser motivo de angustia, al contrario: el poeta y el escritor deben aprovechar las potencias de Mnemosyne. Pues allí se encuentra un terreno fértil (además de un impresionante paisaje) para la creación literaria.

Tanto esos instantes de felicidad, como aquellos de dolor y sufrimiento, todos aquellos que recordamos nítidos por su impacto en nuestro devenir en la tierra, la escritura permite resignificarlos y transformarlos para generar poemas o relatos.

También es un acto de confrontación con nosotros mismos que, pienso, todo escritor debe hacer. Me gusta mucho aquel texto de Borges “Borges y el otro” donde Borges se confronta con un Borges más joven. La memoria permite entender la evolución y los cambios que hemos tenido a lo largo del tiempo, las etapas por las que pasa nuestra escritura y la necesidad de encontrar nuevos trayectos de experiencia, tanto a nivel literario y estético como vivencial, para enriquecer la propia obra.

Látigo de Mnemosyne, el poemario en el que trabajo ahora, es quizás mi acercamiento más contundente a Mnemosyne. No ha sido una experiencia fácil, sobre todo cuando, inevitablemente, te encuentras con recuerdos que creías ya enterrados y que, sorprendentemente, aún tienen una gran fuerza para destruir (o construir).

Aunque sin duda lo mejor ha sido poder llevar esos relatos, esas afectaciones, al plano de la escritura poética. Hay allí un acto de salud, conectado al poder sanador del lenguaje. Muchos de esos recuerdos que, durante mucho tiempo me torturaron, ahora tienen su propia existencia, lejos de las cavernas de mi mente, en el poema. Allí evocaran otras cosas, depende del escucha o el lector, que asocie las imágenes con su propia experiencia personal.

Pero aún con una multiplicidad de sentidos, lo que se esconde detrás y lo que muestra la poesía es: ese extraño tejido que comunica por sutiles hilos de seda la imagen, la memoria y el pensamiento de todos los hombres.

De la inmersión: ¿Cómo hace usted para vaciarla y vaciarse en sí mismo ante ella y qué poder le da en lo que hace?

Yo conecto la inmersión con el delirio y la embriaguez. Es ser capaz de desprenderse de una subjetividad, que algunas veces se traduce en una prisión de palabras y prejuicios, para leer la realidad desde un lugar muy diferente.

Muchos discursos, sobre todo aquellos que vienen procedentes de ciertos poderes, instituciones, medios de comunicación, etc, buscan que el poeta o el artista no logré la inmersión. Yo veo la inmersión como ese estado que Nietzsche llamaba “el niño”, luego de haber pasado de ser camello y león.

Un estado que nos permite tener una mayor sensibilidad hacia nuestro entorno, el asombro primigenio, una conexión con el otro y el cosmos que nos rodea. Pero ello implica una apertura, atreverse a lanzarse al agua, e incluso limitar con la locura. No es fácil estar por fuera del marco normativo social, no es fácil tener visiones diferentes, tener percepciones que tienen un alto precio.

Aún así, vale la pena pagarlo y todo artista o poeta debería hacerlo, su obra será el registro de esos trayectos.

No se trata de caer, tampoco, en el cliché del poeta o artista maldito. La locura, la inmersión, tiene muchas formas de manifestarse. Depende del artista o el poeta saber cómo encausa esos flujos de ideas, emociones e imágenes. Y allí también debe existir un trabajo. Más apolíneo ciertamente.

No sirve de nada la inmersión si no somos capaces, luego, de chapalear un poco, para contarle a los que están afuera, las maravillas que aguardan en las profundidades del delirio y los caudales impetuosos de la creación.

Aunque es cierto que hay visiones que se quedan muy adentro y allí permanecerán hasta que seamos tan sólo cenizas. No todo puede traducirse, no todo puede llegar a volverse un poema, una pintura o un relato.

Hay una novela del escritor norteamericano Neil Gaiman, El Océano al final del camino, que, creo, inserta en el elemento fantástico, recrea muy bien el asunto de la inmersión. Un pequeño estanque se convierte en una puerta, un portal, de criaturas muy poderosas que proceden de otras tierras. Al entrar en el estanque, al posibilitar la inmersión, el estanque resulta ser un océano.

