Lea un capítulo de la nueva novela de Félix Ángel

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Felix 1

El artista plástico y escritor Félix Ángel comparte con los lectores de Revista Papel un capítulo de su nueva novela Tantas vidas, Miguel, que ya promociona la editorial antioqueña Tragaluz Editores.

Michael se sentó en la barra, cruzó saludos con los bármanes, esperó el doble en las rocas y se ensimismó por unos segundos en sus pensamientos. Estaba “empezado” con los tragos y venía de algún otro bar. Llegó buscando a Emmett, y cuando lo vio entre el grupo congregado atrás, en el área de los billares, se dirigió a él pidiéndole que lo acompañara porque necesitaba estar con alguien. Eran las nueve de la noche. No era necesario que le recordase la tarifa.

Emmett alcanzó a decir “Ok”, y Michael le pasó la mano por el pelo como hacen a veces las personas mayores con alguien más joven –un gesto cariñoso–. Acto seguido le pidió que se fueran de ahí a otro lugar. Más tarde irían al apartamento, si quería.

“Ok”, repitió Emmett y salieron.

Michael lo llevó a un sitio modesto sobre la calle U en el noroeste. Era un pequeño sótano donde tocaban jazz, preferido por gente de treinta y algo, con carácter medianamente underground. Ese día no había atracción especial, estaba descongestionado y se podía conversar. Con seguridad el acompañante se sentiría a gusto. Michael escogió una mesita en un área no destacada. Ordenó al mesero un Highball y un Sello Negro doble en las rocas.

“No se te olvidó”, Mett acotó sonriente, y esa sonrisa significó el mundo para Michael.

“¿Cómo podría olvidarlo? Te daría un beso ya mismo, pero los reservo para más tarde”.

FuckinA”.

El gong que anuncia los créditos al inicio del tema de amor de la película Chinatown, de Polansky, ingresó en los parlantes, diluyéndose con el líquido sonido de las cuerdas del arpa, despejando el camino para el solo de trompeta magistralmente interpretado.

“Esa música marca la pauta de una historia de amor entretejida en una historia más complicada. La corrupción impide finiquitarla y dentro del argumento termina convertida en otra víctima de la ambición, la depravación y el engaño. Cada vez que escucho esa melodía se me para el pelo”, dijo Mike.

“Y cada vez que pienso en ti me pongo duro”, añadió Mett sonriendo, ignorante de lo que Mike acaba de decir, en especial del sonido de la música. “Imagino que quieres desahogarte de algo”, continuó.

“Quiero estar con alguien esta noche. Necesito urgente estar con alguien esta noche, no con cualquiera. Alguien que conozco, que intuyo es una buena persona, me inspire confianza, y tenga un culo y un cuerpo como el que tú tienes”. Con Emmett podía conversar así. “Estoy atravesando un momento difícil por una razón muy especial, y me produce una inestabilidad a la que no estaba habituado”.

“¿Y no hay forma de arreglar?”, preguntó Emmet con suspicacia.

“¿Así es de obvio? No, no hay forma. El problema no creo que sea ese. El problema es el estado en que he quedado. Estoy tomando algunas precauciones, pero… mientras recupero el autocontrol de la parte emotiva me hace bien conversar, estar con alguien como tú”.

Anytime buddy, aseguró Mett en su jerga colegial. “Debes sentirte muy mal para querer hablar conmigo, pero a veces es más fácil compartir las penas con un desconocido”.

“No me resultas un desconocido, a pesar de que solo hemos estado juntos una vez. Esa vez fue suficiente para mí. Otras no han sido tan afortunadas…”, y en un chispazo la experiencia con Arman cruzó como estrella fugaz. “No quiero compasión, no espero lástima, no aspiro a que me den simpatía. Detesto todo eso. Quiero hablar de mi problema y no espero ninguna solución. Solo hablar”.

“Pues soy todo oídos Mike. Puedes comenzar por el principio”.

“Prefiero comenzar por el final”, subrayó Michael. “Resulta que no me hallo, no me encuentro conmigo mismo después de que la persona que quería y con la que compartí cuatro años, creyendo que ambos éramos felices, me ha dicho que fue feliz por un tiempo, luego dejó de serlo y yo no me di cuenta, aunque me dio señales de que algo no andaba bien; en términos simples, me dejó. Las razones de por qué dejo de ser feliz no las tengo claras, o no me las ha explicado bien, o yo no las entiendo bien, o no las vi. La situación no cambia. Ha desertado, de repente, estando yo enamorado. En realidad, no me dejó de improviso, quiero decir, me dijo un día que había decidido terminar nuestra relación porque no era feliz, y yo lo vi tan infeliz cuando me lo dijo que no opuse resistencia porque, sinceramente, creí que mi deber era dejarlo ir y su felicidad era más importante que la mía. Y se fue, pero no de inmediato sino al mes, y en ese mes seguimos compartiendo el diario juntos, pero no durmiendo juntos. No me importó mucho dormir separado mientras seguía en casa porque me daba la sensación de que terminar nuestro romance no era algo tan drástico. Hasta que se fue del todo y ese día fue el día en que tú y yo nos conocimos y pasó lo que pasó entre los dos, o sea que de alguna forma estás envuelto en esta trama, como están envueltos en la historia de Chinatown hasta los personajes marginales, quieran o no”.

