Para Azucena Mecalco “no hay método, todo es caos”

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La escritora y ensayista mexicana Azucena Mecalco estuvo conversando con Papel.

De la relación con lo invertebrado en sus cuentos: ¿qué nos puede decir, qué buscó al llamarlos así, qué es lo invertebrado y qué sentido tienen en su formación sensorial? (“Cuentos invertebrados”)

De forma irónica, la relación de los Cuentos invertebrados radica precisamente en que no existe un vínculo entre ellos como parte de un solo universo. Su única ilación es que han sido escritos por la misma persona, pero incluso afirmar eso resulta una verdad relativa; pues nunca somos la misma persona. Basta con recordar el río de Heráclito o, en años más recientes, el Just like Starting Over de Lennon. 

Cuénteles a nuestros lectores sobre su conexión con la música: ¿Cómo se da, qué raíz rizomática tiene?

La música es el silencio que le permite a mi cabeza tejer ideas en vinculación con las sensaciones. Cada melodía, canción e incluso cada nota tiene su propia personalidad, color, musicalidad; es por ello que mis personajes deben también tener la suya. Es a través de la música que escuchan, devanan sus relaciones y su forma de ver el mundo, de conectarse con él y de interpretarlo. 

Del nexo con el cine: ¿Por qué sus consideraciones (reflexiones críticas) sobre el cine?

El cine es una parte fundamental de mi existencia, como la de muchos millones más de personas. Quizá sea probable que las relaciones emocionales establecidas a lo largo de mi existencia se basen en esas percepciones creadas a través de la pantalla. Soy un ser visual, pero, más que eso, un ser audiovisual que piensa en «la película» como la vertiente más elemental del cine; no como industria o arte: como condensador de mundos pertenecientes a un nuevo universo mítico, el cual nos posibilita para acceder a formas ajenas de vida, física o ficcional, pero siempre real para nosotros. 

¿Qué relaciona usted con sus cuentos?, hablemos un poco de su simbolismo, su semántica, sus relatos en ciudades como México, Medellín o París…

«Las ciudades, como las personas, son contradictorias», esa fue una frase que escribí hace ya casi diez años en una novela sobre mi experiencia en Medellín. Cuando uno viaja a una nueva ciudad, de forma general, los habitantes intentan mostrarte sólo el lado bello, el lado turístico; y muchas personas desean ver sólo ese horizonte, pero ello no exime a la ciudad de contar con esa «otra parte», esa que la aglutina y le da esencia. A mí me gusta esa parte oscura, porque en muchas ocasiones es ahí donde se encuentran las mayores coincidencias entre las ciudades, que son más quienes las habitan.

De la fascinación por la cultura oriental: ¿Por qué ese interés, por qué ese imán que imanta sus cuentos de “Luna de otoño” o no es así, qué nombra o que no? 

Mi fascinación por lo oriental surgió con el ánime. La animación japonesa apareció muy temprano en mi vida, los dibujos, las historias; pero sobre todo las palabras tan distintas encendían y siguen incendiando mi corazón (risa). 

Me apasioné no sólo por ello, sino también por el lenguaje, porque una vez que uno aprende un nuevo idioma accede a experiencias más diversas. Lo que se nombra existe y cada idioma tiene una forma distinta de nombrar y por lo tanto de relacionarnos con el mundo o los mundos que nos rodean, pero también con aquellos que creamos. 

El libro “Cuentos invertebrados” de la autora mexicana.

De la inclinación por el sueño: ¿Qué la lleva a usted hacia el mundo de los sueños, cómo son?

Los sueños son más reales que nuestra misma realidad. Ellos no mienten. Nos hablan de nuestros deseos, miedos, aspiraciones… no hay nada que hacer para contrarrestarlos, porque al dormir el «ello» freudiano se amotina y nos obliga a ver incluso aquello que nos esforzamos por ignorar en la vigilia. Es por ello que el sueño es una parte fundamental de mis historias, en muchas de las cuales no se define qué es el sueño y qué la realidad, o si realmente existe una división entre ellos. Al final, como decía Calderón de la Barca: 

“¿Qué es la vida? Un frenesí.

¿Qué es la vida? Una ilusión,

una sombra, una ficción,

y el mayor bien es pequeño;

que toda la vida es sueño,

y los sueños, sueños son”.

De lo animal que se mueve en su mundo: ¿Desde dónde se hace esa transformación, esa inversión de su relación humana con lo animal, el instinto animal, en sus cuentos y por qué, para qué?

En palabras sencillas amo a los gatos, desde luego me simpatizan todos los otros animalitos, pero los gatos tienen algo especial. No mienten, no juzgan, no buscan más allá de lo que les da placer. Esa es una gran ventaja que tienen los animales, a diferencia de nosotros, son instintivos, pero no se justifican. Nosotros nos valemos mucho de las palabras para argumentar el por qué de nuestros actos, ellos no. En ese sentido, lo animal debe estar presente en cada historia como un hilo conductor que nos lleva a ese desconocido mundo de lo natural, del cual hemos sido vetados como del paraíso después de comer la manzana, precisamente por nuestra insaciable necesidad de ver siempre más allá, al mismo tiempo que nos lamentamos después de lograrlo. 