No todos pueden resistir mucho tiempo al interior de aquel océano, porque sus corrientes, su fuerza, trae un desprendimiento absoluto de la subjetividad. A su vez, aquel océano permite la entrada de forasteros, de otros pueblos, de otras ideas. Este mundo, esta realidad y su gente, es tan sólo una canica insignificante que no es nada comparado con lo que hay más allá, en las profundidades del océano.

El poeta y el artista lo saben, a algunos les duele esta verdad y se lanzan al estanque, algunos no vuelven a salir.

De la naturaleza: ¿En la dimensión de la naturaleza (physis), desde donde la tratas, como la percibes y cuál es su mediación en lo que haces?

Creo que la pregunta por la naturaleza es fundamental, desde los presocráticos existe esa búsqueda, para entender el mecanismo que hace funcionar nuestro mundo.

Algunos hablaban del fuego, otros del aire, otros de la tierra, otros del agua, en un intento de encontrar el arche o arge, la causa primera. El poeta o el escritor no es ajeno a esta búsqueda porque entiende que hay cierta sacralidad en la naturaleza, más que en cualquier construcción humana.

Bien lo muestra Alberto Caeiro en el guardador del rebaños “Pero si Dios es las flores y los árboles/ Y los montes y sol y el rayo de luna./ Entonces creo en Él, / Entonces creo en Él a toda hora, /Y mi vida toda es una oración y una misa,/ Y una comunión con los ojos y por los oídos”.

La naturaleza esconde, tras los pliegues de sus paisajes, el abrazo de Dios y el artista deambula por sus senderos intentando atrapar un poco de esa energía primigenia. Intenta escuchar atentamente la canción del viento y grabarla en su memoria, para traducirla en un poema, un estallido o una canción.

De aquí que, más allá de cualquier discurso ecologista, siempre abogaré por la protección de estos espacios, que son pulmones vivos con su propia evolución. Y allí hay una responsabilidad del artista o el escritor.

Ritual de Vuelo es claramente un libro que expresa una preocupación, a partir de sus versos sobre la urbe, sobre una problemática que nos afecta a todos. La respiración, desde tiempos inmemoriales, en ciudades de Harappa y Mohenjo Daro, cerca al río Indo, ha sido un acto fundamental de vitalidad y conexión con el cosmos circundante. Cualquier atentado contra el aire, no sólo nos quita un elemento fundamental para la vida, sino que poco a poco nos marchita como a flores a las que no le llega el gua. Yo tenía esa preocupación y fue, desde luego, un punto de partida para la creación.

Pero no fue solo el aire, sino todo lo que se vincula a él, pues la naturaleza no es en sí un conjunto de elementos ajenos, sino al contrario, una multiplicidad de ecosistemas y relaciones.

Fuego, agua, aire, tierra, viento, nubes, árboles, montañas, bosques, frailejones, barranqueros, carriquíes, guacharacas, azulejos, libélulas, cocuyos, mariposas, pinos, eucaliptos, y muchos más, la lista de elementos relacionados con la naturaleza que aparecen en mi obra es extensa.

La naturaleza tiene en su interior, una fuerza estética inagotable, que transpira en cada uno de sus bosques, ríos y montañas. Los pintores impresionistas lo sabían, capturaban instantes de luz en un lienzo, intentaban captar los colores, la vida al interior de esas visiones. Monet, Van Gogh, Renoir o mi favorito William Turner lograron dejar unos registros pictóricos importantes.

Yo intento hacer un poco lo mismo, capturar las imágenes que me da la naturaleza y traducirlas al plano del lenguaje. De vez en cuando sale algo interesante o con una fuerza emotiva. Así es como funciona la cosa.

De la teoría: ¿En lo que realiza, como está contenida la densidad de la misma, como se desarrolla y se transforma?

Creo en la teoría como una caja de herramientas que, aunque no es obligatorio que un escritor o un poeta las conozcan, ayudan, sin duda, en la reflexión sobre el acto creativo.

Conocer la teoría me ha facilitado la aplicación de ciertas técnicas narrativas o poéticas, la experimentación y la construcción de un estilo.

No me canso de leer a los grandes teóricos de la estética o los estudios literarios como Deleuze, Agamben, Bajtin, Genette, Scavino, Steiner, Eagleton, son tan sólo algunos nombres.

