¿Preparados?, habla Darío Ruiz Gómez

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Desde Washington, el artista, escritor y gestor cultural Félix Ángel entrevista al maestro Darío Ruíz Gómez (Anorí, 1936), en exclusiva para Revista Papel.

Darío Ruiz Gómez nació en Anorí, Antioquia, en 1936. Además de periodista, teórico del arte y el urbanismo, crítico literario y poeta, la escritura lo ha acompañado hace medio siglo, siendo autor de Hojas en el patio (novela) 1979, De la razón a la soledad (ensayos) 1981, La ternura que tengo para vos (cuentos) 1982, Para decirle adiós a mamá (cuentos) 1983, A la sombra del ángel (poesía) 1990, En tierra de paganos (novela) 1991, La muchacha de la leyenda (poesía) 2001, Trabajo de lector (colección de ensayos críticos) 2003, Diario de ciudad (ensayos sobre urbanismo) 2005, Crímenes municipales (novela), 2009, Las sombras (Novela) 2014 y Cuentos de la Estación Villa (cuentos) 2014, entre otros títulos.

Referente del periodismo de opinión, siendo columnista del Periódico El Mundo, ahora se enfrenta al reto de la virtualidad. Ya está enviando a sus contactos las reflexiones que entregaba en El Mundo, después del cese de actividades de este importante medio antioqueño.

Ruiz Gómez, profesor emérito de la Universidad Nacional de Colombia, miembro fundador del Centro de Investigaciones Estéticas de la misma universidad en la Sede Medellín, para Papel es un honor compartir sus posturas en un momento en el que, particularmente, la ciudad necesita voces expertas para reflexionar sobre su realidad. 

En su columna de despedida como colaborador del Periódico El Mundo, fuera de circulación recientemente, usted hace una persuasiva defensa, citando a Bauman, de la necesidad de preservar la democracia y el ámbito público con opiniones informadas y deliberaciones públicas. ¿Considera que la prensa, en general, y en particular en Medellín y Colombia, ha cedido en su misión, y reducido cada vez más la imparcialidad y la “capacidad moral” que tiene frente a las acciones de los grupos interesados en controlar el poder, político y económico?

Desaparecida la prensa de opinión y aparecido el hiperrealismo de la digitalización, un paso que supone la muerte de la verdad – la prensa colombiana como “El Tiempo” o  “El Espectador”-  ha  sufrido además  la radical transformación que va del periódico que defendía  en democracia una posición política, una filosofía moral, un estrecho compromiso con la defensa de la sociedad tal como lo plantearon sus fundadores,  a convertirse, al ser vendidos muchos medios, en una organización empresarial como Planeta Agostini y después al Grupo Aval, quien la puso al servicio de la campaña de Juan Manuel Santos, en un medio donde los hechos fueron  convertidos en mera noticia,  donde calculadamente se disfrazó la crueldad del narcotráfico para plegarse a los objetivos de un Acuerdo de Paz manifiestamente manipulado por la histórica capacidad del Partido Comunista para crear enemigos, al cual se agregaron los métodos de la llamada verdad posmoderna del  fake news  y la oposición pasó a convertirse en “enemigos de la patria”. 

El rigor del estilo y la misma ortografía pasaron a un segundo plano, las columnas de opinión, las notas de libros y de exposiciones se redujeron al mínimo. Para bien y para mal, las redes sociales, el ingenio de los memes, han señalado una radical oposición a esa homogeneidad. Los Blogs han permitido la persistencia de la crítica literaria, política, de arte, la captación de lo que es subterráneo a esta implacable dictadura política de la información. ¿Hablas de corrupción cuando lo más corrupto consiste en oponerse a la libertad de expresión? ¿Hablas del arte o del mercado del arte?

¿Podría elaborar un poco más sobre la idea de que “ante la barbarie declararse liberal constituye un desafío”? 

Ser liberal, nos recuerda Richard Rorty, es oponerse a la crueldad.  Es decir, oponerse a las verdades  políticas abstractas, a las falsas utopías que prometen un paraíso social,  una igualdad  que termina en la esclavitud y el paredón, en tratar de aniquilar las libertades individuales para disfrazar a nombre de un supuesto deber histórico, la barbarie que supone el tratar de borrar el pasado como referencia necesaria de cada uno de nosotros en la afirmación de nuestra  soledad creativa y en la afirmación de la verdadera solidaridad. 

No me refiero entonces al liberalismo colombiano que hace mucho desapareció, tal como lo ha hecho la clase política, olvidando su tarea de salvaguardar los valores de una sociedad civil, del ecumenismo, hasta convertirse en una estructura burocrática, sino a la actitud heroica de quienes, desde Emerson hasta Stuart Mill y Rawls, desde nuestro Gómez Dávila, han servido como lúcidos guardianes de la libertad.  

El conformismo de los escritores e intelectuales es el conformismo de aquellos que se han negado a la peligrosa tarea de pensar por sí mismos. José Luis Pardo ha dicho que hoy todo arte que se llame político es un arte estalinista. Ejemplo, el lamentable caso de Doris Salcedo y Baudrillard ha sido más específico. La cobardía intelectual se ha convertido en una verdadera disciplina olímpica de nuestro tiempo. 

El liberal es pues aquel que, como el gran Chávez Nogales, por decir la verdad sobre los desmanes de unos y otros durante la Guerra Civil española,  debe admitir que el veto de los fanáticos  le llega “cuando ya había hecho méritos para ser fusilado por ambos bandos” .

