Lecturas por correspondencia

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Libros en moto

Memoria y relatoría del Seminario de Periodismo Cultural de los Eventos del Libro que contiene diez textos escritos por igual número de participantes.

Autor: Juan Manuel Cano Londoño

“De la tienda física al libro motorizado.
Un homenaje a quienes, a pesar del aislamiento, posibilitaron que las historias llegaran a sus lectores”.

Las rejas de los locales cayeron al piso, y los candados —oxidados, maltrechos—, las condenaron al castigo de no volver a elevarse a la mañana siguiente. Las libreríasindependientes, las híbridas que venden café y torta de zanahoria, las de libros leídos o de frescas antologías, las grandes con bodegas extensas; todas paralizaron sus ventas y recomendaciones. Clausuraron.

“Estábamos manicruzados”, dice Alejandra Cifuentes, librera de El Acontista: “tres semanas, cuatro, incluso más sin poder hacer nada”. “Hubo noches en las que no dormí”, recuerda Wilson Mendoza, librero de Grámmata. “Fue un golpe tenaz”, sentencia Patricia Melo, fundadora de Ex-Libris.

Desde marzo las calles del Centro dejaron de recibir transeúntes buscando descansar del afán de sus días en ese caserón de dos pisos sobre la calle Maracaibo. Al barrio Estadio no acudieron de nuevo jóvenes, ancianos, con la intención de pasar la tarde. Enamorados y amigos se abstuvieron de encontrarse en el café del Carlos E. Restrepo. La pandemia de la covid-19 amenazó, al menos por los primeros meses, la supervivencia del sector del libro en Medellín.

Los números tornaban en rojo: la venta era nula y los gastos del local y el pago de la nómina ponían en duda el futuro de las librerías. La situación, que para entonces era desalentadora, “tuvo un giro de 180 grados”, como lo cree Mendoza, con el inicio de la venta a domicilio.

“Desde el principio comenzamos a mover redes, queríamos continuar vigentes”, apunta Patricia desde ExLibris. “El apoyo de la gente fue impresionante”, lo que motivó a los libreros a continuar con la venta a pesar de la distancia. “Fue un cambio total del estilo de trabajo. Eran dieciocho horas diarias respondiendo WhatsApp, Instagram, el correo, atendiendo llamadas —enumera con evidente cansancio—… Empaqué libros hasta la 1:00 o 2:00 de la mañana”.

“Al principio fue difícil, los domicilios eran algo que antes de la pandemia no hacíamos, pero fuimos hablando con nuestros clientes y los pedidos incrementaron”, cuenta Alejandra, quien buscaba todas las tardes —en esas paredes repletas de tomos de El Acontista— los libros que le consultaban.

Wilson sintió de tal modo el entusiasmo de la gente que pronto necesitó de alguien que le ayudara con la entrega.

“Y es que pasó algo —aclara Patricia—: las personas comenzaron a leer más”.

La literatura es un refugio en el cual nos apartamos de nuestra realidad para sumergirnos en otra. Lo particular, y quizá paradójico, es que los libros continuaran siendo un refugio en medio del refugio que hoy, ante el virus, es nuestra casa.

“Mucha gente regresó al ritual del libro”, explica Wilson. Las personas comenzaron a cansarse de estar al frente de una pantalla todo el día y “el libro —en cambio— tiene un olor, tiene una textura”. El aumento en los pedidos fue, entonces, un clamor por lo analógico en medio de la conquista digital.

Santiago Otálvaro, caleño y diseñador gráfico, es el encargado de llevar un poco de Grámmata a las casas de Medellín. En su moto, una Honda Invictus 150 negra, reparte lecturas por correspondencia. “Yo pensé que la gente no leía”, dice mientras maneja y atiende la llamada. “Fue muy sorprendente ver la manera en la que estaban pidiendo libros.” A pesar de que notaba cómo las personas —ante la amenaza del virus— sujetaban el paquete con la misma desconfianza de quien toma a un bebé que recién se hizo en el pañal, “era evidente la emoción que les daba recibir el libro”.

Con apenas tres años en Medellín, los envíos le permitieron a Santiago conocer los recovecos de la urbe, además de llevar comida y protección a su familia, tras haber quedado desempleado debido a la crisis económica. “Si soy sincero, los libros en la cuarentena cambiaron mi vida”.

Mensajero lee La peste de Camus. Por Juan Manuel Cano, 2020.

Las personas comenzaron a regalar bonos literarios para redimir en un futuro más certero, menos distópico. Le enviaban libros a quienes creían que los necesitaban con urgencia. Las lecturas por correspondencia estaban antecedidas por un cuidadoso dictado de la dedicatoria que debía contener el paquete. “Que la peste de nuestros días y la suma de un año más sean una excusa para leer a Camus. Con cariño, C.”, fue el mensaje de un amigo a otro por su cumpleaños.

El libro motorizado se convirtió en una alternativa, no solo para servir como compañía durante los meses más extraños que hemos vivido y que seguro viviremos, sino también como el modo más simple de prevenir la extinción de estos centros de conocimiento, historias, reflexiones, viajes, que son las librerías.

Patricia, Wilson, Alejandra y las decenas de libreros y libreras que hay en la ciudad les agradecían a sus lectores — en tarjetas pegadas sobre los lomos envueltos en papel kraft— la proeza de haberlos salvado, su mecenazgo al haberlos adoptado.

Aunque las rejas, ya abiertas, presencian el regreso tímido de los lectores, la amenaza del virus permanece latente y todo apunta a que los libros puerta a puerta continuarán por un buen tiempo.

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