Siempre encuentro en sus textos conceptos que me permiten hacer lecturas diferentes de los textos de los grandes autores de la tradición literaria, pero también articulan nuevas posibilidades de creación y experimentación con el lenguaje. La teoría se constituye como un armario que nos permite usar diferentes trajes y vestidos, conformados por palabras, cada vez que nos adentramos en el territorio inhóspito de la hoja en blanco.

Pienso que igual, el acercamiento a la teoría no debe darse sólo desde un marco racional, al contrario, a muchos teóricos deberíamos leerlos como leemos a los poetas, con la misma pasión, entrega y desenvolvimiento.

En muchos de estos conceptos hay más poesía de la que parece. Héctor Hernández Montesinos, el poeta chileno, dice que los libros de la teoría hay que leerlos de una forma estética, como si nos acercáramos a un libro de literatura.

Yo creo que hay un mayor goce en la lectura. La teoría no debería ser aquellos textos aburridos que un par de académicos pedantes y soporíferos discuten, entre cervezas, afanándose de haber entendido a Hegel, adormitados entre las nubes de una abstracción infinita; la teoría debe ser vital y tomar parte en el proceso de creación y reflexión sobre la realidad y nuestra construcción como sociedad y sujetos. Eso pienso. La praxis es entonces fundamental.

Soy un amante de la teoría, me gusta leer muchos de sus libros, porque alimentan mi propia estética. Creo que el lenguaje es una edificación admirable, cuyos mecanismos de funcionamiento, insertos en la dicotomía significado-significante, sólo pueden ser desentrañados bajo la lupa de un análisis profundo que posibilita la teoría.

A su vez, cuando la teoría confluye con la estética hay un estallido, una revelación, aparecen nuevas posibilidades de lectura de la realidad. Lo importante es tener en cuenta que ambas no son codependientes, sino al contrario, se complementan, como dos amantes que fuman un cigarro luego de hacer el amor y se ríen de la cotidianidad insulsa. Es así. Y es, siempre, altamente recomendable intentar acceder, así sea torpemente, a los misterios que enuncia la teoría.

Del oído: ¿Cómo escucha usted su obra, tiene música o músicas, en el tema y en la composición, y por qué sí o no?

Creo que la musicalidad es esencial en el acto poético. También en la prosa. Los buenos libros de narrativa tienen un buen ritmo también.

La música permite que el lenguaje evoque sonoridades y se conecte más fácilmente con el espíritu. También permite una mejor función mnemónica.

Las primeras epopeyas como el Gilgamesh o la Iliada se trasmitían en verso y de manera oral, tenían la obligación de acudir a la musicalidad para permitir un ejercicio mayor de apropiación y transmisión.

Creo que la música acaricia suavemente el hipocampo y extrae sus ecos. La poesía, siempre he pensado, consiste precisamente en darle música a las palabras, permitir que el lenguaje participe de la danza incierta del mundo.

Aunque también es cierto que se necesita un poco de sensibilidad y formación lectora para poder escuchar sus instrumentos.

En mi escritura la música entonces tiene un papel esencial. Siempre suelo leer en voz alta cada uno de mis escritos, sea poema o cuento, para intentar rastrear si funciona su ritmo, es en la oralidad y no en la lectura silenciosa, donde se percibe mayormente la melodía.

A veces un poeta lee en voz alta y puede encontrar que hay una pierda, un árbol caído, algo que no le deja avanzar. Es allí donde se pule el ritmo. He tratado de que mis poemas y mis escritos, incluyendo los de prosa, tengan algún ritmo, que permita una lectura fluida y agradable.

El ritmo es una invitación a dejarse llevar, a ser partícipe del texto, a no ser ajeno a lo que allí se enuncia. Se crea empatía, miedo, ansiedad, juego, delirio, tristeza, alegría. El texto se conecta más fácilmente a través de la música, y no del significado, con una sensibilidad externa. Es más fácil que afecte otro cuerpo.

Respecto a la relación con la música como un arte autónomo, dedicado a la producción de nuevas sonoridades, a partir de instrumentos, debo decir que indudablemente hay un vínculo fundamental.