De la invención del eros y del tánatos: ¿Qué es lo que más le ha provocado, hacer está indicación en sus cuentos y sus formas de conectarla con la vida misma, como un deseo y una catarsis o no los concibe de esa manera? 

La locura. Quizá se debe a mi pasión por Mishima, pero en mi concepción insana del mundo, el amor jamás está lejos de la muerte. Aunado a ello, somos seres eróticos. Desde nuestro nacimiento estamos sujetos a los más simples placeres, el alimento, el sueño… 

Mis personajes siempre se mueven justo en esa delgada línea en donde todo lo ven desde el horizonte del tanatos pero en la frontera del eros, que es la pulsión que los mueve y los domina, tal como a su autor. Después de todo, los personajes creados, por más independientes que sean, no se libran de la percepción que les dio vida.   

¿Propone usted una temática? 

No hay temas en mis historias, sólo obsesiones. Me obsesiona el otoño, lo imposible, la finitud, la música; todavía más, cómo todos esos elementos interactúan, crean espirales de sentido que transforman las percepciones y hacen emerger quimeras con las que convivimos y hasta de las que nos enamoramos. 

¿Qué ha propiciado en el desarrollo, evolución e involución en su tarea, en la realización de sus obsesiones escriturales, qué han incrementado o dimensionado?

La formación académica es para mí casi tan fundamental como la propia escritura; pero en ella conviven dos elementos: aquel que te permite el desarrollo, la expresión; y ese otro más incómodo, limitante del pensar, de la acción, más cercano a la cita, a la validez de las ideas siempre que hayan sido pronunciadas antes, a la castración mental y a esquemas tan rígidos que en algún punto no se piensa más. 

¿Podría decirnos si tiene usted un método o unas técnicas para escribir?  

No hay método. Todo es caos: pura entropía. Me gustaría decir, como otras personas, que existe la disciplina, que me levanto, fijo una hora para escribir, quizá tomo un sorbo de vino o un vaso de café, miro el horizonte fundirse entre el rojo y las más vivas gamas de naranjas con el azul profundo de la nostalgia, después creo una escaleta; una lista de personajes, un perfil psicológico para cada uno y sólo entonces comienzo la escritura; pero todo ello sería una mentira. 

Cuando escribo no pienso, no razono, no me interesa la solidez de la psicología interna de la obra ni la historia misma que cuento. Sólo aparece algo en mi cabeza, me dice el principio y el final; yo me limito a escribir lo que va desde A hasta B, sin cuestionamientos, ¿qué puedo saber yo si es el personaje el que actúa? Así que lo dejo ser y él se muestra.  

Para esta escritora y ensayista, no hace falta método para escribir.

¿Cómo se revelan o se ocultan sus posturas o posiciones sobre el feminismo, el género, los trans o los queer en su escritura o no le interesa desarrollarlas en sus cuentos o ensayos y para qué?

¡Qué pregunta tan conflictiva! Visto así, la mayor parte de mis historias son protagonizadas por homosexuales. Pero esa palabra es meramente una designación. En mis cuentos, novelas, ensayos e incluso en mis artículos académicos, no me interesa hablar de diferencias psicológicas o biológicas; sólo hablo de personas, personas que sufren, lloran, sonríen, sienten: que existen, más allá de una nomenclatura que los designa dentro de los constructos sociales, porque para mí, ante todo somos personas y después lo demás.  

¿En qué medida estas estructuras le propician interés, como es o no esa relación tormentas, si hace o no catarsis de yo y ello en su estética y cómo si o no? 

Yo soy puro «ello», más aún en la escritura, el universo en donde esa personalidad caótica no se ve obligada a replegarse, a sonreír o a fingir. Es en la escritura donde se libera como en un sueño, se apodera del espacio para gritar de forma visceral y transmitir… ¿qué? No lo podría poner en una palabra, necesitaría una novela completa (risa). 

¿Tiene usted trato con la realidad, con lo que llamamos realidad, o al revés, busca en sus cuentos una tensa relación también con lo irreal, con otra realidad (no el sueño)? 

«La realidad» es un debate muy amplio del cual no estoy dispuesta a emprender una argumentación. Sin embargo, de «lo real» de eso sí puedo hablar. Lo real es todo aquello que nos «afecta», y es eso lo que comunicamos, o tratamos de comunicar mediante nuestros muy limitados medios. A mí me gustaría transmitir mis afectaciones o afecciones por medio de la música, pero el universo me negó ese talento y no me dejó más que palabras (risa). Lo real está siempre presente en todos los productos culturales que uno genera, porque es nuestra vía para materializar la interpretación que hacemos del mundo.

¿En qué momento es consciente de su intención o necesidad de escribir?

permitido. La necesidad surgió cuando supe que en la escritura uno cumple sus funciones megalómanas de erigir, cuando me di cuenta que es más sencillo crear mundos para existir que vivir en el que existimos. 

Yo no quería escribir, sólo quería contar historias, hubiese preferido cantarlas, mas no me fue posible.

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