En varias ocasiones le he escuchado decir que la cultura es un sistema de vasos comunicantes. Desafortunadamente en Medellín ese sistema no funciona, o es muy deficiente. No hay sinergia ni dialéctica entre los diversos grupos de intelectuales o artistas, teóricos, gestores independientes, directores de instituciones, etc. El Status Quo es mediocre, y el que se salga de allí no tiene chances de dimensionar su trabajo. ¿Qué podría decirnos al respecto?

La afirmación, desde los años 70, de la cultura urbana, rompiendo la mentirosa dicotomía entre “Gran cultura” y “cultura popular”, tal como se hizo en la cultura norteamericana a través de las  distintas expresiones musicales, literarias, cinematográficas consideradas underground en las décadas de 1930 y 1970; conmocionó la idea de cultura y la idea de ciudad y produjo desde tu generación un florecimiento inaudito de artistas, escritores jóvenes, de músicos en la afirmación de los espacios públicos. Pero apareció el concepto de “industria de la cultura”, manipulado por un grupo de empresarios, y apareció ese tipo de funcionario que como recuerda Saúl Bell “en la medida en que sea más ignorante mejor sirve al sistema”.

Un solo ignorante era el curador de los museos, de las galerías, de ciertas grandes firmas que fungieron como nuevos mecenas, ese ignorante caprichosamente escogió quién era y quién no era en el nuevo arte. 

Desde Fajardo hasta Fico las Alcaldías han gastado estrambóticas cifras en pagar publicidad y en negar la tarea de la cultura, imponiendo la música basura, la rumba segura, dándole la espalda a eventos de la nueva música. Aisladas las academias de arte, comercializados los posgrados, con la carreta de la semiótica, de la antropología social, se encubrió la ignorancia de los curadores y curadoras de manera que el arte volvió al silencio y desde este silencio, como me consta, está floreciendo al margen de lo oficial. En Medellín en cada esquina está floreciendo la cultura, una cultura que no está al alcance del restringido lenguaje de los funcionarios de la cultura.

Poesía, crítica de arte, urbanismo, literatura y periodismo, los universos de la obra de Darío Ruiz Gomez.

Usted hace parte de la “inmensa minoría” de escritores e intelectuales que activamente ejercita la crítica en nuestro medio, en varios campos. En lo que respecta a las artes plásticas, existe en Medellín un vacío en la crítica de arte, y un retroceso, si comparamos el momento actual, por ejemplo, con los años 60 y 70.  En parte por ello, el público en general es bastante analfabeta en ese aspecto, corroborando lo que Antonio Machado -entiendo que es uno de sus poetas favoritos- explicó sucintamente con la frase “lo que se ignora se desprecia.”  ¿Cómo ve el rol de la crítica de arte en la ciudad?

Para hacer crítica de arte se necesita contar con una gran formación humanista, haber visitado muchos museos, estar al tanto de la historia actual como de la pasada. Un doctorado en Historia del Arte en Barcelona o París necesita de cinco años de quemarse las pestañas indagando, cavilando. Aquí la formación humanística ha desaparecido, la incultura es el rasero y esta educación se reduce a seguir malamente textos de Deleuze, de Foucault, de Derrida, que en la mayoría de los casos no llegan a ninguna hermenéutica y las malas tesis se amontonan, pues alumnos y profesores no distinguen entre un Matisse y un Ramón Vásquez. De ahí que si la sección de cultura de los medios ha desaparecido, también ha desaparecido el arte de la reseña, que es el arte de la finura, la ironía. 

La producción de artistas, que no de arte, sobrepasó al posible estamento destinado a la crítica, las nuevas teorías que ilustran las consabidas “vanguardias” están necesitadas de un lenguaje que no existe. Desprenderse rápido del “reseñismo” semanal fue el consejo que me dio mi maestro Moreno Galván y que no olvidé, pues no he dejado el arte, sino que lo he convertido en tema de reflexión en textos que en su momento verán la luz. 

Estos años he visitado muchos museos en Washington, Nueva York, París, Berlín he repasado la obra de ignorados artistas colombianos hasta convertirme en un personaje molesto para academias, institutos, museos de arte, que ahora discurren bajo enunciados de barbarie, como ese de la “descolonización” de nuestro arte. Política filistea y no la sensibilidad estética que nos aproxima a una obra e intenta establecer un diálogo con ella.

Sin duda, el sector literario ha sido uno de los más beneficiados con los recursos económicos públicos como resultado de políticas oficiales, municipales y departamentales. ¿Considera que los estímulos adjudicados al sector de la literatura han producido un beneficio cultural y económico proporcional al crecimiento y desarrollo?, de otra forma, ¿cómo ve el panorama, y a qué atribuye la falta de balance con otras formas de expresión artística que prácticamente reciben poco o ningún tipo de ayuda?

Es cierto que a la literatura le han concedido las mayores ayudas, pero también es cierto que, en concursos, en becas, se ha dado una escandalosa corrupción debido a los amiguismos. Y es cierto que, teniendo una gran cantidad de artistas jóvenes que han rescatado la ilustración, el dibujo, el diseño industrial, con un gran talento, no se ha dado la difusión necesaria de estas generaciones debido al hecho de que no se ha formado una generación de estudiosos, de promotores de la cultura que den paso a estos nuevos contenidos, abriendo espacios de exposición, de debates. La crítica es el estadio de madurez de una cultura y, si no la hay, lo que se da es el chisme, la malevolencia que entre nosotros alcanza grados inimaginables de vileza. 

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