Y moviendo la cabeza para ambos lados repuntó: “No es cierto esa última parte. Estoy bromeando Mett. No estás envuelto. Soy yo quien está tratando de envolverte. Con solamente dos veces que nos hemos visto haces ya parte de mi vida. Soy yo quien quiero que hagas parte de mi vida en alguna forma porque veo a través de tus ojos el alma inocente que tienes”. E hizo una pausa para tomar aire.

“Mi vida profesional está intacta, es decir que no ha sido afectada por el rompimiento. Me cuesta un poco enfocarme, pero lo consigo, algo que no he podido hacer en mi vida personal con la falta que Nathan me hace. Se llama Nathan. Y aquí viene algo muy particular: no me hace falta la persona sino lo que había entre los dos. Lo que había entre los dos está ligado a Nathan, de todas formas. Es decir, lo extraño a él y extraño la vida que llevábamos, pero sobre todo extraño esto último. Al presente estoy sufriendo una especie de esquizofrenia, como si estuviese partido en pedazos, en partes desiguales, unas son funcionales y otras no. No sé si me entiendes. Después de toda la grima que Nathan me produjo con su marcha, no lo extraño. Extraño lo que me hacía sentir, el beso todas las mañanas antes de irse a trabajar, encontrarlo en casa cuando regresaba del trabajo, ir a cine juntos, en fin, esas cosas. Sentía que eran especiales porque las hacía conmigo y yo con él. No le guardo rencor –por supuesto al comienzo me provocaba matarlo–. Quisiera, pero no puedo. Es parte de la confusión que atravieso.

Las ilustraciones del libro son también de autoría del maestro Ángel.

“Resumiendo, lo que más extraño es la disolución de un sistema que se regularizó con esa persona. Esa persona lo hacía especial. No podía ser otra. Estoy en el aire. Es como si alguien desconectó los cables. Lo intento y no logro poner los pies sobre la tierra. Hago parte del derrumbe de un edificio que me parecía sólido y se ha venido al suelo por causas que todos los días me esfuerzo en aclarar, aunque no sé si es importante aclararlas o sencillamente olvidarlas y aterrizar. Un problema es que la persona que ha causado el desplome hace, o hacía, parte del edificio, no la puedo disociar ni racional ni emocionalmente porque me le entregué tanto, no la puedo borrar de la memoria que es lo que recomiendan los pocos amigos con los que he discutido este tema, incluyendo mi doctor”.

Mett miraba a Michael atónito, tratando de seguir, al mismo ritmo, el raciocinio y los vericuetos del análisis. Lástima que ese análisis no llevara a conclusiones lógicas que permitieran organizar las ideas y, con cabeza fría, definir qué era necesario dejar de lado, o en última instancia sacrificar. Mett no sabía todavía en qué trabajaba Michael. En el momento le parecía que el embrollo era resultado de la incapacidad de Michael, a lo mejor inconsciente, para penetrar el otro lado del problema, es decir, la persona a la que se refería, porque era en el comportamiento de aquella y dentro del contexto de la vida que forjaron juntos, donde estaban las respuestas posibles que negaban a formularse, y contenían la llave para abrir el enigma que le tenía completamente extraviado. Las razones, Nathan las había dado. Michael no las comprendía y estaba menos dispuesto a aceptar los hechos.

No era sensiblería ni sentimentalismo. Mett se percató de la capacidad enorme que Michael poseía para sentir emocionalmente cualquier asunto. La realización de su vida romántica dependía de ejercitar esa capacidad emocional con un receptor interesado en acogerla. El amor, sin embargo, es una calle de doble vía, como dice el aforismo y no percibía cuán claramente Michael estaba consciente del tráfico en dirección contraria. Hablándole con el corazón daba a entender que, aunque fueran solo dos veces, una fuerte conexión existía entre ambos, y autorizaba a mostrar sin complejos la fragilidad y las contradicciones de su naturaleza, sin detrimento de autenticidad o autoestima. Mett lo agradeció reservadamente y se prometió que esa noche lo haría feliz, aunque fuera por unas horas. Se le entregaría sin inhibiciones y permitiría que Michael lo poseyera como a bien le diera la gana. Michael permanecía irresistible aun consumido por sus inseguridades, una extraña cualidad que, cuando no existe, convierte lo demás en lástima y vergüenza ajena. No había cómo rechazar la satisfacción de ser deseado por alguien que a su vez es deseable, sin asustar, sin arruinar la pasión, esa expresión cercana al amor que habita en la dimensión irreprimible del capricho.

Y así ocurrió esa noche. Mett le preguntó si estaba contento. Michael no pronunció palabra. No eran necesarias. Sonreía. Asintió con la cabeza.

“Eres un grandísimo hijo de puta. Me gustas, me caes bien, y lo sabes”, refunfuñó Mett mientras recogía los pantalones de Michael tirados en el piso, sosteniéndolos en el aire.

“Por supuesto Mett, toma de la billetera lo que te corresponde y añade cien más”.

“No me acostumbres mal”.

“¿Qué más puedo hacer contigo?”.

“Por el momento, baby, quedarte en la cama. Descansa. Yo no tengo obligación, pero tú sí, de trabajar mañana. No te molestes en acompañarme a la puerta, conozco la salida”, y se puso en cuclillas para darle un beso. Michael le dio una palmada en el trasero.

“Hasta la próxima, cabrón”, fue lo último que Michael escuchó decir a Mett, antes de capitular al sueño.

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