Yo mismo suelo escribir, en muchas ocasiones, escuchando música. Me ayuda a despejar la mente, a abrir nuevas puertas de sentido e imagen. Me encanta Pink Floyd, Porcupine Tree, Chopin, Shostakovish, Piazzola, entre otras, supongo que todo depende del momento.

La música alimenta la poesía y, a su vez, la poesía alimenta la música, ¿No se refleja acaso en la alianza inmortal entre Beethoven y Schiller en la novena sinfonía? ¿O algunos cruces coquetos entre Borges y Piazzola sobre cuchilleros y garitos de las orillas? El oído es un sentido importante que activa nuestra memoria, nuestros sueños y participa activamente en la creación poética.

De la palabra: ¿En qué momento realiza usted la tensión e intención en ellas, las posee y las hace su medio catártico o no y por qué?

Más que el termino palabra, prefiero hablar de lenguaje. Creo que es un término más completo y sistémico y engloba, en sí, toda una multiplicidad de potencias, de posibilidades, de lecturas de la realidad e incluso, de silencios inenarrables.

El lenguaje es, definitivamente, la materia prima con la que trabajamos los poetas y escritores, nuestra arcilla con la que moldeamos nuestros poemas y nuestras historias.

A veces me cuesta pensar un más allá del lenguaje, nosotros estamos inevitablemente insertos en un laberinto de signos e interpretaciones.

Quizás el poeta logra capturar un poco de ese más allá del lenguaje, en sus visiones, en sus delirios, pero, a su vez, debe traducir aquella visión al plano de las palabras y es allí, en su musicalidad, en su estructura, donde la imagen resplandece y las galaxias explotan.

El lenguaje es a su vez nuestra cárcel y nuestro mayor don, uno que envidiaría el mismo Prometeo, un fuego más poderoso ¿qué ironía no? Toda nuestra visión del mundo, la forma en que nos relacionamos con los otros, la forma en que construimos nuestras convicciones, nuestra moral, nuestros sueños está permeada por el lenguaje mismo.

Por ello, no es baladí el papel del poeta, pues sólo él se atreve a deconstruir las complejas redes de sentido que articula el lenguaje, sólo el como un niño las desarma y las coloca en otro orden.

La relación significado-significante se ve confrontada y se extrae de cada palabra todas las potencias y posibilidades que tiene para dar. El verdadero poeta lo logra, es un navegante del sentido, en busca de nuevas e inhóspitas islas del pensamiento y de la belleza.

Ahora bien, aunque soy un defensor de la poesía y la literatura como salud, como una clínica que trae bienestar y ejecuta una catarsis, no creo que esa sea la función del lenguaje al interior de mi propia escritura.

Más que una catarsis, las palabras han significado para mí un territorio de posibilidades, y, sobre todo, una manera de resignificar mi experiencia cotidiana y la imaginación que, en ocasiones, me desborda y exige un escape.

La escritura no es para mí en sí una medicina, como puede ser para un escritor ocasional, sino una necesidad: como respirar, como comer, como hacer el amor. Me deprimo cuando paso varios días sin escribir, pues en las palabras donde me encuentro más cómodo y por un momento puedo ser un pequeño demiurgo. Quizás por eso siempre admiré tanto a Huidobro.

Espero pasar hasta el último día, recorriendo este sendero algunas veces tortuoso, pero lleno de grandes gratificaciones, de instantes increíbles, que es el de la creación.

Sobre el libro Ritual del viento, de Daniel Acevedo Arango

“Los poetas tienen las plumas ocultas en la espalda, su vuelo siempre está en disposición de viento, solo basta con seres que le ayuden a descubrir lo oculto de sus posibles vuelos.

Tal vez sean ángeles de una región desconocida, de morada incierta, portavoces de un mundo siempre por descubrirse. Así se presenta el autor de Ritual del viento, Daniel Acevedo Arango.

La poesía es ese vuelo vertiginoso del lenguaje, ese viaje hiperbóreo, a mundos desconocidos y míticos.

Como lo dice Pedro Arturo Estrada en su breve prólogo: “Daniel Acevedo nos entrega aquí poemas de gran factura y rigor expresivo que, sin embargo, mantienen a su vez la frescura natural propia de la juventud y, sobre todo, el carácter irónico, trasgresor que le preserva de toda solemnidad o retoricismo vacuo”.

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