Sigue siendo más grande el muerto

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El advenimiento de un movimiento literario cuya tinta es el padecimiento compostado de la historia de infamia que heredamos.

Autor: Diana Catalina Alvarez Muñoz

La literatura local contemporánea se escribe de puño y letra de los hijos de una ciudad “de varones”, “echada pa’ delante, indolente y optimista”. “Donde los débiles o se mueren o los matan o asumen una vida humillada o se van”, como explica Luis Miguel Rivas en sus libros Era más grande el muerto (2017), ¿Nos vamos a ir como estamos pasando de bueno? (2015), Tareas no hechas (2014) y Los amigos míos se viven muriendo (2007) quien nos recuerda que Medellín “chuza, talla, corta”.

El relato reciente contado por quienes se dedican a extrañar, porque también somos lo que hemos perdido, como lo hace Gilmer Mesa (La Cuadra, 2016) y por quienes han encontrado en la escritura una vía para “la conjura de los vicios” como cuenta a través de su obra David Betancourt (Yo no maté al perrito y otros cuentos de enemigos, 2013, Buenos muchachos, 2011, Una codorniz para la quinceañera y otros absurdos, 2013).

Autores que con toda la autoridad de quienes sobrevivieron a una época en la que el deterioro social podía verse rodar en tiempo real por las laderas de este Valle (ante la mirada de una sociedad de “verriondos” a los que aún no se les permite llorar ni manifestar que algo duela) resisten a la apatía y al olvido mediante el ejercicio revolucionario de la memoria. Pero la memoria nos es la verdad, dirán algunos, en especial si desafía lo que hemos estado dispuestos a creer, de lo que recordamos.

Ellos tienen en común los dolores enrostrados de la descompuesta historia de muerte que padecimos, pero, sobre todo, una forma de relato que más allá de los “duros hechos” nos revela aquello que nos sigue quedando grande como sociedad: la idea de que ser no es suficiente, que lo importante es tener, por encima de lo que sea; y la cantidad de jóvenes, de vida y de sueños que perdimos y seguimos perdiendo en este caldo de cultivo corrupto en el que nadie nos enseña que “no somos dueños de lo que se nos presenta, pero si de lo que decidimos, y que eso es lo que termina siendo importante”.

En el orden de las decisiones, algunos han preferido creer que ya hemos superado el miedo y que estamos solo llenos de esperanza, por la magia de la materialidad de una ciudad transformada por la arquitectura. Sin embargo, la literatura local contemporánea nos recuerda, con todo el peso de la responsabilidad política del arte, que estamos frente al presente continuo del mismo intento por vestirnos con la ropa de un muerto que sigue siendo más grande que todas esas obras.

Rinden tributo a los que perdimos y seguimos extrañando, alertan sobre lo que ya no queremos perder en absurdas batallas sin sentido y nos dan “tiempo para la tristeza”, estas magistrales narraciones. Su dolor individual se nos extiende, aún sin enterrar, y se vuelve abono para lo que presiento que es el advenimiento de una forma de relato que refunda la antioqueñidad, un movimiento literario contemporáneo que revela el triste destino de una sociedad en la que hay que tener mucho para valer, al menos, algo. En la que ser, no ha sido para nada suficiente.

En una muy importante antología, el profesor Jorge Alberto Naranjo disponía en presente, antiguas y tempranas obras literarias de autores inéditos antioqueños (1995) dando sentido de unidad a un movimiento (1850 y 1910) que se ha considerado de forma genérica como “costumbrista”. Desde el siglo XVIII hasta Tomás Carrasquilla, revivía las obras de Sebastián Mejía, Lisandro Restrepo, Ricardo Olano y Eusebio Robledo en las que se narraba el duro destino de quienes llegaban a Medellín desde el campo y el ingenuo, pero ya revelador, sistema de creencia que fraguaron la trágica sociedad medellinense de los años 1980 y 1990 y sus consecuentes desenlaces hasta hoy. Aún una de las ciudades más inequitativas y desangradas del mundo.

El ejercicio individual de memoria compartida, que nos proponen estos autores locales contemporáneos, en forma de reconstrucción del pasado en cada presente, va resignificando lo vivido por cada uno; haciéndolo pasar de nuevo, por el cuerpo y por la emoción. Venciendo el descorazonamiento que nos ha abatido a tantos, tantas veces en esta historia, ellos hacen del ejercicio de recordar, una generosa oportunidad colectiva para replantearse experiencias, para otorgar sentido al pasado, fundando los cimientos de la alteridad y de un eventual futuro que sea por fin bueno y no solo mejor.

Este oficio de Rivas, Mesa, Betancourt y otros que tal vez aún no menciono, de contar y reinterpretar lo vivido, nos permite superar lo anecdótico, de lo ocurrido, para develar en su fondo, las causas. Eventualmente serán el germen de una generación que logre continuar hacia mañana, amando por fin la vida. Su actividad literaria eleva una voz clara, por el reconocimiento de que lo que somos, por ser humanos, ya es de suyo suficiente.

  • Memoria y relatoría del Seminario de Periodismo Cultural de los Eventos del Libro que contiene diez textos escritos por igual número de participantes.
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